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miércoles, 17 de abril de 2019

Camino Lebaniego. Etapa 4: Cicera-Potes-Santo Toribio de Liébana

Al salir de Cicera comienza una larga y hermosa ascensión por los entresijos de un bosque de robles y tejos. Adelanto en las primeras cuestas a los primeros peregrinos madrugadores. Entre las vueltas y revueltas del terreno, brincando entre rocas redondas cubiertas de musgo y raíces retorcidas, me sorprende un movimiento múltiple por donde no lo esperaba: un grupo de cabras silvestres vienen trepando por la ladera y se cruzan conmigo sin hacerme mucho caso a la altura del estrecho camino. Continúo ascendiendo entre la niebla de las nubes bajas, que acorta el paisaje y le da una apariencia fantasmagórica, con las formas atormentadas de las ramas desnudas de los robles centenarios. Al cabo de dos horas empiezo a bajar hacia el otro lado de la montaña, por debajo de la línea de nubes, donde el sol se abre paso contra las paredes de las pedrizas. 

Abajo está Lebeña. Un pequeño pueblo de casas de piedra con tejados ocres. Un muchacho joven está cortando hierba junto a un muro de piedra con una de esas máquinas de ruido ensordecedor. Lleva una máscara, con una mano maneja la máquina y en la otra sostiene un cigarro encendido. Le pido consejo sobre la ruta a seguir, pues a partir de este punto hay dos variantes: una aparentemente peligrosa por la montaña, otra que da un rodeo bastante largo, saltando el río y subiendo hasta Allende y Cabañes. Bajo a ver la ermita de Santa María de Lebeña, un coqueto edificio de arcos mozárabes con torre exenta, más hermoso aún contra el fondo de vegetación, pedrizas y el cielo de un azul intenso surcado por nubes gordas. Como casi siempre, hay una vía intermedia: la carretera discurre varios kilómetros sobre el río Deva, pero es muy estrecha, pues aprovecha el trazado sinuoso del desfiladero de La Hermida. Con precaución, echo a andar por el desfiladero y de paso le gano varios kilómetros a la etapa. 

Al salir del desfiladero, una agradable senda en cuesta lleva a Castro Cillorigo. A la entrada de la aldea hay una fuente y un antiguo lavadero. Dejo la mochila contra el muro y de repente siento otra presencia múltiple que me sobresalta: a pocos metros, las primeras vacas de un amplio rebaño que baja del pueblo se han parado a mirarme y hacen amago de querer acercarse. Detrás aparece una perra que las reconduce y una pastora adolescente que responde al saludo sin volver la cabeza. Me enjuago y bebo en la fuente y cuando me pongo en marcha la muchacha y la perra vienen de vuelta: ya las vacas conocen el camino. Siguiendo el trazado del río Deva, paso por delante de una ermita, por amplios prados donde pacen vacas y caballos, y voy dejando atrás las altas peñas y pedrizas. Por delante, un fondo de cumbres blancas enmarcado por lomas verdes, y una senda agradable y soleada a la vera del río hasta llegar a Potes. 

En la oficina de turismo de Potes, que es una antigua iglesia, me dan las llaves del albergue, cuyas habitaciones están por debajo del nivel de uno de los puentes, justo en pleno centro del pueblo. Desde la cama puedo ver el ojo del puente, la gente que pasea, el agua rápida del río y la torre el Infantado. Me da tiempo a subir al mirador de la torre y disfrutar de las vistas espléndidas: montes verdes rodeando el pueblo, la iglesia, las casas ordenadas del centro, las terrazas de los bares que empiezan a llenarse de gente, el curso del río. En los seis pisos de la torre hay una magnífica exposición sobre el Beato de Liébana, sobre los códices ilustrados que forjaron esta tradición de comentarios al Apocalipsis de San Juan. Uno de los primeros propietarios de esta torre fue Íñigo López de Mendoza, el Marqués de Santillana, que por estos lares situó esos encuentros eróticos con pastoras y labradoras en sus serranillas. 

Enfrente de la torre me doy un homenaje de cachopo y vino tinto local y después subo, ya sin mochila, los tres kilómetros que separan el pueblo del monasterio de Santo Toribio de Liébana. Éste es el final de la peregrinación y, al igual que en Santiago de Compostela, venden una certificación, la Lebaniega. El monasterio está remodelado y ocupado por monjes franciscanos. El templo es modesto, no demasiado grande. En las paredes del claustro unos paneles informan sobre la vida de Santo Toribio, un obispo de Astorga que en el siglo V viajó a Jerusalén y se hizo cargo algunos años de la iglesia del Santo Sepulcro. De allí se trajo el lignum crucis, el que pasa por ser el trozo más grande del madero en el que fue crucificado Cristo. Otro Toribio, de Palencia, fundó el monasterio, y Beato de Liébana vivió aquí y aquí compuso su obra hoy perdida, y aquí se supone que un Jueves Santo de finales del siglo IX esperó junto a algunos fieles el fin del mundo. 




Recojo mi Lebaniega en la oficina donde venden recuerdos. Un monje vestido con su hábito me pregunta por mi viaje. Tiene un acento vasco tan exagerado que parece que buscara un efecto cómico. Caigo en la cuenta, al leer un cartel, de que precisamente hoy, 16 de abril, es el día de Santo Toribio. Desciendo los tres kilómetros de cuesta y aún me resta tiempo para visitar la iglesia y una exposición sobre menhires en tierras de Cantabria. En el albergue encuentro a algunos de los peregrinos con los que coincidí anoche: los mexicanos y el costarricense cogieron un taxi en Lebeña para poder llegar a la misa de las doce en Santo Toribio, en la que exponen el lignum crucis. Ellos y los demás terminan aquí su peregrinación, y partirán mañana. Yo también partiré, pero para continuar la peregrinación en sentido inverso, hacia el sur, por la Ruta Vadiniense, si puedo hasta llegar a León.

martes, 16 de abril de 2019

Camino Lebaniego 3: Serdio-Cicera (37km)


Amanece en Serdio. Una de las peores cosas que puede pasar en un albergue es que haya varios individuos que ronquen. Y que esos individuos estén cerca de la cama de uno. He pasado la noche en blanco, como casi todos los peregrinos de la sala. Unos se desesperaban más, otros menos, otros caían vencidos de agotamiento, otros escuchábamos la radio. Poco después de las siete de la mañana, todos los peregrinos se dispersan.


Está amaneciendo por detrás de las cercas de piedra seca. En el primer cruce de caminos aparece la bifurcación: Camino a Santiago hacia el oeste, Camino a Liébana hacia el bosque interior. Por fin camino, por fin piso la tierra, después de dos días de asfalto. Bajo una cuesta larga entre bosques hasta dar en Muñorrodero. Casas de piedra terrosa con porches abiertos. En la carretera, junto a una cafetería cerrada, un pequeño autobús recoge a unos adolescentes. El autobús se detiene, retrocede, el autobusero se baja y me advierte de que no debo esperar, que esta cafetería la suelen abrir muy tarde. En la marquesina de la parada hay fijado un cartel con mapas que explican en varios idiomas las distintas variantes del asturiano, y acaba resumiendo: "Cántabru: Una lingua d'iyer, de hui, de mañá y del juturu".


