domingo, 1 de noviembre de 2015

El Día de los Muertos & Halloween, más flores que calabazas

El cine y las series de televisión norteamericanas han extendido, sin posibilidad de retorno, una de las tradiciones más típicas de los Estados Unidos, que hoy ya se celebra por medio mundo. Como es sabido, la fiesta de Halloween vino antes desde Europa, del corazón celta del continente, la isla de Irlanda. Es una más de las celebraciones del final del verano en el hemisferio norte, donde además la decadencia otoñal de la naturaleza servía para recordar la inevitabilidad de la muerte, para recordar a los que ya no estaban.

La leyenda irlandesa cuenta de un granjero usurero, que engañó y atrapó al diablo cuando éste vino a buscar su alma, y a cambio de liberarlo consiguió que le prometiera que no lo volvería a buscar. Cuando el granjero murió, no lo dejaron entrar en el cielo, pero tampoco en el infierno, por lo que se vio obligado a vagar por la oscuridad del purgatorio. El diablo entonces le entregó una brasa para iluminarse en su deambular, y el granjero hizo un hueco en uno de los nabos que llevaba en el bolso para meter la brasa. Cambiando el nabo por una calabaza, ahí está el que hoy es el símbolo de la noche de difuntos en todos los continentes.

El granjero se llama, según la leyenda irlandesa, Jack-O'-Lantern, Jack el del Farol. Y la tradición irlandesa de colocar en las casas calabazas y otras hortalizas para ahuyentarlo en la noche de difuntos vino, como tantas cosas buenas y malas del Viejo Continente, a las costas atlánticas de América. All Hallow Eve, Halloween, se convirtió con el tiempo en lo que hoy nos vende el cine y lo que vemos por las calles de cualquier ciudad norteamericana durante estos días: una fiesta infantil con dulces, una fiesta adulta de disfraces.

Lo curioso es que, a pesar del avance inexorable de esta tradición de ida y vuelta, en los Estados Unidos está empezando a convivir, y a mezclarse, con otra tradición de origen muy distinto. En estos lugares de frontera está más viva que en el resto de los Estados Unidos, pero desde aquí se viene propagando con la misma fuerza con la que Halloween desplaza nuestras tradiciones europeas: es la fiesta mexicana de El Día de los Muertos.


         Entre los muchos disfraces que la gente lleva en este carnaval de la noche de Halloween, hay uno cuya popularidad crece año tras año: la imagen de la calavera Catrina. Los trajes de calavera, pero especialmente la cara pintada al modo de la calavera mexicana, se están extendiendo muy rápidamente por toda Latinoamérica, incluida España, pero también en los Estados Unidos, y no sólo en las ciudades hispanas cercanas a la frontera.

         El caricaturista José Guadalupe Posada creó el personaje de la Calavera Garbancera en la prensa mexicana de finales del siglo XIX. Basándose en la imagen de la diosa azteca Mictecacíhuatl, creó la imagen del esqueleto de una mujer de clase alta, como una sátira de cierta sociedad mexicana. Y en los años posteriores a la Revolución Mexicana, con la vuelta a la cultura autóctona, se convirtió en un símbolo, en una figura icónica de la cultura del país.


         Diego Rivera ayudó a popularizar su imagen, retratándola en uno de sus enormes murales, Sueño de una tarde de verano en la Alameda, y además la rebautizó como “la Catrina”, que no significa otra cosa que una señora elegante, de porte aristocrático y también fatuo. Desde los años 80, con los inmigrantes mexicanos y con el interés por las obras de Diego Rivera y de Frida Kahlo, también se ha popularizado al otro lado de la frontera, de la misma forma que el resto de celebraciones mexicanas del Día de los Muertos.


         La noche del sábado, la del 31 al 1, los niños se acercaban a las puertas de las casas, disfrazados de superhéroes o de princesas, preguntando trick or treat. En algunos barrios de San Diego se veían calabazas sonrientes junto a la puerta. Hubo desfiles infantiles de disfraces, fiestas nocturnas que cortaron el centro de la ciudad, fiestas más tranquilas en patios hasta donde llegaba una brisa marina que todavía no es fría. Por la tarde, de camino a la playa, me encontré una larga concentración de disfraces callejeros en la isla de Coronado. Entre Spidermans y Minions, policías y monjas, enfermeros y animales de todo tipo, adolescentes con muy poca ropa, como en un carnaval caribeño, había varios individuos disfrazados de Donald Trump, con su estúpida sonrisa y su pelo de zanahoria.

         Pero El Día de los Muertos, propiamente, es para los mexicanos el 1 de noviembre, aunque se prolonga hasta el 2. Old Town, que es una gran plaza rectangular donde se inició la ciudad de San Diego no hace ni dos siglos, era una fiesta folclórica mexicana. Bajo los grandes árboles que rodean el lugar donde si izó la primera bandera californiana en la ciudad, paseaban cientos de personas, muchas con trajes típicos, muchas con las caras pintadas. En algunos rincones habían colocado altares, en los que se acumulaban fotos de difuntos recientes, velas, claveles anaranjados, platos de la comida que les gustaba a los homenajeados, botellas de ron o tequila. Altares llenos de color, de flores, de recuerdos vivos. Guirnaldas y jarrones, faroles, calaveritas y la Virgen de Guadalupe.

         Una orquesta cantaba boleros o mariachis, saludaba al público en español y en inglés, amenizaba las largas colas de gente que esperaba para comer, para tomar un helado o un dulce, para ser maquillada con la imagen de la Catrina en alguno de los muchos puestos que había repartidos. Imágenes de calaveras sonrientes, con trajes de época, con guitarras o abanicos. Algunas parejas mayores, disfrazadas de calaveras elegantes, se paseaban entre las palmeras y los turistas para dejarse fotografiar. En el viejo camposanto había más flores adornando las piedras de los enterrados hace un siglo, había más calaveras risueñas, había dos hombres con larga melena blanca haciendo música. En el calor veraniego del primer día de noviembre, en las risas de los vivos y las calaveras pintadas, en la música festiva, en el hermoso desenfado de las mujeres con flores en el pelo, cuesta un poco comprender, desde nuestra sobriedad europea, que esta celebración homenajea a los difuntos.


         Después de la alegría colorida y floral de la fiesta mexicana y americana, en un restaurante cerca de la frontera seguíamos disfrutando de lo mejor de México: cochinita pibil, arrachera, chilaquiles con mole, la sonoridad plena del idioma español. Entre nuestros acentos españoles de tantos lugares, castellano de tantas patrias, había estado cantando de fondo Rosario Flores, y en las pantallas compartían espacio el béisbol y el fútbol. Ya en la calle, en el suave frescor marino de verano tardío, Niña Pastori hacía una versión flamenca del Mediterráneo de Serrat.




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