Mostrando entradas con la etiqueta National Geographic. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta National Geographic. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de mayo de 2016

Primera estación: El Paso, Texas; Carslbad Caverns, Nuevo México

En el mediodía de mayo me recibe en El Paso un calor seco e intenso, como el que puede hacer en la meseta castellana en julio. Es el recibimiento adecuado, es como reconocer un olor mucho tiempo olvidado. Y con la calidez del aire me recibe también una sonrisa amiga. Qué hermoso es que a uno lo esperen en los aeropuertos, además de sensaciones queridas, personas queridas. Las vueltas que da la vida, las vueltas que damos unos y otros, para que ahora yo esté aquí, en la frontera de Texas, devolviendo la visita a quien con dulce acento mexicano sabe repetir expresiones tan manchegas. Qué diferente de cuando, casi una niña, llegó a nuestro instituto hablándonos de usted y respondiendo con educación desusada: ¿Mande?

El Paso del Norte fue la ciudad que fundaron los españoles al otro lado del Río Grande, o Río Bravo, cuando se lanzaron a la conquista de Nuevo México. Era un punto estratégico en el Camino Real de Tierra Adentro, que partía de la ciudad de México y cruzaba como una arteria comercial el centro de la Nueva España. Al igual que el Camino Real en California, estaba sembrado de misiones, que llegarían hasta Albuquerque y Santa Fe.

Y hacia Nuevo México vamos, pero sólo hasta el límite con el estado de Texas. El Paso está hoy en el extremo del estado, encajado entre el Río Grande, que es la frontera mexicana, y Nuevo México, y es la única ciudad tejana con una hora menos. Saliendo por la carretera 62 hacia el este atravesamos los montes Hueco, los montes Cornudas y después  una llanura parda y seca, con tramos blancos como sal, que es parte del desierto de Chihuahua, el más grande de Norteamérica. A lo largo de la carretera hay casas desvencijadas, ranchos tristes en los que pastan grupos de toros negros, de caballos, algunos ciervos sueltos. Las montañas Guadalupe se divisan desde muy lejos: un grupo imponente de cimas de piedra gris, formadas sobre los arrecifes de un antiguo mar.

El pico Guadalupe es, con 2600 metros, el más alto de todo el estado de Texas. Hasta estos montes arrinconó el ejército estadounidense a los indios nativos a mediados del siglo XIX, cuando las exigencias de la colonización planeaban su exterminio. Hoy es un parque nacional, con muchas rutas de senderismo que atraviesan cañones anchos y bosques de colores vivos.

El Parque Nacional Guadalupe Mountains linda con otro, Carlsbad Caverns, que está justo al otro lado del límite con Nuevo México. Si no fuera porque veo con mis propios ojos lo que hay dentro, lo juzgaría irreal. Las fotografías no dan cuenta de las dimensiones. En medio del campo semidesértico se abre una bocana, una entrada natural a una cueva por la que dan vueltas en círculo cientos de golondrinas. Al atardecer salen en bandada los murciélagos, para darse un festín colectivo en las orillas del río Pecos. Pero lo que se va abriendo más abajo no tiene medida. Un camino pavimentado va descendiendo en zigzag hasta cámaras cada vez más grandes, con techos de filudas estalactitas. A ciento cincuenta metros de profundidad los caminos se bifurcan. Hay estanques y riachuelos que corren entre las estalagmitas. Uno de los senderos va a dar a la Big Room, donde se suceden formaciones que parecen sacadas de un cuento infantil.

De los techos cuelgan formaciones onduladas que parecen una cortina agitada, unos dientes de ballena. Hay otras que se llegaron a juntar formando columnas. Se abren cámaras como gigantescas naves catedralicias. Hay sarpullidos de formas coralinas, y calizas blancas y pulidas como huesos de cementerio. Pequeños templetes, postes largos como tótems indios, enormes icebergs. Cada gruta da paso a otra mayor: hay 48 kilómetros de pasajes explorados, con cámaras a más de 300 metros de profundidad, y los grupos de científicos y espeleólogos siguen descubriendo más y más cada día.

Después de una hora damos la vuelta con la boca abierta por la emoción. Bajan y suben familias completas por los senderos bien pavimentados, tenuemente iluminados por focos artificiales. Algunas personas muy corpulentas van resoplando, se van quedando a un lado del camino. Todavía sin haber alcanzado la entrada de la cueva, miro hacia atrás y me parece mentira lo que tengo delante de los ojos: estamos dentro de un reportaje de National Geographic, y somos tan mínimos como una gota de agua en la amplitud descomunal de una sola de las cámaras. 

