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domingo, 7 de agosto de 2016

En el Camino, día 10: Santo Domingo de la Calzada-Tosantos

Al salir de Santo Domingo de la Calzada hay una cuesta abrupta que lleva a Grañón, y después una señal que nos indica que cambiamos de provincia y de comunidad: en adelante, Burgos. Atravesamos pueblecitos pequeños y apagados: Redecilla del Camino, Castildelgado, Viloria de Rioja, Villamayor del Río. Casas pardas y envejecidas, fuentes solitarias. Un edificio de piedra al que sólo le queda el arco de medio punto, su perfil redondeado contra el cielo cuajado de nubes. Campos de patatas sobre los que blanquea la flor, el destello de los girasoles, iglesias y más iglesias. Paramos un rato en cada una, nos refugiamos en el silencio cómplice, meditamos. El Camino muchos ratos es un torrente de palabras que golpea en todas direcciones, en muchos idiomas, con muchas vertientes de historias desordenadas de muchos lugares del mundo. Las pequeñas iglesias románicas con olor a cera son entonces un agradable refugio de silencio y paz.

En Belorado se preparan también para las fiestas, hay mucha gente por las calles, en la plaza en sombra, muchachos vestidos con trajes tradicionales. En lo alto del pueblo hay una iglesia de nave ancha y luminosa, con las puertas abiertas de par en par. La otra iglesia, la del centro del pueblo, alberga una exposición con documentos originales de la historia del pueblo. Privilegios otorgados a Belorado por Fernando III el Santo, por Alfonso X el Sabio, por Alfonso XI, textos en pergamino conservados desde el siglo XII. Saliendo de Belorado, después de cruzar el río, por un camino ardiente tenemos un encuentro prodigioso. Bajo la sombra de unos árboles, en un banco descansan dos hombres ancianos. Muy parecidos, muy delgados, con bigotes largos. Con un equipaje muy ligero, con un ritmo lento y seguro, como las dolencias que arrastran, vienen haciendo el camino desde Castellón. Uno de ellos es manchego aunque nació en Cuba, y se ha pasado allí media vida. Cogemos avellanas verdes por el camino, mientras nos hablan de Cuba, de Francia, de Polonia, de la intemperie. En Tosantos visitamos una capilla excavada en la roca, sobre la que se ven agujeros que eran refugio y vivienda de los eremitas. Tras la cena comunitaria en el albergue parroquial, viene la reflexión colectiva y la lectura multilingüe de los caminos que nos traen hasta aquí. Hay guitarras italianas y voces oscuras que cantan blues junto a la puerta cuando el sol se está poniendo.


martes, 24 de mayo de 2016

Me siento en casa en América: Antigua Guatemala

"Me siento en casa en América, / en Antigua quisiera morir", canta Enrique Bunbury en El extranjero. Antigua no es un sitio de retiro, porque el turismo ha llegado en masa, pero es uno de los lugares con más encanto del continente americano. Antigua Guatemala se llama oficialmente Santiago de los Caballeros de Guatemala, que es el nombre que le pusieron los españoles a mediados del siglo XVI, cuando la construyeron para ser la Capitanía General de Guatemala, que llegaba desde Chiapas a Nicaragua. Pero eso poco importa, pues por Antigua la conoce todo el mundo.



Hoy es una ciudad pequeña, de poco más de 40.000 habitantes, capital del departamento de Sacatepéquez, y a sólo veinte minutos por autovía de la capital del país, Guatemala. También es una ciudad Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. La historia de la ciudad es tan desgraciada que, antes de ser conocida como Antigua Guatemala, se la llamó también "arruinada Guatemala". Fue devastada por tres terremotos en el siglo XVII, y por otros tres aún más fuertes durante el XVIII, hasta que los españoles decidieron trasladar todas las instituciones civiles y eclesiásticas a la Nueva Guatemala. Después de eso, sufrió más terremotos en los dos siglos siguientes, el último en 1976. Y es que la ciudad está encajada en una pequeña planicie entre volcanes.