Junto a un puente de madera se inicia una hermosa senda fluvial, que recorre muchos kilómetros y curvas del río Nansa. En algunos tramos es necesario caminar por pasarelas de madera muy nuevas y cuidadas. El paseo es agradable, duro a ratos. En esta soledad, los sentidos se ajustan a los estímulos más potentes que pueden existir: el olor a humedad selvática, el rumor de las aguas ligeras. Hay un punto de ejercicio místico en esta tarea inútil de caminar por los montes y caminos. "Converso con el hombre que siempre va conmigo, / quien habla solo espera hablar a Dios un día". También de Antonio Machado, a través de Juan de Mairena, hemos aprendido que la educación física es precisamente esto: no la repetición de ejercicios mecánicos o competitivos, sino el gusto por salir al campo incluso una mañana de invierno, por el mero placer de caminar y ejercitarnos el cuerpo y el alma.

Estoy siguiendo las flechas rojas, pero no siempre está claro para dónde tirar. En un cruce confuso me desvío de la senda fluvial y empiezo a subir por caminos rurales. Tres perros vienen bajando cuesta hacia mí. Detrás de ellos viene un señor en tractor con una cuba de agua. Me da indicaciones y los perros lo siguen. Antes de llegar al cruce de la carretera, otros dos perros me salen al paso ladrando. Como me da tanto miedo, lo único que hago es escudarme en la mochila y seguir adelante sin hacerles caso. Llego al pueblecito de Camijanes, donde hay dos bares cerrados, una fuente de agua sin garantías sanitarias y un mirador hacia el valle y las montañas. Cuesta abajo, llego de nuevo al cauce del río y cruzo un puente a la altura de Cades.

Subo por una carretera apenas transitada. El paisaje es hermoso: prados llenos de flores amarillas, peñas muy altas y grises recortándose contra el fondo azul del cielo. Todavía sin beber agua, llego a una venta con varias casas de piedra, aperos de labranza al aire, vacas estabuladas, gatos que duermen sobre la carretera. Pregunto a un señor mayor que descansa apoyado en el pretil de la carretera. Le pregunto por una fuente. Sólo cuando me responde caigo en la cuenta de que es ciego: "¿Pa dónde vas?". Me dice que de camino a Sobrelapeña hay una fuente, pero jamás la encuentro. Sin previo aviso, enormes nubes se cuelan rápidas entre las peñas y empieza a chispear.

Cuando arrecia la lluvia estoy ya en el cruce a unos cientos de metros de Quintanilla, donde me refugio y repongo fuerzas con un caldero de garbanzos con chorizo y cabrito al horno. Deja de llover y atravieso Sobrelapeña, cuatro casas con establos y vacas y una iglesia en lo alto de un cerro. Sigo ascendiendo, llego a Lafuente. Un cartel junto a una iglesia románica promete que existe un albergue, pero ha empezado a llover y soy incapaz de verlo. Sigo ascendiendo, atravieso otra aldea de casas de piedra y vacas, Burió, y después una larguísima senda empinada junto a prados cercados con vacas y caballos.

Deja de llover, comienzo a bajar por caminos embarrados. Mirando hacia arriba, sobre el perfil de la montaña, justo debajo de las nubes, la sombra perfecta de un caballo. Al fin los tejados ocres de Cicera. Al entrar al pueblo me atacan tres perros, y no tengo otra forma de espantarlos que gritándoles. Un señor muy mayor y enjuto con una boina viene a llevárselos, y me lleva a mí al albergue. Queda una plaza libre. Un rato después se desata el diluvio.

Por la noche nos arracimamos junto a la chimenea en el único bar del pueblo, que está en la antigua escuela. El dueño ha caminado ocho veces a Santiago con su perra lanuda. Hay una pareja de mexicanos que viven en Los Ángeles vendiendo comida que elaboran ellos mismos. Tamales, chilaquiles, cochinita pibil, elote: de repente me vuelve todo un mundo tan propio y ya tan lejano. Hay también un muchacho costarricense que es algo así como un ordenado seglar, y que ha peregrinado a todos los lugares santos de la Cristiandad. También una maestra toledana que ha tomado la determinación de no volver a trabajar en septiembre e iniciar en algún lugar de Asia una vuelta al mundo. Su amiga tiene la historia más triste: hace tres años visitó con su marido Santo Toribio de Liébana y hasta tocaron el lignum crucis, se prometieron volver peregrinando el año siguiente, pero quince días después el marido murió de forma repentina, y sólo dos años más tarde ella ha podido reunir las fuerzas para cumplir la promesa de llegar caminando a Santo Toribio. La antigua escuela de Cicera es un lugar agradable, cálido, hogareño. Afuera en las calles no hay apenas luz, sólo ranas saltando y caracoles que crujen bajo nuestros pies. Estamos en mitad del monte, en mitad de la noche, en mitad del silencio. A veces uno no puede evitar sentirse en las fronteras de la irrealidad.

domingo, 6 de agosto de 2017

En el Camino: 28ª etapa: Valença-Veigadaña (Mos)

Tardamos casi más en salir de Portugal que en completar una etapa. Siento una nostalgia anticipada del país que dejo, del país que ha acogido mis caminatas y pensamientos durante un mes. Quiero y no quiero dejar Portugal. Sé que dejar el país significa volver a paisajes urbanos y emocionales más cercanos, y abandonar otros que ya había adoptado de grado. Cuanto más avance hacia el norte, más me alejaré de mi casa, pero en cierto modo cruzar a Galicia es volver al sitio de donde uno salió. Otra vez tengo el orgullo de mostrar a extranjeros mi país, como si yo lo conociera, y tener el pequeño disfrute de reconocerlo en las actitudes corrientes de la gente, en los usos urbanos, en los giros del habla. Y dejar Portugal es dejar un espacio humano por el que ahora siento tanta gratitud que no podré dejar de llevarlo siempre dentro de mi mochila. Y no de la que cuelga de la espalda, donde llevo el escudo y los colores verde y rojo, sino de la mochila que carga más ligera el corazón. Ahora el portugués ya no es sólo la lengua de Pessoa, de Saramago, de Eça de Queirós, de la melancolía larga del fado: también es ahora la lengua de mis pies.

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Para salir de Valença hay que cruzar una fortaleza de piedra muy aparatosa, que no es medieval sino del siglo XVIII, con arcos de entrada y salida, escudos, rampas, pasajes, garitas, puentes, muros inexpugnables. La realidad hoy es menos épica y más amable que hace unos siglos: Portugal y España son la misma cosa y los muros de piedra sólo sirven para asomarse y ver las casas gallegas, los bosques altos del otro lado, las aguas inmensas del río Miño, que aquí todavía es Minho. Cuando enfilamos para la frontera nos empiezan a seguir dos perros, tranquilos, mansos, que no ladran, pero que me recuerdan que ellos han sido otro de los hitos de mi camino. Después de la fortaleza hay aún algunas casas, una vía del ferrocarril, una señal azul con estrellas amarillas y el nombre de PORTUGAL en medio ante la que me cuesta contener las lágrimas. Y después un largo puente metálico, un cielo azul con nubes panzudas, luz verde en los montes de los dos lados, aguas grises que corren ligeras y se van hacia un mar que no veo. Dos kayaks cruzan el río bajo mis pies, cada uno remando en un país distinto. Hay también una línea fronteriza imaginaria coloreada en medio del puente, con el dibujo de un pie a cada lado de la frontera. Tardamos mucho en cruzar esa línea, en sabernos al otro lado. Cuando llegamos a la misma señal azul con estrellas amarillas con el nombre de ESPAÑA, no siento más emoción que aquella que me liga a lo que dejo atrás.

