miércoles, 27 de mayo de 2015

People in motion


Andaba paseando por las calles de San Francisco, sin flores en el pelo, bajo una luz blanca y limpia, ideal para hacer buenas fotografías, pero no podía quitarme de la cabeza que a esas horas estaban a punto de cerrar las urnas electorales en España. Cuando me olvidaba de las elecciones municipales, me venían a la cabeza las frases de la canción de Scott McKenzie, y veía casi cincuenta años después una ciudad hermosa, calles rectas y empinadas, casas con ventanas salientes, tráfico tranquilo, grandes oasis de parques.

         El más grande de todos es Golden Gate Park, verdadero pulmón selvático de San Francisco. En medio, entre bosques y bicicletas y patinadores, está el Museo de Young, entre delicados jardines de rosas y el Japanese Tea Garden. Desde el noveno piso del museo hay unas vistas panorámicas de la ciudad, y se alcanza a ver la imagen más codiciada: Golden Gate Bridge.


A las puertas del Museo de Young seguía la llovizna inocente de los días anteriores. Además de una modesta selección de arte contemporáneo, donde descubrí dos cuadros de Dalí que nunca había visto, el museo ofrece una muestra minuciosa de objetos cotidianos y rituales de varias culturas africanas y de Papúa-Nueva Guinea. Y para orgullo patrio, como muchos otros museos en este país, una prolija colección de obras de paisajistas norteamericanos del siglo XIX. Enormes lienzos donde brotan los colores atractivos de los prados californianos, las amplitudes del medio oeste, las maravillas rocosas, los pujantes saltos de agua.

         Llegué a tiempo para disfrutar una exposición temporal muy apetecible: Botticelli to Braque, una selección de 55 obras de las tres National Galleries of Scotland. Con los audífonos ya puestos para escuchar a la amable voluntaria que nos haría un recorrido comentado por la exposición, empecé a recibir noticias de los primeros recuentos en las elecciones municipales y autonómicas. Mensajes apresurados de whatsapp, titulares cambiantes en los periódicos españoles. Me quedé sin batería en el móvil y con una incertidumbre que corría el riesgo de transformarse en pesar. ¿Y si después de todo, nada iba a cambiar?

         La distancia del país de uno no hace sino agrandar el enfoque, pero en el fondo se sigue mirando hacia el mismo lado. Resolví olvidarme de cábalas electorales por un rato. En la primera sala, junto a cuadros de Rembrandt, Van Dyck o El Greco, me encontré por primera vez en mi vida delante de la Vieja friendo huevos de Velázquez. Los objetos cotidianos de la cocina, el muchacho cargando un melón; cuántas veces escrutada la mirada perdida de la mujer, y tener que venir a San Francisco a encontrármelos.

         En la costa Oeste de Estados Unidos no es posible disfrutar del arte con la frecuencia con que se puede hacer en las dos costas atlánticas. La falta de costumbre me despertó por unas horas un ansia tranquila, y me costó despedirme de unas muchachas polinesias de Gauguin, de las que tuve que despegarme porque ya era muy tarde para comer, incluso en horario español. Cuando volví a conectarme a Internet el cataclismo ya había sucedido. De lo más local a lo más general, casi sin excepción, el país entero había decidido que empezaba otro ciclo. Combinaciones de variopintos colores y orígenes confirmaban y celebraban que lo que viene ahora es, por lo menos, muy distinto a lo que había.

         Las capitales españolas son nuevamente la punta de lanza, en unas municipales, de un movimiento que no tiene retorno. Se asentará o se agotará, pero será muy difícil que el conjunto de los ciudadanos consienta otra vez maneras rancias, por miedo o por comodidad. Pero lo que a mí más me preocupaba, aquello por lo que sentí un alivio casi físico, era lo que más había sufrido: el gobierno de Castilla-La Mancha. Ahora analizan la terquedad del voto rural a las viejas maneras, pero eso no ha podido con la esperanza renacida de tanta gente defraudada y maltratada. Unos votaron desde el cabreo, otros por principios, otros por ilusión en algo en lo que deberíamos mantener mucha prudencia: la situación extrema que vivimos no va a solucionarse en un día.

         Dediqué la tarde a pasear por barrios de San Francisco que aún no conocía. Según acaba Golden Gate Park, el enorme rectángulo que parte del océano Pacífico, empieza Height-Ashbury. En esas calles, a finales de los años 60, se inició el movimiento hippy. Casas de madera de colores suaves, como de pueblecito inglés, conviven con tiendas de comida o de discos. Cruzan personas en patín entre los coches y autobuses, y algunas bicicletas. También hay hippies, no muchos, reunidos en las esquinas de olores dulces o avanzando con sus perros y sus bultos.

En mi pequeño bulto iba la guía, la cámara de fotos y una alegría que ninguna persona con la que me cruzaba podría entender. Pensaba en el daño que muchos profesionales del latrocinio nos han hecho, incluso sin necesidad. Pensaba en mis compañeros profesores apartados de golpe y porrazo de su trabajo, los alumnos sin maestro durante meses, en el desconcierto de muchos mayores viendo cómo se degradaban los servicios de salud, en los familiares de los dependientes sin entender, en su duro día a día, por qué ya no había ayudas. Y sobre todo pensaba en cómo la gente se empezaba a acostumbrar a ser tratada con desprecio por quienes debían cuidar de sus gobernados.
Entre Chinatown y North Beach, donde empiezan los negocios italianos, pusieron a una calle el nombre de Jack Kerouac. El café Vesuvio era frecuentado por él y por toda la generación beat. Desde el piso de arriba se ve la esquina de la famosa librería City Lights. El camarero llevaba una gorra verde de John Deere y la gente hablaba en voz alta como en cualquier bar español. Yo pensaba en mi tierra y sentía punzadas de orgullo, y hasta me parecía sentir en el pelo las flores de la canción. People in motion, decía Scott McKenzie. Es extraño experimentar tanta alegría por un acontecimiento político, y más en la distancia, pero hay ya tanta gente convencida de que las cosas pueden cambiar, que de verdad están cambiando.

2 comentarios:

  1. Da gusto leerte. Ahora mismo lo hago desde el patio de mi casa de Llanos, recién regado para sobrellevar este tórrido verano. He recorrido mentalmente los lugares que describes y me ha resultado todo tan cercano, que he pensado que las referencias culturales comunes son el mejor lazo de unión entre las personas.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, Antonio. Así es, la cultura alimenta esos lazos. A mí me encanta comprobar que hay tantas cosas de aquí por allí, y tantas cosas de allí por aquí. Y por eso quiero contarlo, jeje. El patio recién regado es otra referencia que conforta. Un abrazo.

      Eliminar