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miércoles, 16 de mayo de 2018

Gala 'Música y Poesía' para celebrar diez años de educación democrática en la Escuela de Ciudadanos

La relación entre la música y la poesía es tan estrecha que se remonta a sus propios orígenes, a las palabras de la tribu que en la primera literatura oral se mezclaban con los ritmos y los sonidos de la comunidad. Así ha sido siempre, a lo largo de la historia de la literatura, y así ha sido también en épocas recientes en que la música ha servido de educación literaria y sentimental de poetas y artistas. Poetas como Luis García Montero, que volvió a Manzanares el pasado domingo 13 de mayo para hablar de esta relación indisoluble en la Gala Música y Poesía, con que se celebró el X Aniversario de la Escuela de Ciudadanos.

La gala supuso el broche para esta décima temporada en que la Escuela de Ciudadanos ha ofrecido a los habitantes de Manzanares y su comarca conferencias y disertaciones del más alto nivel, por donde han pasado periodistas, escritores, políticos, cantantes, jueces y personalidades de especial relevancia en la historia reciente de nuestro país, con el objetivo común de crear un espacio de reflexión, de educación, de comunicación, de ideas compartidas: de ciudadanía democrática, en definitiva. En esta ocasión el acto se celebró en el Gran Teatro de Manzanares, ante 700 personas que llenaron prácticamente todas las localidades del recinto, y que pudieron disfrutar de la alocución del profesor y poeta García Montero y de un concierto íntimo de quien tantos poemas ha versionado y convertido en música, el cantante y compositor canario Pedro Guerra. 


El acto, elegante y distendido, que fue presentado por el periodista Juanjo Díaz-Portales, comenzó con un vídeo en el que se repasaban algunas de las versiones de poemas musicados más conocidas, en las voces de Serrat, Miguel Ríos, Ana Belén, Paco Ibáñez o Leonard Cohen, y con imágenes y portadas de discos que aunaron la poesía y la música. Se recordó a continuación a todos los profesores que han contribuido con su presencia y sus palabras a que la Escuela de Ciudadanos creciera y significara durante los últimos diez años. Desde 2008 han sido 65 personalidades las que han pasado por la Escuela, en sus diferentes espacios: la Biblioteca Municipal, el Castillo de Pilas Bonas y la Casa de Cultura. Todos ellos fueron apareciendo por la pantalla, incluyendo a varios que ya no están con nosotros: Enrique Sierra, María Antonia Iglesias, Manuel Marín y Forges, para los que hubo un recuerdo emocionado.

Si hay un referente moderno que integre la música y la poesía, ése es el cantante norteamericano Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016. El poeta albaceteño Matías Miguel Clemente recitó una traducción al castellano de su célebre canción Blowin’ in the Wind, acompañado por la violonchelista Cristina Olmedilla, y también interpretaron con brillantez uno de los grandes poemas de la literatura española del siglo XX, Retrato, de Antonio Machado, que en su día fue musicado porSerrat y Alberto Cortez.




A continuación llegó la gran lección literaria y cívica: el poeta granadinoLuis García Montero se dirigió al público de Manzanares como el granprofesor de Literatura que es, y en un tono pausado, emotivo, siempre didáctico, habló de la necesaria relación entre la poesía y la música. “Hermandad de la poesía y la canción”, en sus palabras, que existe desde los orígenes más remotos, desde las primeras narraciones de la literatura oral al calor de una hoguera, a través de las cuales se perpetuaba el diálogo generacional. Un hilo que no debería romperse, a pesar de que, según el poeta, actualmente “la mercantilización del tiempo está evitando el diálogo entre generaciones”.

La música popular ha venido a lo largo de la historia al rescate de la poesía cuando el lenguaje poético se encerraba en sí mismo: “Cuando la poesía nos aleja de la palabras de la tribu y el género empieza a oler a cerrado, el mejor remedio que han tenido siempre los poetas ha sidoabrir las ventanas para que entre en la casa la canción, que trae el rumor de la calle”. Así ocurrió en la Edad Media, en el Barroco, en el Romanticismo, y de ahí la importancia de los cantautores en su diálogo con la poesía, según García Montero, “para intentar hablar como se escribe y escribir como se habla”. Recordó también el poeta granadino quiénes fueron de niño sus primeros referentes entre la poesía y la música: Paco Ibáñez, con su primer disco con poemas de Góngora y García Lorca, y Joan Manuel Serrat cantando a Antonio Machado, a quien tuvo la suerte de escuchar a los diez años en clase, y que fue poco después el primer disco que compró: “En nuestro país, durante mucho tiempo, la poesía y la canción fueron parte de nuestra educación sentimental”.



Para Luis García Montero, es necesario que la poesía esté con los pies en la tierra, que viva en la calle, y una de las grandes tareas de la poesía es configurar la educación sentimental: “Si no conseguimostransformar nuestra intimidad, no vamos nunca a conseguir defender sueños justos en el espacio de lo público”. Ante la inmediatez de las respuestas que no exigen reflexión, el autor de Habitaciones separadas reivindicó la relación entre la búsqueda del lenguaje preciso y el pensamiento crítico: “Cuando renunciamos a nuestras ilusiones colectivas, basta con un “me gusta” o con un “ok”, pero cuando tenemos ilusiones colectivas, necesitamos mantener un idioma, un lenguaje que nos permita comprender a los demás y que nos permita dar explicaciones a los demás”.

También leyó algunos de sus poemas que han sido hechos canciones, y explicó anécdotas sobre el proceso de adaptación de sus versos: Señor de la noche, que cantó Serrat, Aunque tú no lo sepas, versionado por Quique González y que cantó Enrique Urquijo, su adaptación de El durmiente del valle, de Rimbaud, para Pedro Guerra, y Nube negra, la letra que hizo para que su amigo Joaquín Sabina volviera a la canción.




La segunda parte de la gala, después de que Miguel Matías Clementey Cristina Olmedilla interpretaran el soneto de Sabina Palabras para Pedro, dedicado a Pedro Guerra, fue la actuación del músico tinerfeño. En 2003 Pedro Guerra publicó el disco La palabra en el aire, en el que versionó poemas de Ángel González, que colaboró con él e intervino en el disco y también en algunos conciertos. Diez años después de la muerte del poeta asturiano, Pedro Guerra ha reeditado el disco y comenzado una gira que servirá como homenaje.

En un tono cercano, casi íntimo, a la guitarra, Pedro Guerra deleitó al público de Manzanares con canciones de este disco y otros clásicos de su repertorio, recordando al tiempo vivencias junto a Ángel González y otros poetas a los que versionó. Recordó que para él la poesía y las letras de las canciones son géneros distintos. Además de su larga trayectoria como músico y compositor, Pedro Guerra también es poeta, pues publicó en 2016 su libro Hurgando en la caja negra, muchos años después de que el propio Ángel González, después de leer sus intentos de poemas, le recomendara: “Pedro, esto hay que trabajarlo más”, según contó entre risas el artista. (La portada, el diseño y la maquetación del libro Hurgando en la caja negra es obra casualmente de una manzanareña, Cristina Reina).

Donde pongo la vida pongo el fuego, Tango de madrugada, Vals del atardecer, hicieron las delicias del público junto a la interpretación de Sin puntos ni comas, de Sabina o El durmiente del valle, en la versión de García Montero, que no dudó en subirse de nuevo al escenario cuando fue requerido por Pedro Guerra, para recordar aquellos conciertos en que el cantante estuvo acompañado de Ángel González. Después de su clásico Contamíname, que fue coreado por el público, el cantante despidió el concierto con uno de los poemas de amor más conmovedores de González: Me basta así.



