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martes, 24 de noviembre de 2015

México DF día 4: Frida Kahlo en Coyoacán, por el boulevard de los sueños rotos

Cuánto hemos visto, oído, leído y contado sobre personas que vivieron en Coyoacán. Al final del día, montados en un autobusito de ventanas abiertas, mientras oscurece y cae una lluvia que limpia el aire, una guía nos va contando otra vez los lugares y los nombres: Hernán Cortés, la Malinche, Pedro de Alvarado, tantos nobles de la colonia, políticos y artistas del XIX, hasta llegar a Diego Rivera, Frida Kahlo, León Trotsky, Octavio Paz…

         Comenzamos la mañana con un café de sabor intenso de Atoyac, Guerrero, que nos sirven en una pequeña cafetería de la colonia Nápoles, Guapo, donde además uno puede saber el nombre de la hacienda y del agricultor que produjeron el grano. De nuevo un autobús por Insurgentes, esta vez rumbo al sur, y un micro con ventanillas abiertas, de apariencia caribeña y pobre, que atraviesa Coyoacán y nos deja en Churubusco.

Rodeado de árboles y casas bajas está el Ex Convento de Churubusco, en cuyas celdas está el Museo Nacional de las Intervenciones. Hay un huerto cuidado, con flores y olor a lavanda y romero. También aquí algunos muros y torres están inclinados. El museo hace un completo recorrido por las intervenciones extranjeras en la soberanía mexicana. Desde la independencia de España, la guerra en la que los Estados Unidos le quitaron a México la mitad de su territorio, las pretensiones imperiales francesas con Maximiliano I, hasta las intervenciones de Estados Unidos en los años de la Revolución Mexicana, a la caza de los míticos Emiliano Zapata y Pancho Villa.

Hace calor y en la puerta del Ex Convento nos compramos unos raspados de fresa y guayaba para el camino. Efectivamente, el muchacho raspa una barra de hielo y vierte el jarabe por encima del granizado. Al cruzar por un parque vemos a cuatro policías corriendo, dos de ellos con metralletas. El objeto de la persecución, al parecer, son dos muchachos que estaban fumando sentados en la piedra de una fuente, al salir de clase. Les registran las mochilas y entre los dos guardias armados se llevan a uno de ellos.

Caminamos por tranquilas calles arboladas hasta llegar a Coyoacán. En la esquina de la calle Viena está la casa donde vivió León Trotsky, y donde fue asesinado. Gracias a Diego Rivera y otros intelectuales afines a la causa, el presidente Lázaro Cárdenas concedió asilo político en México a Trotsky y a su familia más próxima, cuando Stalin había empezado la persecución implacable de quien había dirigido el Ejército Rojo tras la Revolución de Octubre. Trotsky y su esposa vivieron dos años en la casa de Frida Kahlo y Diego Rivera, y después se instalaron a pocas manzanas.

La casa conserva las habitaciones modestas en las que vivieron poco más de un año, el patio arbolado y grande donde Trotsky cuidaba conejos y gallinas, las torres de vigilancia que instaló en cada esquina de la casa después de que hicieran explotar allí una bomba en 1940. El mismo año pasó a la casa el español Ramón Mercader, agente soviético que había conseguido entrar en el círculo social de Trotsky, que le entregó un texto para que lo leyera. Cuando el ideólogo comunista se dispuso a leer el texto, Mercader le golpeó la cabeza con un piolet, en el mismo escritorio que ahora el turista puede visitar, junto a la biblioteca personal de Trotsky, con libros en ruso, en francés, en alemán, frente a una ventana alta que da al jardín. En el mismo jardín están las cenizas de León Trotsky y de su mujer, que murió muchos años después, bajo un monolito donde han horadado la hoz y el martillo y del que pende una bandera roja.

         Las aceras de Coyoacán están pobladas de enormes ahuehuetes, ligustros, palmeras. A cinco minutos de la casa de Trotsky está la Casa Azul, en la esquina de Londres con Allende. En la casa que compró el padre de Frida, el fotógrafo húngaro-alemán Wilhem Kahlo, vivieron ella y su esposo, el muralista Diego Rivera. En la Casa Azul hay también un enorme patio con árboles y jardines, con la base de una pirámide, con figuras precolombinas de piedra. En el piso alto están las habitaciones, coloridas y vivas, llenas de objetos de Frida y Diego. Está el estudio de Frida, que mira al jardín, con sus caballetes, sus paletas, la silla de ruedas desde la que pintaba. Hay una exposición con algunos cuadros cubistas de Diego Rivera, con exvotos coleccionados por Frida, y sobre todo con cuadros y fotografías de la artista.

         La vida de Frida Kahlo fue una continua carrera de obstáculos. De niña padeció poliomielitis, a los dieciocho años sufrió el accidente de autobús que le fracturó huesos y le lesionó la espina dorsal. En una exposición temporal, que toma el título de una obra suya, Las apariencias engañan, se muestran vestidos personales de Frida Kahlo, las tehuanas, blusas, mantos, faldas con las que intentó disimular su discapacidad y con las que creó una imagen poderosa, personal y enraizada en la tradición mexicana. También están sus corsés, de cuero y de yeso, entre otros muchos objetos que se encontraron hace un par de años al reabrir los baúles de Frida que habían permanecido cerrados medio siglo. Entre las obras expuestas está un cuadro de 1954, pintado por Frida en los últimos meses de su vida, cuando ya los dolores eran intensos y sabía que le quedaba poco, que muestra la sensualidad colorida de unas sandías abiertas y expone sobre la carne roja de una de ellas el título: Viva la vida.