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Tui tiene una catedral con dos torres bajas, un alto arco apuntado en la fachada, la majestuosidad de la piedra mojada. Y la solemnidad de los retablos de madera por dentro, en una penumbra recorrida por peregrinos que ahora son turistas. Las calles y fachadas de piedra, los tejados ocres, la vista del río bajo el cielo cada vez más nublado. Lo primero es parar a tomar un desayuno definitivamente español para asegurarnos de que estamos al otro lado: ahora es café con leche y tostada de tomate con aceite.

Y después siguen bosques verdes de pinos y robles iguales a los del otro lado del río. Y una estatua en granito con el hueco que ocuparía un peregrino, junto a un puente medieval. Y después de los agradables senderos boscosos, vemos en la distancia las laderas de granito abiertas, grandes canteras sobre la ciudad de O Porriño. Atravesamos polígonos industriales, grises avenidas con fábricas, talleres y almacenes. Y en las afueras de O Porriño comemos un menú español que ya no es tan barato como los del otro lado, con una sopa que ahora es más caldosa, un cordero que está más hecho, un vino en el que no encuentro diferencia.

Otro nuevo problema que encontraremos a partir de ahora es la falta de alojamientos, la saturación de peregrinos que ocupan todos los albergues. Después de horas bajo el sol, ni siquiera podemos llegar a Mos, pues ya nos avisan con antelación de que todo está lleno. Encontramos un albergue familiar en medio de nada, entre la ciudad y los bosques que cruza el ferrocarril. Bajo el último sol de la tarde, brindamos con Estrella Galicia 1906, que ha aparecido por fortuna al atravesar la frontera, hablando de lo divino y lo humano todavía en portugués. Porque aunque el cuerpo haya cruzado la frontera, la cabeza y la lengua seguirán mucho tiempo de aquel lado. Não sei como poderia devolver a este país todo o que fez por mim, todo o que deu-me. A palavra obrigado fica curta. O meu amigo peregrino português ensinou-me um ditado que é um bom resumo da minha viagem portuguesa: Tudo vale a pena, se a alma não é pequena...





sábado, 5 de agosto de 2017

En el Camino: 27ª etapa: Ponte de Lima-Valença

No hay más remedio que dejar atrás a gente, parece que tuviéramos prisa por cruzar la frontera. De mañana atravesamos bosques espesos, algún pequeño túnel entre la floresta. Las alemanas quedaron atrás pero ahora a nuestra conversación en portugués se ha sumado un brasileño con mi misma edad. Es rubio y alto, barbudo, fuerte, muy hablador. Dejó su trabajo de ingeniero en Brasil para tomarse unas largas vacaciones de seis meses y descubrir Europa. Voló a Portugal, recorrió el sur, y en Lisboa conoció a alguien que le habló del Camino de Santiago. Se vino hacia Oporto, pasó por un Decathlon y comenzó a caminar hacia el norte. Anoche llegó tarde a Ponte de Lima, y hoy salió con nosotros. Subimos duras cuestas entre los bosques de robles y después de pinos, terrazas con maizales, pequeños viñedos de altura entre los que se vislumbran las torres blancas de las iglesias. Desayunamos en una cafetería que es a la vez una piscifactoría en la que los clientes pueden pescar directamente las truchas, y seguimos subiendo y subiendo. En medio de los bosques encontramos cruces de piedra alrededor de las que la gente ha amontonado más piedras, piñas y otros objetos, cruces adornadas con prendas de ropa de colores, banderitas, vieiras.

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En medio de un durísimo ascenso por un sendero de cantos grandes, el eucaliptal va dando paso a la densidad más verde de los pinos, al aire más fresco, y encontramos un breve descanso con una fuente que tiene un chorro potente y helado. Metemos las cabezas bajo el chorro, y respiramos empapados de sudor y de agua fría. Junto a nosotros se mojan las cabezas dos niños de seis y ocho años, muy rubios, que saltan y se salpican y entre sus risas y juegos cambian sin transición del inglés al español. Los padres los miran desde enfrente, los animan a mojarse, ríen con ellos. Cada uno les habla en un idioma. El padre es gaditano, y la madre es canadiense. “Nosotros andamos muchos kilómetros, pero ellos hacen muchos más, corriendo para adelante y para atrás”, me dice la madre. Me cuenta también que ellos se conocieron haciendo el Camino de Santiago por primera vez. Los niños se han parado a mirarnos mientras hablamos, admirados de no entender el portugués, escuchando quizás también la rareza de mi acento español. El mayor de los dos, que nos mira fijo con su cabeza rubia empapada, se llama Santiago.

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Subimos por un pinar en el que se explota la resina. Mirando hacia todos lados, los pinos tienen a la altura de mi cabeza una bolsa con una materia acuosa, solidificada en el fondo, y de la herida tajada en su tronco fluyen lentos chorros viscosos. Hay un ligero olor ácido, que más arriba se disipa cuando llegamos a la cumbre, a un mirador natural de piedra gris sobre el que se abre un paisaje de verdes infinitos, con algunas manchas blancas de pueblecitos que dejamos atrás. Poco a poco, llegamos con trabajo a Rubiães, donde paramos a comer en la terraza de un restaurante con peregrinos exhaustos. Vemos cruzar en dirección contraria, por el arcén de la carretera, a una familia francesa muy numerosa que lleva la carga en las alforjas de dos burros. En la cafetería hay dos párrocos norteamericanos con alzacuellos y sotana. Otra vez el vino verde tinto nos apacigua y nos alarga la conversación sobre la historia de Francia, que nuestro amigo filósofo conoce tan bien, y de la que tanto se puede aprender. A pesar de la hora, a pesar de la tarea que ya les hemos dado a nuestras piernas con tantas subidas, decidimos tirar para adelante y llegar como sea a la última ciudad portuguesa. Cuando lleguemos a Valença habremos completado 37 kilómetros, pero habremos obtenido la recompensa de avistar los primeros cerros de España.

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El último tramo es duro, por el cansancio, por las subidas y bajadas que no cesan, pero al fin las aldeas de montaña y las pedanías de Valença dan lugar a un área industrial, a calles con mucho tráfico. Se oyen músicas en español en los coches y en algunas terrazas de los bares. Hemos aprendido mucho vocabulario portugués y brasileño, hemos enseñado mucha gramática española, y ahora sólo queda entrar en la ciudad y buscar dónde dormir. El único albergue, donde están nuestros amigos italianos, parece que está lleno, o así lo dice un cartel en la puerta. Un grupo grande de scouts italianos espera con nosotros a la entrada. La señora de la recepción vuelve al rato y quita el cartel: lo puso sólo para que no se agrupara la gente, pero le quedan las últimas tres plazas justamente para nosotros. Somos gente con suerte.

