miércoles, 17 de abril de 2019

Camino Lebaniego. Etapa 4: Cicera-Potes-Santo Toribio de Liébana

Al salir de Cicera comienza una larga y hermosa ascensión por los entresijos de un bosque de robles y tejos. Adelanto en las primeras cuestas a los primeros peregrinos madrugadores. Entre las vueltas y revueltas del terreno, brincando entre rocas redondas cubiertas de musgo y raíces retorcidas, me sorprende un movimiento múltiple por donde no lo esperaba: un grupo de cabras silvestres vienen trepando por la ladera y se cruzan conmigo sin hacerme mucho caso a la altura del estrecho camino. Continúo ascendiendo entre la niebla de las nubes bajas, que acorta el paisaje y le da una apariencia fantasmagórica, con las formas atormentadas de las ramas desnudas de los robles centenarios. Al cabo de dos horas empiezo a bajar hacia el otro lado de la montaña, por debajo de la línea de nubes, donde el sol se abre paso contra las paredes de las pedrizas. 

Abajo está Lebeña. Un pequeño pueblo de casas de piedra con tejados ocres. Un muchacho joven está cortando hierba junto a un muro de piedra con una de esas máquinas de ruido ensordecedor. Lleva una máscara, con una mano maneja la máquina y en la otra sostiene un cigarro encendido. Le pido consejo sobre la ruta a seguir, pues a partir de este punto hay dos variantes: una aparentemente peligrosa por la montaña, otra que da un rodeo bastante largo, saltando el río y subiendo hasta Allende y Cabañes. Bajo a ver la ermita de Santa María de Lebeña, un coqueto edificio de arcos mozárabes con torre exenta, más hermoso aún contra el fondo de vegetación, pedrizas y el cielo de un azul intenso surcado por nubes gordas. Como casi siempre, hay una vía intermedia: la carretera discurre varios kilómetros sobre el río Deva, pero es muy estrecha, pues aprovecha el trazado sinuoso del desfiladero de La Hermida. Con precaución, echo a andar por el desfiladero y de paso le gano varios kilómetros a la etapa. 

Al salir del desfiladero, una agradable senda en cuesta lleva a Castro Cillorigo. A la entrada de la aldea hay una fuente y un antiguo lavadero. Dejo la mochila contra el muro y de repente siento otra presencia múltiple que me sobresalta: a pocos metros, las primeras vacas de un amplio rebaño que baja del pueblo se han parado a mirarme y hacen amago de querer acercarse. Detrás aparece una perra que las reconduce y una pastora adolescente que responde al saludo sin volver la cabeza. Me enjuago y bebo en la fuente y cuando me pongo en marcha la muchacha y la perra vienen de vuelta: ya las vacas conocen el camino. Siguiendo el trazado del río Deva, paso por delante de una ermita, por amplios prados donde pacen vacas y caballos, y voy dejando atrás las altas peñas y pedrizas. Por delante, un fondo de cumbres blancas enmarcado por lomas verdes, y una senda agradable y soleada a la vera del río hasta llegar a Potes. 

En la oficina de turismo de Potes, que es una antigua iglesia, me dan las llaves del albergue, cuyas habitaciones están por debajo del nivel de uno de los puentes, justo en pleno centro del pueblo. Desde la cama puedo ver el ojo del puente, la gente que pasea, el agua rápida del río y la torre el Infantado. Me da tiempo a subir al mirador de la torre y disfrutar de las vistas espléndidas: montes verdes rodeando el pueblo, la iglesia, las casas ordenadas del centro, las terrazas de los bares que empiezan a llenarse de gente, el curso del río. En los seis pisos de la torre hay una magnífica exposición sobre el Beato de Liébana, sobre los códices ilustrados que forjaron esta tradición de comentarios al Apocalipsis de San Juan. Uno de los primeros propietarios de esta torre fue Íñigo López de Mendoza, el Marqués de Santillana, que por estos lares situó esos encuentros eróticos con pastoras y labradoras en sus serranillas. 

Enfrente de la torre me doy un homenaje de cachopo y vino tinto local y después subo, ya sin mochila, los tres kilómetros que separan el pueblo del monasterio de Santo Toribio de Liébana. Éste es el final de la peregrinación y, al igual que en Santiago de Compostela, venden una certificación, la Lebaniega. El monasterio está remodelado y ocupado por monjes franciscanos. El templo es modesto, no demasiado grande. En las paredes del claustro unos paneles informan sobre la vida de Santo Toribio, un obispo de Astorga que en el siglo V viajó a Jerusalén y se hizo cargo algunos años de la iglesia del Santo Sepulcro. De allí se trajo el lignum crucis, el que pasa por ser el trozo más grande del madero en el que fue crucificado Cristo. Otro Toribio, de Palencia, fundó el monasterio, y Beato de Liébana vivió aquí y aquí compuso su obra hoy perdida, y aquí se supone que un Jueves Santo de finales del siglo IX esperó junto a algunos fieles el fin del mundo. 




Recojo mi Lebaniega en la oficina donde venden recuerdos. Un monje vestido con su hábito me pregunta por mi viaje. Tiene un acento vasco tan exagerado que parece que buscara un efecto cómico. Caigo en la cuenta, al leer un cartel, de que precisamente hoy, 16 de abril, es el día de Santo Toribio. Desciendo los tres kilómetros de cuesta y aún me resta tiempo para visitar la iglesia y una exposición sobre menhires en tierras de Cantabria. En el albergue encuentro a algunos de los peregrinos con los que coincidí anoche: los mexicanos y el costarricense cogieron un taxi en Lebeña para poder llegar a la misa de las doce en Santo Toribio, en la que exponen el lignum crucis. Ellos y los demás terminan aquí su peregrinación, y partirán mañana. Yo también partiré, pero para continuar la peregrinación en sentido inverso, hacia el sur, por la Ruta Vadiniense, si puedo hasta llegar a León.

martes, 16 de abril de 2019

Camino Lebaniego 3: Serdio-Cicera (37km)


Amanece en Serdio. Una de las peores cosas que puede pasar en un albergue es que haya varios individuos que ronquen. Y que esos individuos estén cerca de la cama de uno. He pasado la noche en blanco, como casi todos los peregrinos de la sala. Unos se desesperaban más, otros menos, otros caían vencidos de agotamiento, otros escuchábamos la radio. Poco después de las siete de la mañana, todos los peregrinos se dispersan.


Está amaneciendo por detrás de las cercas de piedra seca. En el primer cruce de caminos aparece la bifurcación: Camino a Santiago hacia el oeste, Camino a Liébana hacia el bosque interior. Por fin camino, por fin piso la tierra, después de dos días de asfalto. Bajo una cuesta larga entre bosques hasta dar en Muñorrodero. Casas de piedra terrosa con porches abiertos. En la carretera, junto a una cafetería cerrada, un pequeño autobús recoge a unos adolescentes. El autobús se detiene, retrocede, el autobusero se baja y me advierte de que no debo esperar, que esta cafetería la suelen abrir muy tarde. En la marquesina de la parada hay fijado un cartel con mapas que explican en varios idiomas las distintas variantes del asturiano, y acaba resumiendo: "Cántabru: Una lingua d'iyer, de hui, de mañá y del juturu".


Junto a un puente de madera se inicia una hermosa senda fluvial, que recorre muchos kilómetros y curvas del río Nansa. En algunos tramos es necesario caminar por pasarelas de madera muy nuevas y cuidadas. El paseo es agradable, duro a ratos. En esta soledad, los sentidos se ajustan a los estímulos más potentes que pueden existir: el olor a humedad selvática, el rumor de las aguas ligeras. Hay un punto de ejercicio místico en esta tarea inútil de caminar por los montes y caminos. "Converso con el hombre que siempre va conmigo, / quien habla solo espera hablar a Dios un día". También de Antonio Machado, a través de Juan de Mairena, hemos aprendido que la educación física es precisamente esto: no la repetición de ejercicios mecánicos o competitivos, sino el gusto por salir al campo incluso una mañana de invierno, por el mero placer de caminar y ejercitarnos el cuerpo y el alma.