Entre el público que aplaudió con insistencia la actuación de Pedro Guerra y el desarrollo de la gala estuvieron presentes algunos responsables políticos: el presidente de la Diputación de Ciudad Real, José Manuel Caballero; el alcalde de Manzanares, Julián Nieva, así como varios concejales y representantes de todos los partidos políticos locales excepto uno; el senador Nemesio de Lara; el ex diputado nacional Cayo Lara; e igualmente otras personalidades como el doctor y profesor Miguel Lorente, que fue profesor de la Escuela de Ciudadanos; o el pintor granadino Juan Vida, ilustrador de muchos libros de García Montero; y representantes de los patrocinadores, Fundación Unicaja y Cadena Ser.

En esta gala hubo también un momento necesario, aunque inesperado por él mismo: Luis García Montero, en nombre de los alumnos y colaboradores de la Escuela de Ciudadanos, entregó una placa de reconocimiento a Román Orozco, director, fundador y alma máter de esta escuela de educación democrática. Gracias a él, y al constanteapoyo de los vecinos de Manzanares y su comarca, han sido posibles los primeros diez años de la Escuela de Ciudadanos, los primeros diez años de este gran espacio compartido de ideas, literatura, música, democracia, ciudadanía.

sábado, 29 de julio de 2017

En el Camino: 20ª etapa: Coímbra-Famalicão (Anadia)

Al salir de Coímbra, el cielo está blanco de nubes bajas y hay neblina que se precipita y moja. Se cruza el puente hasta la margen derecha del río Mondego, y se avanza por un paisaje monótono y llano hasta que los edificios se convierten en maizales. Por una larga cuesta se sube al pueblecito de Cioga do Monte. Casas viejas, algunas quintas cuidadas, huertas familiares, ladridos de perros. Subiendo más se atraviesa Trouxemil, donde veo a ancianas conversando en las esquinas y ancianos en bicicleta. No se corta la línea de casas pero ya estoy en Adões, y con eso he pasado del distrito de Coímbra al de Aveiro. Paro a tomar café, y en el fresco de la terraza pregunto a los hombres que hay conversando si pasan muchos peregrinos. Hoy no, me dicen, pero sí se ven a lo largo de todo el verano. “Vão mais para cima que para abaixo”: todavía los dos caminos inversos coinciden: los que subimos a Santiago siguiendo las flechas amarillas, los que bajan a Fátima siguiendo las azules. En algún momento atravieso una aldea con una sola calle y un perro enorme sale corriendo hacia mí desde dentro de un garaje entreabierto. Ladra como loco y sólo me da tiempo a levantar una pierna: cuando está a metro y medio de mí pega un tirón brusco la larga cadena que lo sujeta y el perro cae al suelo y sigue ladrando. Qué voy a decir, todo el vecindario está ladrando.

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Paso por Mealhada, que es un pueblo limpio tras un largo polígono entre bosques, donde se queda la mayoría de peregrinos. Hay mucha vida en las calles del centro, vida de gente que sale a las terrazas, viene y va, pero no hace demasiado ruido. A las afueras del pueblo hay un agradable paseo arbolado con flechas amarillas. Alcanzo a un matrimonio holandés por encima de los setenta, y la mujer me dice que desde lejos pensó que yo era holandés porque llevaba una camiseta naranja. Se quedan en el albergue, tras el que vienen algunos restaurantes de carretera y el calor que vuelve a apretar. Casi todos los restaurantes anuncian que son especialistas en leitão, en lechón, en cochinillo. Incluso las señales de entrada al concelho lo advertían como una de las atracciones de la zona. Subo una larga cuesta hasta el centro de Aguim, me refresco en una fuente, arranco un tomate de una huerta en un jardín. He tomado la decisión de caminar más allá de Mealhada sin saber lo que me voy a encontrar. Como no tengo guía, y sólo busco información por Internet si me hace mucha falta mientras camino, no tengo certeza de que haya albergues hasta Águeda, que es el final de la siguiente etapa. Compruebo que al menos hay pueblos en este tramo, así que algo ha de haber. Camino bajo el sol del mediodía hacia lo desconocido.



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Anadia es un municipio bien hecho. Subo una cuesta con una carretera en obras y después empiezan sus pedanías, y un enorme complejo deportivo, y operarios poniendo alfombras de césped en amplios paseos, y aspersores regando con alegría. Parece que en el pueblo ha caído la lotería y están deprisa haciéndolo todo nuevo. Una pedanía tras otra, las calles son modernas, las señales son modernas, hay obras públicas por todas las calles. Y al llegar al pueblo, las calles están limpias, y hay cómodos edificios comerciales en bajo con las terrazas de las cafeterías llenas de gente, y agua que sube en las fuentes, y un aire de modernidad que no he visto en todo Portugal. En una plaza veo un cartel que no me acabo de creer: esta noche actuará aquí en Anadia, en la Praça da Juventude, Luísa Sobral. Tengo que mirar el cartel varias veces e incluso hacer una foto para estar seguro: hace mucho calor y llevo mucho tiempo caminando y no he comido, y ya es mucha casualidad que haya tomado la decisión valiente de ir hacia lo desconocido y que precisamente Luísa Sobral venga esta noche a cantar al pueblo al que llego. Avanzo buscando la estación de bomberos, pero no está en el pueblo sino ya en el campo, en una antigua finca de caballos hasta donde me guía un pastor viejo que no tiene manos y tiene la cara desfigurada. Entro a la finca donde están los camiones de bomberos y recibo mil atenciones del bombero de guardia, de una señora mayor, de un grupo de niños. En un portal frente a los viejos establos, me sientan, y los niños me ofrecen de un cuenco de palomitas azucaradas que acaban de preparar. “Tenho mais sede do que fome”, digo, y el muchacho me trae una botella de agua fría con la que llena mi cantimplora. Después me anota en el GPS del móvil la dirección del convento de freiras adonde tengo que ir a dormir, que está más adelante, en una pedanía, a dos kilómetros. Aún tengo que llegar allí, y a los 31 kilómetros que camine habrá que sumar dos de ida y dos de vuelta si de verdad quiero ver a Luísa Sobral.

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En la pedanía de Arcos hay bodegas antiguas de vino espumante, y otra vez paredes desgastadas y un aire de descuido. Cruzo un río seco y llego a otra pedanía, Famalicão. Varias mujeres me indican y finalmente llego a la puerta correcta del convento. Colégio de São João de Cluny. Algunas monjas visten con hábito, otras no, todas son muy mayores y muy cordiales. Las instalaciones del colegio son muy modernas. En la parte de atrás hay jardines con atracciones y columpios, y varios grupos de niños haciendo actividades con sus monitoras. El espacio que tienen las monjas para albergue es seguramente el mejor que he visto nunca. Una gran habitación luminosa y fresca en el piso superior, con los colchones y las sábanas pulcramente dispuestos. Duchas amplias, más limpias y mejor cuidadas que las de un hotel. Es un edificio nuevo y hecho con buen gusto, y las atenciones de la hermana que me explica el funcionamiento del albergue son ejemplares: incluso tiene fotocopias de dos planos dibujados a mano con los bares y pastelerías de la zona. Aunque tarde, voy a comer al que me dijo que es más tradicional, y por supuesto es un lugar especializado en cochinillo. Hay gente que está esperando para llevárselos enteros en cajas especiales. La carne es espléndida, y el vino blanco también. Cuando vuelvo, han llegado al mismo albergue los tres italianos y las dos japonesas. No sé cómo hacen para demorarse tanto. Salen siempre una o dos horas antes que yo, y siempre llegan varias horas más tarde.