En los cartelones azules de tráfico frente a nuestra ventana pone en mayúsculas ESPANHA. Con el reflejo lateral del sol, con fondo de nubes bajas violetas, el nombre se va desvaneciendo poco a poco. Buscamos un restaurante barato, brindamos con jarras de medio litro de cerveza, pasamos sin esfuerzo del italiano al portugués y al inglés. Escucho a la camarera hablar en español, y le pregunto si son de este lado o de aquél: “De los dos”, me dice. Los periódicos también son de los dos lados, y también los clientes. El cansancio se empieza a disipar un poco más tarde, cuando tendidos sobre el césped, bajo la luz amarilla de las bombillas, comenzamos nuestras discusiones teológicas y espirituales al abrigo de una botella de vino dulce del Vale do Douro.



martes, 1 de agosto de 2017

En el Camino: 23ª etapa: Lourosa-Oporto

Oporto otra vez. Los recuerdos de la ciudad son, sin embargo, difusos. No reconozco las calles, los monumentos, el paseo fluvial. Sí siguen nítidas en la memoria algunas impresiones: una escalera de madera en una librería famosa, un paseo romántico en barca desde el mar hasta la curva del Duero bajo el puente grande, una visita a la oscura y húmeda cava de una bodega en Vila Nova de Gaia, un libro de Saramago, media botella de vino dulce en una terraza al atardecer, otra media botella en la espera del aeropuerto. Oporto otra vez. Pero, como en Lisboa hace un par de semanas, sólo vengo para salir de aquí.

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Saliendo de Lourosa en busca de las flechas amarillas me dedico un rato a dar vueltas por calles irregulares iguales unas a otras, entre las que hay fábricas de corcho y talleres y jardines urbanos. Todo es el mismo pueblo, aunque haya cien señales indicando que se sale de uno y se entra en otro. Antes de llegar a Grijó he dejado atrás el distrito de Aveiro y entrado en el de Oporto. Para llegar a Grijó se avanza junto a un enorme cementerio en el que algunas mujeres están limpiando las lápidas, y después de atravesar un arco de piedra y unos amenos jardines se llega a la fachada del monasterio. Cuatro columnas altas sostienen una hermosa estructura de piedra con aspecto de retablo. A su lado, la torre de la iglesia, blanca y con piedra de granito, se queda pequeña y parece pobre. Y al lado de la iglesia está la Junta de Freguesia, en cuyo piso alto hay movimiento de gente y bastante jaleo. Les pregunto a dos viejos con boina que esperan junto a la puerta, y me explican que están registrándose para las elecciones del domingo que viene. Después vienen muchas explicaciones minuciosas sobre qué caminos tengo que tomar para salir de la ciudad. Una placa recuerda que un terreno aledaño fue cementerio de los miles de muertos que cayeron en una batalla de 1809, cuando las invasiones napoleónicas. De la ciudad, que es moderna y cómoda de andar, se sale por una larga cuesta que desciende hasta otros pueblitos de calles estrechas, huertas tapiadas, bosques de cedros y parcelas pequeñas de maíz y viña.

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Sermonde, Perosinho, Canelas. Hay un tramo de varios kilómetros en cuesta por una senda hermosa de piedras enormes, tapias a los lados por los que crece un bosque variado y tupido. Se oye un ruido que llevaba mucho tiempo sin escuchar: por encima de las ramas de los árboles sobrevuela un avión que va a aterrizar. Después el camino se convierte en carreterín que se inclina hacia abajo entre quintas lujosas y después en calle ancha: Vila Nova de Gaia. En una panadería compro un pan de centeno y me hago un bocadillo de jamón. Entra mejor con una copa de vino de Oporto, que es lo primero que hay que pedir al llegar a Gaia. El camarero me aclara que el vino es de Réguas, a unos cien kilómetros, y que las bodegas están en Gaia, que Porto sólo tiene eso: el puerto desde el que el vino se va.

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Vila Nova de Gaia es una ciudad moderna y grande. El tranvía recorre la Avenida da Liberdade, que tiene edificios altos y mucho ajetreo de ciudad, de tiendas y comercios y bares. Desde el mirador del teleférico uno ve Oporto con la intensa nitidez de la primera vez: tejados ocres con las bodegas justo abajo, a lo largo del paseo marítimo de Gaia, y al otro lado del monumental puente de hierro, la ciudad de Oporto inclinada sobre el río Duero. Algunas torres de piedra destacan entre el ocre y el blanco, y en el paseo fluvial hay colorido de fachadas. Por las aguas oscuras del río cruzan de vez en cuando esas barcas que pasean a los turistas.

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La Sé Catedral me parece un edificio pequeño. Hay románico en la fachada, con su rosetón, pero también hay florituras barrocas. Por dentro es un espacio recogido, naves estrechas, bóveda de cañón que le devuelve a uno la sensación de estar en un templo románico. Para ver el claustro hay que pagar. Reposo en la quietud de un banco, salgo a comer a un bar barato, doy un largo paseo por el centro histórico de la ciudad. Avenida dos Aliados, Torre dos Clérigos, Hospital de Santo António. Las calles comerciales están llenas de gente, como en un día de feria. También hay muchos turistas sentados en las terrazas, en las plazas, turistas españoles, franceses, británicos. Hace calor. Varios tranvías viejunos van haciendo su lento recorrido por el centro. Y yo desciendo despacio hacia el río, huyendo de la multitud del turismo urbano de verano, y alargo mi paseo por la Rua do Ouro, sobre el río. Hay algunos turistas descansando tendidos en los bancos, hay hombres pescando, hay grupos de gente en terrazas de cafeterías pequeñas jugando a las cartas a la sombra de los árboles, a la brisa fresca del río.

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Saldré de Oporto por el Camino de la Costa, que es el que parece que me evitará la aglomeración urbana y de peregrinos saliendo a la carrera. Así que me voy acercando hasta la Hoz del río Duero, a Foz do Douro, y llego hasta la Pousada da Juventude. Es un espacio amplio y cómodo, pero además de peregrinos hay, sobre todo, grupos de jóvenes en excursiones, e incluso una reunión de adolescentes que participan en un proyecto Erasmus +. En la sala donde voy a dormir hay un señor mayor que viste con pulcritud un traje viejo y gastado, y se mueve con movimientos delicados, como no queriendo hacer ruido. Sobre una maleta tiene un libro cuyo título dice algo de Palestina y del periodismo. Cuelga su traje con mucho cuidado en el armario, y se acuesta cuando faltan muchas horas para que sea de noche.

Cuando las piernas se han desentumecido, salgo a dar un corto paseo junto al río. Mucha gente camina, corre, o pasea al perro. Detrás de la hoz del río, a mano derecha, ya ha atardecido. El río tiene ya aquí una anchura marítima, y la brisa que viene del océano crea suaves ondas que hacen pensar que el agua lleva un sentido invertido. Me siento a leer en un banco frente a las aguas que se van volviendo de un azul de cristal y después moradas. Sigo con atención las pesquisas espirituales de Paulo Coelho en el Camino francés hasta que el frío de la brisa me obliga a resguardarme.


lunes, 31 de julio de 2017

En el Camino: 22ª etapa: Albergaria-a-Velha-Lourosa

Llueve en el norte de Portugal. A las siete y media de la mañana el cielo está blanco y cae una llovizna suave, que al principio espabila y no moja, y poco a poco va perlando el pelo y los brazos y llega a empapar la ropa. Salgo por una carretera sin mucho tráfico, es domingo por la mañana, muchos ciclistas vienen en pequeños grupos en el sentido contrario. También algunos peregrinos de Fátima, grupos de dos o tres con mochilitas para el bocadillo y chalecos reflectantes. Les deseo boa viagem desde el otro arcén. La carretera atraviesa un bosque de eucaliptos con suelo de helechos, y después un área industrial y después ya todos son pueblos que no se distinguen unos de otros. Albergaria-a-Nova, que es una pedanía de dos calles, Branca, Pinheiro de Bemposta. A la entrada de este pueblo llego a tiempo a refugiarme en una cafetería cuando la lluvia está apretando. Las paredes y las mesas tienen versos y retratos estilizados de sus autores. A mí me toca un fragmento de Vasco Gato, del poema “quando a noite toca os meus pulsos”. Con el café caliente, la nata y la dosis de poesía, salgo con fuerzas a la calle y ya no llueve.



