Mostrando entradas con la etiqueta Palencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Palencia. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de diciembre de 2016

Un año aprendiendo a caminar

Cuando aprendemos de nuevo a caminar advertimos algo que nunca deberíamos haber olvidado: todos los caminos son variaciones del mismo camino. Por los desfiladeros sinuosos del Gran Cañón del Colorado, por selvas y playas mexicanas, por el trazado de sudorosa espiritualidad que lleva desde los Pirineos franceses hasta Santiago de Compostela, por la desolada precariedad de los caminos rurales de mi lugar en La Mancha, este año lo más valioso que he aprendido es a caminar.

Con la conciencia de que andaba y ando por un mismo camino, largo y desigual, intenso y a veces lento, medible con la sana medida de nuestros pasos ligeros. Me despedí al final de la primavera de una vida transoceánica y dulce, y en cierto modo ajena. Cargué con la mochila por territorios salvajes y distantes que ofrecían cada día una calidez de hogar, entre Honduras, Guatemala, Chiapas y Yucatán. Medí por carretera la distancia entre mi casa y los Alpes italianos. Y empecé después a caminar para reconocer mi país, para reconocer las fuerzas de mis piernas, de mi cabeza itinerante, una mañana de verano en las verdes montañas de Francia. El Camino de Santiago es una experiencia aún tan viva, tan entrañable, tan cercana, que no hay día en que uno no se alimente de algún recuerdo, de alguna frase memorable, de algún gesto, de alguna estampa, de alguna sonrisa franca.

En los valles navarros medí mis fuerzas y mis flaquezas, y sentí en tantos idiomas el confortante lenguaje de la solidaridad, que yo mismo abracé sin esfuerzo esa corriente invisible. En La Rioja descubrí, con  pinchazos en los tendones, que las palabras amigas curan sin necesidad de medicina, entre viñedos verdes que eran otra vez los de mi adolescencia manchega. En los campos de Burgos y de Palencia añadí una dimensión espiritual al Camino, al tratar de comprender, en la austera belleza del paisaje, los motivos humanos y divinos que llevan a tantos peregrinos a querer recorrer España a pie. En León fuimos un equipo unido y disperso, entre el español y el francés y el italiano, y a veces el inglés, con vino cada vez más barato y más sabroso, acondicionando otra vez las piernas a las curvas de los cerros.

Entre tantos cachivaches útiles o inútiles que uno carga en la mochila, llevaba este portátil con el que fui contando algo de los pasos dados. Mantuve mi personal disciplina de blog hasta los límites de Galicia, y después el corazón estaba tan a flor de piel que me sobraban todas las palabras escritas. El final del Camino fue hermoso, liviano, caminando cada vez con más fuerzas en las piernas, curando heridas de otros porque también eran propias, llenando de sana espiritualidad los huecos de la mente y el corazón, sintiendo la calidez familiar de quienes venían desde tan lejos como nosotros o desde cualquier parte, y ya eran toda la compañía que necesitábamos.

Entrar a Santiago fue un tierno regalo de cumpleaños, y en Santiago vivimos las dulces recompensas del trabajo acabado. Vivimos días intensos de reencuentros y conversaciones inacabadas, inacabables. La emoción secular de la celebración final con incienso en el aire, el movimiento pendular y magnífico del botafumeiro entre esa hermandad de gentes sudorosas, vestidas de Decathlon, ocupando sentadas las naves y los pies de las columnas. Y también horas de limpia contemplación de la fachada en obras de la catedral, y las últimas botellas de tinto bajo el ancho cielo estrellado, bajo el mismo Campus Stellae al que alzaron la vista miles de ojos peregrinos durante siglos.

Hacer el Camino es comprender un poco la cantidad de gente valiosa que hay en el mundo, y también sacar lo valioso que uno tiene para los demás. Y después ya no se puede parar de caminar. Uno vuelve a casa y vuelve a trabajar y a sus hábitos, y probablemente deja de escribir porque por lo pronto no hay nada más que decir. Pero no se puede dejar de caminar. Mi Camino ha tenido después campos pardos otra vez, viñedos, charcos, nieblas, pocos o ningún bosque, conversaciones otra vez familiares, también el discurrir solitario y machadiano. Pero es el mismo, el mismo Camino que dice conducirnos al fin de la Tierra y nos lleva, sin prisas, hasta nosotros mismos.


domingo, 14 de agosto de 2016

En el Camino, días 18 y 19: Terradillos de los Templarios-El Burgo Ranero-León

Una mañana pausada por pueblecitos envejecidos, con iglesias de ladrillo, en los límites de Palencia y León: Terradillos de los Templarios, café en Moratinos, agua de la fuente en San Nicolás del Real Camino, y cambio de provincia antes de llegar a Sahagún. A un par de kilómetros hay una ermita junto al río, y entre dos columnas una placa de piedra dice que el peregrino a Santiago ha llegado a la mitad del Camino. En Sahagún tomamos un café pausado en una confitería con la familia francesa que hoy vuelve a casa, y visitamos la iglesia color de tierra, los restos de un gran monasterio medieval, un orgulloso arco con leones en el escudo de piedra. Un puente de piedra cruza el río, y después vienen kilómetros de paisaje aburrido y feo junto a carreteras secundarias y vías del tren. Hay diez kilómetros llanos hasta Bercianos del Real Camino, y después ocho más por la misma senda de árboles tristes y paisaje entre pajizo y gris, hasta El Burgo Ranero. Hago el último tramo solo, con viento caliente de espaldas, sin cruzarme más que con algunas bicicletas y un muchacho japonés con una cámara de treinta años que me hace fotos mientras descanso en un banco polvoriento y sucio.


