domingo, 27 de diciembre de 2015

En ruta hacia el vértigo de Big Sur

Antes de acabar el año, volvemos hacia el norte, hacia Big Sur. Hasta hace no demasiado, Big Sur era un espacio salvaje en pantalla grande, en documentales de sobremesa de La 2, cóndores sobrevolando acantilados altísimos, bosques impenetrables donde los animales viven aislados, ballenas rodeando islotes y echando al aire limpio del atardecer el torrente de su resoplido vertical. Ahora, siendo todo eso, es también un territorio casi familiar, un espacio acumulado en la geografía personal, una dulce sucesión de spots entre los caprichos de la memoria.


         De San Diego a Carlsbad y de allí hacia Los Ángeles por la Interestatal 5, que está inusualmente despejada al atravesar la macrociudad. Paramos en Malibú, una tranquila línea de playas semiescondidas por lujosas residencias de verano, en las faldas de una cadena de suaves montañas, justo al norte de Santa Mónica. En una laguna rodeada de playas anchas y palmeras, un águila de cabeza blanca posa para los fotógrafos sobre la rama de un árbol caído. El mar está muy calmado, y parece que se pudiera llegar caminando a las islas del Canal.

         Siguiendo la carretera de la costa, Oxnard, Ventura, grandes ciudades agrícolas, exposiciones de potentes tractores, inmensas extensiones de campos de fresas, y de repente una larga humareda detrás de las montañas. Un incendio está calcinando el bosque bajo que llega hasta el océano, y nos desvían por una intrincada red de carreteras de monte que rodean el lago Casitas. Apenas hay agua en el fondo del lago, de donde se abastecen las avionetas que nos sobrevuelan. Camino de nuevo al mar, cambiamos el bosque de encinas por el verde más vivo de los árboles de aguacate y los naranjos, y llegamos sin contratiempo a Santa Bárbara.

         Dentro de la rica variedad de tacos, de carne y pescado, que ofrece la cocina del sur de California, creía haberlo probado todo, yendo del campo al mar, pero en un mexicano de Santa Bárbara vuelvo por un rato más lejos, a mi tierra, saboreando unos tacos de migas con chorizo. Santa Bárbara es una ciudad limpia y hermosa, encajada entre las montañas y el mar. Desde lo alto de la torre de la Courthouse, que es un conjunto de edificios de fachadas blancas y construcción pretendidamente colonial, se puede divisar una panorámica completa de la ciudad: la sierra pelada al fondo, las montañas de laderas suaves y casas suntuosas con vistas al océano, la misión española con su iglesia de paredes color crema, la alta vegetación poblando la ciudad entre las manchas blancas de las casas, los tejados de teja naranja, calles rectas y cuadriculadas, yates ordenados en el puerto, la línea de playa con sus palmeras de postal, el resplandor inmenso del océano Pacífico.

La Courthouse son realmente unos juzgados en uso, con anchos pasillos de baldosa antigua, techos de artesonado y amplias pinturas en tela decorando las paredes blancas, con verdadero aire de monasterio castellano. Hay una sala de juicios de techos muy altos, como los de un palacio, con travesaños labrados y largas lámparas colgantes, donde las paredes son murales alegóricos de la historia de la ciudad. Alrededor de los bancos y del tribunal, con su bandera norteamericana, se ven imágenes de indios, de descubridores en barco, a caballo y con armaduras, de sacerdotes, y banderas españolas y mexicanas y escudos de Castilla y León. En un rincón, bajo una bandera española y un toldo sobre el que crece una parra de uvas tintas, una mujer con mantilla abraza a un muchacho, y un pergamino desarrolla dos lemas muy nuestros: Salud y pesetas. Gracias a Dios.

         Por la mañana hace frío de invierno, pero hay surfistas aprovechando las escasas olas de la ancha playa de Pismo. En San Luis Obispo, cuyo centro es también una cuadrícula de calles ordenadas y limpias, de tiendas al estilo europeo, hay también una misión española, con su iglesia y su pequeño museo y su poco de historia. Al lado hay una biblioteca de 1905, que es también un pequeño museo de historia, un edificio coqueto de ladrillo rojo y arcos de piedra que parece de juguete. Hay una exposición sobre la familia Hearst, y un encargado afable y con ganas de hablar nos cuenta sobre sus vidas y sobre la herencia española en la costa californiana.

         Morro Bay es un tranquilo pueblo de pescadores, con restaurantes junto a una amplia bahía interior, frente a un peñón sobre el mar, que le da nombre. Tomamos tacos de bacalao y una confortante cerveza artesana en una terraza frente al agua, al tibio sol del invierno, antes de seguir camino y adentrarnos en Big Sur por las sinuosidades de la Highway 1. Atravesamos pueblecitos con casas de madera, extensiones de prado donde pastan las vacas, y también cebras, frente al océano, cortas bahías y playas inaccesibles sobre las que refulge la línea amarilla del sol cayendo sobre el limpio horizonte del agua.


         Hay un rincón especial en la sucesión de vistas dramáticas de la costa. Es en Julia Pfeiffer Burns State Park. En estas alturas tuvo en su día un rancho, y una casa sobre el acantilado, una familia que había emigrado desde Alemania, y que da nombre al área protegida de bosques que rodea este punto. Un corrimiento de tierras en los primeros años 80 se llevó por delante una parte de la montaña. La carretera 1 estuvo cerrada muchos meses. Después la terquedad del mar limpió los restos y creó unas espléndidas playas, que ahora los visitantes contemplan desde una pasarela. Hay un punto en que las rocas forman una pequeña ensenada de aguas turquesas. El bosque de secuoyas llega casi hasta el nivel del mar. Por entre las secuoyas corre un arroyo que viene a caer en una recta cascada sobre la arena clara de la playa. De la ladera que baja hasta la playa cuelgan secuoyas diminutas, juncos, recios eucaliptos, una palmera de copa redonda. Una banda de nubes cubre la puesta de sol, pero el resplandor dorado se alarga desde el horizonte hasta las rocas, sobre un mar tan raso y calmado como una laguna. Siempre que contemplo una imagen así pienso en la fascinación violenta con que aquellos artistas románticos del XIX quisieron enseñarnos a ver la naturaleza.

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