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Finalmente hemos decidido caminar de vuelta, cuando ya se ha hecho de noche, para ver el concierto de Luísa Sobral. Mi compañero seminarista italiano me acompaña. Un rato antes de empezar, parece que no hay demasiada expectación en la plaza y nos sentamos en las primeras filas. Casi al instante la plaza se llena de gente y aparecen las teloneras. Un grupo de seis quinceañeras con voces gloriosas. A veces acompañadas al piano, y otras con la sola instrumentación de sus voces, llenan la plaza de calor con canciones en portugués y en inglés. No podemos evitar sentir un escalofrío después de escuchar sus arrebatadoras versiones de The sounds of silence y Hallellujah, que además para mí es la canción del Camino de Santiago, de tantas veces que se la escuché a mi amigo Francesco el verano pasado.

Cuando sale al escenario Luísa Sobral la plaza está abarrotada, hay gente de pie por todos lados. Y el espectáculo es aún mucho más de lo que esperábamos. Yo conocí a Luísa Sobral unos meses antes de Eurovisión, cuando Elvira Lindo empezó a hablar en España de ella y de su hermano. Y esta feliz casualidad de estar en este concierto me hace quererla más: es un concierto vivo, dinámico, familiar. Guitarras, contrabajo, batería. La propia Luísa Sobral va cambiando de instrumento en cada canción: guitarra, guitarra eléctrica, piano, incluso interpreta una canción golpeando el cajón con las baquetas. Es un prodigio musical, en las canciones en inglés de inspiración sureña y en las portuguesas que tiran al jazz y hasta en las canciones infantiles. Cada canción es un espectáculo nuevo que se sobrepone a lo anterior. Es además una mujer divertida, ocurrente, y el público la quiere. En un momento íntimo, cantando una bossanova lenta, se para y empieza con los primeros versos de Amar pelos dois, la canción que escribió para que su hermano dignificara el festival de Eurovisión. Siento un pellizco de envidia patria: toda la plaza está cantando los versos lentos y delicados de esta canción. Dice Manuel Machado: “Hasta que el pueblo las canta, / las coplas, coplas no son, / y cuando las canta el pueblo / ya nadie sabe el autor”. Los versos de Luísa Sobral que salieron de una noche de hotel ya no son suyos, son de la nación portuguesa. Cuando acaba el concierto, tiene otro gesto de delicadeza con la gente: se sienta al pie del escenario con esa guitarrita pequeña que los portugueses llaman cavaquinho y canta unas canciones tiernas para los niños que hacen círculo alrededor. Hay momentos dulces y hermosos en el Camino y en la vida.





domingo, 23 de julio de 2017

En el Camino: 14ª etapa: Azambuja-Santarém

Por la mañana, no tenemos a nadie. Entre los cuatro peregrinos que tengo por compañeros, no juntamos a uno que pueda echarse a andar los 33 kilómetros de la etapa. Tampoco yo estoy para muchos trotes, y el GPS me dice que en línea recta son sólo 27. Desayuno con ellos, les deseo buena suerte, y echo a andar con alegría. Es una carretera tranquila, sin mucho tráfico, con sombra, con alguna cuesta, hasta la ciudad de Cartaxo, que está a la mitad. Antes, en el límite imaginario entre los distritos de Lisboa y Santarém, hay unos bosques de pinos con muchos bancos y mesas de cemento donde sentarse a desayunar, tal vez a escribir.

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Cartaxo es un pueblo pequeño, con iglesia blanca y tejado ocre a juego con el resto de las casas, jardines amplios y un mercado con mucha vida. Muchos carteles con festejos taurinos, dibujos y carteles taurinos por todos lados. En Vale da Figueira, que es un pueblo con una calle larga y fachadas blancas con buganvillas, paro a comer. Pido algo ligero, porque es temprano, pero la dueña me trae una tosta caliente de pollo, lechuga y tomate que no me cabe en el cuerpo. Hay un joven que lee la prensa deportiva muy concentrado mientras bebe cerveza. Dos mujeres discuten sobre problemas con sus nueras. Otro señor mayor se planta con su silla de ruedas en la puerta y grita que quiere un café, y la dueña se lo lleva hasta la calle. Tranquila tarde de sábado en la aldea.

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El centro histórico de Santarém está lleno de iglesias pequeñas de inspiración gótica y callejones moriscos. Hay que subir una cuesta durísima para acceder a la ciudad. Lo primero que encuentro es la Igreja do Hospital de Jesus Cristo. Mucha gente se congrega en la puerta, se saludan afectuosamente y van pasando para esperar la misa. Horror vacui, muchos retablos y frescos con muchos colores en el techo. Voy para la Sé Catedral, donde hay muchachos vestidos de músicos dando vueltas, y desde donde me mandan al Convento de São Francisco. Reconozco desde lejos la estatua despojada del santo entre unos jardines, y entro a preguntar. Una niña me lleva hasta una señora, que a su vez me hace cruzar un hermoso claustro y me conduce por pasillos amplios hasta una habitación blanca de techos altos y dibujos a grafito en las paredes donde un hombre trabaja detrás de un ordenador, en una mesa de madera oscura labrada. Es el padre Marco, aunque tardo en comprender que es sacerdote. Viste vaqueros y zapatillas, un polo rojo, está gordito pero tiene un aire deportivo. Parece un cura años 80: aire casual, buenas maneras, barba perfectamente recortada, paquete de tabaco siempre a mano. Tiene un cenicero usado en la mesa, y mientras charlamos se enciende un cigarro sin preguntar si puede fumar. Para eso está en su despacho. Es muy buena gente: me acomoda en un sillón, me obliga a poner los pies en alto, me carga el móvil, sale a hacer un recado y me ofrece una bolsa con hábitos de misa para que la use como almohada y repose. Al rato vuelve y me trae un café y una botella de agua fría. Me dice que no me mueva, que él me va a solucionar el problema del alojamiento. Hace muchas llamadas. En la Santa Casa da Misericórdia le dan la respuesta más peregrina: hasta septiembre sólo acogen peregrinos de lunes a viernes, los fines de semana no. Los bomberos voluntarios le dicen que no acogen a nadie. Los bomberos municipales dicen que pagando. El buen hombre me ofrece gratis las instalaciones de la Cruz Vermelha, que están al lado, en un antiguo seminario, pero tendré que dormir en el suelo. A estas alturas, no pasa nada por volver al suelo, sobre todo si es de madera y tengo todo un edificio de dos plantas para mí solo.

El buen hombre llama a gritos a la señora de fuera, y le pide que traiga para él el resto del café. Es un gusto charlar con alguien inteligente e informado. Estudió en Évora, y recuerda con cariño a una profesora de español muy rigurosa de la que no aprendió casi nada. Me habla de sus viajes a España, de la particularidad de la identidad portuguesa, de los dialectos de las zonas fronterizas en Extremadura y en Miranda, del tiempo de los Felipes. Me ofrece una guía para recorrer la ciudad. Es el primer sacerdote portugués que conozco, después de dos semanas yendo de pueblo en pueblo y de iglesia en iglesia.