También está rodeada de bosques: todo es verde alrededor. A sólo veinte minutos caminando desde el centro de la ciudad, en dirección hacia el norte, hay un colina desde donde se divisa la ciudad entera: el Cerro de la Cruz. El camino está bien arreglado, es fresco y agradable. Los turistas suben para divisar desde lo alto el plano perfecto de la ciudad. Como tantas ciudades coloniales de la América española, Antigua es un conjunto de cuadrículas ordenadas. Desde arriba se aprecian las casas de colores suaves y variados: azules, cremas, amarillos, ocres, rojos. También se distinguen sin problema los lugares más emblemáticos de la ciudad: el Parque Central, el Arco de Santa Catalina, las innumerables iglesias, las que están en pie y las que siguen medio derruidas.

Antigua es un lugar colorido, vistoso, alegre. Como en otras ciudades cubanas, mexicanas o colombianas, uno tiene la sensación de estar en casa. Y casa no es sólo España, sino aquello que tras siglos de idas y venidas seguimos compartiendo hispanos de ambos lados del océano. Las calles son todas de piedra, y por ellas hay un trasiego continuo y un poco alocado de tuk-tuks rojos, de coches, de carros tirados por caballos. La ciudad huele a gasolina quemada.

El Parque Central bulle de gente. Mujeres y muchachas con trajes tradicionales, también repletos de colores, venden frutas tropicales y collares y de todo lo imaginable. Muchas cargan sus pertenencias en cestos que se ajustan sobre la cabeza. Hay hombres de tertulia en los bancos, niños corriendo y jugando, jóvenes en bicicleta, turistas que compran y fotografían. De los soportales de la plaza sale un rico olor a café.

En el balcón del ayuntamiento hay una pareja de novios haciéndose fotos, con el parque y las paredes blancas de la catedral de fondo, y las ruinas del claustro y los montes verdes que están justo detrás. A un lado está el palacio donde se alojó el poder político español. En la esquina de abajo un hombre sale de una furgoneta cargando al hombro una bolsa, y va corriendo hasta la puerta del banco, escoltado por otros dos hombres con chaleco antibalas y fusil en ristre, que corren también. Seguimos en Centroamérica.

Una esquina más allá está la Antigua Universidad de San Carlos, "Fundada en 1675. De aquí irradió la cultura a todo el Reyno de Goathemala", según reza una placa en la pared, bajo los escudos de armas de Castilla. Junto al elegante Arco de Santa Catalina, amarillo y señorial, cruzan varios militares armados. La noche antes la plaza y la iglesia que están al otro lado del arco bullían de gente, en un mercadillo alegre de olores y luces. En unos puestos de artesanías junto a la iglesia suena Nino Bravo; en otro convento la señora que custodia la entrada está bordando mientras escucha a Miguel Bosé, y me quiere convencer de no sé qué milagros de un sacerdote canario.

En Antigua uno también tiene la sensación de estar en una burbuja, como en cualquier ciudad muy turística. Aunque con edificios bien adecuados al entorno, en Antigua están presentes todas las compañías de comida rápida norteamericanas. Suena la misma música en inglés que escuchaba hace unas semanas en Estados Unidos. Pero hay un aire diferente: el McDonalds es un edificio rojo pálido con un enorme parque interior, con las mesas entre los jardines, un lugar elegante.

Pero entre todas las iglesias barrocas, entre todas las arcadas coloreadas, todas las fuentes, todas las iglesias demolidas como en grabados románticos, todos los rincones con encanto, mi favorito es un edificio que ocupa una manzana entera, muy cerca del parque central. La mitad de lo que fue un convento jesuita aún está derruida, y en la fachada una vieja placa casi ilegible recuerda a un hombre con honor del siglo XVI y con valentía política muy moderna, que murió en esta ciudad: "Aquí estuvo ubicada la casa donde vivió y escribió el célebre soldado, historiador, héroe de la conquista de México y Guatemala, Bernal Díaz del Castillo, autor de La verdadera historia de la conquista de la Nueva España".