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Pasando por Travanca veo una iglesia moderna y fea, que parece americana, hasta con los todoterrenos aparcados en la puerta, donde la gente está pasando a misa. Grupos de ciclistas más numerosos ocupan las travesías. Adelanto a dos peregrinas, una me saluda en español, la otra en inglés, pero no me entretengo porque voy ya a otro ritmo y porque vuelve a llover. Pero en Oliveira de Azeméis sale el sol. Es un pueblo mucho más grande que los otros, al que se entra por calles de piedra en cuesta con quintas y huertas a los lados. De repente veo en lo alto, tras una larga escalinata, una iglesia con las puertas abiertas, grande de dos torres, blanca y con arcos, dinteles, cruces, adornos de piedra. Subo los escalones y llego hasta la puerta, que un señor con bigote me cierra en las narices. Le pregunto si puedo entrar a verla, pone los brazos en jarras, se atusa el bigote y se da la vuelta. Me siento en un banco de enfrente, a la sombra, porque ya hace calor, y me preparo un bocadillo de jamón con pan que compré en la cafetería poética. En este pueblo no voy a dejar un euro.

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El Camino baja y sube por calles que son la misma calle y por pueblos que cambian de nombre todo el tiempo. Voy paralelo a la vía del tren, con la que me encuentro de vez en cuando, aunque a juzgar por la calidad de la hierba que crece encima, el tren debe de hacer un tiempo largo que no pasa. São João da Madeira es una ciudad muy grande, con supermercados abiertos el domingo por la tarde y mucha gente en las terrazas de los bares y restaurantes. Debería parar aquí, se supone que es la última ciudad con albergues en muchos kilómetros, pero tengo que avanzar más porque me quiero acercar a Oporto y porque me lo piden las piernas. Acabo de perder una pulsera de cuero con la inscripción Camino de Santiago que me regaló una amiga francesa hace justo un año, cuando empezábamos aquel Camino, y que he llevado siempre puesta. La busco y no la encuentro: confío en que algún niño la encontrará por la calle, y la concha y el texto Camino de Santiago le dirán algo.

Paso por un Museu da Chapelaria que está en un edificio moderno, y que promete: la historia y el arte de la sombrerería. Pero está cerrado, aunque estemos dentro del horario que marcan en la puerta como abierto. Hay carteles de ferias medievales, de representaciones de batallas, de conciertos. Sigo la misma calle pero ahora el pueblo se llama Arrifana y un rato después Espadães. Está haciendo mucho calor, y después de una larga avenida en cuesta llego a un restaurante donde me preparan un filete de bacalhau com batatas e cebola y medio litro de vino blanco. Elijo un postre que me entra por los ojos: bolo de bolacha, tarta de galleta. Me da un pellizco de melancolía porque sabe a cumpleaños de la infancia, a un sabor muy de casa que llevaba mucho tiempo sin probar.

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Me iba a sentar un rato a escribir a la sombra cuando tres señoras que han salido del comedor y toman café en la terraza me piden que les haga una foto. Paso las siguientes tres horas en una clase de portugués intensa y divertida. La simpatía se contagia. Aprendo muchas cosas sobre adónde van a veranear los portugueses, lo que les gusta y no de España, lo que es más barato aquí y allá. Les hablo de mi viaje, reímos de todo, me invitan a tomar una cerveza. En España, por alguna razón, cada vez es más difícil ver mujeres de cierta edad que acepten la dignidad del cabello blanco. Una de ellas nació y nunca se movió de este pueblo, Espadães. Otra vive en Vila Nova de Gaia y la han tenido que convencer para salir a comer el domingo. Otra de ellas me acaba enseñando las fotos de sus hijas, de sus nietos, de la familia que tiene en Alemania y que vino hace poco al completo para una gran boda que celebraron durante dos días. Ella es angolana, de cuando aquello era una colonia portuguesa. Su padre llegó a Angola con cuatro años, y los hijos ya nacieron allí. Cuando tuvieron que venirse a Europa ella tenía 18 años y una vida en Cabinda. “Minha terra era aquila, não esta”. Cabinda es un enclave entre los dos Congos que se apropió Angola con las prisas de la descolonización. Es un territorio con petróleo, diamantes, maderas preciosas. Me cuenta que los paisajes de su memoria siguen estando allí, y que conoció bien Brazzaville, y Kinshasa, y allí se quedó todo. “Vim com uma edade com a que já poderia ter tido namorado!”. Nostalgia de África, adonde nunca volvió, ni volverá.

Al rato viene una cuarta mujer. Es la esposa del dueño del restaurante, el que me sirvió el bacalao. Ella es de Badajoz, pero lleva más de 30 años en el pueblo. Habla el portugués con más velocidad que las otras mujeres, y me cuenta la historia de un peregrino que vino hace unos meses desde Lisboa a pie, con una burra preñada y un perro. Ella trabaja en un supermercado, pero también ayuda en el restaurante. Ha intentado hacer algunos platos españoles pero no acaban de tener aceptación. Lo que sí ha introducido con éxito, me dice, es un postre: o bolo de bolacha, la tarta de galleta que me supo a mi infancia.

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Con el sol ya a la izquierda, continúo caminando la larga calle que baja cuesta por más pueblos y más eucaliptales. Siento que podría estar caminando hasta el infinito, y sólo me detengo cuando llego a Lourosa y al pasar delante de la estación de los Bombeiros Voluntários me doy cuenta de que llevo caminados hoy 39 kilómetros. Me ofrecen un espacio en el gimnasio. Me he pasado la mitad de este viaje en estaciones de bomberos, siempre bien tratado, entendiendo el nombre completo que tienen las agrupaciones: Associação humanitária. Pero creo que esta vez será la última. Mañana llegaré a Oporto, y allí empieza otro Camino. Si hasta Lisboa fue mi Camino personal y solitario, y desde Lisboa fue un Camino de Santiago con flechas pero con pocos peregrinos, ahora empezará la fase multitudinaria, social, probablemente masificada. Es un fase más, el Camino es la vida.


sábado, 29 de julio de 2017

En el Camino: 20ª etapa: Coímbra-Famalicão (Anadia)

Al salir de Coímbra, el cielo está blanco de nubes bajas y hay neblina que se precipita y moja. Se cruza el puente hasta la margen derecha del río Mondego, y se avanza por un paisaje monótono y llano hasta que los edificios se convierten en maizales. Por una larga cuesta se sube al pueblecito de Cioga do Monte. Casas viejas, algunas quintas cuidadas, huertas familiares, ladridos de perros. Subiendo más se atraviesa Trouxemil, donde veo a ancianas conversando en las esquinas y ancianos en bicicleta. No se corta la línea de casas pero ya estoy en Adões, y con eso he pasado del distrito de Coímbra al de Aveiro. Paro a tomar café, y en el fresco de la terraza pregunto a los hombres que hay conversando si pasan muchos peregrinos. Hoy no, me dicen, pero sí se ven a lo largo de todo el verano. “Vão mais para cima que para abaixo”: todavía los dos caminos inversos coinciden: los que subimos a Santiago siguiendo las flechas amarillas, los que bajan a Fátima siguiendo las azules. En algún momento atravieso una aldea con una sola calle y un perro enorme sale corriendo hacia mí desde dentro de un garaje entreabierto. Ladra como loco y sólo me da tiempo a levantar una pierna: cuando está a metro y medio de mí pega un tirón brusco la larga cadena que lo sujeta y el perro cae al suelo y sigue ladrando. Qué voy a decir, todo el vecindario está ladrando.

