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jueves, 19 de mayo de 2016

Tren a San Antonio: por los desiertos de Texas

Viajar en tren por un país extranjero es siempre una pequeña aventura. Atravesar casi de punta a punta el estado de Texas, en el piso alto de un vagón de Amtrak, durante 13 horas, sin duda lo fue. Hay un hueco muy grande en el centro de Estados Unidos por donde no cruzan las vías del tren, anchas extensiones de desierto, pero desde el siglo XIX los rincones más lejanos del país están conectados por ferrocarril. Son los mismos legendarios trayectos en tren que siguen funcionando hoy en día. Yo me subí a un tramo del tren que atraviesa casi todo el sur desde Los Ángeles a Nueva Orleans.

La estación de El Paso es un edificio coqueto de ladrillo rojo, con una torre acabada en un pico negro, que parece más una iglesia de pueblo o un seminario. Está al lado de la autopista y el río que marcan la frontera con México. Desde la puerta de atrás se ve la valla y la actividad nerviosa de las calles de Ciudad Juárez. El tren es un bicho imponente, de dos pisos de altura, con vagones sin fin. Desde aquí sale un solo tren al día para el este, de modo que hay cientos de viajeros esperando en la nave fresca de la estación.

Entre los que esperamos a que abran la valla para saltar al andén hay algunas familias, pero sobre todo hay viajeros solitarios. Hay un sacerdote católico de traje negro bien cortado, pelo blanco, gafas redondas y un sombrero de teja. Me parece que va a subir al tren de otro siglo: lo miro con cierta ternura porque me recuerda al padre Brown de Chesterton. A su lado cruzan dos parejas de menonitas o amish: muy mayores, la piel muy blanca, muy pulcros en sus trajes del siglo XIX, los hombres con camisas verdes y chalecos negros, sombreros de paja, barbas grises muy largas; las mujeres con vestidos anchos azul oscuro y velos blancos que les cubren las cabezas. Los llevan hasta su puerta en un carrito eléctrico: hacen un conjunto de gente muy desvalida. Cuando cruzamos la valla una señora le pregunta a otra, en español, si su trayecto es muy largo, con la misma naturalidad que si hablaran de viajes en un tren de cercanías: "Yo me bajo en Houston". "Ah, yo voy un poquito más allá: me esperan en Chicago".

Saliendo de El Paso hay barrios pobres y después ranchos y algunos regadíos y muy poco después llanuras de desierto con matas de colores apagados por donde pastan los toros o los caballos, y de vez en cuando una veleta en medio de la nada. Las montañas del fondo van siguiendo de cerca el curso del Río Grande, la frontera. Unas horas después nos detenemos en Alpine, un pueblo pequeño y aislado: una voz con cierta gracia dice por los altavoces que tenemos quince minutos para fumar: Smoke Stop, y después no pararemos en muchas horas. Al pasar cerca de Marfa, la misma voz graciosa cuenta con interés que aquel pueblo es famoso por las películas que se rodaron en sus calles: Gigante, con James Dean, en los años 50, o No es país para viejos, con Javier Bardem, más recientemente.

Por los pasillos cruzan hombres con sombreros tejanos y bigotes poblados, algunos llevan unas cervezas a su asiento. Las puertas se abren con gran estrépito, y en el hueco entre los vagones la superficie tiembla, como en los trenes antiguos. Paseo por los dos pisos, por los vagones de tertulia con asientos enfrentados a los cristales grandes que multiplican la amplitud del paisaje, por los vagones de comedor. Los amish están cenando en silencio, con los sombreros y velos puestos, el sacerdote bebe vino y come postre con una pareja anciana.

El revisor, que es un hombre negro con rastas recogidas en un bulto grande, pasa comprobando que están pilladas sobre los asientos las etiquetas que nos dieron al subir, donde escribieron con letras grandes el destino de cada viajero: no piden el billete, sólo comprueban que está el papelito arriba. Los asientos son tan amplios, que aunque me tienda y estire los pies no alcanzo a dar al asiento de delante. Antes de que atardezca muchos viajeros se recuestan, se arropan, se duermen.

Se pone el sol mientras atravesamos horas y horas de desierto. Durante mucho tiempo se puede ver la cordillera que avanza con la frontera, en la claridad de la tormenta eléctrica. Nunca he visto relámpagos tan seguidos: cada dos o tres segundos el cielo se ilumina contra las montañas, y blanquea la llanura vacía. Aparece una carretera paralela a la vía del tren, una carretera recta por la que cruzan de vez en cuando esos camiones de morro grande que se ven en las películas. Se empiezan a oír ronquidos a lo largo del vagón.

