martes, 25 de julio de 2017

En el Camino: 16ª etapa: Golegã-Tomar


En Golegã muchos carteles recuerdan que es la capital del caballo. Aparte de puertas cerradas a cercados que sí parecen picaderos y a algunos dibujos en los comercios y en los carteles taurinos, no se ven muchos caballos. Salgo de la estación de bomberos, donde me olvidé la toalla, y echo a andar de nuevo por campos ricos de huertas y maizales. Una cuadrilla de mujeres mayores van detrás de un tractor recogiendo pimientos, mientras un hombre las supervisa, y las conversaciones de las mujeres recolectoras son casi gritos que llegan hasta la carretera. Hay nubes bajas y panzudas, y un aire terco que se lleva el agua con que riegan el maíz los pívots, creando hermosos arcoíris en la verde llanura.

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En una pequeña aldea, São Caetano algunas placas recuerdan que aquello fue territorio templario. Apartado de la aldea hay un palacio de ensueño, protegido por una avenida de álamos centenarios, con iglesia, torres de vigilancia y con una torre almenada de castillo. Es un edificio de dos pisos, con decenas de ventanas, altas puertas con dinteles de piedra labrada, fachadas de un color crema envejecido cubiertas casi en su totalidad por la exuberancia de la hiedra. Es la Quinta da Cardiga, un edificio con apariencia de abandono que perteneció a la orden templaria y después seguramente a nobles que no supieron qué hacer con él. Está en la misma orilla del río Tajo, hacia donde cae en leve cascada el agua de un riachuelo que circunda el palacio. Es un lugar extraño, que conviene visitar de día. Por la calle en sombra sólo me cruzo con una señora, que me dice amablemente Bom dia y se ríe cuando me ve hacer fotos. Bajo la alameda, en la umbría de la fachada principal, uno no puede evitar pensar en historias fatales de amores extranjeros y muertes súbitas que convirtieron esta fortaleza en un lugar maldito, hundido en las nieblas de la historia.


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Cruzo varios pueblos grandes, Vila Nova da Barquinha, Atalaia, con casas de jardines cuidados, pero donde no encuentro ningún bar ni cafetería. En un cruce me encuentro con un peregrino americano que también ha perdido la referencia de las flechas amarillas. Nos internamos en un bosque de eucaliptos y encinas, atravesamos un lago que es en realidad el bebedero de una granja de patos, y miles de ellos echan a volar despavoridos a nuestro paso. Llegamos a uno de esos pueblecitos que no aparecen ni en mi GPS, y al fin, tres horas después, puedo rellenar mi cantimplora en una fuente. Dos señores de barba blanca que conversan en la terraza de la cafetería me aseguran que es agua buena, y más me vale. Una nieta de la dueña, una niña de cuatro años, viene a charlar conmigo. Le hacen gracia el acento, las pintas, la conversación seria de un adulto extranjero. La muchacha se llama Madalena, como el pueblo cabeza de la comarca. Igual que en algunos lugares de África o Asia, uno sabe que está en un lugar seguro cuando puede hablar con los niños. Y, en este caso, además, entenderlos.

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Mi compañero americano es del estado de Washington, de un lugar en la costa cerca de Seattle, cerca de Aberdeen, le digo, de la ciudad de Kurt Cobain. Ya tenemos temas de conversación. De mi viaje a Seattle recuerdo muchas cosas, pero sobre todo el museo de la música donde exhibían guitarras de Jimmy Hendrix y objetos personales de Kurt Cobain y del resto de la banda, Nirvana. El peregrino tiene la misma edad de mi padre, y voló hace unos días a Lisboa para hacer su primer Camino hasta Santiago. Es hijo de irlandeses, y tiene nombre de personaje de Angela’s Ashes. Una cara simpática y blanca, redonda, muy colorada por el esfuerzo. Cuando le digo que soy de La Mancha, me recuerda el musical Man of La Mancha, y me dice que uno de sus hijos se casará este septiembre con una muchacha que se llama Dulcinea. Es un buen hombre. Sus hijos viajaron de niños y adolescentes por toda Centroamérica. Él siguió a su tercera mujer, con la que lleva 20 años, al centro de Marruecos, donde ella estuvo enseñando inglés dos cursos. Allí se puso también a enseñar a niños con problemas, a cuidar de ellos. Es un hombre de mundo, de los que no se cansan de aprender de otras culturas, de otros idiomas, de otras generaciones. Yo vengo lanzado, y él me lleva el paso.

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En Tomar busco de nuevo a los Bombeiros Voluntários, que me dan alojamiento en unas colchonetas en lo alto de un escenario de un gran salón de actos. Voy a comer y después me doy una vuelta por un supermercado en un pequeño centro comercial. No sé por qué, siento siempre una rara melancolía al visitar los grandes supermercados en países extranjeros: es como ver la vida corriente por un momento, en el momento en que uno está tan alejado de la vida corriente. Paso a una librería para comprar, al fin, un diccionario. Pero una portada que está escondida en unos estantes de libros de bolsillo me salta a los ojos: O diário de um mago. No me imagino comprando un libro de Paulo Coelho, pero enseguida me acuerdo de que es el libro sobre el Camino de Santiago del que tanto me hablaron el verano pasado. Lo abro y en las primeras páginas veo un mapa con el mismo trayecto que yo hice el año pasado: desde Saint-Jean-Pied-de-Port hasta Santiago de Compostela. Hojeo y veo que es el trayecto iniciático que hizo el escritor brasileño en 1987, cuando nadie caminaba por el Camino. De repente pienso que será la mejor forma de asentar mi portugués, mucho mejor que un diccionario. Lo sé, he comprado un libro de Paulo Coelho. Y probablemente lo lea con interés y me guste, porque hablará de cosas que ya sé. Lo empiezo en el banco de un jardín, con la luz dorada de la tarde de Tomar, y el autor empieza hablando unos campos solitarios en León en conozco bien y de una espada.

De vuelta en la estación de bomberos, tengo compañía. Tres italianos, dos chicos y una chica, que acaban de llegar, sudorosos y doloridos, desde Fátima, para reengancharse aquí al Camino de Santiago. Están tan cansados que apenas pueden salir a comprar algo al supermercado. Acaban de empezar, hay mucho camino por delante.

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Tomar es una preciosa ciudad monumental. La única lástima es que haya caminado tantos kilómetros, casi 30, y no tenga muchas fuerzas para visitarla. Varios puentes cruzan el río Nabão, a lo largo del cual hay museos, parques. Hay una plaza amplia, ajedrezada y luminosa con una estatua en el centro de un caballero templario, con su espada clavada en el suelo, que tomó la ciudad en el siglo XII. Al fondo, en lo alto, se un castillo, también templario. La iglesia es blanca, con portada de piedra labrada restaurada y una torre adosada de piedra parda, y está cerrada. Al pie de la iglesia cenamos en una terraza, cuando el sol ilumina el lateral de la torre. Con tiempo, puedo con mi bacalhau com natas servido en cuenco de barro. Es el sabor de Portugal, es una delicia insustituible. Conversamos mi amigo americano y yo, y una señora holandesa que es maestra de primaria, aunque ya debe de andar algún tiempo jubilada, y que ha recorrido muchos tramos del Camino por España. Bebemos un rico vino tinto de Marmeleiro, un pueblo al lado de Madalena por el que pasamos esta tarde, donde rellenamos la cantimplora con agua fresca. Marmeleiro, que tiene un sonido dulce, significa membrillo.



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