Estoy siguiendo las flechas rojas, pero no siempre está claro para dónde tirar. En un cruce confuso me desvío de la senda fluvial y empiezo a subir por caminos rurales. Tres perros vienen bajando cuesta hacia mí. Detrás de ellos viene un señor en tractor con una cuba de agua. Me da indicaciones y los perros lo siguen. Antes de llegar al cruce de la carretera, otros dos perros me salen al paso ladrando. Como me da tanto miedo, lo único que hago es escudarme en la mochila y seguir adelante sin hacerles caso. Llego al pueblecito de Camijanes, donde hay dos bares cerrados, una fuente de agua sin garantías sanitarias y un mirador hacia el valle y las montañas. Cuesta abajo, llego de nuevo al cauce del río y cruzo un puente a la altura de Cades.

Subo por una carretera apenas transitada. El paisaje es hermoso: prados llenos de flores amarillas, peñas muy altas y grises recortándose contra el fondo azul del cielo. Todavía sin beber agua, llego a una venta con varias casas de piedra, aperos de labranza al aire, vacas estabuladas, gatos que duermen sobre la carretera. Pregunto a un señor mayor que descansa apoyado en el pretil de la carretera. Le pregunto por una fuente. Sólo cuando me responde caigo en la cuenta de que es ciego: "¿Pa dónde vas?". Me dice que de camino a Sobrelapeña hay una fuente, pero jamás la encuentro. Sin previo aviso, enormes nubes se cuelan rápidas entre las peñas y empieza a chispear.

Cuando arrecia la lluvia estoy ya en el cruce a unos cientos de metros de Quintanilla, donde me refugio y repongo fuerzas con un caldero de garbanzos con chorizo y cabrito al horno. Deja de llover y atravieso Sobrelapeña, cuatro casas con establos y vacas y una iglesia en lo alto de un cerro. Sigo ascendiendo, llego a Lafuente. Un cartel junto a una iglesia románica promete que existe un albergue, pero ha empezado a llover y soy incapaz de verlo. Sigo ascendiendo, atravieso otra aldea de casas de piedra y vacas, Burió, y después una larguísima senda empinada junto a prados cercados con vacas y caballos.

Deja de llover, comienzo a bajar por caminos embarrados. Mirando hacia arriba, sobre el perfil de la montaña, justo debajo de las nubes, la sombra perfecta de un caballo. Al fin los tejados ocres de Cicera. Al entrar al pueblo me atacan tres perros, y no tengo otra forma de espantarlos que gritándoles. Un señor muy mayor y enjuto con una boina viene a llevárselos, y me lleva a mí al albergue. Queda una plaza libre. Un rato después se desata el diluvio.

Por la noche nos arracimamos junto a la chimenea en el único bar del pueblo, que está en la antigua escuela. El dueño ha caminado ocho veces a Santiago con su perra lanuda. Hay una pareja de mexicanos que viven en Los Ángeles vendiendo comida que elaboran ellos mismos. Tamales, chilaquiles, cochinita pibil, elote: de repente me vuelve todo un mundo tan propio y ya tan lejano. Hay también un muchacho costarricense que es algo así como un ordenado seglar, y que ha peregrinado a todos los lugares santos de la Cristiandad. También una maestra toledana que ha tomado la determinación de no volver a trabajar en septiembre e iniciar en algún lugar de Asia una vuelta al mundo. Su amiga tiene la historia más triste: hace tres años visitó con su marido Santo Toribio de Liébana y hasta tocaron el lignum crucis, se prometieron volver peregrinando el año siguiente, pero quince días después el marido murió de forma repentina, y sólo dos años más tarde ella ha podido reunir las fuerzas para cumplir la promesa de llegar caminando a Santo Toribio. La antigua escuela de Cicera es un lugar agradable, cálido, hogareño. Afuera en las calles no hay apenas luz, sólo ranas saltando y caracoles que crujen bajo nuestros pies. Estamos en mitad del monte, en mitad de la noche, en mitad del silencio. A veces uno no puede evitar sentirse en las fronteras de la irrealidad.

lunes, 15 de abril de 2019

Camino Lebaniego. Etapa 2: Santillana del Mar-Serdio (42 km)

Antes de que se haga de día, el albergue ha quedado vacío. Santillana es más hermoso sin gente, sin más luz que la de las farolas, sin más rumor que el del agua de las fuentes. Anoche, bebiendo una botella de sidra, un alemán de edad y rostro quijotescos me contó que lleva ocho años haciendo todos los caminos posibles: empezó por caminar desde su ciudad, en el centro de Alemania, hasta Santiago, y ya no ha podido parar. Me hablaba, en un español pedregoso, del Camino Primitivo, del Camino Olvidado: "Quiero hacerlos todos". Amanece detrás de mí mientras camino solo por carreteras sin apenas tráfico. En una aldea encuentro dos bares cerrados. En uno de ellos, un extraño letrero reza: "Todos los potajes se elaboran en olla ferroviaria". De vez en cuando, a mano derecha se ve el azul lejano del mar, más allá de los acantilados. A la izquierda, más allá de las vacas tranquilas, las montañas nevadas.


Llego a Cóbreces. Un tractor que tira de un remolque con balas de paja se incorpora a la carretera. Junto a la fachada con columnas de una casa abandonada, pastan varios carneros de lana lacia. Hay una iglesia roja de dos torres, de apariencia modernista, junto a un monasterio reformado. La única cafetería del pueblo es una tienda de abarrotes con una máquina que sirve cafés a un euro. Yo vengo en mangas de camisa, y lo mismo dos peregrinos franceses que conversan en la terraza, pero el tendero me dice que tiene que tanto frío que no se puede quitar la cazadora. En la puerta hay una pizarra con un letrero en letras rosas que suple todas las demás carencias: "Have a nice Sunday" ¡Feliz domingo! A menudo las grandes empresas nacen de oportunidades pequeñas (Demóstenes)".


Un kilómetro más abajo está la playa. Al final de la calle, entre bloques de acantilados, el mar Cantábrico entra tímido pero constante en una ancha playa de arena cobriza. A los lados, enormes piedras pulidas cubiertas de musgo. El agua está helada. Un señor mayor pasea sus dos perros por la anchura de la playa. Una pareja conversa en un punto muy alejado del agua. Hay un gran aparcamiento y dos bares cerrados, esperando mejor momento en otra estación. Una larga cuesta permite disfrutar de la ensenada entre la bruma. Sobre el acantilado, otra vez a un lado el agua y al otro los prados sobre los que tintinean los cencerros de vacas y caballos.


Al entrar en Comillas, el arco de piedra de una finca tiene sus puertas abiertas al mar. El Camino sigue hacia el interior del pueblo, la iglesia de fachada sucia, las plazas que empiezan a llenarse de turistas, El Capricho de Gaudí bajo un dosel de nubes bajas que hacen surcos, un largo paseo hasta la ría de La Rabia. Hasta San Vicente de la Barquera, un largo sube y baja por la carretera próxima a los acantilados: un campo de golf, un cámping junto a la playa lleno de domingueros, vacas y más vacas en las laderas, surferos dentro y fuera del agua, matrimonios maduros paseando por la arena. Cruzo el puente sobre la bahía y paso de largo por San Vicente.