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Todas las iglesias del centro están cerradas. Son blancas, pequeñas, entre casas bajas de poco lustre o grandes edificios con fachadas de azulejos que fueron brillantes. Frente a la Igreja de Nossa Senhora da Graça está la Casa do Brasil y una estatua de Pedro Álvares Cabral. El descubridor del Brasil nació en un pueblecillo cercano, Belmonte, y está enterrado en Santarém, en esta iglesia. El rincón más hermoso de la ciudad es un mirador circular al río Tajo, al final de un jardín cuidado, que llaman Portas do Sol. Desde arriba se ve un largo recodo del río Tajo, que forma playas en su cauce, y un vasto panorama de pueblos blancos, maizales, viñedos, puentes, afluentes, caminos. Al atardecer el verde de los campos se enciende, los pueblos destellan, el agua que se va al mar resplandece. Es un momento hermoso desde la altura.


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El último espectáculo del día es un concierto de órgano y canto gregoriano en la catedral. El director explica que es el penúltimo de un ciclo de conciertos en los que han interpretado repertorio desde la Edad Media hasta la actualidad. Hoy interpretarán una adaptación de una misa hecha en el siglo XX por unos compositores belgas. La nave de la catedral es pequeña, hay muchas hornacinas con vírgenes y santos y los techos también coloreados de frescos. La música del órgano y las voces del coro, de los hombres de negro y de los niños y niñas con túnicas rojas, resuenan con una armonía de otros siglos en estas paredes. Entiendo palabras sueltas en latín, pero tenemos un guión con el que vamos siguiendo la estructura de la misa. Es difícil no emocionarse ante una manifestación tan intensa de una belleza que no acabamos de definir ni entender. Simplemente las voces suben y bajan, se acompasan, dicen. Las raíces de nuestra cultura crecieron durante siglos en lugares como éste, en actos estéticos tan sublimes y tan cargados de significado como el que acabamos de vivir. Ite missa est.


lunes, 22 de agosto de 2016

En el Camino, días 23, 24, 25: Astorga-Foncebadón-Ponferrada-Villafranca del Bierzo

Tomar un café con churros en una cafetería temprana de Astorga. Salir sin esperarlo a una plaza enorme y encontrarse con el Palacio Episcopal, que diseñó Gaudí y que parece un castillo de Disney, y con la grandiosidad de la catedral, que tiene piedras de todos los colores y estilos superpuestos, muchas imágenes barrocas en la portada. Caminar hacia pueblecitos de piedra, Valdeviejas, Murias de Rechivaldo, Santa Catalina de Somoza, otra vez con árboles a la vera del camino. Parar en un patio de El Ganso para almorzar a lo grande con lo más elemental: tinto de verano, tortilla, jamón con aceite y tomate, queso, buen pan, una botella de sidra. Pasar de quien quiere avisarnos sobre el futuro por el mero hecho de habernos adivinado el pasado. Ascender hasta Rabanal del Camino, hasta otro patio sombreado y tranquilo, y coger fuerzas para el último trecho de montaña. Cargarnos de vino para subir hasta Foncebadón, cantar, llegar exhaustos a los penúltimos puestos en la parroquia. Dar palmas, escuchar a la guitarra a unos barceloneses que cantan por sevillanas, a unas asturianas con un inglés muy británico, a los italianos festivos, a la tristeza de la canción francesa. Curar ampollas de peregrinas que usan dos tallas más, cenar en comunidad en la parroquia, reír con la sesión de títeres. Buscar de noche a una amiga de Nashville, Tennessee, que nos canta con su violín, bajo la luna, entre contornos de montes oscuros, el country más hermoso que hayamos escuchado.


Subir a la Cruz de Ferro antes de que amanezca, y dejar atrás en la media luz un valle amplio como una llanura del Nuevo Mundo. Ver salir un sol rojo subidos a las piedras que dejaron los peregrinos, hasta que rompe el silencio frío un japonés que llega diciendo: Qué pasa, troncos. Dejar a un lado Manjarín, con su historia templaria y su aglomeración de objetos entre hippy y futurista. Avanzar por caminos estrechos entre montes verdes y nubes preñadas. Ver desde la altura, desde tan lejos, la llanura de Ponferrada. Comenzar el brusco descenso, parar en El Acebo a desayunar y a entender cómo se colocan los ponchos e impermeables. Bajar por una carretera tranquila, tocados por un sirimiri intermitente, hasta Riego de Ambrós, que es uno de los pueblos más bonitos de todo el Camino, con casas de piedra, tejados negros, balcones de madera adornados con flores de colores. Seguir descendiendo por bosques tupidos hasta Molinaseca, otra ciudad alegre y colorida donde comemos bocadillos que saben a gloria. Caminar junto a una carretera y llegar saludando a todo el mundo a Ponferrada, recorrer las calles animadas del centro, visitar el castillo templario, la basílica de Nuestra Señora de la Encina, donde unas cuantas mujeres ancianas rezan pausadamente una letanía.


Proponernos no beber por un día e incumplirlo casi inmediatamente, comer chorizos al infierno en una tasca oscura con buena música que nos ha recomendado un guitarrista callejero, leer un diario de viaje de letra femenina y hermosa inventándome el significado de las frases en vasco, improvisar un botellón silencioso en una calle trasera, bailar descalzos toda la noche, romper banderas, cargar de nuevo con la mochila cuando abren el albergue pero aún está oscuro, cruzar el puente sobre el río Sil y seguir caminando, caminando. Atravesar con alegría y música pueblos insípidos con iglesias coquetas: Compostilla, Columbrianos, Fuentes Nuevas, Camponaraya, Cacabelos, Pieros. Entrar de golpe en otro territorio, en un paisaje ondulado de viñedos y tierra roja, repechos duros entre los bosques, hasta alcanzar Villafranca del Bierzo, la iglesia románica que recibe al peregrino en lo alto, con vistas al río y a los montes, la ciudad de calles empedradas y laberínticas que se deslizan hacia abajo, y donde nos espera un ambiente festivo de turistas y música al aire libre que durará otra vez casi toda la noche. Pasear por la ciudad, visitar iglesias, reencontrarnos con amigos que quedaron atrás o que iban por delante, descubrir el vino barato de un restaurante del centro, asistir a conciertos en las plazas. Intentar sin éxito que una australiana fuerte y sana no se tire al río de aguas heladas desde un puente de madera, a las tantas de la mañana. Bailar entre adolescentes en el último concierto, querer dormir. Volver a coger la mochila por la mañana y salir enteros de Villafranca, en dirección a Galicia, sorprendidos de que el Camino nos haya puesto en el cuerpo tanta energía como en el espíritu.


sábado, 28 de mayo de 2016

San Juan Chamula, Chiapas: sincretismo religioso y espectáculo

En los alrededores de San Cristóbal de Las Casas, en las tierras altas de Chiapas, se reparten pueblos y aldeas tzotziles y tzeltales bastante singulares. Los tzotziles y los tzeltales son etnias mayas, y además son idiomas con plena vigencia en este territorio. Estos pueblos y los que llegan hasta la selva Lacandona son los últimos reductos del levantamiento zapatista. Hasta estos enclaves, hasta Ocosingo y hasta las selvas del interior se replegaron los guerrilleros después de ser repelidos por el ejército mexicano en 1994. En algunos de estos pueblos el ejército cometió masacres contra la población civil, y causó el desplazamiento de miles de indígenas.