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Paso por Mealhada, que es un pueblo limpio tras un largo polígono entre bosques, donde se queda la mayoría de peregrinos. Hay mucha vida en las calles del centro, vida de gente que sale a las terrazas, viene y va, pero no hace demasiado ruido. A las afueras del pueblo hay un agradable paseo arbolado con flechas amarillas. Alcanzo a un matrimonio holandés por encima de los setenta, y la mujer me dice que desde lejos pensó que yo era holandés porque llevaba una camiseta naranja. Se quedan en el albergue, tras el que vienen algunos restaurantes de carretera y el calor que vuelve a apretar. Casi todos los restaurantes anuncian que son especialistas en leitão, en lechón, en cochinillo. Incluso las señales de entrada al concelho lo advertían como una de las atracciones de la zona. Subo una larga cuesta hasta el centro de Aguim, me refresco en una fuente, arranco un tomate de una huerta en un jardín. He tomado la decisión de caminar más allá de Mealhada sin saber lo que me voy a encontrar. Como no tengo guía, y sólo busco información por Internet si me hace mucha falta mientras camino, no tengo certeza de que haya albergues hasta Águeda, que es el final de la siguiente etapa. Compruebo que al menos hay pueblos en este tramo, así que algo ha de haber. Camino bajo el sol del mediodía hacia lo desconocido.



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Anadia es un municipio bien hecho. Subo una cuesta con una carretera en obras y después empiezan sus pedanías, y un enorme complejo deportivo, y operarios poniendo alfombras de césped en amplios paseos, y aspersores regando con alegría. Parece que en el pueblo ha caído la lotería y están deprisa haciéndolo todo nuevo. Una pedanía tras otra, las calles son modernas, las señales son modernas, hay obras públicas por todas las calles. Y al llegar al pueblo, las calles están limpias, y hay cómodos edificios comerciales en bajo con las terrazas de las cafeterías llenas de gente, y agua que sube en las fuentes, y un aire de modernidad que no he visto en todo Portugal. En una plaza veo un cartel que no me acabo de creer: esta noche actuará aquí en Anadia, en la Praça da Juventude, Luísa Sobral. Tengo que mirar el cartel varias veces e incluso hacer una foto para estar seguro: hace mucho calor y llevo mucho tiempo caminando y no he comido, y ya es mucha casualidad que haya tomado la decisión valiente de ir hacia lo desconocido y que precisamente Luísa Sobral venga esta noche a cantar al pueblo al que llego. Avanzo buscando la estación de bomberos, pero no está en el pueblo sino ya en el campo, en una antigua finca de caballos hasta donde me guía un pastor viejo que no tiene manos y tiene la cara desfigurada. Entro a la finca donde están los camiones de bomberos y recibo mil atenciones del bombero de guardia, de una señora mayor, de un grupo de niños. En un portal frente a los viejos establos, me sientan, y los niños me ofrecen de un cuenco de palomitas azucaradas que acaban de preparar. “Tenho mais sede do que fome”, digo, y el muchacho me trae una botella de agua fría con la que llena mi cantimplora. Después me anota en el GPS del móvil la dirección del convento de freiras adonde tengo que ir a dormir, que está más adelante, en una pedanía, a dos kilómetros. Aún tengo que llegar allí, y a los 31 kilómetros que camine habrá que sumar dos de ida y dos de vuelta si de verdad quiero ver a Luísa Sobral.

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En la pedanía de Arcos hay bodegas antiguas de vino espumante, y otra vez paredes desgastadas y un aire de descuido. Cruzo un río seco y llego a otra pedanía, Famalicão. Varias mujeres me indican y finalmente llego a la puerta correcta del convento. Colégio de São João de Cluny. Algunas monjas visten con hábito, otras no, todas son muy mayores y muy cordiales. Las instalaciones del colegio son muy modernas. En la parte de atrás hay jardines con atracciones y columpios, y varios grupos de niños haciendo actividades con sus monitoras. El espacio que tienen las monjas para albergue es seguramente el mejor que he visto nunca. Una gran habitación luminosa y fresca en el piso superior, con los colchones y las sábanas pulcramente dispuestos. Duchas amplias, más limpias y mejor cuidadas que las de un hotel. Es un edificio nuevo y hecho con buen gusto, y las atenciones de la hermana que me explica el funcionamiento del albergue son ejemplares: incluso tiene fotocopias de dos planos dibujados a mano con los bares y pastelerías de la zona. Aunque tarde, voy a comer al que me dijo que es más tradicional, y por supuesto es un lugar especializado en cochinillo. Hay gente que está esperando para llevárselos enteros en cajas especiales. La carne es espléndida, y el vino blanco también. Cuando vuelvo, han llegado al mismo albergue los tres italianos y las dos japonesas. No sé cómo hacen para demorarse tanto. Salen siempre una o dos horas antes que yo, y siempre llegan varias horas más tarde.

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Finalmente hemos decidido caminar de vuelta, cuando ya se ha hecho de noche, para ver el concierto de Luísa Sobral. Mi compañero seminarista italiano me acompaña. Un rato antes de empezar, parece que no hay demasiada expectación en la plaza y nos sentamos en las primeras filas. Casi al instante la plaza se llena de gente y aparecen las teloneras. Un grupo de seis quinceañeras con voces gloriosas. A veces acompañadas al piano, y otras con la sola instrumentación de sus voces, llenan la plaza de calor con canciones en portugués y en inglés. No podemos evitar sentir un escalofrío después de escuchar sus arrebatadoras versiones de The sounds of silence y Hallellujah, que además para mí es la canción del Camino de Santiago, de tantas veces que se la escuché a mi amigo Francesco el verano pasado.