Un agricultor me indica cómo llegar a un lugar donde comer antes de acabar la etapa. A partir de aquí no habrá ciudades, ni siquiera bares o cafeterías en las aldeas. Después de muchas vueltas y cuestas, llego a un cruce donde se adivinan las mágicas palabras: Restaurante El Parador. Llevo muchas horas sin comer ni beber, sólo caminando. Considero que si llevo doce euros en el bolsillo soy bastante rico, así que vengan el marmitako de atún, el rabo de toro, el tinto regulero que con gaseosa entra. La parroquia es local. Entran saludando, incluso al forastero: unos salieron ayer en bici por estos cerros, otros están limpiando el pajar y vienen a hacer un descanso, otros cuentan por turnos chistes de vascos. Imposible escuchar un "le" o un "la" que estén en su sitio.

En estado de euforia sigo caminando y llego a La Estrada y a Serdio. En las antiguas escuelas está el albergue. Un hermoso rostro femenino ocupa toda la pared visible. Hay muchos peregrinos extranjeros y descalzos que están preparando pasta. Me reciben con abrazos. Bajo con ellos y los acompaño mientras comen. Unos alemanes discuten con un italiano, y finalmente un canadiense muy mayor y muy simpático queda contando algo de cuando estuvo de soldado en Alemania y Checoslovaquia durante la guerra fría. El pueblo no tiene más que un bar, una iglesia cuya torre sirve de límite a la pista de baloncesto. La hospitalera me advierte de que lleve dinero en efectivo: "A partir de aquí, y hasta Potes, sólo pueblucos". En Serdio se separan el Camino que lleva a Santiago de Compostela y el Camino Lebaniego. Dejo el mar, avanzo hacia el interior.

domingo, 14 de abril de 2019

Camino Lebaniego. Etapa 1: Santander-Santillana del Mar (40 km)

Mi sombra es demasiado alargada aún a la salida de la ciudad. Una ancha avenida con gente madrugadora, un hospital, un polígono industrial y por fin el campo verde, casas junto a la carretera y una iglesia en lo alto de una peña en Peñacastillo, vueltas en torno a las vías del tren hasta dar con pedanías convertidas en urbanizaciones muy nuevas a un paso de la capital, siempre con el fondo de los picos aún nevados de la sierra.

Hay un extraño silencio en el ambiente. La gente no grita, por momentos sólo se escucha el cencerro lejano de las vacas, el paso lento de los coches. En una de las pedanías recién urbanizadas, Mompía, paro a tomar un café y un sobao. En la cafetería, bien de mañana, suena música caribeña muy bailonga. Leo un periódico cántabro bastante voluminoso y bastante conservador. Decenas de páginas centrales están dedicadas a fotografías de un evento social de Santander que no acabo de entender. Hay muchísimas esquelas. No puedo entender nada de lo que leo: demasiado local, demasiado vacío. Antes de irme me han taladrado el oído unos cuantos leísmos punzantes. "Quédatele". Qué lejos mi propio idioma. Es una distancia temporal, más que geogrageog: me parecería que estoy hablando con Lope de Vega, o peor aún, con Per Abbat, el escribidor del Cantar de mio Cid.

Pasado Boo de Piélagos hay un desvío largo y redondo por un paseo verde muy agradable siguiendo el curso de un río. Todo es verde y esplendoroso. Las vacas y los caballos pacen en pequeñas parcelas acotadas. Dos hombres discuten con maneras suaves con un joven que ha cortado el agua a las vacas antes de lo debido. Las indicaciones de Puente Viejo llevan a un puente medieval de piedra sobre el río Arce. Un paisano se ofrece a hacerme una foto y, tras varios intentos fallidos y dejar caer mi móvil al suelo, a unos centímetros del vacío, consigue retratarme. Faltan flechas e indicaciones, pero desde Oruña el Camino vuelve seguir el rumbo del oeste.

Después de atravesar prados y montes verdes, mundos solitarios de vacas tranquilas, y tras creerme perdido, llego a un pueblo de interior que se llama Mar. Es un bar de trato familiar, de clientela local y frecuente. Un matrimonio que no hace mucho fue joven bebe cervezas y mira  atentamente un programa de preguntas rápidas en la televisión. El volumen es demasiado alto y los comentarios demasiado chabacanos, pero los clientes que miran la televisión están entusiasmados, y hasta participan con más comentarios. Encuentro prensa nacional atrasada y me reencuentro con algunas firmas sabias. Leo un delicioso artículo de Vargas Llosa sobre la traducción de Fray Luis de León del Cantar de los Cantares. Un joven le pide el mando a la dueña del bar y pone reguetón a un volumen muy alto. Me encomiendo a Fray Luis y huyo hacia el silencio de los montes verdes.

Vacas, chalés cuidados, tractores que están cosechando alfalfa. Acercándome a Santillana del Mar, quemado por un sol que no esperaba, voy mirando las ondulaciones verdes de la izquierda y pienso que hace 50.000 años probablemente la orografía de estas montañas no sería muy distinta de la que ahora veo: en vez de vacas, correrían por aquí manadas de bisontes, y unas mentes inquietas de hombres y mujeres que en algún momento se escondían en cuevas para dibujar entre llamas el prodigio artístico de Altamira.


En Santillana del Mar, calles de piedra atestadas de turistas, un turismo familiar y tranquilo, casi silencioso. Edificios monumentales de piedra, visita a un museo sobre las mascaradas de los vijaneros de Silió. El Parador de Turismo lleva el nombre de Gil Blas, el personaje de una novela picaresca francesa del siglo XVIII. En el albergue hay pocos peregrinos, españoles y alemanes, que empiezan a acostarse antes de que la última luz se vaya.

sábado, 13 de abril de 2019

Camino Lebaniego. Etapa 0.

La primavera de Bruselas es cambiante y antojadiza. De un día para otro, volvemos de la manga corta al abrigo gordo, de las tardes de niños abarrotando los parques al viento frío fuera de estación. Por la mañana estoy comentando un texto en el que John Locke defiende como uno más de los derechos naturales del ser humano la propiedad privada, y un rato después estoy aterrizando en la bahía de Santander, bajo un sol amable y plácido, dueño de un país entero por recorrer. De repente el sol luce más y los precios han caído a la mitad. Hay una ciudad civilizada y silenciosa afuera, mucha gente que camina, un ambiente tranquilo y casi veraniego.


Paseando primero junto a la catedral y luego por la bahía hacia la Magdalena, puerto y playa y atardecer, me vienen a la cabeza los primeros versos del poema de José Hierro "Llegada al mar": "Cuando salí de ti, a mí mismo / me prometí que volvería. / Y he vuelto. Quiebro con mis piernas / tu serena cristalería". Sin darme cuenta, y sólo lo veré después, he pasado por delante del extraño monumento que la ciudad de Santander dedica al poeta: una serie de láminas paralelas de metal en cuyos huecos se dibuja, si se mira de frente, el rostro de José Hierro. Hay un aire lánguido en el ambiente: Santander se me figura una de esas vetustas y heroicas ciudades que suelen dormir la siesta.

Casi no puedo esperar a la mañana de mañana para salir de nuevo rumbo al oeste. Caminar es el ejercicio que nos coloca en la medida exacta del ser humano. Cada vez soporto menos los autobuses, me mareo en los asientos traseros de los coches, me agobia el servilismo de los aviones. Caminar nos da la medida exacta de nosotros mismos, de los tiempos y medidas que somos capaces de abarcar, en nuestra pequeñez. Inicio una semana de Pasión con la única pena de que no pueda alargarse más estaciones. Otra vez con la mochila al hombro, regresando al viejo vicio del caminar solitario.


jueves, 6 de diciembre de 2018

Kant contra la sinrazón

“El carlismo se cura leyendo, y el nacionalismo, viajando”. La vieja frase de Pío Baroja es terminante y sigue siendo certera y aun esperanzadora muchas décadas después. Aunque a veces desconcierta descubrir, entre aldeanos de boina cerril guardianes de las esencias, algunos otros individuos que leyeron algo y viajaron otro poco y utilizan lo poco que saben para incendiar las boinas de los primeros y avivar los colores de las banderas. De todas las banderas. 