La otra parte del edificio fue restaurada en años pasados por el gobierno de España, y pertenece a la embajada española. Hay un hermoso patio con cafetería, hay claustros embellecidos del antiguo convento, y una biblioteca bien concurrida. La conserje está escuchando a su hija, que acaba de volver del colegio y le está contando cómo era el examen de matemáticas. En la sala alta están impartiendo un taller sobre salud y compra de medicamentos en Latinoamérica. Los arcos son preciosos, unos de piedra, otros de madera, y en cada hueco asoma una maceta con geranios. Miro abajo y me quedo pensando: éste es un edificio útil y hermoso, en el que se invirtió un dinero para ayudar al desarrollo de una ciudad que despierta al turismo, de un país que despertará al progreso, en un lugar tan pleno de historia nuestra y compartida: qué bien hacemos las cosas cuando las hacemos bien.

Paro a comer en un sitio local: pepián con pollo. El pepián es la salsa hecha con semillas de sésamo, que está deliciosa, y lleva entre el caldo un fruto dulce que se llama huisquil, y que no aclaramos qué es. Bebo un jugo de rosa de jamaica. Y después por la calle le compro unos tajos de mango a una muchacha hermosa con traje indígena, que escucha a Julio Iglesias: "¿Le pongo pepitoria?". Le pregunto qué lleva. "Pues está hecha con semilla de ayote". "Ah, pues entonces sí". Nos separa el mismo el idioma. Pero cómo no sentirse en casa en América, en este lugar para morir que es la Antigua Guatemala.


jueves, 28 de abril de 2016

De béisbol y películas americanas

Como ciudadanos periféricos del imperio, nunca podremos entender del todo cómo piensan los que nacieron y se criaron dentro de las fronteras imperiales. Podemos convivir con ellos, hablar y discutir en su idioma y en el nuestro, compartir espacios, trabajo, viajes, colchón, pero siempre seguiremos viéndolos como cosa rara, siempre cuestionando sus costumbres, sus absurdos comportamientos, su nulo sentido de las cosas verdaderamente importantes de la vida. De la misma forma en que ellos, a pesar de todo, siempre nos mirarán como a esas pobres criaturas desposeídas de la gracia de ser el centro del mundo, de pertenecer a la comunidad más próspera del planeta, de todas las épocas. Pensarán siempre en nosotros, que somos el resto del mundo, como esos seres que nacieron lejos y vivirán siempre envidiosos de los privilegios del imperio. Un macedonio puede llegar a Roma y creerse ciudadano romano, puede emular las costumbres romanas, puede imitar un acento latino culto, respetar las liturgias romanas. Pero íntimamente sabrá siempre que no es romano, que pertenece, lo quiera o no, a una cultura más refinada, a unos valores que trascienden la mediocridad romana, y que no hay explicación al hecho de que los romanos están locos.

Pero algo tienen las capitales del imperio que nos atraen y nos fascinan, a aquellos que nos atrevimos a cruzar las fronteras y a aquellos que observan las novedades del imperio retransmitidas en pantallas de diversos tamaños. Como ya me estoy yendo, siento por momentos las mismas sensaciones de cuando estaba recién llegado. La más persistente de esas sensaciones, y la más común a todos los que andan y han andado por los Estados Unidos, es la de estar presenciando una película todo el rato. Una mala película, para ser más concreto, una película inocente y banal, de esas que siguen transmitiendo las televisiones privadas en España en las sobremesas de los sábados y los domingos. Esas películas que casi nadie recordará haber visto jamás enteras, ni haber entendido por qué de una simpleza tal se ha podido mover a un equipo, escribir un guión, contratar actores y cámaras, y finalmente distribuirla por el mundo con el objetivo de mostrar las costumbres más zafias o anodinas de la vida americana. La película en la que el padre divorciado recoge al hijo y se lo lleva al béisbol o al fútbol americano, le pone la gorra del revés y lo trata como a un hermano pequeño, y en las gradas pone cara triste y conoce a otra madre separada que va con su crío con la misma gorra al revés, y lo invita a un helado o unas palomitas, y beben algún líquido insano en vaso grande.