Afuera, en el campo, hace sol. Vuelve a confortar el aire cálido después de haber salido de la frialdad mortuoria de las entrañas de la tierra. En el museo ayudamos a una niña a desplegar una pantalla que explica el ciclo del agua, desde la lluvia hasta la formación de estalactitas. Se acerca el padre, que viene cargando una sillita con otra cría. Es tejano, y me pregunta en español gringo, con acento uruguayo, de qué parte de España soy. "Sabía que tenías algo que ver con España: nadie tiene aquí una mochila Quechua como la que llevás".

A siete millas de la cueva, y a no muchas más del río Pecos y de Carlsbad, hay un pueblecito que no es más que unos pocos edificios a ambos lados de la carretera: Whites City. Parecen edificios de madera medio destartalados de una película del Oeste: Liquor, Grocery, Restaurant, Antiques. Frente a uno de ellos hay carros de caballos, frente a otro hay varios modelos de alienígenas, verdes y alargados, que por lo visto también son gente que se deja caer por aquí cerca. Uno de los restaurantes parece muy grande, y tiene al lado un complejo de piscinas. En la barra los asientos simulan el trasero de un caballo, o el de una bailarina de salón. Las camareras son de pocas palabras, de trato arisco. El local está medio lleno, pero casi podemos escuchar el silencio.

Pedimos café y nos responde la mesera que ya no tienen, que se acabó con el desayuno. Pedimos té, el ambiente está enrarecido: parejas de turistas de edad beben smoothies y hablan a media voz, hay familias con niños callados. Los cuadros de las paredes son retratos de indios y de señores blancos con sombrero y mostacho. Cuando empiezo a pensar con ruindad que no dejaré propina, porque no me ha gustado el trato en este bar del Oeste, la camarera rubia me dice que estamos bien, que no tenían el café que pedimos y que por tanto no nos van a cobrar los tés. Con una lección aprendida, dejamos Nuevo México y enfilamos hacia el desierto que nos llevará a la noche cálida de El Paso.

lunes, 29 de febrero de 2016

El Gran Cañón del Colorado: desde la noche de los tiempos

Hay ciertos lugares en el mundo en los que uno es realmente consciente de su pequeñez, de su valor ínfimo en la creación, por comparación a las proporciones colosales de la naturaleza. El Oeste americano es una sucesión de extensiones inabarcables incluso para el pensamiento, para la domesticada medida europea de las cosas: carreteras rectas y calientes que se extienden durante cientos de millas, paisajes pelados y llanos que se suceden desde la ventanilla del coche como en la secuencia lenta y embotada de un sueño, montañas nevadas vistas desde la lejanía como fortalezas inalcanzables, ríos de anchuras oceánicas que transportan sus aguas a lo largo de varios husos horarios, rocas gigantes de arenisca roja con formas atormentadas, praderas infinitas y extensiones inconcebibles de bosques que palpitan de vida salvaje.

         Pero en ningún lugar del Oeste uno siente más aguda esa sensación de la propia insignificancia, de revelación de las dimensiones del espacio y el tiempo del planeta, que ante el Gran Cañón del Colorado. Porque en nuestra memoria el Gran Cañón es probablemente una sucesión de estampas rojas e impactantes que se repiten en los libros escolares, fotografías tomadas desde el lecho del río que tratan de explicar procesos geológicos, imágenes aéreas expuestas durante unos segundos en la trama rápida de una película o un documental de sobremesa. Y plantarse frente al tajo monumental del río Colorado es algo más que asegurarse de la existencia de ese lugar remoto y casi mítico que estaba detenido en la imaginación infantil: es cobrar conciencia de lo poco que pintamos aquí.

         Llegamos a los límites del Grand Canyon National Park por la orilla sur (South Rim), que es la que está abierta todo el año y la que acoge a la mayor parte de los cinco millones de personas que visitan anualmente el parque. Antes de cruzar la caseta de entrada está Tusayan, un pequeño pueblo con hoteles y supermercados y gasolineras justo donde acaban las planicies peladas y empiezan los bosques de pinos y enebros. Hay grandes aparcamientos y senderos de alquitrán bien acondicionados en torno al centro de visitantes, autobuses que descargan a decenas de japoneses jubilados, familias en excursión de fin de semana, cafeterías y tiendas de alquiler de bicicletas con la nieve amontonada a un lado de la puerta. Los árboles tapan la visión en el breve espacio que lleva hasta el borde, y sólo cuando uno está a unos metros del precipicio descubre la inmensidad del espacio abierto enfrente.