Que los nacionalismos han propiciado las mayores catástrofes del siglo XX lo sabe cualquiera a poco que haya pasado unas cuantas mañanas distraídas por un instituto de secundaria. Pero en Europa asistimos en los últimos años, cada vez con más recrudecimiento, a un auge parece que imparable de los espíritus nacionalistas que de cuando en cuando se despiertan para salvaguardar la esencia de esas patrias siempre oprimidas, humilladas por el país o la región vecina, ninguneadas por los monstruos supranacionales. Hace menos de ochenta años las naciones europeas se desangraban masacrando a millones de personas en nombre de esas esencias patrias o raciales y sólo unas décadas después conseguimos crecer varias generaciones de europeos pacíficos y orgullosos de nuestro modo de vida social y democrático; pero para mucha gente irresponsable es preciso agitar los fantasmas del nacionalismo, de los nacionalismos, porque otra vez los otros, los distintos, han venido a agredirnos, a borrarnos la esencia. 

Cuando yo era niño y veía en el telediario las crónicas de la guerra de Yugoslavia, no podía entender cómo andaban matándose con tanta saña gentes que, aunque con distintas religiones o costumbres, al fin y al cabo vivían en los mismos lugares y se podían entender en un mismo idioma. Los nombres de los futbolistas croatas, serbios o bosnios sonaban demasiado parecidos. Cuando explicaban las razones por las que los hutus de Ruanda habían asesinado en masa a machetazo limpio a un millón de compatriotas tutsis, yo no acababa de ver cuánto de diferencia podía haber de unos a otros. Desde lejos es tan difícil percibir las pequeñas diferencias que separan esas supuestas esencias étnicas o culturales, las formas puras de las colectividades, que uno ya sospechaba entonces que probablemente no existieran. ¿Cómo explicar a un chino o a un polinesio que existe alguna diferencia sustancial entre Madrid y Barcelona, o entre estas dos y Berlín o Roma, o incluso Estambul? ¿Cómo entender como una categoría filosófica la existencia innata de lo chino, de lo japonés o aun de lo sajón o lo latino? Pero cuando esos adornos inventados y celebrados por el fragor del folclorismo se convierten en armas de verdad y se disponen a dividir la convivencia o a eliminar físicamente a quienes atacan esas verdades reveladas, todos perdemos. Y especialmente los que se sitúan, nos situamos, en el fuego cruzado de nacionalismos. 

Me da mucha pena leer en el periódico que unos vándalos rusos, guardianes de la esencia eslava y héroes de esa cosa local y universal que es el alma rusa, han profanado la estatua y la tumba de Immanuel Kant en Kaliningrado. Y no sólo eso: en medio de una campaña de desprestigio y odio abierto hacia lo otro, han conseguido que el aeropuerto de la ciudad no sea rebautizado con el nombre de la persona más insigne que habitó jamás esa ciudad. Kant nació, vivió los casi ochenta años de su vida y murió en la ciudad de Königsberg, que entonces pertenecía a Prusia oriental y desde 1946 es el enclave ruso de Kaliningrado. Después de la segunda guerra mundial, los rusos expulsaron a la población alemana y repoblaron la región con otras pobres gentes traídas de otras partes del gigantesco imperio soviético. Renombraron la ciudad, dejó de hablarse alemán, pero no por eso se renunció a estudiar y reivindicar la vida y la obra de quien dio tanto lustre a Königsberg y a su universidad. 

Uno de los pocos individuos que en la historia de la Humanidad han cambiado el devenir del pensamiento, la percepción del propio conocimiento, la justificación de la ética y del deber, ahora es sólo, de acuerdo con las palabras que ha difundido por las redes el vicealmirante de la flota rusa del Báltico, y que vociferó a sus soldados sobre la cubierta de un buque, alguien que “traicionó a su tierra”, que se humilló y se arrodilló para conseguir una cátedra universitaria y, sobre todo, que “escribió algunos libros incomprensibles que ninguno de los que estáis presentes ha leído ni leerá jamás”. Otro “Muera la inteligencia”, como aquel contra el que Unamuno se revolvió en la inauguración del curso académico en Salamanca en octubre de 1936, de parte de aquel malencarado heredero del carlismo, el muy nacionalista español general Millán Astray, y que le costó al escritor vasco un amargo final de arresto y oprobio. 

Una vez, en un vuelo diurno desde Lituania hasta Inglaterra, distinguí desde mi ventanilla derecha la larga y fina franja de arena que sale del puerto lituano de Klaipėda y llega hasta las costas polacas, varios cientos de kilómetros al sur, con mar a los dos lados, y que se interrumpe sólo cuando se une al continente a mitad de camino, en la península de Kaliningrado. Fui siguiendo esa larguísima hebra de arena como hipnotizado, con ese punto de irrealidad y rara alegría que se siente al reconocer cosas que hasta ese momento no han existido más que en la abstracción de los mapas o las fotografías. Lo que no recuerdo es haber distinguido las líneas fronterizas entre Lituania y el enclave ruso, ni entre Kaliningrado y Polonia, como jamás he distinguido desde arriba ninguna de las líneas imaginarias que los hombres marcan en los mapas y sirven como tapón a las corrientes humanas, al cumplimiento y amparo de las leyes, a la universalidad que pretendía el ilustrado Kant en sus teorías filosóficas. 

En los últimos meses he leído más que nunca textos de Immanuel Kant. Desde que acabé el Bachillerato no había leído tanto de Kant y sobre Kant. Las clases de Filosofía me han reconciliado con viejos amigos y enemigos, con conceptos que se oxidan en la memoria: los límites de la razón, el método trascendental de conocimiento, el imperativo moral categórico. Andaba preparando unos textos para los exámenes finales de diciembre, cuando entre la maraña de escritos, libros, apuntes y el reflujo de Internet apareció el titular de la BBC donde se abría paso la comedia: "No you Kant. Russians reject German thinker's name for airport". Pero no, Kant no estaba en la prensa europea para el debate filosófico, sino para advertirnos una vez más del mal de nuestro tiempo. 

Cualquier estudiante de Bachillerato sabe que, según Kant, la filosofía debe dar respuestas a tres preguntas: ¿Qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer?, y ¿qué me cabe esperar? Viendo el cariz que toma la política internacional, con nacionalistas empedernidos a uno y otro lado del Atlántico, cada día es más desolador pensar en la proyección de la tercera pregunta. ¿También en Europa nos dejaremos tomar como rehenes de estas fabulaciones esenciales que nos hacen más de la aldea que del género humano? Canta Jorge Drexler que todos somos “de ningún lado del todo / y de todos lados un poco”. Nos sigue haciendo falta leer tanto, y viajar, como hace casi un siglo cuando, antes de las catástrofes supremas, Pío Baroja nos dio la buena e imperecedera receta. También la de Kant lo es: Sapere aude!



miércoles, 26 de septiembre de 2018

Versos de la España diversa, en el Cervantes de Bruselas

En 2001 la Comisión Europea y el Consejo de Europa fijaron el 26 de septiembre como el Día Europeo de las Lenguas. Es una celebración de la diversidad lingüística de nuestro continente, de la variedad que nos hace europeos y sobre la que se asientan nuestras democracias. España tiene varias lenguas oficiales, pero por desgracia no es demasiado común verlas hermanadas en actos oficiales, escucharse unas a otras para celebrarse en su variedad. Que el poeta Luis García Montero dirija el Instituto Cervantes es un factor propicio para enfocar las cosas desde la sensibilidad que entiende la diferencia. Para que las lenguas de España se hagan oír juntas, y para que pregonen sus acentos por el mundo. Y hasta Bruselas llegan, en este Día Europeo de las Lenguas, hasta la capital de Europa, para ofrecer un recital poético intenso y plural, tan nuestro: Versos de la España diversa.