Hoy los pueblos más cercanos a San Cristóbal de Las Casas son una curiosa atracción para los turistas, y además reductos de tradiciones más antiguas y no menos singulares que el fenómeno zapatista. Cada uno de estos pueblos es una comunidad cerrada e independiente, celosa de sus particularidades y con bastante desconfianza de los extranjeros. Me habían advertido de que tuviera cuidado al hacer fotografías en San Juan Chamula, pero no sabía hasta qué punto los devotos del pueblo pueden ser desagradables con los turistas.

A diez minutos del centro de San Cristóbal, junto al mercado de artesanías, ropas y flores, está el lugar desde el que salen las combis, pequeños autobuses, para los pueblos vecinos. Me encuentro una calle entera con tenderetes con sacos llenos de hojas de pino. Son mujeres indígenas las que los venden. Una de ellas me explica que se usan para las celebraciones y bodas. Atravesamos los suburbios tristes de San Cristóbal y subimos unos cerros cultivados de maíz. En diez minutos llegamos a San Juan Chamula.

Es un pueblo pequeño, de casas bajas, con una plaza central que es una gran explanada vacía, un par de edificios, verde y blanco, donde están el ayuntamiento y los comités de las juntas de gobierno, y una modesta iglesia encalada y con dibujos verdes y azules en la fachada. Detrás de la iglesia hay calles en cuesta con construcciones pobres, terrazas de maíz, cruces verdes en las esquinas. Por las calles caminan hombres vestidos con sus trajes tradicionales: aunque hace mucho calor, llevan pellizas de piel de oveja, unas blancas, otras negras y lanudas. Llevan sombreros claros y anchos, y algunos llevan también pantalones blancos bajo la pelliza. Las mujeres llevan blusas de colores, y faldas negras de piel de oveja, algunas tan gastadas que se han quedado sin pelo.

Pero la atracción principal es el interior de la iglesia, donde se celebran a diario extraños ritos donde se mezcla la tradición católica con reminiscencias mayas. Está terminantemente prohibido filmar o tomar fotografías en el interior de la iglesia de Chamula, y así lo advierten los encargados cuando venden la entrada en la puerta. Veo cruzar una procesión de gente por la plaza, hombres y mujeres y niños, con velas encendidas, que entran poco a poco en la iglesia. En la puerta, dos muchachos se encargan de tirar petardos y cohetes de vez en cuando. Y en el interior comienza el espectáculo.

La nave de la iglesia no es muy grande, y es oscura, con un punto tétrico. El suelo está casi completamente cubierto de agujas de pino. Hay decenas de mujeres arrodilladas por el suelo, frente a hileras de velas delgadas ardiendo. Poco a poco, llevan a cabo el rito de pegar cada vela en el suelo, prenderlas una a una, y colocar enfrente botellines de Coca-Cola o Gatorade. Algunas ponen enfrente también huevos de gallina. El templo está lleno de pequeñas hogueras de velas y tiene un olor fuerte a incienso. Junto a las paredes hay mesas de madera repletas de velas anchas dentro de vasos con la imagen de la Virgen de Guadalupe, y urnas de madera con figuras de santos, figuras de madera con espejos alrededor. Los procesionantes se colocan frente a cada santo y murmuran plegarias y cantan, mientras alguien toca cansinamente el acordeón.

Cuando acaban de rezarle a un santo, un hombre reparte bebida entre los que están alrededor, adultos y niños: destapa los botellines de Coca-Cola y llena un solo vaso, que va pasando de mano en mano y de boca en boca. Para los tzotziles católicos, al eructar se expulsan los demonios del cuerpo, y ésa es una de las razones del culto a la Coca-Cola. Otros beben agua, y otros pox, que es una bebida muy alcohólica a base de caña de azúcar. Después de rezarle la plegaria a cada santo, se beben un chupito y pasan al siguiente. Cuando las mujeres se mueven de sitio, algunos hombres pasan recogiendo la cera derretida con una espátula. Las mujeres cambian de sitio, se arrodillan de nuevo, y empiezan a colocar las hileras de velas y de Coca-Colas en el suelo. Una muchacha juega con el móvil mientras su madre enciende velas. Una mujer pasa caminando y se saca el pecho sobre la marcha para ponérselo al crío que lleva colgando y llorando. Al fondo de la iglesia hay un retablo de madera, que algunos operarios están pintando de colores: el olor de la pintura se mezcla con el del incienso y la cera, y el ambiente es demasiado denso.

Cuando voy a salir de la iglesia, llega el lío. Junto a la puerta trasteo con la cámara que llevo en el bolsillo, y uno de los guías interrumpe su explicación, sale del corro y viene hacia mí. Me exige que le entregue la cámara. Me niego. Me pide la tarjeta. Me niego. Llama a otros encargados y mayordomos de la iglesia. En la plaza, junto a la puerta de la iglesia, discutimos. Al rato viene otro que parece mandar más y me advierte: "Si no entregas la cámara, la policía te la va a destruir y vas a ir a la cárcel ocho días". Le digo que no tengo imágenes, que la cámara ha estado apagada. Otros hombres empiezan a rodearme. "Dame la tarjeta, amigo". La situación pierde el punto cómico y empieza a ser algo violenta. Les digo que quiero hablar con la policía. Se ríen: "En este pueblo, la policía somos nosotros, ellos hacen lo que nosotros decimos".

Empiezan a explicarles a otros turistas que me van a llevar preso por haber filmado dentro de la iglesia. Les repito que no tengo imágenes, y que la cámara y la tarjeta son mías, y ellos no tienen por qué manipular mis imágenes personales. "Cuando los turistas se ponen agresivos, las autoridades quiebran la cámara, así aprenden". Les digo que no soy agresivo, que estoy muy tranquilo. Calibro todas las posibilidades y llego a la conclusión de que no habrá forma de zafarse de esta gente. Les digo que me acompañen hasta el edificio verde para hablar con la policía. Cuando me doy la vuelta, un hombre de sombrero y bigotillo me agarra del brazo: "De aquí no das ni un paso, amigo". Empiezan a hablar en su lengua. Llaman por teléfono a las autoridades, supuestamente, para que vengan a encarcelarme. La situación ya no da más de sí. Así que accedo a revisar la tarjeta.


Me custodian hasta una tienda de informática. Metemos la tarjeta en el ordenador. Yo mismo manejo el ratón. Revisamos los vídeos: no hay nada. Todos contentos: "Te puedes ir, amigo". De todas formas, vuelvo a la iglesia para disculparme ante los encargados, y para echar un último vistazo al rito que continúa dentro, con las mujeres por los suelos prendiendo velas y ordenando los botellines de Coca-Cola, y los hombres con las pellizas negras repartiendo vasos de Coca-Cola y pox. Cuando salgo a la calle de nuevo, una voz está anunciando algo por un megáfono en lengua tzoztil. De vez en cuando, entreverados en el discurso, suenan los sonidos claros de algunas palabras españolas: cooperativa, barato, cristiano. Me subo a otra combi en la plaza y vuelvo a San Cristóbal.