Otras veces uno tiene la sensación no ya de estar presenciando una de esas películas, sino de estar viviendo dentro de la película. Ir conduciendo por una calle muy ancha, aceras de bloques de pavimento, con rectángulos de césped, con palmeras, con patios delanteros con columpios, y llegar a un semáforo y tener delante una camioneta muy alta, con pegatinas patrióticas o religiosas. Pasear un domingo junto a un parque y ver grupos de gente saliendo de las iglesias, que apenas se diferencian del resto de las casas, tomando tés y dulces en unas mesas sobre la hierba. Ver una fila de coches, con familias enteras dentro, en el autoservicio de un Starbucks o de una pizzería, o sacando dinero o echando una carta desde la ventanilla. Pasar de noche al interior muy iluminado de un restaurante de comida rápida, y ver a las familias tiradas en los sillones de escay, padre e hijo sin quitarse la gorra, engullendo golosamente. Asomarse a un bar de un pueblo perdido y ver con naturalidad la escena de la camarera rubia y con arrugas fregando los vasos, varios hombres con sombrero vaquero jugando al billar, banderas de Estados Unidos colgando del techo, alguien que se levanta a poner unos billetes en la jukebox.

Las señales con alerta de tsunami, los enormes tubos horizontales de los semáforos suspendidos sobre los coches, las bocas de riego amarillas o rojas sobre las aceras, las panorámicas de carreteras de ocho o diez carriles por las que circulan camiones con morro largo, las casas bajas de madera, con escaleras en la entrada y flores en el patio, los grupos de buzones sostenidos por postes junto a una carretera secundaria, la bandera de barras y estrellas ondeando en una casa sí y otra no, los autobuses escolares amarillos con letras negras. Hay tantos detalles que saltan a la vista y que uno reconoce de inmediato, aunque sólo los haya visto en la pantalla. Pero con el paso de los meses empiezan a formar parte de la cotidianidad, uno los va absorbiendo hasta tomarlos por algo natural, por una parte del paisaje. Hasta que uno se ve rodeado a la vez por tantas escenas de película americana de sobremesa, que vuelve a ser consciente de que no es de aquí, y llega de nuevo a sospechar que las cámaras están escondidas por algún lado.

El domingo pasado estuvimos en un partido de béisbol. El estadio de los San Diego Padres está en pleno Downtown, integrado en los edificios del centro de la ciudad, viejas cervecerías o restaurantes de ladrillo rojo que son la continuación de los graderíos, y un fondo de torres altas de oficinas. En un lado hay un parque con césped, donde las familias están echadas viendo el partido en una pantalla gigante, comiendo perritos calientes o hamburguesas y muchas patatas fritas en cajitas de cartón. Entramos por una puerta lateral y subiendo la primera escalera nos llega la nube de humo grasoso de las barbacoas. Hay gente asomada al pequeño rectángulo donde calientan los lanzadores. La vestimenta de los jugadores de béisbol ya es en sí muy de película mediocre: algunos con pantalones blancos muy anchos, otros con medias hasta las rodillas, la gorra que les da un aire infantil, el guante como una mano de extraterrestre.