En El Burgo Ranero hay casas de ladrillo gastado y descampados, y viejos que gritan jugando a las cartas, con espectadores que también participan, mientras tomamos altas jarras de cerveza en las terrazas con cubiertas de lona. Me parece estar viviendo otra vez en los años 80. El grupo de italianos y españoles vuelve a estirarse, unos se quedan atrás, otros llegan. Por la mañana vemos amanecer otra vez en el campo abierto, en medio de los trece kilómetros de llano aburrido hasta Reliegos. En Reliegos hay un bar en el que la gente ha llenado las paredes de pintadas, y un ambiente de pueblo entre el aburrimiento y la desconfianza. En una hora llegamos a Mansilla de las Mulas, un pueblo con más alegría, donde volvemos a hacer una parada larga en las terrazas de la calle principal. Me hace ilusión llegar al pueblo de una buena amiga que está en California, y en la Pastelería Alonso, en la plaza del pueblo, saludo a su tío y me llevo un pastel delicioso. Qué bueno haber llegado a la España en la que sirven pinchos gratis con la bebida, y además la gente vuelve a ser amable. Cruzamos el puente sobre el río Esla, y pegados a la carretera pasamos por Villamoros de Mansilla, bajo un calor sofocante. Antes de Puente Villarente surge bajo nuestros pies la fuerza del río Porma. Bajamos al río y metemos las piernas hasta que duelen del frío. Algunos valientes se meten y se dejan arrastrar por la corriente. Aunque pensábamos detenernos aquí, las piernas y los ánimos refrescados tiran de nosotros. Y también la energía contagiosa de un muchacho de Cuenca que hace el Camino con su marioneta y sus músicas motivantes. Y también el hecho de que han desaparecido todos los dolores, en las rodillas, en los tendones, y estamos tan fuertes como al principio. Empezamos una lenta ascensión y pasamos por Arcabueja, por Valdelafuente, hasta los 880 metros del alto del Portillo. Desde ahí vemos la ciudad de León, y tardamos mucho en bajar a la ciudad y en llegar al centro, y medio derrotados pisamos la calle empredrada del albergue después de haber caminado casi 40 kilómetros. Con más de la mitad del Camino atrás, plantado frente a la fachada de la catedral, y después de una cerveza helada, uno empieza a entender la satisfacción gozosa del peregrino de otros siglos.



viernes, 12 de agosto de 2016

En el Camino, días 16 y 17: Boadilla del Camino-Carrión de los Condes-Terradillos de los Templarios

Salimos de Boadilla del Camino antes de que amanezca, y durante varios kilómetros coincidimos con el curso del canal de Castilla. Algunos ancianos han madrugado tanto como nosotros para pescar cangrejos. El canal desvía su curso en Frómista, donde han abierto las esclusas y el agua cae en chorros poderosos en dirección al sur. La iglesia de San Martín de Frómista, del siglo XII, es un ejemplo capital del románico español. El sol aún pega lateral en sus paredes de piedra limpia y una de sus dos torres, dándoles una tonalidad de miel. Hace frío, y seguimos adelante por un camino recto junto a la carretera. Pasamos por Población de Campos, y después se nos cruza un rebaño de ovejas que avanza sobre el camino y la carretera. En Revenga de Campos están de fiestas en honor a San Lorenzo: algunos hombres visten de blanco con pañuelos rojos, otros dos con trajes de peregrinos medievales ofrecen generosamente sopa de ajo y un trago a la bota de vino, bajo un simpático cartel: Peregrino, con sopas de ajo se anda mejor el camino. En la iglesia del pueblo conversamos con un señor que nos explica el triste proceso de despoblación de la España rural que nunca acaba: es esa España que no vemos y que se nos va quedando vacía.  La recta continúa sobre campos amarillos, pasando por Villarmentero de Campos y después por Villalcázar de Sirga, que tiene una hermosa iglesia románica de la que habló Alfonso X el Sabio en sus Cantigas. He pasado un rato caminando solo, llevado por el viento, y necesito un poco de descanso y reflexión en el templo. Pero me piden dinero por entrar, y tomo la decisión de muchos católicos que he encontrado en el camino: no pasar a las iglesias en las que exijan dinero por pasar. De paso, decido también no parar a comer ni dejar un euro en el pueblo, y casi una hora después entro orgulloso y agotado en las calles de Carrión de los Condes.