Sé que he transgredido sus normas, pero no acabo de entender qué puede haber de secreto en esta ceremonia, o qué hay de sagrado o de vergonzoso en ella para que no permitan tomar imágenes. Tampoco creo que la difusión de las imágenes del interior, siendo curiosas, sean algo tan importante. Sin embargo, ya que uno no es ajeno a las pesquisas periodísticas, de alguna forma consigo que un amigo, que tiene una flor en salva sea la parte, me facilite fotografías obtenidas dentro del templo. Y, respetando la confidencialidad de mi fuente, tampoco creo que sea un delito ilustrar este artículo con algunas de ellas.

La sociedad de San Juan Chamula es más compleja que lo que cuento en esta escena. En el pueblo surgieron con fuerza iglesias evangélicas y pentecostales que se enfrentaron a los católicos, con el resultado de que muchos vecinos tuvieron que desplazarse a los suburbios de San Cristóbal. Son los que montan mercadillos y pequeños comercios a las afueras, en casas precarias, con fachadas llenas de consignas y lemas políticos y religiosos. Algunos de ellos están cercanos a la ideología zapatista, que no sé cómo puede tener algo que ver con la religión, y en ese batiburrillo de creencias precolombinas, religiones e intoxicación ideológica viven y tratan de convivir.

Pero no es algo particular de este pueblo chiapoteco. La proliferación de sectas y variantes en toda América Latina tiene ya proporciones de epidemia. Por si no tuvieran bastante en estas regiones pobres y calientes con el hostigamiento moral de la Iglesia católica, estas nuevas variantes hacen que los mensajes religiosos estén presentes en todo lo que se ve y oye: carteles y señales en las carreteras, letreros en los taxis y autobuses, costumbres públicas, cualquier conversación formal o informal. De ahí va a ser muy difícil salir.

Cuando me bajo en el mercado de San Cristóbal, veo por las calles hombres y mujeres con las pellizas de oveja, que vienen a vender o comprar cosas, y suman sus colores al abigarramiento de los mercadillos de la ciudad. Y en el fondo, todo esto también forma parte del espectáculo. 

jueves, 26 de mayo de 2016

Travesía de Guatemala a Guatepeor

Otra vez en camino. Salimos de Panajachel, en la orilla del lago Atitlán, en un microbús. Subimos los cerros verdes hasta el cruce en Sololá. Casas pobres, campesinos con el azadón al hombro en las terrazas de maíz, señales de una campaña electoral que acaba de pasar. El conductor va contándole a su amigo que ayer se fue de fiesta y se acostó muy tarde. El otro le dice que lleva despierto desde las dos de la mañana porque tuvo que recoger la leña. "A  ver si no me agarra el sueño conduciendo". Después se ponen a hablar en su lengua y pierdo el hilo.

En el cruce cambiamos de microbús, y el de la leña se pone al volante. La carretera tiene muchas curvas, y casi siempre vamos cuesta arriba. El conductor habla por teléfono de vez en cuando, en dos idiomas, a veces mezclándolos. Adelanta en las curvas, con línea continua, con una sola mano si la otra va en el teléfono, con total naturalidad. Paramos a desayunar en otro cruce de nombre poco original: Cuatro Caminos. Los autobuses escolares norteamericanos, amarillos o pintados de fantasía, rugen en todas direcciones. Hay muchos restaurantes locales, de una sola habitación, donde desayuna la gente del pueblo. Paso a uno con la cocina abierta al salón principal. Las mujeres están dando palmas tras el fuego: realmente están amasando las tortillas de maíz. Junto al desayuno me ofrecen totole, que es un brebaje caliente y reconfortante a base de avena, leche, canela y azúcar, y también un café dulce y sabroso.

En las siguientes horas circulamos a buena velocidad por las faldas de las montañas. Son cerros muy altos, muy verdes, y al fondo se ven anchos ríos marrones. A lo largo de la carretera hay casas de lata, puestos de frutas, tienditas de cualquier cosa, terrazas con maíz aún muy verde. Dejamos a un lado Quetzaltenango, pasamos junto a Huehuetenango, La Trinitaria, pequeños poblados con mercadillos y cafeterías. Entre el verde del paisaje hay otro color que destaca: todos los postes, y muchas paredes y piedras, están pintados de rojo. Tienen el lema Líder, y el nombre de un candidato presidencial. Grupos organizados se habrán dedicado durante semanas a pintar por las carreteras de todo el país, y ahí seguirán esos golpes de color ensuciando el paisaje durante años.

Llegando a La Mesilla, de repente surge un río de puestos de ropa, una pasarela multicolor que se va estrechando, y por la que apenas pueden pasar los coches. Se interrumpe en la frontera con México, que es apenas un arco con una cancela abierta. Aquí estamos. Bajamos del microbús y hace un calor sofocante. Hay gente cruzando la línea en los dos sentidos, aparentemente sin ningún control, a pie o en moto. Frente al puesto de inmigración guatemalteco hay un hombre escuchimizado con el rostro muy arrugado, tocando la guitarra de pie. Una niña de unos diez años y otro niño más pequeño cantan con él una letanía insoportable de letra religiosa. Los cambistas nos asaltan con fajos de billetes de pesos mexicanos: "¡Quetzales, quetzales, pesos, pesos!". El control migratorio es tan sencillo como entregar el pasaporte y recogerlo sellado cinco segundos después.

Y aquí llega el lío. Al otro lado de la frontera debemos subirnos a otro autobús, pero el nuevo conductor nos dice que ha tenido que venir caminando ocho kilómetros porque hay una huelga que está bloqueando la carretera en el lado mexicano. "Es un bloqueo, pues". En nuestro grupo somos unas veinte personas, y hay más grupos, y todos con mochilas grandes: nos ofrece ir caminando o pagar unos taxis hasta el control migratorio mexicano y después hasta donde llega el bloqueo. Hace un calor horrible. Cruzamos a México y comienza un nuevo mercadillo de ropas y artesanías, bajo toldos de lona y sombrillas de colores vivos.

Hacemos un trayecto de cuatro kilómetros amontonados en taxis anaranjados: seis personas en unos coches, siete en otros. Presentamos pasaportes y entregamos un formulario. Ha pasado más de una hora cuando los taxis nos dejan otros cuatro kilómetros más adelante, donde está el bloqueo. En Chiapas la gente ha sido tradicionalmente muy combativa, y esta semana las cosas están especialmente revueltas. Hay troncos ardiendo que cortan el paso en la carretera. Muchos manifestantes llevan la cara cubierta por pañuelos o pasamontañas, como en la revolución zapatista de los años 90. Cuando trato de hacer fotos, unos hombres de este lado me advierten: "Guarda la cámara, amigo, o esta gente te va a golpear". Hay coches y camiones atascados a los dos lados, y 39 grados centígrados en el ambiente.

Las pancartas dicen algo de unas tuberías de agua potable que 19 pueblos del entorno llevan 13 años reclamando al gobierno del estado. Cruzamos la línea caliente. En la sombra de las marquesinas de una gasolinera dormitan muchos hombres, y otros conversan: manifestantes que se refugian del calor de infierno. En nuestro grupo hay una pareja de alemanes mayores, un grupito de argentinas, una pareja ucraniana, un inglés con la camiseta de Boca Juniors que ha pasado siete meses recorriendo Latinoamérica, dos alemanas muy jóvenes y muy rubias, una californiana que viene de voluntariado, otra americana de Nueva York, un guatemalteco que viaja a San Cristóbal de Las Casas para reunirse con su director de tesis, algunos mexicanos, y este español desubicado. Cargamos con nuestras mochilas y avanzamos entre los manifestantes que llegan y los que se van, con paraguas de colores, con fardos y palos, entre los coches y camiones detenidos, entre los puestos de helados, hasta que encontramos nuestro nuevo autobús.