La sede del Instituto Cervantes en Bruselas es un espacio luminoso y acogedor, con una rica biblioteca y un salón de actos abierto a la luz de una ancha cristalera tras la que transcurren el tráfico y la vida colorida de la Avenue Louise. García Montero presenta el acto y habla del valor de la lengua materna para expresar lo más íntimo que le ocurre al ser humano. Recuerda que el proyecto de Europa tiene dos cosas en común con la literatura: la fe en una convivencia en libertad y el respeto a la singularidad. Para hablar del respeto a las lenguas maternas, cita a Cervantes, cuando hace decir con clarividencia a don Quijote: “Y a lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doyme a entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grande Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en griego, porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos; y siendo esto así, razón sería se extendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aun el vizcaíno que escribe en la suya”.
Y precisamente un vasco inicia el recital. Bernardo Atxaga lee varios poemas en euskera y en castellano, y recuerda que es un escritor bilingüe. Joan Margarit y Estel Solé recitan poemas en catalán. La cordobesa Elena Medel y el murciano Eloy Sánchez Rosillo en castellano. Yolanda Castaño y Manuel Rivas en gallego. Manuel Rivas actualiza el ideal ilustrado: “Liberdade, igualdade, fraternidade… e diversidade”. Los poemas van apareciendo traducidos en una pantalla a las dos lenguas de Bélgica, el francés y el neerlandés. En la sede del Cervantes, en una cálida tarde de septiembre, rodeados de libros que encierran toda la diversidad de España, los versos en todas nuestras lenguas oficiales suenan a verdadera concordia, a familiaridad, a extraña normalidad.

Un buen amigo siempre me dice que uno de los errores políticos estructurales de España es no haber tomado como verdaderamente propias todas las lenguas que se hablan en la Península y haberlas integrado en el sistema educativo de todo el país. Me repite siempre que echa mucho en falta no haber aprendido al menos algo de catalán, de gallego o de euskera en la escuela, y que es una anomalía que, aún a estas alturas, en las comunidades autónomas no bilingües siga sin ofrecerse a los estudiantes más jóvenes siquiera la posibilidad de iniciarse en las otras lenguas españolas.

Porque no se puede entender, y mucho menos amar, aquello que no se conoce. “La democracia efectiva debe ser también afectiva”, dice Manuel Rivas. Tenemos la suerte de utilizar como idioma común una lengua pujante, internacional, con una tradición literaria que ha aportado a la humanidad joyas como el Quijote o Cien años de soledad, que además es capaz de traspasar las fronteras más infranqueables, enriqueciéndose con voces y experiencias culturales de cualquier continente. El español es un lengua bella y sólida, y además útil para la proyección internacional de España. Pero no son menos nuestras las culturas que han creado La plaça del Diamant, O lapis do carpinteiro, Obabakoak. Tenemos además otros tesoros de los que la cultura oficial, nacional, se ha desentendido, incluso en democracia, como desplazándolos a sus rincones provincianos, en lugar de pasearlos y exhibirlos como un patrimonio verdadero del que sentirnos todos orgullosos. Ojalá estos Versos de la España diversa recitados en el Cervantes de Bruselas sean el primero de muchos actos que nos ayuden a conocernos mejor para poder reencontrarnos.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Gala 'Música y Poesía' para celebrar diez años de educación democrática en la Escuela de Ciudadanos

La relación entre la música y la poesía es tan estrecha que se remonta a sus propios orígenes, a las palabras de la tribu que en la primera literatura oral se mezclaban con los ritmos y los sonidos de la comunidad. Así ha sido siempre, a lo largo de la historia de la literatura, y así ha sido también en épocas recientes en que la música ha servido de educación literaria y sentimental de poetas y artistas. Poetas como Luis García Montero, que volvió a Manzanares el pasado domingo 13 de mayo para hablar de esta relación indisoluble en la Gala Música y Poesía, con que se celebró el X Aniversario de la Escuela de Ciudadanos.

La gala supuso el broche para esta décima temporada en que la Escuela de Ciudadanos ha ofrecido a los habitantes de Manzanares y su comarca conferencias y disertaciones del más alto nivel, por donde han pasado periodistas, escritores, políticos, cantantes, jueces y personalidades de especial relevancia en la historia reciente de nuestro país, con el objetivo común de crear un espacio de reflexión, de educación, de comunicación, de ideas compartidas: de ciudadanía democrática, en definitiva. En esta ocasión el acto se celebró en el Gran Teatro de Manzanares, ante 700 personas que llenaron prácticamente todas las localidades del recinto, y que pudieron disfrutar de la alocución del profesor y poeta García Montero y de un concierto íntimo de quien tantos poemas ha versionado y convertido en música, el cantante y compositor canario Pedro Guerra. 


El acto, elegante y distendido, que fue presentado por el periodista Juanjo Díaz-Portales, comenzó con un vídeo en el que se repasaban algunas de las versiones de poemas musicados más conocidas, en las voces de Serrat, Miguel Ríos, Ana Belén, Paco Ibáñez o Leonard Cohen, y con imágenes y portadas de discos que aunaron la poesía y la música. Se recordó a continuación a todos los profesores que han contribuido con su presencia y sus palabras a que la Escuela de Ciudadanos creciera y significara durante los últimos diez años. Desde 2008 han sido 65 personalidades las que han pasado por la Escuela, en sus diferentes espacios: la Biblioteca Municipal, el Castillo de Pilas Bonas y la Casa de Cultura. Todos ellos fueron apareciendo por la pantalla, incluyendo a varios que ya no están con nosotros: Enrique Sierra, María Antonia Iglesias, Manuel Marín y Forges, para los que hubo un recuerdo emocionado.

Si hay un referente moderno que integre la música y la poesía, ése es el cantante norteamericano Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016. El poeta albaceteño Matías Miguel Clemente recitó una traducción al castellano de su célebre canción Blowin’ in the Wind, acompañado por la violonchelista Cristina Olmedilla, y también interpretaron con brillantez uno de los grandes poemas de la literatura española del siglo XX, Retrato, de Antonio Machado, que en su día fue musicado porSerrat y Alberto Cortez.




A continuación llegó la gran lección literaria y cívica: el poeta granadinoLuis García Montero se dirigió al público de Manzanares como el granprofesor de Literatura que es, y en un tono pausado, emotivo, siempre didáctico, habló de la necesaria relación entre la poesía y la música. “Hermandad de la poesía y la canción”, en sus palabras, que existe desde los orígenes más remotos, desde las primeras narraciones de la literatura oral al calor de una hoguera, a través de las cuales se perpetuaba el diálogo generacional. Un hilo que no debería romperse, a pesar de que, según el poeta, actualmente “la mercantilización del tiempo está evitando el diálogo entre generaciones”.

La música popular ha venido a lo largo de la historia al rescate de la poesía cuando el lenguaje poético se encerraba en sí mismo: “Cuando la poesía nos aleja de la palabras de la tribu y el género empieza a oler a cerrado, el mejor remedio que han tenido siempre los poetas ha sidoabrir las ventanas para que entre en la casa la canción, que trae el rumor de la calle”. Así ocurrió en la Edad Media, en el Barroco, en el Romanticismo, y de ahí la importancia de los cantautores en su diálogo con la poesía, según García Montero, “para intentar hablar como se escribe y escribir como se habla”. Recordó también el poeta granadino quiénes fueron de niño sus primeros referentes entre la poesía y la música: Paco Ibáñez, con su primer disco con poemas de Góngora y García Lorca, y Joan Manuel Serrat cantando a Antonio Machado, a quien tuvo la suerte de escuchar a los diez años en clase, y que fue poco después el primer disco que compró: “En nuestro país, durante mucho tiempo, la poesía y la canción fueron parte de nuestra educación sentimental”.



