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viernes, 17 de julio de 2015

Hizo un palacio en el Viso

A todos los niños manchegos nos llevaba el colegio, en algún momento, a ver el lagarto del Viso. El lagarto es en realidad un cocodrilo del río Nilo de cinco metros de largo, disecado, que cuelga de una de las paredes de la iglesia de la Asunción, con la gran mandíbula abierta, pero más bien con la actitud de una lagartija que pretendiera trepar hasta el techo. Viso del Marqués es uno de los últimos pueblos de La Mancha, al pie de la autovía de Andalucía y a escasos kilómetros del paso de Despeñaperros. El entorno es seco y muy llano, pero sólo un poco más al sur empiezan los desniveles y el verdor de la sierra. El valle de Los Perales es un bosque ameno en donde acababan las excursiones escolares.

Junto a la iglesia de la Asunción se levanta el imponente Palacio del Marqués de Santa Cruz, que es sede el Archivo General de la Marina. A más de uno le llama la atención no ya la ubicación actual del archivo naval, que es un homenaje a Álvaro de Bazán, primer Marqués de Santa Cruz, sino el hecho de que el insigne hombre de mar mandara construir su palacio hace cuatro siglos en tal lugar. Los secanos que rodean el Viso, rastrojos amarillos y ardientes estos días de julio, olivares cenicientos, tan alejados del mar, no parecen el lugar más adecuado para que un marino plantara su casa. Y, sin embargo, no hay nada más lógico.

El padre del primer Marqués, Álvaro de Bazán el Viejo, adquirió por méritos de guerra estos terrenos en las estribaciones de Andalucía, y el Marqués agrandó sus posesiones con las Encomiendas de Santa Cruz y Valdepeñas, toda tierra llana y ya entonces famosa por sus vinos. ¿Por qué? Para un marino que trabajaba y se curtía en batallas en todos los mares que rodeaban España, este enclave manchego suponía el punto de encuentro de todos los cruces que podían interesar a sus negocios. Viso del Marqués es un punto casi equidistante de Madrid, la Corte, y los puertos principales de la Península, en el Mediterráneo o en el Atlántico: Cartagena, Valencia, Lisboa, Cádiz.

Es una teoría estratégica y comercial, si bien el adagio popular remata el asunto de forma más lapidaria: El Marqués de Santa Cruz hizo un palacio en el Viso; porque pudo, y porque quiso.

El Palacio es un edificio de corte renacentista, planta cuadrada, de muros de caliza terrosa, que parece casi incongruente frente a una plaza pequeña, de casas bajas de tejados marrones que se acaban enseguida para dar paso al campo. Después del maltrato de los siglos y las guerras, hoy es un edificio cuidado, un verdadero palacio italiano en medio de La Mancha, un escenario inmejorable de películas históricas.

Los miles de documentos que conforman el archivo naval están en los sótanos. Hace tres años aproveché una fiesta para visitarlo con dos alumnos, que trabajaban en un reportaje sobre el tesoro hundido de la Mercedes, justo cuando la justicia norteamericana acababa de sentenciar que las monedas regresaran a España. Pudimos tocar algunos de los documentos que ahora están expuestos al público detrás de limpias vitrinas. Recuerdo todavía la extraña emoción de tener en mis manos la carta, de papel suave y caligrafía temblona, en la que Diego de Alvear, que había perdido a casi toda su familia y estaba enfermo, relataba sus penurias y trabajos en América para solicitar una vez más la pensión que después de años no llegaba.

El patio es un bello espacio abierto, cuadrado, con columnas clásicas, de planta rectangular, con corredores de tibia sombra en cuyas paredes hay frescos con reproducciones de ciudades del Mediterráneo donde peleó y venció el Marqués de Santa Cruz, con los relatos de las batallas en severas mayúsculas. Nombres sonoros y sugerentes de lugares por los que camparon los españoles: Messina, Túnez, Egipto, Nápoles, Lepanto. En los techos de las cámaras los frescos enseñan asuntos mitológicos: en uno de ellos Ceres, la diosa romana de la agricultura, acepta el castigo de las estaciones.

Hay una pequeña capilla dedicada a Santiago, bajo cuya imagen combativa al óleo hay un altarcito con una urna donde se guardan los restos de Álvaro de Bazán y generaciones de herederos. Es domingo y cada media hora hay dispuesto en la puerta del Palacio un grupo suficiente de gente que viene a visitarlo. En las curvas de las altas escalinatas que llevan al piso superior hay sendas esculturas de Neptuno, dios del mar, y Marte, dios de la guerra. Álvaro de Bazán no perdió jamás una batalla.

En otra visita, con amigos extranjeros, el organista de la iglesia se ofreció a tocar algunas piezas. Hoy nos cuenta algo de unas fiestas patronales: es un hombre muy viejo y ya esmirriado, que habla deprisa y con deferencia. El lagarto, el cocodrilo, largo y renegrido sobre el blanco de la pared, parece haberse movido y quedarse ahora quieto con esos gestos inteligentes y rápidos de las lagartijas en verano.