El espectáculo en un campo de béisbol está sobre todo fuera del terreno de juego. Un campo de béisbol es un gran centro comercial con pasillos llenos de restaurantes de todas las categorías. Cualquier bazofia con salsa y queso fundido que uno haya visto en las películas está en todos los puestos. Alitas de pollo frito, salchichas, hamburguesas, burritos. Grandes vasos de bebidas carbonatadas de todos los colores, cervezas de todas las marcas, sucedáneos de café. En medio de los pasillos hay enormes surtidores de salsas, grifos de mostaza, kétchup, barbacoa y otras salsas inclasificables. Hay pantallas de televisión por todos lados, en los restaurantes, en todos los rincones. Mucha gente va al estadio para ver el partido desde la pantalla de un restaurante, y uno puede pasear por todos los pisos y pasillos sin perderse ninguna jugada. Algunos pasan a los restaurantes cerrados, y ven el partido desde sus balcones privados.

Entre la gente que pasea, con o sin uniforme de los Padres, están los personajes secundarios de las películas, con los que uno se cruza como si los conociera de toda la vida: el redneck de pelo blanco y perilla entrecana, con el vaso gigante de cerveza en la mano, la barriga redonda y firme, pantalones cortos, los calcetines blancos bien subidos; el padre mexicano con refrescos, moreno y gordo, que le habla en inglés a su hijo, también con piernas y cara gordezuelas, como de polinesio feliz; los repartidores de bolsas de palomitas caramelizadas y churros, uniformados como conserjes. En las gradas tenemos al lado al niño negro con gorra y un guante más grande que su cabeza. También el grupo de jóvenes asiáticos, americanos de tercera o cuarta generación, que siguen hablando bajito mientras miran atentos el juego. Detrás está la abuela blanca, que nos mira con gesto intrigado y sin disimulo, extrañada de nuestras voces españolas, como si no se correspondieran con nuestro aspecto. Hay mujeres rubias llevando las estadísticas del partido en una libreta, calculando sus apuestas, bebiendo latas de cerveza Budweiser de medio litro. Y unos niños gorditos suben las escaleras cargados con helados verticales que les chorrean por los lados.



Como en todo acontecimiento deportivo, al comienzo tocaron el himno de los Estados Unidos. Y en el séptimo juego la gente se levanta para escuchar con reverencia a una mujer vestida de marine cantar God Bless America. Es domingo de homenaje a los militares, y un grupo de soldados en manga corta ocupa una de las gradas superiores. Visten de marrón claro y desde lejos parecen berberechos colocados en una lata. De pronto empiezan a moverse, en un orden calculado, y salen por una de las puertas. Al rato vuelven a entrar y ordenadamente ocupan los asientos con una disposición distinta. Y así una vez y otra, todo el rato, como si no les estuviera permitido dejar de desfilar ni siquiera durante el partido.

En una de las pausas salta al campo la mascota del equipo, que no es otra cosa que un hombre disfrazado de sacerdote español: un muñeco gordinflón, con sotana y tonsura y boca muy abierta. Después salen las cheerleaders, que lanzan regalos a las gradas más próximas. Como el estadio está en medio del Downtown de San Diego, también vemos los coches que cruzan las calles, y hasta los vagones rojos del trolley que viene y va desde el centro a la bahía. De vez en cuando pasa por encima un avión, entre las gaviotas y palomas, y se escapa entre los edificios altos, camino del aeropuerto, que está también dentro de la ciudad, entre el Downtown y la bahía.
Y entre la algarabía de sonidos, músicas de tres segundos, aplausos, la retransmisión en directo que resuena en los altavoces que hay por todo el estadio, la pantalla gigante aprovecha las pausas para transmitir imágenes aleatorias de la gente que ocupa las gradas: igual que en las películas, llega el momento de enfocar a los novios que se besan, a los niños que alzan la mano saludando, a los que van disfrazados de algo, a los que se quitan la camiseta, a los que se parecen a algún famoso. También está la escena de la pelota que llega a las gradas, y empieza a caer de una a otra, hasta que alguien la coge y se la apropia y la alza como un trofeo. A todo esto, los Padres cometen demasiados fallos y los Sant Louis Cardinals ganan el partido por 5-8 y se llevan la serie. El béisbol es un juego que requiere mucha técnica, que tiene mucho de cálculo y, pese a las continuas pausas, puede resultar emocionante. Pero eso no sale en las películas: como mucho sale el golpe del bateador mulato, de nombre ruso y apellido español, probablemente cubano, que batea fuerte y consigue un home round, y se da el paseo por las bases tranquilo, entre aplausos del público dominguero.