Para Luis García Montero, es necesario que la poesía esté con los pies en la tierra, que viva en la calle, y una de las grandes tareas de la poesía es configurar la educación sentimental: “Si no conseguimostransformar nuestra intimidad, no vamos nunca a conseguir defender sueños justos en el espacio de lo público”. Ante la inmediatez de las respuestas que no exigen reflexión, el autor de Habitaciones separadas reivindicó la relación entre la búsqueda del lenguaje preciso y el pensamiento crítico: “Cuando renunciamos a nuestras ilusiones colectivas, basta con un “me gusta” o con un “ok”, pero cuando tenemos ilusiones colectivas, necesitamos mantener un idioma, un lenguaje que nos permita comprender a los demás y que nos permita dar explicaciones a los demás”.

También leyó algunos de sus poemas que han sido hechos canciones, y explicó anécdotas sobre el proceso de adaptación de sus versos: Señor de la noche, que cantó Serrat, Aunque tú no lo sepas, versionado por Quique González y que cantó Enrique Urquijo, su adaptación de El durmiente del valle, de Rimbaud, para Pedro Guerra, y Nube negra, la letra que hizo para que su amigo Joaquín Sabina volviera a la canción.




La segunda parte de la gala, después de que Miguel Matías Clementey Cristina Olmedilla interpretaran el soneto de Sabina Palabras para Pedro, dedicado a Pedro Guerra, fue la actuación del músico tinerfeño. En 2003 Pedro Guerra publicó el disco La palabra en el aire, en el que versionó poemas de Ángel González, que colaboró con él e intervino en el disco y también en algunos conciertos. Diez años después de la muerte del poeta asturiano, Pedro Guerra ha reeditado el disco y comenzado una gira que servirá como homenaje.

En un tono cercano, casi íntimo, a la guitarra, Pedro Guerra deleitó al público de Manzanares con canciones de este disco y otros clásicos de su repertorio, recordando al tiempo vivencias junto a Ángel González y otros poetas a los que versionó. Recordó que para él la poesía y las letras de las canciones son géneros distintos. Además de su larga trayectoria como músico y compositor, Pedro Guerra también es poeta, pues publicó en 2016 su libro Hurgando en la caja negra, muchos años después de que el propio Ángel González, después de leer sus intentos de poemas, le recomendara: “Pedro, esto hay que trabajarlo más”, según contó entre risas el artista. (La portada, el diseño y la maquetación del libro Hurgando en la caja negra es obra casualmente de una manzanareña, Cristina Reina).

Donde pongo la vida pongo el fuego, Tango de madrugada, Vals del atardecer, hicieron las delicias del público junto a la interpretación de Sin puntos ni comas, de Sabina o El durmiente del valle, en la versión de García Montero, que no dudó en subirse de nuevo al escenario cuando fue requerido por Pedro Guerra, para recordar aquellos conciertos en que el cantante estuvo acompañado de Ángel González. Después de su clásico Contamíname, que fue coreado por el público, el cantante despidió el concierto con uno de los poemas de amor más conmovedores de González: Me basta así.



Entre el público que aplaudió con insistencia la actuación de Pedro Guerra y el desarrollo de la gala estuvieron presentes algunos responsables políticos: el presidente de la Diputación de Ciudad Real, José Manuel Caballero; el alcalde de Manzanares, Julián Nieva, así como varios concejales y representantes de todos los partidos políticos locales excepto uno; el senador Nemesio de Lara; el ex diputado nacional Cayo Lara; e igualmente otras personalidades como el doctor y profesor Miguel Lorente, que fue profesor de la Escuela de Ciudadanos; o el pintor granadino Juan Vida, ilustrador de muchos libros de García Montero; y representantes de los patrocinadores, Fundación Unicaja y Cadena Ser.

En esta gala hubo también un momento necesario, aunque inesperado por él mismo: Luis García Montero, en nombre de los alumnos y colaboradores de la Escuela de Ciudadanos, entregó una placa de reconocimiento a Román Orozco, director, fundador y alma máter de esta escuela de educación democrática. Gracias a él, y al constanteapoyo de los vecinos de Manzanares y su comarca, han sido posibles los primeros diez años de la Escuela de Ciudadanos, los primeros diez años de este gran espacio compartido de ideas, literatura, música, democracia, ciudadanía.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Viva Santiago, y viva en Membrilla

Se sobresalta uno últimamente cuando aparece el nombre de Membrilla en la prensa. Cuando no es por la jota es por el fandango, cuando no es por tuberías ilegales es por jugarretas de algún politiquillo con ínfulas. Pero la noticia que hoy ha dado la vuelta a España y ya corre por la prensa europea es simpática, qué quieren que les diga.


Membrilla ha saltado a los telediarios y a los periódicos porque un cuadro que el pintor Antonio Ximénez había donado a la Iglesia de Santiago el Mayor ha sido retirado, tapado o escondido. Hace unos meses el artista, que después de vivir media vida en Hawái está asentado en Miami, se dio cuenta de que no estaba donde debía estar, y pidió explicaciones al párroco. Al parecer las explicaciones no son muy convincentes: el párroco no da señales de vida y el Obispado ha salido al paso con un comunicado a la agencia EFE en el que explica que “se reubicó el mobiliario y en su lugar se puso un armario”. Para un artista cuyas obras han dado varias vueltas al mundo, que llegó a exponer nada menos que con Picasso y Tàpies (España Libre. Arte español de Picasso a Ximénez, Italia, 1964), y que donó con cariño a su pueblo una obra que la propia parroquia local le encargó, no ha debido de ser plato de gusto que el cuadro desaparezca de la vista.

Un escritor que prepara la biografía de Antonio Ximénez visitó Membrilla el pasado verano para documentarse en el pueblo natal del artista, y pidió al párroco de nuestro pueblo ver el cuadro. Al parecer, el cuadro estuvo algunos años en la sacristía o en la sala capitular de nuestra iglesia de Santiago el Mayor. El cuadro fue pintado en la otra punta del mundo, en Hawái, y desde la Polinesia viajó a la iglesia de Membrilla por gusto del autor. Poca publicidad le darían a la adquisición cuando pocos en el pueblo sabíamos que esa obra de arte estaba en nuestro municipio, y cuando ni siquiera sabemos desde cuándo ese cuadro pasó de la sacristía a ese lugar oscuro en que está tapado por una sábana para que no coja polvo. El artista, que tiene 87 años y se ha comunicado con los medios españoles desde el calor de la Florida, dice que cuando supo de la tropelía dio un plazo de seis meses al párroco para poner el cuadro a la vista de los vecinos de Membrilla, o en caso contrario que se lo devuelva. Como no ha habido respuesta, aquí estamos.

Lo gracioso del asunto es que esta polémica nos ha servido a muchos vecinos de Membrilla, y a no pocos manchegos y españoles, para conocer la existencia de este cuadro, y para que acreciente nuestro interés por saber más de la obra de Antonio Ximénez. En mi cabeza y en la de aquellos que crecimos en Membrilla en los 80 y 90 está la Alegoría de Baco, que es un cuadro sugerente y sensual, alegre y colorido, a mi juicio mucho más logrado que este de Santiago Apóstol. De niño, ante la sobriedad del paisaje cultural que nos rodeaba, me llamaba tanto la atención ese cuadro de colores vivos, de rostros aún más vivos, risueños y casi reales, con una alegría de racimos verdes en los capachos, de vasos de tinto hasta arriba, de risas abiertas, con nuestra ermita del Espino y el pueblo de fondo. Era para mí, aunque fuera un niño y no supiera nada, un mensaje nostálgico que me decía que en mi pueblo la gente había sido feliz.