Mather Point es seguramente el primer punto desde el que contemplan el Gran Cañón la mayoría de los turistas. A un lado y a otro hay miradores con cortas vallas protectoras, siguiendo el trazado caprichoso de la orilla. Los miradores sobre las rocas que se meten dentro del vacío están llenos de turistas que se toman fotografías en todas las posturas y combinaciones. Algunos saltan la inocente valla y buscan su foto un par de metros más allá, junto a un árbol que crece ladeado en el mismo precipicio, sobre una roca redonda que lleva varios miles de años acabando de caer. Hay una confusión babélica de idiomas y colores en las voces suaves que no dejan de sonar ni frente a las cámaras. Algunos niños corretean por el sendero asfaltado, persiguen ardillas, se sientan en las rocas pulidas de un pequeño anfiteatro dispuesto para la contemplación, observan con la misma maravillada estupefacción que tienen las caras de los adultos.

         Porque lo que hay enfrente excede de toda medida. Ni siquiera nuestros ojos desentrenados son capaces de creerse lo que tienen delante. Desde aquí se ve el largo perfil de la orilla norte (North Rim), sin principio ni fin, y la sucesión en cascada de las líneas geológicas, negras, blancas, rojas, amarillas, de los cañones sinuosos que se multiplican en todas direcciones, en la anchura inabarcable y neblinosa. Hay rocas que pueden distinguirse con claridad, que parecen tan cercanas que pudieran tocarse, tan palpables como formas cubistas, y otras que apenas son contornos difuminados en el segundo plano de un cuadro religioso renacentista. Lo que parece mentira es que entre esta orilla y la que vemos enfrente haya 16 kilómetros de vacío. Para el ojo humano es más fácil acomodarse al plano de una fotografía que imaginar la verdadera dimensión del espacio que se abre delante.

         Entre el centro de visitantes y el pueblo, que sencillamente se llama Village, hay un trail accesible de poco más de tres kilómetros, que va siguiendo los recovecos y curvas de la orilla, mostrando distintos ángulos de la red de cañones y cerros rojos. Justo en medio está Yavapai Point, un edificio con anchos ventanales colocado sobre un saliente, que es el Museo Geológico, y donde da más vértigo leer datos que asomarse al vacío: el río Colorado talló este cañón hace 5 o 6 millones de años, pero los vestigios y fósiles de mares antiguos y desiertos cuentan una historia geológica de 1800 millones de años. Por la carretera interior, con hoteles, tiendas, mercados y hasta una estación de tren que se inauguró en 1901, se mueven los vehículos particulares y también los autobuses gratuitos del parque, que van parando en muchos miradores hasta once kilómetros más allá, en Hermits Rest.

Nos bajamos al final del pueblo, donde empieza la ruta Bright Angel. Los senderistas caminan despacio por el camino cubierto de nieve y hielo que desciende las laderas, armados con bastones y equipos de supervivencia. Hay un pequeño museo, el Kolb Studio, donde una amplia exposición de objetos y fotografías relata el empeño exitoso de los hermanos Kolb por fotografiar y filmar el Gran Cañón en los primeros años del siglo XX. En 1902 instalaron un estudio fotográfico precario en una cueva en esta orilla, y acabaron construyendo un edificio de tres pisos, desde el que salían a explorar cargados con sus enormes cámaras arcaicas, recorriendo fatigosamente las laderas escarpadas a lomos de una mula, sorteando los rápidos del río Colorado con un pequeño bote lleno de pertrechos pesados.

De vuelta nos reencontramos con un viajero español de acentos cruzados con quien conversamos más temprano. Dejó por un tiempo su trabajo de profesor de instituto en España para recorrer los Estados Unidos documentando los lugares del Sur donde la lucha racial aún no ha acabado. Viniendo de Alabama a California, había que salvar estas extensiones colosales siguiendo las rutas de los antiguos pioneros y colonos. Es curioso venir a coincidir en un punto, mirando el horizonte colorido del cañón, con la historia de alguien con quien no sólo se comparten edad exacta y profesión, sino algunos intereses peregrinos sobre Europa y América, la elección azarosa del momento en que hay que detenerse para contar lo que uno ve, incluso la ausencia de escrúpulo para dormir en los coches.