El partido se acaba, pero la película sigue. En el fondo, los americanos deben pensar que su cine es demasiado realista, demasiado costumbrista. La extrañeza que nosotros experimentamos viendo estas cosas, con esa mezcla de compasión y vergüenza ajena que sentimos por ellos, debe de ser para ellos una prueba más de nuestra envidia de sus vidas, de su sociedad perfecta y medida. Pero algo tendrá el agua cuando la bendicen. Aquí hay un modelo económico insostenible, una sociedad contradictoria y a veces violenta, un modo de vida que prima la competitividad y el culto al éxito: pero desde los confines del imperio seguimos lo que hacen y dicen, nos embelesamos con sus historias, adoptamos sin sonrojo sus dietas saturadas de azúcares y grasas, sus espectáculos coloridos, sus ruidos de fondo. Nunca los entenderemos, incluso nos reiremos de ellos, pero hay algo que nos hace que estemos pendientes de sus vidas.

martes, 6 de octubre de 2015

Un tour gastronómico por la Bahía de San Francisco

Sin darnos cuenta, nuestros días en el norte se han convertido también en un tour gastronómico internacional. Descubrí, en el downtown de Berkeley, las costillas de cerdo a la barbacoa y el pollo frito al estilo de Luisiana, con su salsa caramelizada, su acompañamiento de judías verdes saladas, a la manera sureña. Pero también degustamos rica comida puertorriqueña en un local pequeño de Haight-Ashbury, el barrio hippie de San Francisco, donde probé por primera vez el pastelón, con judías pintas y arroz y plátano maduro frito, frente a una pared en la que colgaba, entre fotos de alegres familias isleñas, una reproducción grande del recorte de prensa, en el San Francisco Chronicle, del día de 1898 en que España perdió la guerra contra los Estados Unidos, y con la guerra sus últimas posesiones en el Caribe y el Pacífico.

         Un rato después, tras el necesario paseo por el comienzo del parque Golden Gate, después de un atardecer largo y colorido entre pinos gigantes y muchas cuadrillas de desharrapados sobre el césped, estamos en una cervecería alemana pidiendo unas pintas. Una cervecería realmente alemana, en la esquina de las calles Hayes y Laguna, con nombre de comedor social, Suppenküche, y con mucha gente rubia adentro. Entre los nombres alemanes de la cerveza y la pronunciación bárbara de los camareros, resulta difícil decicirse. En un rincón, en una barra marginal, mientras consulto la Getränkekarte, o carta de bebidas, me doy cuenta de que tengo delante varias velas de santos, de colores, cubiertas por recipientes verticales de plástico como vasos de cubata, esas velas que aún se guardan en algunas casas y a los pies de algunos altares de ermitas de pueblo. Y a tanto llega la fusión cultural, que entre San Antonio y la Virgen de Guadalupe encuentro una vela dedicada, en claro español, a La Santísima Muerte.

         De camino al metro, de las farolas cuelga la publicidad de un acto oficial de la ciudad de San Francisco, que se celebrará en Presidio, y junto al lema San Francisco Starts Here está, grande y orgulloso y anacrónico, el escudo del Reino de Castilla. Pasamos por delante del edificio del Ayuntamiento, dentro del cual están celebrando una boda de película de verano. Frente a la fachada principal está la estatua de Abraham Lincoln sentado, pero al otro extremo de la larguísima plaza arbolada, donde comienza el edificio de las Naciones Unidas, hay una estatua más grande, con placas en español, del Libertador Simón Bolívar a caballo.

