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jueves, 13 de julio de 2017

En el Camino: 4ª etapa: Ameixial-Almodôvar

El albergue de Ameixial es cómodo, grande, limpio, gratuito, pero está lleno de mosquitos que no me dejan dormir. Así que amanece y emprendo camino. Como no existen flechas por ningún lado, hago caso al GPS y tomo la solitaria carretera que lleva a Almodôvar. La primera mitad de la etapa es una suave bajada por las curvas de la carretera, con alcornoques en las laderas y en los barrancos. Un río casi seco separa los distritos de Faro y Beja. Dejo atrás el Algarve y entro en el Baixo Alentejo, la tierra más caliente de Portugal. El paisaje cambia a los pocos pasos, los alcornoques van dejando paso a las encinas y pinos, a grandes eucaliptos al borde de la carretera, a extensiones de campo adehesado.

Encuentro un pueblo con suficientes casas como para serlo, Dogueno. Adelanto a una señora que lleva una bolsa de tomates. Le pregunto por una cafetería, y se viene a mi lado: "Estou surda". Me indica dónde está la única cafetería del pueblo, y se despide con un regalo: "Quer um tomate?". Me lo como antes de llegar a la cafetería. La dueña me sirve un café con hielo en vaso de tubo y cierra la cafetería. Me quedo conversando con dos viejos en las mesas de fuera, a la sombra. Uno de ellos se empeña en contarme todas las distancias entre los pueblos de la comarca, y me informa de que estoy a mitad de mi etapa. Es el primero que me pregunta si mi objetivo es recorrer a pie la N-2, que es la carretera que vertebra Portugal de sur a norte, desde Faro hasta Chaves. Tal y como me había dicho, el resto del camino hasta Almodôvar es más llano, más tranquilo. Sigo viendo hitos muy antiguos que marcan siempre la distancia hasta Faro y hasta Chaves, separadas por 700 kilómetros. La N-2 es la Route 66 de los portugueses. Podría ser una idea, pero mi objetivo es otro.

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La gente en estos pueblos pequeños es cordial y generosa, mucho más cuando uno hace el esfuerzo de hablar en su lengua. Aparte de estar en la calle de conversación con los vecinos, no hay muchas más cosas que hacer en sitios como Ameixial. La señora que me dio agua me cuenta la historia de otro peregrino que llegó igual que yo, pero sin dinero, hace tres años. Su marido, que no se quitó la boina ni para cenar, me habla de una obra que hicieron en una fuente a las afueras del pueblo. Otro vecino me cuenta su operación de rodilla. Otra señora necesitaba que alguien le actualizara el reloj del móvil y no quería molestar a su hija, que está trabajando. Hombres mayores y enjutos beben cervezas en la terraza. Una anciana me pide que vaya a contemplar los pájaros que se posan en el árbol de enfrente en cuanto atardece. Después se le suman dos vecinas y todas juntas ven una novela brasileña en la que el galán ha descubierto que su hijo no es suyo realmente. Cruza algún coche de vez en cuando. Hay también algunos ancianos en sus sillas solitarias tomando el fresco en la acera.

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Almodôvar es un pueblo bonito desde fuera. Rodeado de encinas, las fachadas de todas las casas son blancas, con tejados de arcilla clara, y ese destello uniforme le da apariencia de pueblo andaluz antiguo. Antes de buscar la iglesia, que como siempre estará cerrada a cal y canto, pregunto en el bar O Bombeiro, que está junto a la estación de Bombeiros Voluntários de Almodôvar. Me hacen un hueco en el gimnasio, que está en el tercer piso, aunque por la tarde hay allí entrenamiento de Muay Thai. Invito al bombero que me asiste a una cerveza, y descubro la clara con grosella, que resulta una combinación espléndida. Él también me pregunta si vengo haciendo la N-2. Como no puedo ducharme hasta que no abran el polideportivo municipal, recorro el pueblo bajo el sopor de la siesta. Las temperaturas rondan hoy los 40 grados en todo el Alentejo. Ya fresco, voy a buscar la iglesia. Como todas las demás, es blanca, pero tiene algo de particular: las cuatro esquinas de la torre y las paredes de los contrafuertes son de piedra. Por lo demás, cerrada siempre, al igual que los dos museos, aunque ningún vecino sepa explicarme por qué. De modo que me refugio en la biblioteca municipal, que es grande, luminosa, fresca, ricamente decorada con versos en los cristales y paredes, y me dedico a leer a Saramago.