El sendero va por la orilla pero es parte del bosque de pinos que llega hasta el mismo precipicio. Nos encontramos con un grupo de ciervos que no desconfían de las personas, ardillas de cola blanca que buscan restos de alimento alrededor del pueblo. Desde algunos puntos se puede, con la ayuda de una indicación en forma de tubo de metal, divisar el agua del río, que sigue horadando el cañón a más de un kilómetro bajo nuestros pies. Está atardeciendo y los cañones y desfiladeros de la otra orilla se vuelven de un rojo intenso, bañados de la última luz del sol que se empieza a esconder detrás de los pinos. Aún hay pequeños grupos de paseantes avanzando en las dos direcciones.


Cuando llegamos a Mather Point ha oscurecido del todo. Pero la luna llena otorga al aire espacioso del cañón una luminosidad de una calidad muy parecida a la neblina que lo ocupa de día. Ya no hay nadie, ya no hay voces extasiadas de turistas, no está el cuchicheo constante de las cámaras fotográficas. Hay un silencio denso que se sobrepone al fresco que cayó como un telón en cuanto se puso el sol. Apoyados en la barandilla que separa la orilla del abismo, con la penumbra rota por la luna, pensamos en cómo verían este paisaje milenario y aparentemente estéril los primeros exploradores españoles que llegaron aquí en 1540 guiados por tribus hopis. Cómo lo verían los navajos, los paiute, los havasupai que llegaron antes que ellos, los indios pueblo que se asentaron en las orillas del río y almacenaron grano en las cuevas excavadas en las paredes. O los que vinieron varios miles de años antes, herederos de los que habían sobrevivido a los fríos de las rutas asiáticas, y se dedicaron a la caza de enormes criaturas que después desaparecieron, y que dormían refugiados en tiendas hechas con palos de madera. Cuántas lunas como ésta verían, en este mismo silencio; la misma luna y el mismo silencio que ya estaban ahí millones de años antes, cuando el río había comenzado su lenta tarea de socavar la piedra, pero aún no existían unos ojos pequeños y penetrantes capaces de ver el paisaje, unas palabras capaces de contarlo.

Grand Canyon photos, National Geographic

domingo, 27 de septiembre de 2015

La luz del mundo en Yosemite

Yosemite es uno de los parques nacionales más emblemáticos de los Estados Unidos. Está a tiro de piedra de San Francisco, en el centro de Sierra Nevada, la larguísima cadena montañosa que atraviesa de norte a sur la parte oriental de California. Yosemite fue el primer espacio catalogado como Parque Nacional dentro de Estados Unidos, allá en 1890. Más de tres millones de personas lo visitan cada año, si bien los visitantes apenas recorren una mínima parte de los más de 3000 kilómetros cuadrados del parque.

         Esta pequeña parte es el valle del río Merced y los gigantescos acantilados de granito que lo rodean. El espacio que hoy conocemos como el valle de Yosemite se formó hace un millón de años, cuando los glaciares movieron las enormes masas de piedra y esculpieron las paredes de granito que, tras el deshielo, quedaron al descubierto. Es esto lo que vienen a ver los turistas de medio mundo. El parque es un paraíso para escaladores, pero también para amantes de la naturaleza: hay miles de especies, hay osos ciervos y halcones peregrinos, hay diferentes tipos de bosques de robles, pinos o secuoyas, cientos de arroyos, decenas de cascadas y paisajes memorables. Hay dos osos de por aquí (en su imaginario Jellystone, trasunto de parques como Yellowstone o Yosemite) especialmente famosos entre los españoles, pues muchos, a pesar de la enorme distancia que separa California de nuestro país, crecimos disfrutando de sus aventurillas por estos bosques: el oso Yogui (The Yogi Bear) y Boo-Boo, siempre intentando que no los atrapara el Guardabosques.



        Hace un año llovía sin parar cuando recorrimos con el coche el área visitable. En alguna tregua pudimos asomarnos a la vista del valle desde Glacier Point, aunque masas de nubes muy rápidas lo cubrían una y otra vez. Recorrimos con los pies mojados las playas del río, el corto trayecto hasta la cascada de Bridalveil Creek. Había estado nevando durante días, pero aquél sólo llovió. Corría y caía agua por todos lados, cerrando las panorámicas y estorbando las fotos y las zapatillas.