Hacemos una segunda y última parada en Del Río, otra ciudad de frontera, pero ya nadie se baja del tren. Trece horas después de habernos subido en El Paso, el tren llega a San Antonio. Los revisores pasan diez minutos antes despertándonos. Aún no se ha hecho de día: en la estación esperamos las maletas mientras la televisión habla de un hombre que pasó disparando a gente al azar desde su coche, de Donald Trump haciendo el payaso, de la muerte repentina de una leyenda de la música tejana que se llama Emilio Navaira. El hombre del tiempo es un tipo gracioso y desenvuelto que aparece cada tres minutos, para decir siempre lo mismo.

El centro de San Antonio es pequeño, manejable. La ciudad está envuelta en una neblina densa que casi toca la superficie. Los edificios altos apenas se intuyen, las banderas de Texas tiemblan como dentro de una nube. Me encuentro en seguida el paseo del río, corredores tempraneros, desocupados junto a la estación de autobuses. Localizo enseguida un lugar mexicano, Blanco Café, donde las meseras sirven amablemente café de olla sin parar, donde todos los clientes conversan en español, donde acaba mi noche de tren con la contundencia de unos huevos rancheros, para salir a descubrir San Antonio.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Saliendo de Ciudad Juárez

Cuando Texas se independizó de México en 1836, la ciudad de El Paso del Norte quedó dividida en dos. Unos años después, siendo Texas ya parte de los Estados Unidos, la frontera se fijó definitivamente en el Río Grande. A la parte mexicana le cambiaron el nombre en 1888, para honrar a un héroe patrio, el gran presidente reformista, y la llamaron Ciudad Juárez.

La ciudad es tristemente conocida por ser una de las más violentas del planeta. En los últimos veinte años han aparecido muertas y torturadas cientos de mujeres, y hay varios miles de desaparecidas, sin que la justicia llegue a esclarecer los casos. En el año 2010, en plena guerra por el control del narcotráfico en la ciudad entre los carteles de Sinaloa y de Juárez, hubo más de 3000 asesinatos. Y aunque desde entonces las muertes han descendido radicalmente, los índices de violencia en la ciudad siguen siendo intolerables.

De los dos millones y medio de habitantes que tiene el área metropolitana que forman las dos ciudades a ambos lados de la frontera, Juárez tiene la mayor parte, dos millones. Y su economía vive de las maquiladoras, las fábricas a bajo costo que funcionan cerca de la frontera y envían mercancías hacia el norte sin parar. De noche, desde el lado gringo, desde la colina elevada de Scenic Drive, se ve un inacabable mar de luces amarillas, y la frontera es imperceptible. En medio de la llanura iluminada se destaca un monumento extraño: una gigantesca X roja. Al parecer, se trata de la única parte acabada de un proyecto de colocar las letras de México a lo largo de toda la frontera. Desde la plaza de la X, en la misma línea, ofició el papa Francisco una misa hace tres meses, además de hablar de forma valiente de la tragedia de aquellos a quienes la pobreza y la violencia obligan a emigrar.

Hay cinco puentes para cruzar la frontera. Algunos son libres, en otros hay que pagar unos centavos para cruzar, en una maquinita con ranuras que no devuelve cambio. Cruzamos caminando por el puente Santa Fe, sobre una curva del río, que a lo largo de la ciudad no es más que un flujo tranquilo de agua canalizada. La misma calle ha pasado de ser El Paso Street a llamarse Avenida Benito Juárez. Aunque los barrios fronterizos del lado norte son barrios de apariencia degradada, al otro lado del río se nota un cambio brusco.

Hay algunos vendedores de comidas, autobuses que pasan levantando el polvo de la calle rota, gente con bolsas hacia todos lados, pero nada que ver con el ambiente de bazar turco de la frontera en Tijuana. En casi todo lo demás, sí se le parece: solares con hierbas secas, aceras levantadas, puestos de bebidas o de cigarros o de tamales en las esquinas, casas de cambio, tráfico desordenado de bicicletas y coches. Donde acaban las construcciones hay un cerro seco con un mensaje en mayúsculas visible desde los dos países: La Biblia es la verdad, Léela.

En la calle Juárez había antes del estallido de la violencia muchos bares, adonde venían cada día gentes del otro lado, buscando precios fáciles, escapando de la prohibición de beber hasta los 21. En una de las calles que cruza está la plaza de toros: todavía cuelgan los carteles de hace un mes en los que estaban anunciados Talavante y Pablo Hermoso de Mendoza. En la ancha pared trasera de un edificio hay un dibujo colorido del cantante Juan Gabriel.