Estamos en México, estamos en Chiapas. El autobús da la vuelta y enfilamos hacia el interior del estado. Durante varios kilómetros la carretera se vuelve de tierra. El paisaje ha cambiado de golpe: ahora las montañas se han suavizado, y son pardas: se acabó la vegetación tropical. Hay granjas de toros, casetas pobres, maizales secos., ríos estrechos y sucios. La carretera mejora poco a poco, y volvemos a las curvas y volvemos a subir cuesta durante varias horas. Cuando nos detenemos a descansar junto a unos puestos de artesanías y mazorcas de maíz tostadas, el calor ha remitido. Al poco entramos en unos valles cultivados y verdes, y al fondo las montañas son suaves y también verdes: empiezan los bosques de pinos.

Cruzamos junto a poblados precarios, los niños juegan entre la hierba, las cabras y las ovejas pastan junto a la carretera, las mujeres lavan la ropa entre las estructuras de lata. Es difícil entender los letreros porque están plagados de errores ortográficos. Empieza a haber pequeñas iglesias de confesiones evangélicas. Son los suburbios de San Cristóbal de Las Casas: territorio zapatista, territorio tzotzil.

Bajamos en San Cristóbal de Las Casas, en la plaza central, entre un bullicio grande de gente, tenderetes con dulces y jugos, tuk-tuks y motos. En la calle Real de Guadalupe hay muchos restaurantes, y mucho trasiego de turistas. Nos liberamos de las mochilas en un hostal. Frente a un restaurante un hombre de pelo largo y cano toca ritmos de bolero a la guitarra, y al otro lado de la calle un muchacho suizo de apariencia jipi toca un hang drum, que es una caja de lata abombada con resonancia. Me siento a comer un falafel en un restaurante libanés, con otras dos compañeras de viaje, una americana y otra mexicana, tratando de entendernos en dos idiomas. El dueño fuma despreocupadamente en una cachimba junto a la puerta. Está atardeciedo tras las casas bajas y coloreadas. Tomamos una cerveza Indio, otra vez producto mexicano. Brindamos porque ya estamos en Chiapas. Podría haber sido peor.

sábado, 14 de mayo de 2016

Largo, largo adiós

Cortar con el paisaje humano que lo rodea a uno es duro, casi tanto como necesarias las despedidas. Uno nunca acaba de irse, como tampoco acaba nunca de llegar. La pena puede durar tanto como uno quiera alargarla, es tan difícil decir adiós, incluso decir hasta luego. Volver no es ir de nuevo a un sitio, ni siquiera es regresar: volver es irse otra vez.

Una fiesta de cumpleaños en la bahía, con fuego de maderas recias que venían de una aventura lejana, con antorchas clavadas en la arena y globos de colores, con barbacoa a lo gaucho, con luces trémulas sobre el agua y abrazos muchos. Un último viaje al norte, con aventuras nuevas en la frontera, con fútbol de gringos torpes y con comida giratoria a ciento cincuenta metros sobre el suelo. Una barbacoa hogareña, con vinos y cervezas y toques de balón en el patio trasero, y barajas con risas y más abrazos. Una sobremesa entre montevideana y madrileña, de conversaciones muy rápidas, de promesas a la larga, mientras el sol se pone tras las listas verticales de la persiana. Una penúltima cena de tacos de langosta, con risas y recuerdos y regalos españoles Made in USA, y cerveza pausada, y olas oscuras del Pacífico templado, y actos generosos en la cuenta y en la vuelta a casa.

Y una última tarde que al fin es la última: sushi con prisas al lado del banco; granizado de café con fresas y muffin en el Starbucks en el que tantas horas he pasado, frente al cuadro del elefante y el letrero Tanzania; las últimas palabras rápidas, directas, despreocupadas, de quien tanto aprecio porque sabe decirlas en español mejor que nadie, porque no es su lengua; y después abrazos de hermano con promesas cercanas de encontrarnos bajo el sol de Sevilla; y las esperanzas que se cuajan de uno de mis mejores alumnos que ya estuvo en Barcelona y volverá para quedarse, y me saca una foto en la que sonrío sinceramente, porque lo veo ya como será en el futuro, rodeado de focos y de brillo tras la cámara; unas lecciones rápidas de arquitectura y de nostalgia adelantada, cuando ya se ha puesto el sol; otro acto generoso que me permite hacer en coche un último viaje a Pacific Beach, el lugar del que uno nunca debiera salir: jamón y queso y aguacate, helado con espaguetis de chocolate, alegre vino de Oporto, Melendi, Estopa, Café Quijano, y por fin Sabina. Cuánto he aprendido de toda esta gente, y cuánto seguiré aprendiendo.

En el último trayecto por la 5 busco Radio Latina, en la 104.5. Atravieso los puentes de Mission Bay, y los focos reflejan en el agua con una claridad irreal. Es la última vez que cruzo frente al Downtown de San Diego, hileras de focos verdes y rojos siluetean los edificios más altos, como en una secuencia final de película, en una noche clara y despejada. Suena José Luis Perales, suena un meloso Enrique Iglesias, suena un lamento boliviano. Paro a echar gasolina junto a la que ha sido mi casa, mi barrio, tanto tiempo. Y aún voy a escuchar completa, antes de aparcar, la canción de Roberto Carlos: el gato que está triste y azul.

Es triste tener que despedirse, es largo tener que decir adiós. Más azul que triste, cierro los ojos. Hay noches que no se acaban, como hay adioses que no se cierran.


sábado, 30 de abril de 2016

Camarones a la San Pedro, México en Los Ángeles


Después de Ciudad de México, la ciudad donde viven más mexicanos es... Los Ángeles. No sé si el dato es del todo cierto, pero mucha gente me lo ha repetido aquí, y existe en la afirmación un cierto orgullo de reconquista. También es muy repetida y clarificadora la frase: Nosotros no cruzamos la frontera, a nosotros la frontera nos cruzó. Cierto es que Estados Unidos se quedó con casi la mitad del territorio mexicano después de la guerra de 1848, y entre los mexicanos que quedaron a este lado de la frontera y los que han venido cruzando en este siglo y medio, algunas partes de California, Arizona, Nuevo México o Texas parecen tan mexicanas, o más, de lo que alguna vez fueron.

Long Beach es un enorme puerto comercial al sur de la ciudad de Los Ángeles. El puerto está protegido por una península montañosa, Palos Verdes, y al otro lado de las lomas está Torrance, Redondo Beach, el aeropuerto y la línea de playas que llega hasta Santa Mónica. Frente al puerto, en la zona llana de la penínula, está San Pedro. A lo largo de la línea del agua hay varios museos, un acuario, el mercado de pescado. El mercado es un conjunto de tiendas y restaurantes de madera, de un piso, con vistas a la bahía, a la isla donde se amontonan los contenedores que cargan y descargan de los buques.

Los carteles están en los dos idiomas, pero predomina el español, con muchas faltas de ortografía por todos lados. Empresas de ferris y barquitos anuncian ofertas para cortos cruceros por la bahía y el puerto. Hay una gran plataforma de maderas sobre el agua, con muchas mesas, y casi todas están llenas. Sólo se escucha español, casi todo el mundo parece mexicano. Un grupo de mariachis, con trajes oscuros de charros y sombreros vaqueros, dan la serenata de mesa en mesa. Las familias pasean por el muelle, se hacen fotos, disfrutan del agradable sol de abril. De vez en cuando cruza por delante un buque cargado de contenedores, y se pierde entre los canales del puerto.