Carrión de los Condes es uno de los pueblos más bonitos de todo el trazado jacobeo. La iglesia de Santa María del Camino, del siglo XII, de nave estrecha y columnas anchas, con un retablo recargado, tiene el ambiente ideal para el descanso del peregrino. Al atardecer dan una misa con las puertas abiertas, y el sol que baja va metiendo su luz dorada por la nave hasta rozar el altar. En una calle hay una placa que recuerda que aquí nació Íñigo López de Mendoza, el Marqués de Santillana, primer poeta castellano en utilizar el soneto. En el Museo de Santiago disfrutamos de una gran colección de arte sacro, el que ha sobrevivido a los expolios y robos en las iglesias y ermitas desprotegidas de la zona, y también de unas vistas panorámicas del pueblo desde lo alto de la torre.

Por la mañana aún nos da tiempo de ver otro gran convento a las afueras del pueblo, el Monasterio de San Zoilo, antes de cruzar el río e iniciar otra larga recta mesetaria de 26 kilómetros. Sin fuentes ni otro horizonte que el campo raso llegamos cansados a Calzadilla de la Cueza para almorzar y sentarnos al sol, a la hora de la primera cerveza. Aún queda un tramo largo hasta Lédigos y luego hasta Terradillos de los Templarios, donde nos detenemos. El albergue lleva el nombre de Jacques de Moley, el fundador de la orden templaria. La tarde tiene sesión de yoga sobre la hierba y tatuajes de henna, y la noche la última cena con una familia francesa con la que hemos compartido varias etapas y que mañana vuelve a casa. La familia, los padres y cuatro hijas que parecen ángeles rubios de ojos azules, hace cada año un tramo del camino, desde Francia, y el año que viene llegarán a Santiago. Bajo las lágrimas de San Lorenzo, estrellas fugaces perezosas, tomamos las últimas botellas de vino y las guitarras italianas vuelven a calentar la noche fresca de agosto.

miércoles, 10 de agosto de 2016

En el Camino, días 14 y 15: Burgos-Hontanas-Boadilla del Camino

Al salir de Burgos el cielo está blanco, y se ha levantado un viento frío. Pasado Villalbilla de Burgos me encuentro con un americano de Wisconsin con el que hemos coincidido en varias etapas, y que desde aquí se vuelve a Estados Unidos. Como a otros amigos del Camino, me pide que le cuente a su cámara mis motivos para hacer el Camino, para un proyecto de su biblioteca. Paso de largo por Tardajos, pero se me enganchan dos italianos locos que llevan varios días demasiado exaltados, y cantan a destiempo y dicen cosas intempestivas. Me quedo en Rabé de las Calzadas a tomar un café para librarme de ellos. Hasta Hornillos del Camino hay una sucesión de cuestas sin gracia, con viento caliente, que quebrantan las rodillas. En Hornillos la compañía empieza a ser francesa, comemos bocadillos, bebemos un tinto tranquilo, nos preparamos para la larga y seca sobremesa. Hay más de once kilómetros hasta Hontanas, por cuestas moderadas que avanzan entre rastrojos con grandes pacas de paja, en un paisaje desolado y sin árboles, que parece un desierto mexicano. Hontanas nunca llega, a pesar de lo que dicen los carteles. En el último, 0,5 kilómetros, alguien con mala leche escribió delante un 1, y por unos segundos el pueblo vuelve a ser una alucinación. Al fin, escondido en un barranco que se hunde en el amarillo del paisaje, aparece el pueblecito de Hontanas, adonde encontramos reposo y cerveza fría, una sesión de yoga junto a la iglesia, una cena agradable entre el francés y el italiano, guitarras que tocan Azzurro.


Desde Hontanas nos amanece en un sendero estrecho entre campos cosechados. Caminamos entre ratones de campo, pardos y gordezuelos, que buscan entre la paja y apenas se mueven a nuestro paso. Salimos a la carretera, que cruza por medio de una antigua ermita románica, San Antón, partiéndola por la mitad. En Castrojeriz, mientras tomamos un café, la segunda claudicación: las rodillas han dado otro aviso, y decido enviar mi mochila hasta el final de la etapa. La subida al alto de Mostelares, hasta los 900 metros, es entonces un paseo descansado. El viento viene fuerte de espaldas, el campo está seco y amarillo, sin peso me parece que voy a echar a volar. Cruzamos Puente Fitero, sobre el río Pisuerga, y ya hemos pasado a otra provincia: Palencia. Empiezan los regadíos, campos de remolacha y alfalfa. Comida ligera y copa de tinto en Itero de la Vega, y un largo paseo llano de once kilómetros hasta Boadilla del Camino, de vuelta al campo amarillo. En Boadilla el viento se vuelve más frío. El pueblo es una iglesia con cigüeñas en lo alto, con casas alrededor, con tres calles, un palomar derruido, con el aire desolado de un país en proceso de abandono.