El Bar Kentucky, el lugar donde se inventó el cóctel margarita, tiene cristaleras sobre la acera y está lleno de gringos. Frente al local, un monje joven, con sotana marrón y cíngulo, en chanclas, conversa con una mujer que atiende un carrito de helados. Un hombre con sombrero ancho pasea en coche de caballos a unos turistas. En el cruce con la calle 16 de Septiembre aparece de golpe un gentío colorido y ruidoso. Alguna gente se agolpa en círculos para ver espectáculos callejeros: showmen con micrófonos y altavoces, niños exhibiendo sus bicicletas precarias. La motocicleta de un vendedor de pizzas cruza rápida por el espacio abierto en la calle peatonal, pisando los cables, sin atropellar a nadie.

Es domingo a mediodía, es la hora de la misa. La catedral de Juárez es una nave con dos torres, y tiene tantos estilos que parece hecha con remiendos. Está llena de gente, y el interior, con techos y paredes de madera, con santos diminutos, parece un salón de actos. Antes de dar la bendición, el sacerdote dice que debe hacer dos anuncios: uno es el horario de una celebración eucarística en el lugar donde el Santo Padre ofició su misa; el otro es un recordatorio de comprar el semanario de la diócesis: "No a la legalización de la marihuana". Mientras lee los titulares, un monaguillo hace de atril sosteniendo con la cabeza un libro voluminoso.

En una de las puertas laterales, un hombre está vendiendo los periódicos, que efectivamente titulan contra la legalización. Otro, un indígena muy moreno, vestido de blanco y cintas de colores, toca el violín. Junto a la catedral hay un pequeño templo, que es la reconstrucción de la misión de Guadalupe, una más en el largo Camino Real de Tierra Adentro, y una estatua de Fray García de San Francisco, el fraile español que fundó la ciudad de El Paso. Hay muchos agentes de policía por la calle, y junto a los edificios públicos. Puede ser algo normal, pero también puede ser que las medidas de seguridad hayan aumentado en las últimas semanas: está en la ciudad el Chapo Guzmán, el sanguinario jefe del cartel de Sinaloa y uno de los principales responsables de los crímenes en Juárez. Espera en una cárcel de la ciudad su próxima extradición a los Estados Unidos.

Detrás de la catedral, entre un bullicio de gente que viene y va, está el mercado. Una nave cerrada de pasillos estrechos, con centros de flores y comidas, con remedios y ropas, con un altarcito de la Virgen de Guadalupe en el medio. Hay muchos puestos de estatuillas religiosas. Algunas son más altas de un metro, y la mayor parte son de una figura que desconcierta más que asusta, una calavera vestida con túnica, con una bola del mundo y una guadaña: la Santa Muerte.

Comemos en La Nueva Central, un local enorme en plena calle 16 de Septiembre. Hay muchas camareras sirviendo, y la mayoría de bastante edad. El lugar está lleno hasta los topes, sobre todo de familias con niños. Muchos hombres están sentados comiendo con el sombrero tejano. Entre el ruido de las conversaciones se cuela también el del espectáculo de la calle. Hay tanto colorido y tanta jovialidad en el ambiente, que parece mentira que estemos en una de las ciudades más violentas del mundo. Comemos unas excelentes enchiladas suizas, y me alivio del picante con sorbos rápidos de limonada con agua mineral.

Siguiendo la calle está el Museo de la Revolución. Ciudad Juárez fue varias veces sede de gobiernos provisionales de México. En esta ciudad se refugió dos veces el gobierno de Benito Juárez cuando la invasión francesa. También desde aquí tomó el poder Francisco Madero, cuando la Revolución consiguió echar al dictador Porfirio Díaz en 1911. Pancho Villa y su gente se movieron entre Ciudad Juárez y El Paso por aquellos días. El museo exhibe muchos objetos personales y fotografías de los protagonistas de la Revolución, que fue uno de los primeros hechos históricos a los que acudieron fotógrafos profesionales de todos los países, para contarla al mundo casi en directo.

A la vuelta, El Paso parece más aburrido, con menos color. No hay ni por asomo la vitalidad del otro lado, en sus calles ordenadas y rectas, en la limpieza de su centro urbano. En la terraza del hotel Índigo, junto al rumor de la fuente, vemos un hermoso y cálido atardecer. A la altura del tercer gin tonic Hendrick's, la conversación en un inglés demasiado rápido deriva en los recelos de muchos demócratas hacia Hillary Clinton, y las románticas aspiraciones de Bernie Sanders. A este lado se piensa en otras cosas, y Juárez se va diluyendo en la memoria a la misma velocidad que el hielo.