Es ahora una visita tranquila, breve, otra vez familiar. Volvemos tantas veces a los lugares de los que conservamos nuestros recuerdos más antiguos, y sin embargo siempre aprendemos algo nuevo. Por la tarde hay etapa del Tour de Francia y café frío y lectura en la hamaca del portal y seguramente piscina, y la repetición entrañable de los hábitos infantiles cumple un doble propósito: causarle a uno una honda lástima por la pronta partida, y a la vez propulsarlo hacia lo nuevo y lejano que tiene por delante.

lunes, 13 de julio de 2015

Memoria y monedas de plata en Viso del Marqués

En agosto de 1804 partió del puerto de Montevideo una flotilla de la Real Armada española compuesta por cuatro fragatas, rumbo a Cádiz. Los cuatro barcos, Fama, Medea, Mercedes y Clara, venían cargados con caudales del Virreinato del Perú que, aprovechando la ausencia de hostilidades con Inglaterra, pretendían llevar a la Península. El jefe de la escuadra era José de Bustamante. El segundo comandante era Diego de Alvear, que viajaba en la Medea junto a uno de sus hijos. El resto de su familia, mujer y siete hijos más, volvían, a bordo de la Mercedes, de vuelta a España después de varios años de estancia en América.

         Unos movimientos malinterpretados de buques españoles en el Cantábrico motivaron que los ingleses enviaran otra flotilla de cuatro fragatas con la idea de detener a la expedición española que volvía con caudales de América y llevarla a Inglaterra. Se libró una batalla frente al cabo de Santa María. Los ingleses, superiores ante una escuadra desprevenida, hicieron estallar y hundieron la Mercedes y redujeron las otras tres fragatas, que fueron conducidas a la costa inglesa. Con la Mercedes se hundieron al menos 275 personas, y más de medio millón de monedas.

         En 2007 una empresa norteamericana de exploración submarina, Odyssey, que había localizado el pecio hundido, sacó a la superficie las monedas y se las llevó a Florida. España reclamó el tesoro rescatado ante la justicia estadounidense y, después de varios contenciosos, la Corte Suprema de Estados Unidos sentenció que el tesoro debía regresar a España.

         La mayor parte de las 500.000 monedas, acuñadas en Lima en 1803, eran reales de a 8. Esa moneda, que se llamó también peso fuerte, peso duro o dólar español, era en aquella época la divisa mundial de referencia. Fue además la primera moneda de curso legal en los Estados Unidos de América, donde se usó hasta 1857. Pocos saben hoy que el símbolo del dólar $ tomó sus rayas verticales del escudo que llevaban aquellas monedas españolas. El escudo de España, entonces y ahora, está flanqueado por las columnas de Hércules.


         Algunas de aquellas monedas hundidas pertenecían a la Real Hacienda española, pero otras eran sueldos ahorrados por oficiales y marineros. Con la Mercedes llegaron al fondo del mar también monedas de oro de ocho escudos. España pudo demostrar ante la justicia estadounidense que la Mercedes era un buque de Estado por tres razones: figura en el registro de 1804 del Estado General de la Armada, portaba la bandera bicolor con escudo de la Real Armada, y el viaje era una misión de Estado: no sólo traía a España caudales del Virreinato del Perú y otros efectos oficiales, sino que también a la ida había llevado a América papel timbrado y mercurio de Almadén, sobre los que existía el monopolio real.

         Lo curioso del asunto es que no se pudo demostrar que el barco no era una empresa particular, sino una misión de Estado, hasta que se dio, tras muchas indagaciones mientras avanzaban los litigios, con algunos documentos clave. Pocos españoles pueden imaginar que el Archivo General de la Marina no está en Madrid, ni tampoco en ninguna ciudad portuaria, sino en las estribaciones del sur de La Mancha y de la provincia de Ciudad Real, a más de 300 kilómetros del mar.

El Palacio del Marqués de Santa Cruz, en Viso del Marqués, acoge fondos de la Armada española desde el siglo XVIII al XX. Y entre esos fondos apareció, por ejemplo, la hoja de servicio de José Manuel Goycoa y Labart, comandante de la fragata Mercedes, en la que se especifica la causa de su fallecimiento en el combate contra los ingleses. Apareció también un oficio del Generalísimo D. Manuel Godoy, de 1802, en el que daba cuenta de los caudales y efectos valiosos que permanecían en Lima, y de la conveniencia de traerlos a España, para lo que enviaba para allá las fragatas Mercedes y Clara.

Estos días sofocantes de julio el Palacio acoge en algunas de sus salas una exposición que recuerda estos sucesos, y además una pequeña muestra de las monedas rescatadas que originaron el pleito internacional, y que finalmente llegaron a España en 2012. Visitar de nuevo el Palacio de Viso del Marqués, con sus frescos italianos en recuerdo de las batallas navales de Álvaro de Bazán, sus anchos salones adornados con motivos mitológicos, ya es algo que merece la pena. Conocer las curiosidades de la Historia, a partir de un puñado de monedas rescatadas del mar, más aún.

Imagino que empresas como Odyssey generarán millones de dólares con sus hallazgos y rescates submarinos. En este caso, el término más repetido en la exposición es menos amable: expolio. Otro de los condicionantes legales que se tuvieron en cuenta para desautorizar a la empresa estadounidense es que el barco hundido era además el cementerio de al menos 275 personas. La profanación de un lugar así incumple la legislación internacional. Hoy las monedas de plata están en España, y no sé si es lo justo o lo más razonable. La Historia, y la memoria de aquellos que se tragó el mar, están en los dos lados, en Europa y en América.