Cuando sale al escenario Luísa Sobral la plaza está abarrotada, hay gente de pie por todos lados. Y el espectáculo es aún mucho más de lo que esperábamos. Yo conocí a Luísa Sobral unos meses antes de Eurovisión, cuando Elvira Lindo empezó a hablar en España de ella y de su hermano. Y esta feliz casualidad de estar en este concierto me hace quererla más: es un concierto vivo, dinámico, familiar. Guitarras, contrabajo, batería. La propia Luísa Sobral va cambiando de instrumento en cada canción: guitarra, guitarra eléctrica, piano, incluso interpreta una canción golpeando el cajón con las baquetas. Es un prodigio musical, en las canciones en inglés de inspiración sureña y en las portuguesas que tiran al jazz y hasta en las canciones infantiles. Cada canción es un espectáculo nuevo que se sobrepone a lo anterior. Es además una mujer divertida, ocurrente, y el público la quiere. En un momento íntimo, cantando una bossanova lenta, se para y empieza con los primeros versos de Amar pelos dois, la canción que escribió para que su hermano dignificara el festival de Eurovisión. Siento un pellizco de envidia patria: toda la plaza está cantando los versos lentos y delicados de esta canción. Dice Manuel Machado: “Hasta que el pueblo las canta, / las coplas, coplas no son, / y cuando las canta el pueblo / ya nadie sabe el autor”. Los versos de Luísa Sobral que salieron de una noche de hotel ya no son suyos, son de la nación portuguesa. Cuando acaba el concierto, tiene otro gesto de delicadeza con la gente: se sienta al pie del escenario con esa guitarrita pequeña que los portugueses llaman cavaquinho y canta unas canciones tiernas para los niños que hacen círculo alrededor. Hay momentos dulces y hermosos en el Camino y en la vida.





miércoles, 26 de julio de 2017

En el Camino: 17ª etapa: Tomar-Alvaiázere

As setas amarelas (las flechas amarillas) a veces llevan por caminos derechos y otras veces dan rodeos difíciles de entender. Con ayuda del GPS se va combinando la ruta para llegar a buen puerto. Pero desde estas etapas la señalización es perfecta. Hay flechas amarillas y baldositas con el símbolo de la concha incrustadas en muchos postes y paredes. A partir de Tomar el camino que lleva a Fátima va en el sentido contrario, y también las flechas azules marcan bastante clara la ruta. En las calles de Tomar hay cruces templarias rojas en las farolas, en los maceteros, en las fachadas de los negocios. También por el suelo, en las piedras de la calle, trazando otra especie de ruta secreta.

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Se abandona Tomar por una plácida senda boscosa que va paralela al curso del río Nabão. Una senda que se hace estrecha entre encinas, cañas, rosales silvestres. Los rayos del sol aún bajo tratan de colarse entre los pocos espacios que deja la vegetación. Al cabo de una hora, subiendo entre montes de olivos, la ciudad de Tomar aparece blanca en la lejanía, apenas un puñado de casas que sobresalen entre el verde del bosque. Hay algunas cuestas duras por caminos asfaltados y por caminos de tierra, mientras atravesamos aldeas con poca o ninguna gente: Soianda, Calvinos, Ponte de Ceras. En todas hay huertas tapiadas a medio labrar donde los árboles dan frutos para nadie. Voy comiendo higos maduros y melocotones muy dulces por el camino, pero también veo naranjas, manzanas o ciruelas por los suelos, pudriéndose, sin nadie que las recoja. Además de con el grupo de italianos, nos vamos cruzando con dos jóvenes japonesas muy sonrientes y muy tapadas por sus amplios sombreros de exploradoras.


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A la salida de un pueblecito, dos ancianas conversan. Una está en lo alto de la huerta, asomada al muro de metro y medio que la separa del carreterín, junto a una encina y unos olivos, sosteniendo una hoz, que aprieta contra el mandil mientras habla. La otra está abajo, en el carreterín, al volante de un camioncito rojo minúsculo con los símbolos de la Junta de Freguesia, y la parte de atrás del camioncito viene cargada de paja. Las dos visten de negro y gris, las dos tienen el pelo blanco y son muy viejas. Nos saludan con mucha atención, haciendo gestos con las manos. Me pregunto cuántas veces se habrá repetido esta escena, en qué parte de la conversación andarán estas dos mujeres que se han visto las caras todos los días de su vida, entre las cuatro casas y las cuatro huertas de la aldea.

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En Ponte de Ceras se cruza el río y la carretera. Hay una fuente fresca que recibe el agua de la montaña, que corre ligera por un canal hasta el río. Junto a la fuente, una caseta con una alberca y unas pilas de piedra para fregar la ropa. Hay algunas casas abandonadas a la vegetación, techos caídos, escaleras de piedra que ya no suben a ningún sitio. Frente a la fuente hay un edificio grande de paredes de piedra con el portal a medio hundir. Las puertas de madera están tiradas por el suelo. Dentro hay una antigua almazara, con todas sus máquinas, sus piedras de prensar, los pequeños depósitos de aceite, algunas botellas de cristal en estantes llenos de polvo. Los techos aún no se han hundido. El deterioro que lleva a la destrucción total también lleva un trabajo minucioso y lento.

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Entre Vila Verde y Pereiro, entre aldeas cuyos límites son las propias señales, unos viejecillos que descansan a la sombra de su jardín nos dan indicaciones de dónde está el restaurante más cercano. Los clientes son locales, el espacio está limpio y es fresco, y afuera está haciendo demasiado calor. Mi amigo americano y yo comemos un grelhada mista con mucha calma, con varias cervezas, con mucha conversación sobre su vida en Marruecos, sobre la corrección política, sobre la vida de sus hijos. Al despedirnos pido al dueño que me llene la cantimplora de agua, y me regala una botella que acaba de sacar de la nevera.

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En un cruce nos confundimos de dirección y un coche se detiene para avisarnos de que debemos volver. Dejamos el distrito de Santarém y entramos en el de Leiria. Hay una cuesta suave y continua por campos de encina, de cereal y de olivos, hasta Cortiça, que es un pueblo con cuatro calles, un palacio en medio de la nada, y una panadería donde encontramos sombra. Entramos a las salas donde están preparando los pasteles y dulces y pedimos agua: una señora nos llena las cantimploras con agua helada. La entrada a Alvaiázere es extraña: antiguas quintas desahuciadas conviven con otras lujosas donde los albañiles están todavía manos a la obra. En muchas de estas quintas hay torres que fueron importantes, fachadas que perdieron el color hace varias décadas, árboles con todo tipo de frutas caídas por el suelo. Y hay sobre todo altísimas y hermosas nogueras, y muchos castaños, en todas las huertas, en las plazas, por todo el pueblo. Un coche se ha quedado parado en mitad de la calle, y los demás coches le pitan y siguen su marcha. Hasta que llegan estos dos peregrinos y ayudan al conductor empujando el vehículo y dejándolo a un lado. Una señora muy mayor se baja por la otra puerta y me dice que vaya casualidad, que le pidió el favor a su hijo de que la llevara al médico y ahora vaya plan. Está muy nerviosa y no para de decirle: "Fernando, e agora que vas fazer?". El señor dice que llamará al mecánico, porque nosotros no sabemos arreglar motores.

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En la estación de Bombeiros Voluntários de Alvaiázere coincido de nuevo con los tres italianos. Son del sur de Italia, de la Puglia. Una pareja y otro chico. Son jóvenes, veinteañeros. Uno lleva gafas redondas y parece un pensador comunista de los años 60; ella es rubia, gordita, guapa, y se queja todo el tiempo del dolor en los pies. El otro muchacho es moreno, guapo, lleva gafas de pasta negra, camisetas de tirantes y una bonita cruz de barro colgando del cuello. Estudió literatura italiana, pero después sintió la vocación, y lleva ya tres años en el seminario. Por eso había ido a Fátima, y ahora va a Santiago. No sabe si llegará a ser sacerdote, pero está en el camino. Tendidos a media tarde y agotados aún por el esfuerzo, ríen con los comentarios de sus amigos a las fotos de Facebook, y después comentan el sentido de una cita religiosa dedicada al día de Santiago. Como no puedo evitar entender sus conversaciones, me salgo fuera para leer un rato.






martes, 25 de julio de 2017

En el Camino: 16ª etapa: Golegã-Tomar


En Golegã muchos carteles recuerdan que es la capital del caballo. Aparte de puertas cerradas a cercados que sí parecen picaderos y a algunos dibujos en los comercios y en los carteles taurinos, no se ven muchos caballos. Salgo de la estación de bomberos, donde me olvidé la toalla, y echo a andar de nuevo por campos ricos de huertas y maizales. Una cuadrilla de mujeres mayores van detrás de un tractor recogiendo pimientos, mientras un hombre las supervisa, y las conversaciones de las mujeres recolectoras son casi gritos que llegan hasta la carretera. Hay nubes bajas y panzudas, y un aire terco que se lleva el agua con que riegan el maíz los pívots, creando hermosos arcoíris en la verde llanura.