La camarera del bar O Bombeiro emigró con su marido a Alcázar de San Juan, pero ya volvieron. El bar está lleno de hombres a todas horas, bomberos, amigos de los bomberos, viejos con gorro que miran la televisión, un joven con gorra que me dice si quiero fumar, buena gente toda. Por la noche voy a un concierto de piano, violín y violonchelo en la capilla del Convento de Nossa Senhora da Conceição. Hasta el tercer piso de la estación de bomberos, donde trato de dormir, llega durante algún tiempo el ruido animado de una verbena con concurso para niños.



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24 kilómetros. Suave bajada a la salida de Ameixial. Carretera llana, con curvas y sin tráfico, hasta Almodóvar. Sin noticias de las flechas amarillas.

miércoles, 12 de julio de 2017

En el Camino: 3ª etapa: Salir-Ameixial

Salí de Salir y desaparecieron las flechas amarillas. No sabía bien si hacer ya una etapa larga o seguir mi suave entrenamiento. Subí una larga cuesta y el GPS me llevó a una encrucijada: Almodôvar para la izquierda, Ameixial para la derecha. En el camino a Ameixial había otra señal que me dio la clave: Califórnia. Escogí el camino corto. Seguí subiendo, y subiendo, por una carreterita que cruzaba un bosque de encinas, madroños, alcornoques. Aparecieron los primeros eucaliptos al borde de la carretera, insolentes, largos, despellejados. No me detuve en ninguna cafetería por esperar a Califórnia, pero Califórnia resultó ser dos majadas de pastores, con cuatro gallinas, algunos ciruelos, dos tractores sin cabina y un montón de cortezas de corcho, y se acabó Califórnia.

Allí mismo vi de nuevo las flechas amarillas, y volví a equivocarme al seguirlas, pues me desviaron de la carretera que lleva derecho a Ameixial para perderme por caminos ardientes de sierra, en cuesta continua, sin gentes ni fuentes. Subí y subí por sierras de alcornoques y monte bajo, con el olor pegajoso de la jara y el sol cada vez más alto. Crucé por más majadas de pastores, por poblados sin gente, donde todas las fuentes tenían un cartel advirtiendo de que el agua no ha sido controlada para el consumo humano. Comía unos ciruelos bajo un porche en lo alto del monte, mirando el paisaje, cuando se me acercó un perro grande, que se sentó al lado y no ladró. En un poblado desierto, otro perro me ladró y me siguió. Agarré un mástil de un azadón que encontré por la calle, y después el GPS me confirmó que debía volver por donde el perro me esperaba. Recorté por un barbecho, salté con mi mochila a la carretera y salí con las piernas plagadas de unas bolas que parecían velcro. Y allí estaba el perro esperándome, al tiempo que otros lo animaban ladrando desde lejos. Lo mantuve a raya y escapé a paso lento, y el animal se volvió. Estoy harto de los perros portugueses. Los paisajes son tan hermosos, pero tan vacíos de gente y tan llenos de perros. Aquí no podrá haber algo parecido al Camino de Santiago hasta que no haya un recorrido pensado para los caminantes: más fuentes y menos perros.

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Subí la larga cuesta hasta Ameixial con la boca reseca como el cartón. Me refresqué continuamente en fuentes de los poblados y majadas, aproveché su sombra, comí ciruelas que fui guardando en mi mochila, pero no bebí. Esa última cuesta hasta Ameixial (ameixa significa ciruela) tiene sólo dos kilómetros pero la carretera gira y gira y el pueblo no se ve. Por fin en el pueblo, antes que buscar la iglesia busqué el bar, pues el alma no está cómoda cuando el cuerpo tiene sed. En algún lugar del Evangelio de Mateo se dice algo así: “Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber, fui forastero, y me recogisteis”. Llegué al bar y pedí agua de beber. Detrás de la barra, una anciana bajita, vestida de negro y con mandil gris llenó mi cantimplora con agua fría de varios botellines, la volvió a llenar y no me quiso cobrar. Me guió hasta una casa donde alguien tenía la llave de la iglesia. Como siempre, la iglesia estaba cerrada, y la llave jamás apareció. De camino encontramos a dos picapedreros arreglando una acera con esas piedrecitas blancas tan portuguesas. Eran empleados del Ayuntamiento, de la Junta de Freguesia. Uno de ellos llamó al alcalde, y al rato volvió con una llave, con un llavero en forma de guitarra con la bandera portuguesa. Me llevaron al albergue municipal, lo abrieron, me dieron la llave, me dijeron que tampoco tenía que pagar aquello. Me explicaron que la bomba del agua estaba rota, pero que en el mismo edificio, junto a la nave que resultó ser una fábrica de cortezas, había un surtidor con una goma que sacaba agua del pozo. Me di una ducha fría y gloriosa en mitad del campo, con vistas a las encinas y los alcornoques, al campo y al cielo. Esa noche no pude acabar el bacalhau à brás que me preparó la viejita, ni la botella de vino blanco que ya es alentejano.


