domingo, 15 de noviembre de 2015

Calor y frío, pastel de manzana: el invierno del sur de California

Si San Diego es la primavera perfecta, el invierno tampoco queda muy lejos. En tres cuartos de hora de coche hacia el interior ya hay elevaciones de más de mil metros, donde se suceden las estaciones de verdad, donde incluso nieva varias veces al año. Para salir de San Diego hacia el este, por la interestatal 8, se atraviesa La Mesa y después El Cajón, por donde la ciudad se va disgregando en suburbios, barrios muy extensos de casas bajas y mucha arboleda, una comunión perfecta de residenciales y bosques. La carretera empieza a empinarse cerca de Alpine, pasado el gran complejo de entretenimiento Viejas Casino & Resort, en la reserva india de Viejas, que pertenece a la tribu de los Kumeyyay.

         La autovía atraviesa el Bosque Nacional Cleveland, una extensión de casi 2000 km² de bosque mediterráneo seco, de los que aquí denominan con la palabra española chaparral, que se extiende hacia el este hasta el desierto Anza-Borrego, continuación de las inmensas extensiones desérticas de Sonora. Un sábado de noviembre salimos con un tiempo de sol y playa de San Diego, y en los cerros de Laguna Mountain la temperatura es ideal para caminar por el monte, para hacer senderismo, para hacer eso que en inglés se nombra con una palabra tan sencilla como exacta: hiking.

         Se respira en estos montes una rara serenidad: como en una película de sobremesa, hay de vez en cuando un coche grande y solitario bajo unos árboles, pasa ese ciclista entrado en años que avanza muy despacio pero se pierde carretera arriba, no se oye más que el silbido lejano de algún ave, de cuando en cuando. Nos cruzamos con una fila de tractores diminutos e impecables, conducidos por ancianos risueños que nos saludan al pasar. Y arriba no hace calor, no hace frío, hay un aire limpio de bosque seco y romero que llena los pulmones. Enormes piedras grises a las que trepar, extensiones infinitas de cañones arbolados, un bosque oscuro y silencioso bajo la luz amarilla del mediodía.

         Comemos entre sol y sombra, bajo un chaparro de tronco grueso, en un merendero en el que están montando sus pequeñas tiendas de campaña un grupo de boy-scouts. Cruzan ardillas y hermosos pájaros de plumaje azul. Buscando otra ruta nos cruzamos con el mismo solitario ciclista, que baja de vuelta y nos dirige hacia el interior, por una senda de tierra que lleva hacia otro cañón. El sol se esconde y reaparece tras los breves picos de los cerros. A la vera del camino se alza el robusto esqueleto de un árbol seco. Caminando entre españoles, no puedo evitar acordarme de Antonio Machado: “Al olmo viejo, hendido por el rayo, / y en su mitad podrido, / con las lluvias de abril y el sol de mayo / algunas hojas verdes le han salido”. En un recodo hay unas piedras grandes y lisas sobre las que sentarse y contemplar el último sol que se va retirando como una sábana del bosque cerrado de abajo. Sucede un silencio absoluto, un espacio detenido en el tiempo. Comienza a refrescar.

         De vuelta al merendero nos llega el olor dulce de las barbacoas, el estremecimiento anticipado de los que cenarán antes de las cinco y pasarán la larga noche en las endebles tiendas. Enfilamos el coche por laderas pedregosas de monte bajo hasta el cruce de Descanso, donde empieza una carretera con mil curvas, la estatal 79, que lleva hasta Julian. A los lados de la carretera hay modestos ranchos con vacas o caballos, casitas hermosas y tranquilas de madera pintada, postes con buzones de lata, una escuelita, la oficina del sheriff. Atravesamos el lago Cuyamaca, donde hay restaurantes vacíos y un complejo de ocio deportivo, algunas barcas quietas en la mínima superficie inundada. El sol que se pone resalta las formas de los árboles, deja un color azulado e irreal sobre las copas.

         Llegamos a Julian de noche, como quien llega a un refugio de invierno. Julian es un pueblito en el cruce de la 78 y la 79, y aparte de la travesía sólo hay un par de calles paralelas y muy oscuras. En la calle principal hay un aire de verdadero pueblo del Oeste. Edificios de madera de una altura, un hotel del siglo XIX con grandes cristaleras al que se sube por unas escaleras de madera llenas de plantas. Tiendas de antigüedades grandes como casas enteras, bares con profusión de objetos vintage, una cola ordenada con decenas de personas por la acera adelante, frente a una de las bakeries en las que preparan el famoso apple pie de Julian. Hay varios carros tirados por caballos muy corpulentos dando vueltas por la media luz de las calles.

         Pasamos a una librería que es realmente una casa de madera con estanterías repartidas por todas las habitaciones, justo cuando el dueño está a punto de cerrar. Me sorprende que reconozca mi cara nada más vernos pasar. Es un hombre afable y gordezuelo, de pelo blanco, que nos recomienda con tono pausado, desde su jardín con estatuas, llevar cuidado con los ciervos que se nos crucen en la carretera al salir del pueblo.

         Hace un frío crudo en la calle, ha bajado de diez grados y no estamos preparados para el invierno. Cenamos buena carne en un restaurante con dos salas muy anchas y mesas de madera recia. Junto a la puerta está colocada una estatua en madera de un indio con tocado de plumas, de tamaño real. La barra es larga y está llena de hombres con ropas claras, con apariencia de cazadores, con gorras del revés, bebiendo cerveza en vasos altos. Una única televisión retransmite un partido de fútbol americano. Dos vejetes con cabellos largos y desordenados están sobre el escenario preparando la batería y las guitarras eléctricas.

         Uno no puede visitar Julian sin probar el pastel de manzana. Entre los montes que rodean el pueblo hay muchas explotaciones de manzanos, y la fama de los apple pies de Julian está bien ganada. Nos refugiamos del frío de este invierno sobrevenido en la sala grande y acogedora de una bakery, que en el fondo es igual que una confitería española de pueblo, pero con menos ruido. El café y el chocolate caliente confortan. Aunque extraña, vuelve a ser instintiva la reacción de rodear los vasos con las manos frías. El pastel de manzana viene también caliente, y el efecto es delicioso con el top de helado de vainilla. Calor y frío, como el contraste de temperatura que experimentamos durante el día. Tan cerca del Pacífico, tan cerca de la templanza casi invariable de San Diego, se cuela por la puerta una ráfaga de frío de la calle que viene a mezclarse con el olor cercano del café caliente y por un momento me siento, nos sentimos, en el abrigo tan familiar de algún lugar en el interior de España.


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