Dentro de los restaurantes hay también pescaderías. Huele a pescado fresco y a fritura. Frente al mar, frente al puerto, nos comemos unas gambas al estilo San Pedro. Camarones, que es como llaman aquí a las gambas, tengan el tamaño que tengan. Gambas a la parrilla aderezadas con un ajillo de tomates, pimientos, cebolla, patata roja y mantequilla. El primer trago de cerveza conforta tanto como el sol templado y la brisa del mar, que juntos ponen en el rostro un principio de atontamiento feliz. Sube un olor suculento de la bandeja de comida. Es mejor no pensar en lo que uno se está metiendo en el cuerpo, si se quiere disfrutar del manjar. Mojamos el pan en la salsa de mantequilla, mientras los mariachis se arrancan con Si nos dejan, y los barcos siguen entrando y saliendo del puerto. En estas situaciones, como una chispa que encendiera el entendimiento de las cosas realmente importantes de la vida, me suele venir a la mente el comienzo del poema de Góngora:

Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno...

Qué rico está México, a este y al otro lado de la frontera.

martes, 19 de enero de 2016

El arte de la música, sinestesia en San Diego

En la Grecia Antigua, la música no sólo servía para animar celebraciones y ritos sociales, sino que formaba parte de la vida cotidiana. En la aspereza fatigante de los trabajos, en la gestación de las guerras, en el espejo del teatro, había música. Los rapsodas recitaban sus largas baladas y poemas épicos acompañados de la cadencia de una lira. El político latino Casiodoro cuenta que algunos médicos griegos utilizaban la música para curar trastornos psíquicos: “muchas son las maravillas obradas por este arte en las almas enfermas”.

         En el capítulo XXVIII de la primera parte del Quijote, cuando la noble disfrazada Dorotea encuentra al cura y al barbero y les cuenta su vida y penalidades, Cervantes le hace decir: “me acogía al entretenimiento de leer algún libro devoto, o a tocar una arpa, porque la experiencia me mostraba que la música compone los ánimos descompuestos y alivia los trabajos que nacen del espíritu”. Quién puede negarse, incluso desde el desconocimiento más absoluto de las más elementales técnicas musicales, al influjo irremediable de las músicas en nuestra conciencia, en nuestro ánimo, en nuestros actos.

    Como actividad central de las celebraciones del centenario de la Panama-California Exposition, que en 1915 abrió la ciudad de San Diego al mundo, el San Diego Museum of Art expone desde octubre su mayor muestra en muchos años: “The Art of Music”. Una gran exposición que llena cinco galerías del museo, con más de doscientas piezas entre pinturas, esculturas, instrumentos e incluso manuscritos musicales.

         La exposición hace un recorrido general por la interacción entre música y arte a lo largo de todos los tiempos y todas las culturas. Formalmente se divide en tres grandes secciones: “The Musician as a Motif”, “Social Intersections of Art and Music” y “Formal Connections of Art and Music”, aunque no es fácil distinguir una línea argumental ni en la muestra completa ni en cada una de las partes. Sin embargo, el carácter deslavazado de la muestra no le resta interés, y los continuos saltos temporales y geográficos no hacen sino afianzar la idea de la universalidad de la música, la necesidad humana de músicas en todo tiempo, las fuentes inagotables de expresión musical y su continuo reflejo en las demás artes.

         Junto a ánforas griegas policromadas en que se representa a Apolo tocando la lira, hay una lira africana, llegada en el siglo XIX de las lejanías de Uganda o Kenia, cuyo cuerpo está hecho con calabaza y piel de antílope, y sostenida por dos brazos que son los cuernos del mismo animal. Tras la vitrina de la primitiva lira africana hay un lienzo de Fernando Botero venido del MOMA: Baile en Colombia, en el que una orquesta ambulante de corpulentos músicos de traje y sombrero tocan para una pareja de baile. Tras las ánforas, tras las figuras de terracota griegas, una de esas pinturas coloniales españolas que documentaban las posibilidades del mestizaje humano, muestra a un joven mulato ataviado de señor tocando una vihuela para su esposa mestiza.

         Uno pasa sin transición del barroquismo funcional de un clavicémbalo europeo del siglo XIX a la atemporal silueta de un guqin, una especie de arpa china cuyo sonido suave y envolvente puede escucharse casi por arte de magia con sólo arrimarse al instrumento. En las paredes de alrededor cuelgan estampas y grabados en madera de famosos músicos chinos de hace mil años, y muy cerca acuarelas indias rebosantes de color con Shiva o Saraswati tocando la cítara.

         Hay espacio para la pintura europea de todas las épocas. Un San Jerónimo de Francisco de Zurbarán, con el vestido cardenalicio, la Biblia en una mano y la otra señalando una trompeta celestial, comparte pared con carteles modernistas franceses, como el Moulin Rouge-La Goulue de Toulouse-Lautrec, o una Bailarina atándose el cordón de sus mallas, de Edgar Degas. Hay un cuadro cubista de Picasso, Ma Jolie, de 1914, en el que se confunden las formas geométricas de una guitarra, partituras, vasos, botellas y cigarrillos. También hay un raro cuadro de Salvador Dalí, Projet de décor pour le ballet Roméo et Juliette, con figuras alucinadas de un Cristo en la cruz, un caballero de un solo ojo con lanza en ristre y una multitud de personajes del Greco llenando un templo.

         Entre cuadros de Giorgio de Chirico, escenas de celebraciones holandesas de Jan Steen y de Brueghel el Viejo y montajes fotográficos, está la partitura original de la 9ᵃ Sinfonía de Beethoven. Está la colección completa de dibujos y collages de colores vivos, Jazz, con que Henri Matisse plasmó sus ideas sobre la música. Hay una curiosa sección de carteles psicodélicos para conciertos de rock de los años 60 en la bahía de San Francisco, donde los colores se superponen y las letras con los nombres de los grupos parecen navegar en sus formas blandas como dentro de una botella.

         Uno alcanza la revolución hippy y siente por un momento que todo lo anterior es quizá demasiado, y que era una evolución lógica que toda la carga cultural y artística de milenios reventara en esas creaciones alucinadas de seres casi libres y alucinados por el brillo estupefaciente de las drogas. Ya Platón criticaba a los músicos modernos de su época por no seguir a rajatabla las cadencias matemáticas impuestas por la estética pitagórica.

         Pero aquí hemos llegado, y para acabar de confundir al ignorante de las técnicas musicales, la muestra permite interactuar con un Microtonal Wall, creado por Tristan Perich, un gran panel con cientos de pequeños altavoces que emiten frecuencias microtonales y que, al alejarse el espectador, son percibidas como un solo sonido. Hay tantas músicas, tantas emociones individuales o colectivas ligadas a músicas concretas, que ningún ámbito del arte puede ser ajeno a las impresiones que la música nos despierta. “Traspasa el aire todo / hasta llegar a la más alta esfera, / y oye allí otro modo / de no perecedera / música, que es de todas la primera”. Fray Luis de León, que supo contemplar el mundo con sana templanza y curiosidad, lo veía claro.

"The Art of Music", San Diego Museum of Art, Balboa Park, San Diego, California. Hasta el 7 de febrero de 2016. sdmart.org/art/exhibit/art-music