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21 kilómetros. Cuesta continua, por carreteras secundarias y caminos de monte. Pocas flechas amarillas, a veces para despistar. La última subida a Ameixial es muy dura. El pueblo parece que no tiene nada, pero tiene la mejor gente que uno pueda encontrar por el camino.

martes, 11 de julio de 2017

En el Camino: 2ª etapa: Loulé-Salir

Lo que anoche eran telas bastas batidas por el viento como velas de barco, hoy son suaves sábanas que colorean las calles. Haciendo de toldos en las calles del centro, las sábanas listadas y las sábanas lisas, amarillas, rojas, azules, alegran la ciudad de Loulé. Hay un turismo tranquilo, muchos británicos y franceses, que comen en terrazas o pasean en medio de un silencio de verano antiguo. El principal monumento de Loulé es el Mercado, un edificio de principios del siglo XX cuyas largas fachadas señoriales, con arcadas color crema, se suman a la alegría colorida de las calles. Por dentro, la alegría son pescados y frutas y más arcadas por las que se entra a tiendas de productos locales, en una organización difícil de superar. La iglesia es, como todas las que he visto, un pequeño edificio blanco con una pequeña torre blanca y puertas siempre cerradas. Desde el jardín de enfrente, que ocupa un antiguo cementerio, y desde algunas terrazas de la ciudad, se ve el océano. 



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Adonde primero voy por la noche es a la iglesia, que está cerrada. Una señora me indica cuál es la casa del sacerdote, que está al lado. Llamamos sin resultado, tendrá el hombre buen dormir o estaría en otras ocupaciones. Tampoco abre al día siguiente, cuando otro señor que recogía a sus hijas de la oficina de los escutes (¿scouts en español?) me lleva de nuevo a la puerta. Le agradezco sus atenciones, pero el señor se empeña en darme el teléfono del padre Nelson y del padre Carlos. Ninguno de los dos responde tampoco al teléfono. No hay problema, no tengo carimbo (sello) de Loulé, pero tengo mucho tiempo para practicar el dibujo. Al salir de la ciudad, veo al fin un cartelón con el letrero Caminho de Santiago, y algunas flechas amarillas que después se pierden. No las volveré a encontrar hasta salir de Salir, y empiezo a sospechar que están más para despistar que para guiar. 

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Hay una cuesta continua, por carretera o por caminos, hasta el pueblo de Salir. Hay campos de higueras, de olivos, huertas bien labradas de manzanos y perales que sacan sus brazos hasta la carretera. Atravieso aldeas con puertas abiertas, un puente que fue romano bajo el que se baña un grupo de niños, más huertas con tractorcitos sin cabina conducidos por viejos de saludo amable. En Tôr encuentro al fin una cafetería donde tomar uma bica com gelo, y donde unas mujeres me confirman que efectivamente nunca vieron peregrinos por aquí. En Ponte de Salir, que es una aldea a lo largo de la carretera, las mujeres mayores han salido ya a tomar el fresco. Como soy propenso a los chistes fáciles, mis piernas dudan y se sienten confusas cuando estoy entrando en Salir. A mi mano vienen ciruelas negras y rojas que saltan las tapias. Hay muchas casas abandonadas, y una escalinata estrecha entre vides e higueras que sube a la iglesia. Otra iglesia blanca con torre blanca, otra iglesia cerrada. Varias personas me confirman que ni hay albergues ni nada que se les parezca, sólo una casa rural bastante cara, que es la única alternativa a dormir en la calle. En realidad, la casa rural está a un kilómetro de Salir, en Ameijoafra, detrás de unas huertas con alcornoques recién esquilados, de una desnudez hermosa y radiante contra la luz del atardecer. La viejita que la regenta se disculpa por no poder bajar los precios, y un rato después me llena la cantimplora con agua filtrada y me invita a cenar. De noche sopla fuerte el viento, malo hubiera sido dormir en un jardín.