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En una pequeña aldea, São Caetano algunas placas recuerdan que aquello fue territorio templario. Apartado de la aldea hay un palacio de ensueño, protegido por una avenida de álamos centenarios, con iglesia, torres de vigilancia y con una torre almenada de castillo. Es un edificio de dos pisos, con decenas de ventanas, altas puertas con dinteles de piedra labrada, fachadas de un color crema envejecido cubiertas casi en su totalidad por la exuberancia de la hiedra. Es la Quinta da Cardiga, un edificio con apariencia de abandono que perteneció a la orden templaria y después seguramente a nobles que no supieron qué hacer con él. Está en la misma orilla del río Tajo, hacia donde cae en leve cascada el agua de un riachuelo que circunda el palacio. Es un lugar extraño, que conviene visitar de día. Por la calle en sombra sólo me cruzo con una señora, que me dice amablemente Bom dia y se ríe cuando me ve hacer fotos. Bajo la alameda, en la umbría de la fachada principal, uno no puede evitar pensar en historias fatales de amores extranjeros y muertes súbitas que convirtieron esta fortaleza en un lugar maldito, hundido en las nieblas de la historia.


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Cruzo varios pueblos grandes, Vila Nova da Barquinha, Atalaia, con casas de jardines cuidados, pero donde no encuentro ningún bar ni cafetería. En un cruce me encuentro con un peregrino americano que también ha perdido la referencia de las flechas amarillas. Nos internamos en un bosque de eucaliptos y encinas, atravesamos un lago que es en realidad el bebedero de una granja de patos, y miles de ellos echan a volar despavoridos a nuestro paso. Llegamos a uno de esos pueblecitos que no aparecen ni en mi GPS, y al fin, tres horas después, puedo rellenar mi cantimplora en una fuente. Dos señores de barba blanca que conversan en la terraza de la cafetería me aseguran que es agua buena, y más me vale. Una nieta de la dueña, una niña de cuatro años, viene a charlar conmigo. Le hacen gracia el acento, las pintas, la conversación seria de un adulto extranjero. La muchacha se llama Madalena, como el pueblo cabeza de la comarca. Igual que en algunos lugares de África o Asia, uno sabe que está en un lugar seguro cuando puede hablar con los niños. Y, en este caso, además, entenderlos.

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Mi compañero americano es del estado de Washington, de un lugar en la costa cerca de Seattle, cerca de Aberdeen, le digo, de la ciudad de Kurt Cobain. Ya tenemos temas de conversación. De mi viaje a Seattle recuerdo muchas cosas, pero sobre todo el museo de la música donde exhibían guitarras de Jimmy Hendrix y objetos personales de Kurt Cobain y del resto de la banda, Nirvana. El peregrino tiene la misma edad de mi padre, y voló hace unos días a Lisboa para hacer su primer Camino hasta Santiago. Es hijo de irlandeses, y tiene nombre de personaje de Angela’s Ashes. Una cara simpática y blanca, redonda, muy colorada por el esfuerzo. Cuando le digo que soy de La Mancha, me recuerda el musical Man of La Mancha, y me dice que uno de sus hijos se casará este septiembre con una muchacha que se llama Dulcinea. Es un buen hombre. Sus hijos viajaron de niños y adolescentes por toda Centroamérica. Él siguió a su tercera mujer, con la que lleva 20 años, al centro de Marruecos, donde ella estuvo enseñando inglés dos cursos. Allí se puso también a enseñar a niños con problemas, a cuidar de ellos. Es un hombre de mundo, de los que no se cansan de aprender de otras culturas, de otros idiomas, de otras generaciones. Yo vengo lanzado, y él me lleva el paso.

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En Tomar busco de nuevo a los Bombeiros Voluntários, que me dan alojamiento en unas colchonetas en lo alto de un escenario de un gran salón de actos. Voy a comer y después me doy una vuelta por un supermercado en un pequeño centro comercial. No sé por qué, siento siempre una rara melancolía al visitar los grandes supermercados en países extranjeros: es como ver la vida corriente por un momento, en el momento en que uno está tan alejado de la vida corriente. Paso a una librería para comprar, al fin, un diccionario. Pero una portada que está escondida en unos estantes de libros de bolsillo me salta a los ojos: O diário de um mago. No me imagino comprando un libro de Paulo Coelho, pero enseguida me acuerdo de que es el libro sobre el Camino de Santiago del que tanto me hablaron el verano pasado. Lo abro y en las primeras páginas veo un mapa con el mismo trayecto que yo hice el año pasado: desde Saint-Jean-Pied-de-Port hasta Santiago de Compostela. Hojeo y veo que es el trayecto iniciático que hizo el escritor brasileño en 1987, cuando nadie caminaba por el Camino. De repente pienso que será la mejor forma de asentar mi portugués, mucho mejor que un diccionario. Lo sé, he comprado un libro de Paulo Coelho. Y probablemente lo lea con interés y me guste, porque hablará de cosas que ya sé. Lo empiezo en el banco de un jardín, con la luz dorada de la tarde de Tomar, y el autor empieza hablando unos campos solitarios en León en conozco bien y de una espada.

De vuelta en la estación de bomberos, tengo compañía. Tres italianos, dos chicos y una chica, que acaban de llegar, sudorosos y doloridos, desde Fátima, para reengancharse aquí al Camino de Santiago. Están tan cansados que apenas pueden salir a comprar algo al supermercado. Acaban de empezar, hay mucho camino por delante.

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Tomar es una preciosa ciudad monumental. La única lástima es que haya caminado tantos kilómetros, casi 30, y no tenga muchas fuerzas para visitarla. Varios puentes cruzan el río Nabão, a lo largo del cual hay museos, parques. Hay una plaza amplia, ajedrezada y luminosa con una estatua en el centro de un caballero templario, con su espada clavada en el suelo, que tomó la ciudad en el siglo XII. Al fondo, en lo alto, se un castillo, también templario. La iglesia es blanca, con portada de piedra labrada restaurada y una torre adosada de piedra parda, y está cerrada. Al pie de la iglesia cenamos en una terraza, cuando el sol ilumina el lateral de la torre. Con tiempo, puedo con mi bacalhau com natas servido en cuenco de barro. Es el sabor de Portugal, es una delicia insustituible. Conversamos mi amigo americano y yo, y una señora holandesa que es maestra de primaria, aunque ya debe de andar algún tiempo jubilada, y que ha recorrido muchos tramos del Camino por España. Bebemos un rico vino tinto de Marmeleiro, un pueblo al lado de Madalena por el que pasamos esta tarde, donde rellenamos la cantimplora con agua fresca. Marmeleiro, que tiene un sonido dulce, significa membrillo.