Pero es verdad que en Membrilla no se ha hecho una reivindicación constante de este artista que es universal pero también es nuestro. Y muchos de nosotros sabemos muy poco de Antonio Ximénez. En 2002 tuve la suerte de asistir a una exposición grandiosa (por el tamaño de los cuadros, por la calidez de los colores, por la vitalidad de los cuerpos y los rostros retratados) en el Gran Teatro de Manzanares. En 2009 estos cuadros fueron expuestos también en la Casa de la Cultura de Membrilla. Y en el pueblo no tenemos hasta hoy muchas más referencias: ¿publicaciones, reproducciones de sus obras en espacios públicos, un museo local? Hasta hoy, que la prensa española y extranjera viene a recordarnos que de nuestro pueblo salió un artista de categoría, que se codeó con las grandes figuras del arte del siglo XX, que pintó y expuso en todos los continentes, y que conserva amor a su pueblo hasta el punto de regalarle dos cuadros que son una alegría.

Este cuadro de Santiago Apóstol por el que la obra de Antonio Ximénez ha vuelto a todos nosotros no es seguramente el mejor del artista, pero en él están, sin duda plenamente, su estilo y también Membrilla. Yo desconocía este Santiago que es un joven vigoroso, señalado en su túnica azul con la cruz y la vieira, con cayado y sombrero de paja a un lado, que está además rodeado por los símbolos más característicos de Santiago y de Membrilla, en una profusión de colores que insufla alegría. No lo conocía, pero ahora que lo conozco me gusta, porque habla con inocencia infantil y con sensualidad cromática de una figura que representa tanto en la historia de mi pueblo: Santiago Apóstol.

Hace pocos años los vecinos de Membrilla vimos con estupor cómo la imagen de Santiago Matamoros que estaba en la ermita del Espino era mutilada, despojada de las figuras y objetos que eran su esencia. Ahora vemos también cómo esta interpretación colorida y vitalista ha sido censurada, escondida, hurtada a las miradas de los vecinos. No sé si el responsable de estos ataques al símbolo local de Santiago Apóstol es el párroco, pero lo que sí tengo claro es que Membrilla debe reivindicar esta figura, y también la del artista internacional que ha querido ligar su obra con la historia de nuestro pueblo. Por eso me permitiré hacer una sugerencia a las autoridades locales, al alcalde o a quien mande en el Ayuntamiento: desde hoy mismo deberían actuar, mediar, negociar, para que esta obra de Antonio Ximénez sea cedida al Ayuntamiento y se exhiba en un lugar adecuado a lo que representa. Aprovechemos esta notoriedad sobrevenida por una polémica que debería haberse evitado, para sacar algo tan positivo: que todos aquellos que desconocíamos la obra podamos contemplarla, disfrutarla, sentirla nuestra, y que aquellos que desde fuera se han interesado por la polémica se interesen también por venir a verla, por venir a vernos. Demostremos que Membrilla puede dar más alegrías que disgustos.

sábado, 25 de noviembre de 2017

¿Por qué otro conflicto abierto entre Membrilla y Manzanares?

Malo es que existan en el mundo ladrones, pero peor aún es que sorprendan robando, por ejemplo, a un policía. El castigo a un policía que roba será mayor que el que se impondría a un particular que cometiera el mismo delito, pero que no tenía la función oficial, precisamente, de hacer que las leyes se cumplan. Las dos faltas están mal, pero en el caso de un policía que robara se añadiría un componente de traición al contrato social, pues en su persona hemos depositado como sociedad no sólo la confianza, sino además los medios físicos que le permitan disponer de la fuerza, para hacer cumplir las normas legales.

El mismo componente de traición irreparable encontramos cuando un político, un representante público elegido por el pueblo, roba, desfalca, malversa, acepta sobornos o incurre en corruptelas varias. De nuestros representantes públicos esperamos una buena gestión, y ya damos por descontado que, además de eso, esperamos un comportamiento cívico ejemplar, que sean los primeros en cumplir las leyes y en dar ejemplo al resto de ciudadanos. La mujer del César no sólo tiene que ser honesta, etcétera.

Estos días, preparando mis clases de 2° Bachillerato, repasaba la trayectoria de Ortega y otros intelectuales brillantes de aquella Generación del 14 que tantas esperanzas despertó en nuestro atrasado país de hace un siglo. Llena de optimismo leer algunos párrafos de los primeros tiempos, de cuando no sospechaban ni de lejos la que se les vendría encima, y hablaban con amor de la labor de educación política que cultivarían en España, con el fin de que se convirtiera en un país democrático y liberal. 

Pero al mismo tiempo produce pesadumbre pensar que hoy, después de todo lo bueno que ha construido nuestra moderna democracia en las últimas décadas, de los niveles de progreso y garantías sociales que hemos alcanzado, algunos nos sintamos aún “perdidos en la inercia provincial”, por decirlo con frase de Ortega. No cabe duda de que la democracia ha inundado, como sistema político, todo nuestro país. Democracia en un sentido político moderno, tan positivo, pero también esa “plebeyización” que Ortega denunció como “democracia morbosa”: todos igualados por abajo, cualquier opinión es válida, las malas maneras conviven con las buenas, sean conducidas por la razón o por el resentimiento. Y eso es peligroso: cuántos aprendices de cacique no hemos conocido en nuestros retiros provinciales, saltándose alegremente las leyes y normas comunes, bajo el pretexto de que el pueblo los ampara, de que la fuerza de las mayorías justifica que se pisoteen los límites de la ley. Qué pinta la ley, si el pueblo está conmigo, etcétera.

En ciudades españolas de tamaño medio, adonde han ido llegando en oleadas regulares los aires de la civilización, ya todo el mundo da por naturales asuntos que hasta hace no mucho no lo eran: las administraciones son más o menos transparentes, se garantizan los servicios públicos básicos, existe libertad de expresión, igualdad de acceso a los servicios y a la información y, en fin, la gestión de los asuntos públicos está fiscalizada por la gente, en una u otra medida. Pero aún existen rincones oscuros, y sólo cuando los medios de comunicación sacan a la luz casos escandalosos nos percatamos de que hay una parte de la administración comandada por bandidos. Eso sí, democráticamente elegidos, democráticamente consagrados.

En los últimos días he sentido otra vez una vergüenza trágica al ver el nombre de mi pueblo pregonado en periódicos y emisoras de radio. En este lugar de La Mancha que es Membrilla han ocurrido en los últimos años tantos atentados contra las leyes españolas, y los hemos vivido con tanta gracia y aplauso, que han tomado carta de normalidad. Pero en cuanto los representantes de mi Ayuntamiento han pretendido además continuar fuera del pueblo con sus trapacerías, les han dado el alto y ahora nos vemos en los papeles.

En Membrilla, desde que dirige el Ayuntamiento el señor Manuel Borja Menchén (perdón por citarlo en el mismo artículo en el que se cita a Ortega y Gasset), ya nos habíamos acostumbrado a que la gente transgrediera la ley antitabaco con el consentimiento oficial, a la institucionalización de los botellones, a la ausencia deliberada de señales de tráfico que regularan la circulación, a la discrecionalidad de las multas. También a que no se cumplieran ciertos servicios básicos que un Ayuntamiento debe prestar, como el arreglo de caminos, la limpieza de parques y plazas, o la falta de actuación ante los vertidos descontrolados, líquidos y sólidos, al cauce seco del río Azuer. También a algunos episodios lamentables, como la secuencia sádica de actuaciones con las que este alcalde pretendió (por cierto, sin conseguirlo) vilipendiar y expulsar del Ayuntamiento y del pueblo a una concejala de la oposición.

Personalmente, yo casi me he acostumbrado a que el Ayuntamiento de Membrilla incumpla sistemáticamente la Ley de Transparencia, Acceso a la Información Pública y Buen Gobierno: entre otras cosas porque llevo años solicitando informaciones públicas en instancias oficiales y ninguna de ellas ha sido contestada, ni para bien ni para mal. También supimos por la prensa que el Ayuntamiento de Membrilla, según el informe de julio de 2017 del Ministerio de Hacienda, ha incumplido la Ley de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera en sus cuentas del ejercicio 2016, y sólo deseamos que sus cuentas no sean intervenidas por el Ministerio.