16 kilómetros. Etapa corta, subida continua desde Loulé hasta Salir. Sin noticia de las flechas amarillas. Viva el GPS.






lunes, 10 de julio de 2017

En el Camino: 1ª etapa: Faro-Loulé

Después de unos días recorriendo el Algarve, con mejor compañía y mejor trato del que pueda merecer, tengo que empezar mi Camino. Atrás queda Lagos, la ciudad desde donde Enrique el Navegante dirigió las exploraciones africanas, y donde los portugueses montaron el primer mercado de esclavos europeo. Lagos es una interminable sucesión de acantilados, arcos, grutas por las que entran los barquitos y los kayaks. Hay calas recónditas que se conectan por pequeños arcos, por pasadizos, por la arena cuando la marea baja, y uno tiene la sensación de estar superando pantallas de un videojuego al tiempo que avanza hacia la ciudad. En el restaurante O Escondidinho, que efectivamente lo está, entre cuestas y callejones, comemos sardinas y jureles a la brasa a discreción (sardinhas e carapaus à brás). El pescado fresco pasado a la brasa, con vino verde, brisa del mar y fados de Carminho de fondo, es una combinación muy cercana a la felicidad.

Portimão tiene los mismos pasadizos para ir de playa en playa, y las rocas calizas verticales, desgajadas del acantilado, entran en el mar, como en un paisaje vietnamita. Albufeira es la locura veraniega, anchas playas y una ciudad en alto con calles invadidas por guiris y música ruidosa. En Olhos de Água, bajando acantilados de arenas compactas (en portugués tienen una palabra para eso: falésia), y llegando a playas de rocas musgosas, veo efectivamente, con la marea baja, estos ojos entre las rocas y la arena por los que surge el agua dulce que viene del interior, y que hacen borbotear la arena como lava de un volcán. Vilamoura es el lujo, un puerto deportivo recogido, bares irlandeses con música en directo y locales regentados por futbolistas por donde pasean las familias. En el interior, tras Boliqueime y Paderne, en las alturas de Alte, frente a un paisaje de higueras, olivos y algarrobos, los domingueros disfrutan de las piscinas donde se recoge el agua del manantial, y nosotros de nuestro último homenaje de sepia a la brasa y calamares, con el que empiezo a despedirme.

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De Faro no salen muchos peregrinos, o casi ninguno. La promoción de la ruta a Santiago, el Caminho Central do Sul, es tan reciente, que ni hay ambiente de peregrinación ni información bastante. La Sé Catedral estaba cerrada, en la oficina de turismo, que encontré abierta por dos minutos, me dijeron que me esperara a otro día, y sólo cuando preguntamos si había misas de tarde en la Igreja de São Francisco se acordaron de que sí, de que para las misas sí abren. En la Igreja de São Francisco, que es lujosa de oros y azulejos y está frente a la vía del tren y el océano, me dieron la credencial. Frente a la catedral, en una esquina empedrada, está la primera baldosa con la flecha amarilla y la concha. Eché a andar y no volví a ver la flecha hasta una hora después, ya lejos de Faro, y sólo fue para despistarme y hacerme perder el camino, pues me llevó por carreteritas de quintas más o menos arregladas a los lados, todas llenas de perros furiosos. Gracias al GPS continué camino, cogiendo la carretera comarcal que sube hasta Santa Bárbara de Nexe. Dos horas y alguna cuesta después, a mis espaldas estaba otra vez el mar.

