sábado, 15 de julio de 2017

En el Camino: 6ª etapa: Castro Verde-Aljustrel

La carretera entre Castro Verde y Aljustrel tiene 23 kilómetros, es llana, con pocas curvas, con altos eucaliptos que dan sombra a cada lado. Hay amplios rastrojos y algunas haciendas grandes donde pastan ovejas y vacas. A mitad de camino hay un poblado, Carregueiro, al que se entra por una agradable avenida flanqueada de adelfas. Encuentro la única cafetería porque sigo a la furgoneta del pan, que va delante, y porque pregunto a una anciana que está pintándose de rosa las uñas en una placita frente a su casa. Los carteles taurinos ya perdieron actualidad y color. El almacén de cereal tiene las puertas abiertas, y algunos hombres entran y salen con bultos y cajas.

El dueño de la cafetería es un señor mayor, de movimientos lentos, con cara de haber sido buena persona toda su vida. Me prepara un sandes de presunto con manteiga. Hay varias piernas de jamón colgadas al final de la sala, haciendo juego con la decoración que es básicamente una colección de cencerros. Corre aire bajo la sombra de la terraza, donde me dan conversación los parroquianos. Uno de ellos está enamorado del norte de Portugal. Su mujer es de al lado de Tuy, en la frontera con Galicia. Tienen casa allí, y van siempre que pueden. En autobús, así aprovechan para hacer dos visitas a las hijas, que viven en Lisboa, a la ida y a la vuelta. “E sempre por uma rota distinta, para conhecer novos sítios do meu país”. También tiene cara de bueno, y brillo en los ojos cuando habla del norte, de los pueblos de la ribera el Miño, de las ferias medievales. Otro parroquiano tiene botas de vaquero, barba de dos días, gorro campero y un aire simpático. Se ha sentado con las piernas estiradas para beberse un batido de chocolate. Me dice que él es de Entradas, otro poblado cercano, y que allí cerca hacen un festival de música al que viene gente naturista de la que fuma hierba: “Mas todos bem educados. Dormem no medio do campo, em tendas de campanha e não incomodam ninguém”. El dueño del bar lo corrobora: “Cruzei diante dumas mulheres que fumavam e elas apagaram o cigarro”. Otro me cuenta que aprende palabras españolas viendo las corridas de toros en la televisión, igual que ha hecho siempre con las novelas y las canciones. Hay que ver lo que hemos tardado en acercanos a Portugal, con lo cerca que han estados siempre ellos de nosotros.

Salto la vía del tren y continúo por la N-2, atravesando más haciendas de cereal y ganado, algunas de caballos. Antes de llegar a Algustrel hay una laguna y un pequeño polígono industrial. En la gasolinera la empleada me ofrece agua y me dibuja un mapa del pueblo, que después de una cuesta aparece con sus casas blancas y tejados de arcilla, con la iglesia en lo alto. En la oficina de turismo me mandan equivocadamente al edificio de enfrente, detrás de unos jardines con fuentes y mucha sombra. Este edificio no es un hostel ni nada que se le parezca, sino una residencia de artistas. Tienen habitaciones, pero están todas ocupadas por artistas de medio mundo que vinieron a hacer estancias de un mes. Las salas están decoradas con fotografías de cantantes que cuelgan de pinzas de la ropa, y hay por los suelos y sillones unos peces del tamaño de una persona, entre amarillos y naranjas, que parecen salidos de una película de Almodóvar. Son parte de una performance que harán mañana en un festival de música frente a una laguna cercana. Por la razón que sea, mientras hablamos y hacen algunas llamadas para ayudarme, la directora y dos muchachas que están allí, una portuguesa y otra brasileña, me invitan a comer con lo que a ellas les sobró. Acostumbrado ya a comer ligero en los días de caminada, me doy un atracón para intentar acabarlo todo y agradecer la invitación, pero no puedo. Otro artista local me ha solucionado el problema del alojamiento, me da el contacto del responsable del Pavilhão de Desportos y me dirige allí. Qué bien he debido de portarme en otras vidas, para que la gente me trate tan bien en ésta.

Aljustrel es un pueblo coqueto, bien arreglado, limpio. Me gusta ver la vida cotidiana de estos pueblecitos: su escuela de verano para los niños, las actividades de la biblioteca, los hombres delgados y con gorro que beben una cerveza lenta en la terraza a la hora del final de etapa del Tour de Francia, los niños que salen de la piscina a media tarde, una cena de final de curso en un bar al aire libre con los muchachos tan acicalados, gente mayor en el gimnasio mientras unos críos pegan pelotazos con unos palos de hóckey en el pabellón donde esta noche dormiré. Por casualidad, encuentro la iglesia abierta. Es pequeña, sin gracia, encalada por dentro y por fuera, con listones azules. Una familia está adornando los bancos con guirnaldas, una mujer joven ensaya un texto frente al atril y dos señoras mayores están fregando con fregona y cubo hasta los escalones de piedra que bajan a la calle. Más vida cotidiana: voy a visitar a los tíos de una amiga, que viven aquí, y que están alterados porque su hijo y la familia acaban de llegar de Holanda. Aún tienen las maletas abiertas en los pasillos. El matrimonio y los dos hijos hacen el viaje en coche, atravesando Francia y España, como los emigrantes de antes. La abuela me enseña fotos de la familia, el abuelo está tan contento que se muestra nervioso. Casi todos estos pueblos del interior de Portugal se vienen vaciando poco a poco desde hace décadas.

1 comentario:

  1. No te mandaron equivocadamente desde la oficina de turismo a la residencia por la sencilla razón de que tú también eres un artista... un artista de las palabras, por tanto encajabas a la perfección.

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