lunes, 4 de julio de 2016

En los paisajes de Salvador Dalí

Hace algo menos de un año, en San Francisco, visité con un amigo puertorriqueño una exposición sobre la amistad y las vidas creativas paralelas de Salvador Dalí y Walt Disney. Fue en el Museo Walt Disney, en Presidio, en la parte norte de la península de San Francisco, junto al puente Golden Gate. En la muestra se exhibían cuadros de Dalí, dibujos del taller de Walt Disney, pruebas sobre un proyecto común inacabado, y sobre todo cartas y objetos personales que se intercambiaron los dos artistas, fotografías de sus encuentros en América y Europa.

Durante los años de la guerra civil española y la segunda guerra mundial, Dalí y Gala fijaron su residencia en los Estados Unidos. Yo sabía de sus andanzas y polémicas en Nueva York, pero ahí supe además que habían vivido en Monterey, California, e incluso montado un estudio de pintura en un hotel de Pebble Beach, un poco más al sur. Dalí eligió aquel lugar de costas abruptas y escarpadas, en medio de Big Sur, porque le recordaba la costa catalana de Cadaqués. Aquel atardecer mi amigo y yo cruzamos la niebla del puente Golden Gate y acabamos bebiendo un vino tranquilo con unas amigas en una mansión de la zona de Marín, entre bosques y penumbra, que nos recordaba a un castillo de Disney, pero no dejaba de ser una escena surrealista.

Dalí fue desde los años 20 un virtuoso del dibujo, un creador de imágenes fantásticas, y también un payaso, un payaso genial. Sus cuadros están repartidos por museos de todo el mundo, y las excentricidades de su figura pública lo hicieron reconocible más allá de su obra. Entre el grupo de surrealistas franceses Dalí no desentonó, sino que alimentó como ningún otro su personaje alocado y genial, con una vitalidad que supera lo cargante.

En Figueres, muy cerca de la plaza de la iglesia, pasamos frente a su casa natal, una casa señorial de cuatro pisos y muchas ventanas, hoy venida a menos. Y a sólo unas calles está el Museo-Teatro Dalí. Es el espacio donde estuvo el antiguo teatro de la ciudad, reconvertido por el artista en otro alocado homenaje a su propia obra. En el patio, un viejo Cadillac con una escultura femenina de formas gruesas haciendo de mascarón de proa, y una columna coronada por una barca marinera que parece derretirse. Al antiguo escenario entra la luz por unas cristaleras, y un lienzo gigante con un torso desnudo frente al mar y las rocas llena la pared de fondo.

Hay cientos de curiosidades en las salas más pequeñas, en los pasillos circulares del antiguo teatro: dibujos para obras teatrales, trajes imposibles, montajes con figuras animales, pinturas caleidoscópicas, óleos inocentes de juventud, cuadros que encierran otros cuadros dentro, fotografías de todas las formas del famoso bigote del artista. Está también la propia tumba de Salvador Dalí, y su cuadro preferido, La cesta del pan, de 1945, que además de una naturaleza muerta tenía para el artista un significado esotérico y casi místico.

Y muy cerca de Figueres está el refugio marino de la familia de Dalí, Cadaqués, que el artista siguió visitando durante toda su vida. Cadaqués es un pueblo blanco, pequeño, con varias playas breves, acantilados rocosos, calles en cuesta. Frente al mar hay bañistas tomando el sol, restaurantes tranquilos de veraneo, y la bahía está llena de pequeños botes. Las calles son pedregosas e incómodas, y algunas llegan a estrecharse tanto, que sólo permiten el paso de una persona.

Hay balcones floridos, maceteros que adornan el paso, el verde de las parras y el lila encendido de las buganvillas trepando por las paredes blancas. Hasta aquí trajo Dalí a sus amigos en los años 20: éstas son las playas y los paisajes marineros en donde vemos esas fotos en blanco y negro de un García Lorca juguetón y casi plenamente feliz.

La casa de Salvador Dalí y Gala está al otro lado del cabo de Cadaqués, en Portlligat. Allí se puede llegar caminando desde Cadaqués, o dando una larga vuelta por la carreterita que bordea el cabo rocoso. Hasta este refugio de Portlligat, en un puerto escondido y humilde, entre cerros abrasados, olivos y rocas, Dalí siguió trayendo a sus amigos surrealistas durante toda la vida. En el Museo de Cadaqués hay una exposición con fotografías de Man Ray: Dalí, Gala, Marcel Duchamp y otros surrealistas haciendo payasadas en los alrededores de Portlligat.

Desde Portlligat sigue una carretera estrecha que serpentea entre los montes de olivos y mira a los acantilados rocosos. Al final de la carretera se llega al punto más oriental de la Península Ibérica, el Cabo de Creus. Hay un faro del siglo XIX y un restaurante, golpeados por un viento inclemente. Es un territorio inhóspito pero de una gran belleza salvaje. Montes de rocas ardientes se cortan en abruptos acantilados, y abajo hay playitas de aguas claras adonde da vértigo mirar. Hay una sensación de fin del mundo similar a la que se puede experimentar en Big Sur, en el norte de California, en el otro extremo que buscó Dalí para reencontrarse con estos paisajes atormentados de la infancia.


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