domingo, 17 de mayo de 2015

Empieza el baile

En su novela La lenteur (La lentitud), Milan Kundera expone una curiosa teoría sobre los políticos franceses de finales del siglo XX. Pone en boca de un personaje, filósofo categórico y estrafalario, inédito, llamado Pontevin, la teoría de que ciertos políticos o intelectuales son ‘bailarines’. Esto es: gente que se expone o se sobreexpone, pero no sólo por el interés legítimo de imponer a otros su forma de organización social, sino más bien para “ocupar el escenario desde donde poder irradiar su yo”. Para desarmar a los demás, teoriza Pontevin, es necesario lo que él llama ‘judo moral’: estos bailarines deben demostrar una actuación vital más moral, más honesta que el resto, para poner a los demás en una situación moralmente inferior.

      Los bailarines se expresan con naturalidad, suelen renunciar a la negociación secreta y exponen lo que piensan directamente a su audiencia, retando a los demás a hacer lo mismo. Representan un papel con el que pretenden ganar la posición moral, pero a la vez se condenan a mantener en realidad la posición moral de sus argumentos. “Te equivocas si crees que quería atacar a los bailarines. Los defiendo. Quien sienta animadversión por los bailarines y quiera denigrarlos tropezará siempre con un obstáculo infranqueable: su honestidad; porque, al exponerse constantemente ante el público, el bailarín se condena a sí mismo a ser irreprochable”, acaba sentenciando Pontevin.

         Creo que en España ni siquiera hemos tenido buenos bailarines. Es cierto que muchos políticos practicaron durante años ese ‘judo moral’ contra sus adversarios, pero más como un juego que como una verdadera prueba sobre la propia honestidad. A estas alturas ya sabemos quiénes han jugado con normas absurdas de catecismo y peineta mientras hacían luego de su capa un sayo y se dedicaban a otros menesteres ajenos a la política y más propios del mundo del bandidaje.

Muchos de los que nos hablaron en las últimas décadas desde posiciones conservadoras, o liberales o incluso socialdemócratas, no eran ni siquiera bailarines: sabían que sabíamos de su doble moral, que no nos creíamos lo que enseñaban en su actuación, pero lo que muchas buenas gentes afines a sus postulados no se imaginaban es que pudieran robar tanto, y de forma tan sistemática. Según propia confesión de aquella a quien hemos padecido por partida doble en Castilla-La Mancha, se han dedicado con sus mejores esfuerzos a saquear nuestro país. Ni siquiera se esforzaban en bailar un poquito.

         Hace ahora cuatro años surgió ese movimiento que aún hoy pocos aciertan a calificar: el 15-M. Se empezaban a saber demasiadas cosas y, sobre todo, mucha gente empezaba a salir de la zona de confort. El fin de la bonanza económica, la decepción con las políticas a corto plazo, el derrumbe de las expectativas colectivas y personales, la invasión tentacular de la corrupción, empujaron a la acción a mucha gente que asistía a estos espectáculos diarios y no encontraba respuestas en la vieja política.

Gente que podría haber liberado su indignación con distintos grados de violencia se dedicó a buscar una respuesta ciudadana, en el sentido etimológico del término, a las explosiones verbales y a la construcción de la confianza colectiva. Luego hemos sabido mucho más sobre cómo habían estado organizadas las cloacas de los partidos políticos tradicionales, y como consecuencia nuestras instituciones, durante décadas. Y por fin parece que estamos a las puertas de un nuevo teatro, un nuevo escenario, nuevos bailarines criados en escuelas de danza alternativas; algunas improvisadas, otras, cátedras del saber, y otras las dos cosas a la vez.

         Y me parece que muchos han entendido que es el momento de hablar, de llenar todos los ángulos que deben efectivamente estar ocupados por los ciudadanos. Muchos intelectuales –todos lo somos, desde el momento en que pensamos por nosotros mismos y estamos en disposición de injerir en el pensamiento de otros– han alzado la palabra en este tiempo, cada cual desde su parcela de responsabilidad, e incluso algunos se han decidido a intervenir directamente en ese campo en el que, afectándonos tanto a todos, la mayoría actuamos por omisión: la política.