         Ahora no llueve. El principal problema para el normal funcionamiento de California es que en Sierra Nevada no hay la suficiente nieve, de modo que muchos campos y ciudades pueden quedar desabastecidos. Salimos a recorrer una parte del parque bajo un sol de justicia. Desde Mariposa se llega a la entrada oeste del parque, pasado El Portal, en cuarenta minutos de carretera ascendente con suaves curvas. Arch Rock Entrance se llama así porque efectivamente los coches atraviesan un arco triangular formado por rocas.

En Yosemite hay tres núcleos de secuoyas gigantes. El más grande es Mariposa Grove, en la entrada sur, junto a Wawona, pero durante muchos meses estará cerrado por tareas de reforestación. De modo que buscamos otro más al norte, Toulumne Grove. Hay una ruta agradable y razonablemente larga, con gran desnivel, que va a dar a un bosquecillo de pinos y secuoyas, entre las cuales hay algunas secuoyas gigantes. No de las dimensiones, y mucho menos la cantidad, que en Sequoia National Park, pero al fin y al cabo un grupo de árboles gigantes, de entre 2000 y 3000 años, como emergidos de un sueño o una fábula infantil. Un grupo numeroso de jubilados polacos, entre los demás turistas, se enfrentaban a la elemental dificultad de retratar los árboles: son tan grandes que no caben en el marco de ninguna cámara.

A la entrada del valle, justo a mano izquierda, está la gigantesca pared de El Capitán, la gran atracción de escaladores de todo el mundo, el gran reto para la especialidad. Hay algunas playitas en todo el recorrido del río por el valle, y bañistas tratando de mitigar el calor en las aguas heladas. En el interior del valle, al final de la carretera, empieza un trail aceptable para nuestros inexpertos músculos, hacia Vernal Fall y Nevada Fall. A la derecha se alza la mole de Glacier Point, y desde un punto del lecho del río, sorteando el agua y saltando entre sus piedras redondas y pulidas, podemos fotografiar la otra gran atracción del parque: Half Dome. Se llama ‘medio domo’ porque desde nuestro lado semeja una cúpula de catedral renacentista, pero del otro lado es una pared de piedra cortada a navaja.


Ascendemos por un camino ascendente y muy transitado hasta Vernal Fall, adonde llegamos dos horas después. El salto de agua tiene más de cien metros, y es uno de los pocos por donde sigue cayendo agua regularmente. Las ardillas corretean entre los senderistas que se hacen fotos frente a la cascada, en busca de comida. Con la luz de la media tarde se forma un velo de arcoíris en la parte baja de la cascada.

Subimos hasta arriba por un sendero de piedras que bordea la pared. El ambiente entre estas montañas es luminoso, pero de una luz especial, radiante, con más resolución que la de la vida normal. Es una luz intensa, como la luz que uno se imagina que irradiaba en la naturaleza en los primeros tiempos de las historias bíblicas. Desde arriba, desde el lugar en que el agua del río se precipita al vacío, se ven tres montañas, tres cortados: la de la derecha es blanca, la de la izquierda está en penumbra y es de un gris que tira a negro, la del fondo es de un azul reverberado del cielo, un azul imposible y vertical.

Unos metros más adentro el agua se estanca en una laguna, Emerald Pool, rodeada de pinos y secuoyas. Algunos caminantes siguen hacia el interior, hacia las profundidades de Nevada Fall. El lecho por el que el agua del río corre antes de llegar a la laguna es una piedra lisa y con un ligero desnivel. Aunque corre muy rápido y se desparrama a lo ancho de la piedra, es posible caminar sobre ella porque apenas levanta dos dedos del suelo. Meto los pies descalzos en el agua que corre, para descansarlos de la caminata y el polvo, y en sólo unos segundos noto un verdadero dolor en la piel y en los huesos: el agua del río Merced viene gélida del seno de la sierra.

La bajada es mucho más rápida. No queda mucho para la atardecida pero mucha gente se cruza con nosotros. Unos sabrosísimos helados de fresa natural nos alivian el cansancio al llegar abajo. Atravesamos el campamento donde algunos campistas han encendido ya hogueras con las que preparar la cena. Aún nos queda tiempo para recorrer de vuelta el valle, detenernos en el río, y para subir con el coche a Tunnel View, desde donde se ve la panorámica más famosa del parque, con El Capitán y Glacier Point flanqueando el Half Dome. Una imagen de enciclopedia o de reportaje de National Geographic que ahora es real, otra vez, con el último sol de la tarde, con la luz de aumento o de ensueño que se cerrará en unos minutos como un telón sobre los cortados de Yosemite.