Santa Bárbara de Nexe es un pueblecito blanco, rodeado de quintas arboladas, con una iglesia pequeña y blanca en lo más alto. Como no volví a tener ayuda de flechas amarillas, descarté la carretera que iba para Loulé y tomé una trocha que se abría entre las quintas, a mano derecha. Más perros ladrando, más olivos, más algarrobos. Donde acaban las quintas y empieza la sierra volví otra vez la cabeza: estaba atardeciendo, tras los bosques y los tejados de las quintas la ciudad de Faro se extendía iluminada frente al mar, y sobre el mar y una montaña apareció una luna enorme, plena y de color naranja. Después vino mi Roncesvalles, un final de etapa en bajada pedregosa, entre bosques a media luz que vienen a dar a Loulé. De noche, la iglesia estaba cerrada, y había un largo silencio en las terrazas de la avenida central. Sobre las calles morunas del centro, estrechas y empedradas, se agitaban sábanas anchas que hacían de toldos, con la violencia terca y fría del viento que llegaba del mar.

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20 kilómetros. Primera parte llana, larga subida hasta la cima de la sierra y descenso duro hasta Loulé. Las flechas amarillas raramente aparecen. Por suerte, el GPS guía.

domingo, 9 de julio de 2017

Otra vez Portugal

Empecé el año en mitad del Atlántico, entre Europa y América, en una isla portuguesa y volcánica llena de vacas, prados verdes cercados y acantilados, que hacía pensar en Irlanda. Hacía sol de verano y lluvia y nieblas todos los días. En las alturas, las nubes se movían tan rápido que borraban la realidad y al momento abrían paisajes memorables de prados pacíficos que daban sobre el esplendor del mar abierto. En la capital de Terceira hay una fortaleza de Felipe II, de los tiempos en que los países ibéricos fueron uno. Muy cerca de allí, en la estrecha playa de Salga, en el verano de 1582, un ejército en el que estaba Lope de Vega intentó desembarcar para tomar la isla, y fue repelido por toros embravecidos que lanzaron los portugueses ladera abajo.

Azores era para mí un territorio extraño en los mapas, a medio camino de dos mundos. Soñado desde la lejana lectura de un libro de Antonio Tabucchi que es un caramelo, Dama de Porto Pim, con su mitología fiera de ballenas y balleneros, de puertos distantes y amores olvidados. Esos puertos existen, en pueblos adorables que miran al mar, donde los paisanos fuman hierba a media tarde, beben Super Bock y juegan al futbolín, y las vacas caminan con su parsimonia estólida por la calle central, junto a algún mirador de vértigo. Hay cuevas volcánicas que por un rato lo descienden a uno a la aventura de Verne. Y cráteres tan grandes que contienen lagunas en las alturas, en el territorio de las nieblas, las lluvias constantes, las carreras de nubes.


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Cuando cuento mi experiencia del Camino de Santiago, encuentro reacciones de todo tipo. Hay quienes quisieran hacerlo pero saben que, por alguna limitación física, nunca podrán. Están los que piensan que algún verano, cuando anden menos liados, prepararán la mochila, y quienes se resignan a que su tiempo pasó. También están los que no quieren empezar, porque saben que quienes lo hacen una vez lo tendrán que hacer más veces. Y también están los que lo han hecho: los que hicieron tramos intermedios, los que empezaron casi al final, los que no pudieron llegar a Santiago, los que alcanzaron Finisterre, los que no pudieron parar ningún verano. Para mí, caminar desde Francia a Santiago de Compostela fue una prueba física y emocional que completé con alegría, pero sobre todo un aprendizaje de lo esencial que tiene nuestro mundo: moverse al ritmo de lo que nuestro cuerpo permite, compartir cada trozo de pan y cada gota de agua, vivir saltando entre épocas y culturas, comunicarse en todas las lenguas.

Hay una dimensión espiritual que cada cual puede vivir a su manera. Alguna gente religiosa lo ve muy claro, otra no tanto. Los que no lo somos buscamos esta espiritualidad en las pequeñas cosas, en el ámbito simbólico de los lugares, de los templos, de las obras de arte, de las caras de la gente. En un Camino se cruzan tantas energías, que uno no puede hacer sino salir fortalecido. Y alimentarlas. Y aprender.

Mi segundo Camino es un retorno a Portugal, a la lengua portuguesa, un círculo que trata de cerrarse, una recta irregular que va desde Faro, en el Algarve, hasta el norte del país, y más allá hacia Santiago. Ni siquiera sé la ruta exacta por la que atravesaré todo el país. Voy buscando el norte.