martes, 23 de octubre de 2018

Colores cálidos de Amberes

Desde la altura del puente sobre un embarcadero, a media tarde, el canal grande de Amberes relumbra como una cerilla extendida. En los muelles hay parejas que miran de soslayo los reflejos del agua mientras beben botellines lentos de cerveza. Algunas conversan, otras simplemente miran al vacío, a la otra orilla lejana sobre la que se define una línea urbana de arboledas y edificios bajos. 

Las calles del centro están llenas de visitantes, que entran y salen de comercios de ropa, que saborean sus cervezas o sus platos étnicos desde las interminables mesas que cubren las calles. Un señor vestido de empresario del siglo XIX, con barba blanca, gafas redondas y bombín negro, dirige mansamente un coche de caballos rojo con pequeños toneles de cerveza. Los caballos son enormes y poderosos, negros, con anchos mechones de crin blanca cubriéndoles desde media pata hasta los enormes cascos.



Junto a la catedral, un cartel explicativo dice en una nota marginal que la torre que el visitante tiene encima, con 123 metros, es la más alta de todo el Benelux. Todos los templos góticos de Flandes se parecen: está en todos esa vertiginosa tendencia a la verticalidad delgada, a una idea de puntiaguda fragilidad. El cielo está manchado por ligeras nubes dispuestas como en surcos, como si en su lento movimiento estuvieran siendo cortadas por las agujas del templo. 


Los bancos de la catedral están llenos durante la misa de domingo. Las palabras lejanas del sacerdote son del todo ininteligibles. La luz entra a raudales por las altas ventanas y enciende las paredes blancas de las bóvedas. En las naves laterales, coloreadas por la luz de los vitrales, hay una sucesión majestuosa, columna tras columna, de pintura religiosa flamenca. Hay una grandiosidad en la atmósfera que supera la escala humana. 

En una plaza ancha y cuadrada frente a la que cruzan tranvías vetustos, como sacados de un documental de posguerra, hay montada una fiesta española. En el centro de la plaza se enseñorea la estatua de Pedro Pablo Rubens, que después de dar vueltas por Italia y España vivió aquí la mitad de su vida. Carteles en neerlandés y castellano explican que se está celebrando el Día de España. Sobre un escenario cubierto de toldos rojiverdes una muchacha canta delante de su banda, supuestamente en español, unas onomatopeyas ritmosas. Antes ha actuado un grupo de baile flamenco, y después del funk llega el turno de un pinchadiscos que sube el volumen hasta un nivel insoportable frente a unos pocos jóvenes de complexión fuerte que beben a morro litronas de cerveza y vodka. Es la promoción de buenos ejemplos de música española actual, supongo. 

Rodean la plaza puestos de empresas o representaciones de organismos españoles, y en uno de ellos, que es un puesto de feria con parrillas y fogones, unos cuantos cocineros y camareros gritan y corren y sirven sin parar carísimos platos de paella y copas de cava catalán. Siento una gran emoción al descubrir en un rincón unos paneles con ilustraciones donde se explica, también en español y en neerlandés, la vida de Cervantes y de los personajes del Quijote. Las ilustraciones de los personajes, contra un fondo de molinos de viento, y huecos por los que los niños puedan asomar las cabezas para salir en la foto, son las de esa hermosa serie de los años 80 cuya música todavía emociona en cualquier fiesta de pueblo.

El señor que conduce los caballos frisones, subido al pescante de su coche rojo cargado de barriles, se bebe en pocos tragos una jarra de cerveza frente a la esquina de un bar, sin que la otra mano deje de sujetar las riendas. Llama a su asistente, que también viste con traje y bombín, y parten en dirección a los canales y al atardecer. Cuando desaparecen, descubro en el hueco que han dejado un signo bastante familiar: sobre una pared blanca, la concha estilizada del Camino de Santiago, y un escueto mensaje: Pelgrimsherberg, Vlaams Compostelagenootschap. Es el albergue de peregrinos del Camino de Santiago que viene de Breda y sigue en dirección a Bruselas. Un cartelito modesto muestra el teléfono al que deben llamar los peregrinos para ser atendidos. Rubens, Cervantes, Santiago. Breda, Amberes, Bruselas. Hay una tierna sensación de confort en la tarde templada y luminosa de octubre, como si uno no pudiera dejar lejos, aunque quisiera, la compañía cierta de los buenos amigos.