         Aún nos da tiempo a recorrer unos mercados de frutas y comidas y recuerdos varios, a probar un café de olla y unos churros en la famosa cafetería El Jarocho, donde se puede ver a un hombre vertiendo los granos verdes del café en una tolva, por donde caen a la tostadora. Antes de que caiga el chaparrón nos subimos al autobús que nos hará el recorrido por la parte histórica de Coyoacán, que en este atardecer lluvioso tiene un encanto especial, con sus fachadas de colores vivos que se van apagando, el reflejo palpitante de las tímidas bombillas en las piedras mojadas de la calzada. Cuando llegamos frente a la iglesia, que es como una iglesia de pueblo castellano, se ilumina de golpe la plaza y entre los árboles parecen saltar inquietos los coyotes de la fuente.



miércoles, 16 de septiembre de 2015

¡Viva México, cabrones!

Hoy fue el día nacional de México. A este lado de la frontera apenas se nota, casi nadie lo menciona, pero el 16 de septiembre es el día grande en que los mexicanos celebran su independencia. Su independencia de España, claro, cuya lucha, según la historiografía oficial, comenzó en la mañana del 16 de septiembre de 1810, cuando un cura criollo, Miguel Hidalgo y Costilla, convocó a sus vecinos a las armas y lanzó su famoso grito desde la parroquia del municipio de Dolores.

         En realidad México se independizó de España en 1821, después de años de guerra y acciones crueles por ambos bandos. Los rebeldes de Nueva España, que así se llamaba el inmenso territorio español en Norteamérica, vencieron a las tropas de la metrópoli, y el virreinato capituló. Después vino un intento de monarquía local, la secesión de las provincias de Centroamérica, la constitución de los Estados Unidos de México, la separación de Texas, la guerra contra los Estados Unidos de América, que les arrebataron la mitad de su territorio, incluida la Alta California, y finalmente su consolidación como república.

Pero los mexicanos celebran el 16 de septiembre como fiesta nacional, en recuerdo del primer acto por la independencia del país. Viajando y conociendo un poco de la historia de los países latinoamericanos, me ha resultado siempre curioso cómo figuras aparentemente mediocres del siglo XIX se ganaron sin saberlo una fama reverencial que puede durar siglos. En Colombia, en Cuba, también en la España guerrillera que se rebeló contra las tropas de Napoleón, aparecieron hombres que tomaron cierta iniciativa política o con las armas, que a veces emplearon una violencia indiscriminada, o que simplemente se defendieron de agresiones de otros, pero que sin quererlo se convirtieron después en mártires, en héroes nacionales a los que se les rinde un culto casi religioso. Son nuestros héroes de la patria, el motivo de toda la pintura posromántica del XIX y la justificación de los castizos libros de Historia del siglo XX.

La historia de Miguel Hidalgo no difiere demasiado de la de cualquier cura guerrillero español de la guerra contra los franceses. Ni siquiera se distingue en el hecho de que muchas de las acciones que se le atribuyen no están siquiera documentadas. La leyenda lo presenta convocando a los habitantes de los pueblos vecinos de Dolores, en Guanajuato, incluidos los indígenas, para levantarse en armas contra el virrey. Lo imaginamos encaramado a un balcón o a la torre de la iglesia, voceando a la plaza adonde sigue congregándose gente, dando vivas y mueras, y después enarbolando la bandera de la Virgen de Guadalupe y corriendo hacia las armas. Apenas un año después, después de algunas batallas contra los españoles y disputas contra los suyos, fue capturado por los primeros, y ajusticiado en Chihuahua.

Estos días acabé el libro de Laura Esquivel Malinche, que repasa de una forma ciertamente edulcorada las vivencias conjuntas de Hernán Cortés y Malinalli, la Malinche. El dominio español en México empezó en 1521, cuando Cortés conquistó la capital del imperio azteca, Tenochtitlán, gracias a sus estrategias negociadoras y a altas dosis de violencia extrema. Ni la Malinche ni Hernán Cortés son tampoco personajes aislados de sus circunstancias históricas, pero la gente en general necesita que la Historia con mayúsculas le proporcione mitos, buenos y malos como los de cualquier historia corriente. Hoy Hernán Cortés es también un héroe para los españoles.

Celebramos el día de México con un amigo mexicano que acaba de volver de la locura de Las Vegas, con una conversación tranquila en un restaurante japonés. Sushi y una cerveza japonesa muy suave, Asahi, mientras tras la cristalera las palmeras del fondo se van fundiendo con el cielo recién atardecido. En el restaurante retransmiten por varias televisiones silenciadas el partido de béisbol en el que los San Diego Padres están ganando a los Arizona Diamondbacks.


Entonces, entre México y Japón, me acuerdo de una verdadera historia de héroes que leí por la tarde. Por primera vez en setenta años ha participado en el desfile militar oficial un grupo de veteranos mexicanos de la segunda guerra mundial. 300 soldados mexicanos del escuadrón 201 fueron a luchar a las Filipinas contra los japoneses en 1944, después de que la Alemania nazi hundiera seis barcos de bandera mexicana. A su regreso, los sobrevivientes fueron héroes efímeros, de los que nadie más se acordó en décadas. Quedan vivos 16 de aquellos soldados, la mayoría por encima de 90 años, y a pesar de los achaques han conseguido desfilar en la ceremonia oficial, con el uniforme de la época, y ser homenajeados. Un día fueron muchachos de un país neutral que se perdieron voluntariamente en unas selvas tropicales, con fusiles al hombro, para defender la idea de la libertad.