Pero ahora nos enteramos de que el señor Borja y su corporación han ido más lejos. Estamos pendientes de un juicio con el Ayuntamiento de Manzanares a propósito de las facturas del agua potable, pero eso es cuento largo y merece explicación más detallada en otro lugar. Por lo pronto, la secuencia última de los acontecimientos que enfrentan al pueblo vecino con Membrilla es la siguiente:

- En febrero de 2013 el Pleno del Ayuntamiento de Membrilla acordó no aprobar la adjudicación propuesta por la Mesa de Contratación para la gestión de la Depuradora de Manzanares-Membrilla, que se había hecho a Acciona Agua, y en cambio se la adjudicó a Dragados. El Ayuntamiento de Membrilla hizo esto a sabiendas de que no podía hacerlo: pues existe un solo órgano de contratación conjunto de los dos Ayuntamientos. El Ayuntamiento de Manzanares y Acciona Agua interpusieron sendos recursos contra el Ayuntamiento de Membrilla, y el Juzgado de lo Contencioso-Administrativo n° 1 de Ciudad Real estimó ambos recursos en abril de 2017, anulando el acuerdo del Ayuntamiento de Membrilla y calificando de “absurda” la actuación de este último.

http://www.membrilla.com/portal/index.php/revista-digital/sociedad/item/4915-la-justicia-anula-el-acuerdo-del-ayuntamiento-de-membrilla-sobre-la-gesti%C3%B3n-de-la-depuradora-y-da-la-raz%C3%B3n-a-manzanares

- En abril de 2016 el Ayuntamiento de Manzanares aprobó la Ordenanza Reguladora de Vertidos de Aguas Residuales, que afecta también a Membrilla, puesto que el Ayuntamiento de Manzanares es, según la normativa, el titular de la autorización del vertido de aguas residuales que proceden de “la aglomeración Manzanares-Membrilla”, que fue concedida por la Confederación Hidrográfica del Guadiana. El Ayuntamiento de Membrilla conocía esta regulación, o debería conocerla, o podría haber preguntado a alguna administración si tenía dudas sobre la titularidad. Pero en lugar de acatar las normas decidió interponer un recurso contencioso-administrativo contra la citada Ordenanza del Ayuntamiento de Manzanares. El resultado es que, en noviembre de 2017, el Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha, con sede en Albacete, ha desestimado este recurso, ha aclarado que la competencia de vigilancia, inspección, control y sanción de los vertidos a la red de alcantarillado de “la aglomeración Manzanares-Membrilla” es del Ayuntamiento de Manzanares, y ha condenado al Ayuntamiento de Membrilla a las costas del juicio. En esta última sentencia también se recalca que “sería absurdo, discriminatorio y perjudicial” para el buen uso de la red “que los vertidos provenientes de Membrilla no se sujetasen al régimen de prohibiciones, controles y fiscalización a que se someten las emisiones que se realizan en el término municipal de Manzanares”.
- Ante este panorama, poco después de hacerse pública la sentencia del TSJ, el 22 de noviembre de 2017 el Ayuntamiento de Manzanares, a través de sus concejalas Isabel Díaz-Benito y Beatriz Labián, denunció algo que ya era vox pópuli en Membrilla desde 2013: que el Ayuntamiento de Membrilla había construido (supuestamente) una instalación ilegal en 2013 para que sirviera de baipás a las aguas residuales que vienen de Membrilla y así evitar en parte el contador de agua que registra este caudal. El Ayuntamiento de Manzanares paga, en concepto de alcantarillado y depuración, la diferencia entre la cantidad total de residuos que llegan a la depuradora y la cantidad que registra el contador de Membrilla, por lo que el Ayuntamiento de Manzanares considera que entre 2013 y 2017 se ha cometido un fraude. Y considera además que el Ayuntamiento de Membrilla es el responsable de ese fraude, puesto que habría construido esa instalación “no autorizada” con el fin de falsear la cantidad registrada por el contador. El Ayuntamiento de Manzanares calcula que el fraude le ha costado 38.219,36 euros, y por ello ha remitido un oficio al Ayuntamiento de Membrilla reclamándole esa cantidad, y amenazando con nuevas acciones judiciales en caso de que la reclamación no sea atendida.

http://www.20minutos.es/noticia/3194010/0/manzanares-acusa-vecina-membrilla-falsear-datos-depuracion-aguas-desde-2013-le-exige-38-000-euros/

- Un día después, 23 de noviembre de 2017, el Ayuntamiento de Membrilla ofreció su versión del asunto: el teniente de alcalde, Carlos Martín de la Leona, no negó que esta obra de canalización paralela exista, pero declaró que se construyó no con el ánimo de cometer un fraude sino para acabar con el efecto embudo que se produce en la tubería principal durante las tormentas. Aseguró que remitirá a la empresa adjudicataria, Acciona Aguas, un informe técnico. Y en cuanto a la autorización para realizar esas obras en 2013, se limitó a decir que “los responsables de la empresa adjudicataria de la depuradora y los responsables políticos y técnicos del Ayuntamiento tuvieron conocimiento”, y señaló como testigos de este hecho a la empresa que hizo la excavación y a los técnicos del Ayuntamiento de Membrilla. Además, admitió que esta canalización desvía el agua del registro “cuando la tubería viene completamente llena y el caudalímetro no da abasto (sic) a contar los metros cúbicos que entran en el sistema de alcantarillado de Manzanares”. Un día después, el mismo portavoz se reafirmó en su versión en unas declaraciones a la emisora Onda Cero Valdepeñas, confirmando que la canalización paralela se hizo, y obviando explicaciones sobre el principal punto del que se acusa al Ayuntamiento de Membrilla, que es el de haber realizado una “instalación clandestina y no autorizada”.

http://www.lanzadigital.com/provincia/pp-membrilla-vertidos/

Así las cosas, no sabemos si el Ayuntamiento de Membrilla en las próximas semanas aceptará las demandas del Ayuntamiento de Manzanares, pagando lo que le reclaman, o irá a un nuevo juicio para defender su versión de los hechos. Pero dados los antecedentes, el asunto no pinta bien para el Ayuntamiento de Membrilla. A mí todo me da una profunda lástima, que me hace preguntarme en manos de quiénes estamos. El Ayuntamiento de Membrilla anda ahora difundiendo entre los vecinos, a través de su televisión local y las redes sociales, sus razones sobre el último caso, aunque no parezcan tener mucho peso, culpando una vez más al vecino, al forastero, al otro, al Goliat opresor.

En esta “inercia provincial” escucho y leo cosas que me producen entre sonrojo y una especie de alerta miedosa. A final de verano se difundió un burdo montaje con los rostros del alcalde y varios concejales del Ayuntamiento de Manzanares, con insultos, a propósito de unas obras en una vía urbana de Manzanares con las que algunos vecinos de Membrilla no estaban de acuerdo. Unos meses antes, después de publicarse algunos artículos míos sobre asuntos locales en los que señalaba directamente actuaciones del alcalde, se había difundido otro montaje con mi rostro y el de otro vecino de Membrilla calificándonos de vengadores, de representantes de no sé qué traición contra no se sabía quién, quizá contra la esencia romántica del pueblo que resiste al invasor. Ya sólo me falta leer en los documentos oficiales: “Manzanares ens roba”, escrito así en catalán para agrandar la idea victimista de pueblo afrentado frente al Goliat español y centralista. He de recordar a estos políticos locales, no obstante, que mientras no cambien las cosas, Membrilla sigue perteneciendo a España, y está sujeta a las leyes españolas. Y las leyes vigentes son también democracia, y están por encima de mayorías absolutas de pueblo. Que paren la soberbia, que paren el odio, que paren de arrojar paletadas de vergüenza al nombre de Membrilla. Por favor.