A nuestra región las cosas llegarán más lentas, pero el aire que sopla desde grandes núcleos ciudadanos, como Madrid, donde personas como Ángel Gabilondo, Manuela Carmena o Luis García Montero van a tomar responsabilidades políticas directas (incluso con distintos partidos), es imparable. El cambio hacia unas nuevas formas de entender la política y de practicarla es irreversible, y el debate debería estar en el paso siguiente: los nuevos líderes, los honestos, los cabales y capaces, los que han demostrado trayectorias profesionales solventes y conductas personales irreprochables, los que entran en estos momentos de emergencia a enseñarnos desde su ejemplo, ¿tendrán en algún momento algo de bailarines?

         El otro día escuché unas palabras del propio Ángel Gabilondo, en una tertulia radiofónica, en las que reconocía que existe un riesgo en estos ‘nuevos políticos’, y en la propia ciudadanía, de entender que ellos ostentan la superioridad moral, y que por ello vienen ahora a la política activa. Yo sí creo que personas como las que he nombrado tengan superioridad moral sobre otras que han ocupado cargos públicos durante décadas y han basado su comportamiento personal en el arte del saqueo y el engaño. Aunque no creo que estos ‘nuevos políticos’ den el paso por considerarse a sí mismos moralmente superiores, sino por puro sentido de la responsabilidad.

Quienes han degradado el nombre de sus regiones, de sus municipios o de su país urdiendo tramas para enriquecer a su clan con dinero de quienes debían defender, sólo merecen mi desprecio, y creo que deben abandonar la tribu por asociales y amorales. Pero como no lo van a hacer voluntariamente, porque incluso tienen el descaro de presentarse a las elecciones una vez y otra, dependemos de la respuesta madura y conscientemente democrática de nuestros conciudadanos.

Está por demostrar si personalidades tan magnéticas como Pablo Iglesias serán buenos bailarines, unos bailarines verdaderos, cuando les toque gobernar. Aún no he entendido esa forma de defenderse antes de que la herida sangre, según la cual tantos populistas reconocidos, falsos bailarines que aprovecharon la función para robarnos la cartera, siguen acusando de populismo a los nuevos líderes. Ahora es tiempo de creer en la ética de los que aún no nos han mentido, de aquellos que todavía parecen demasiado honestos como para no serlo.

Pero lo que los españoles deben entender es que hay mucha gente válida queriendo salir a bailar en cada pequeña pista municipal, detrás de los focos de las tertulias televisivas y de las colas de caballo, y mucha más que vendrá. Todos somos responsables de la construcción de nuestra nueva sociedad, participemos o no en la política activa, desde la trinchera indispensable de la cotidianidad. Muñoz Molina acababa un artículo hace unas semanas con una frase de lapidaria exactitud: “En una democracia, el único compromiso inexcusable de un escritor, como el de cualquiera, es el ejercicio común de la ciudadanía”.

         Porque en el fondo todos somos un poco bailarines, o deberíamos aspirar a serlo, aunque el término no sea exactamente un halago. Quien alza la voz para exponer una opinión está exponiéndose a sí mismo, está retratándose, con todas sus aristas y puntos muertos. Cualquier político viejo, cualquier político nuevo, cualquier escritor o periodista, cualquier funcionario, cualquier trabajador manual que dice aquí estoy yo. Yo mismo, que escribo este artículo y expongo mi visión de las cosas. En el texto de Kundera encuentro otra clave: “El que hace públicas sus ideas corre el riesgo, en efecto, de convencer a los demás de su verdad, de influirles y, por tanto, de encontrarse en el papel de aquellos que aspiran a cambiar el mundo. ¡Cambiar el mundo! ¡Qué monstruoso propósito para Pontevin!”.

         Cambiar el mundo es una frase demasiado grande si tenemos en cuenta las dimensiones de nuestras manos, así miradas de una en una. Pero una sociedad en marcha se hace con muchas manos. “Los negros, sus manos negras, / los blancos, sus blancas manos”, como en la muralla de Nicolás Guillén. ¿Es una pretensión exagerada empezar a cambiar el mundo con unas elecciones autonómicas y municipales? Es más que eso: es una necesidad cívica.

1 comentario:

  1. Ya sabes lo que decía Eduardo Galeano, "gente pequeña, en sitios pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo".
    Saludos

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