En este edificio, frente al que paseamos en un noche tranquila y cálida, el Memorial de los Veteranos de la Guerra, está el Teatro Herbst, en cuyo escenario se firmó la carta fundacional de las Naciones Unidas, después de dos meses de reuniones en la primavera de 1945, lo que después se conoció como la Conferencia de San Francisco.

         Por la noche, en alguna buhardilla de algún local de copas refinado de Berkeley, descubro en la carta un mensaje cifrado del escritor francés André Gide que había estado esperándome: “Uno no descubre nuevas tierras sin estar dispuesto a perder de vista, por mucho tiempo, la orilla”.

         Pruebo por primera vez la comida indonesia, que me recuerda tanto a los pad thai tailandeses con los que sobrevivimos durante un mes por aquellas tierras tranquilas, con los mismos ingredientes, pero más dulce, más densa. Y esa noche o la siguiente damos vueltas por Oakland y acabamos pidiendo una pizza en un restaurante, Zachary’s, que es en realidad una cooperativa de trabajadores, y donde me entero de cómo es la pizza al estilo de Chicago, con la masa más gorda porque lleva la carne dentro.

         También en Oakland hay una taberna irlandesa donde cocinan buenas hamburguesas, imposibles de manejar sin cuchillo y tenedor. Rodeada de locales y librerías anarquistas, y centros culturales chicanos, The Starry Plough, es un pub con escenario para conciertos y con mucha política dentro. El nombre, “el arado estrellado”, hace referencia a la vieja bandera nacionalista irlandesa, inspirada en la constelación de la Osa Mayor. Chocamos las pintas, degusto con verdadero placer una Smitwick’s, auténtica cerveza negra irlandesa, pero me aburro cuando trato de leer el discurso de James Connolly enmarcado en la pared. Por los techos cuelgan imágenes y banderas de Irlanda, del condado de Mayo, pero también del Che Guevara, de César Chávez, pancartas contra viejas guerras en Centroamérica.

         Cerca de allí, caminamos otra tarde buscando libros y me hablan de la guerra civil española, del anarquismo catalán de entonces. Comiendo guisado de cordero con patatas y menta, al estilo birmano, y arroz hervido en leche de coco, la asociación de ideas me trae a George Orwell, que tiene una plaza en Barcelona, que anduvo por allá en los días de la guerra para contársela al mundo, pero que además de su Homage to Catalonia también escribió un diario de su estancia en Birmania: The Burmese Days.

         Una tarde blanca de lluvia perezosa comemos en un restaurante cubano del centro de Oakland, La Caña, pero por encima de la comida me guardo el recuerdo del verdadero café con leche, caliente y familiar contra la tarde mustia del otoño que viene. Y para completar el día caribeño, cenamos en un puertorriqueño de San Rafael, al norte de la Bahía de San Francisco, al otro lado del ultrafamoso puente Golden Gate. Vemos una exposición que recoge la vida y obra, la amistad y admiración mutua de Walt Disney y Salvador Dalí, que también vivió por aquí, y mientras conduzco por el puente rojo el sol se pone a la izquierda y parece que atravesamos los rayos dorados, cortados por los tirantes del puente, hacia el final de una película épica.

         Al otro lado del puente, arroz con pollo puertorriqueño, plátano maduro frito, aguacate, y de postre tembleque, que es un flan dulce de coco. El vino tinto de después, en aquella terraza amplia junto al fuego, cambiando de un idioma a otro bajo la luna menguante, me hace confirmarme en mi idea de que San Francisco es el mundo entero concentrado, un mundo al que puede darse la vuelta en unos pocos días, saltando de plato en plato, de cocina en cocina.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

¡Viva México, cabrones!

Hoy fue el día nacional de México. A este lado de la frontera apenas se nota, casi nadie lo menciona, pero el 16 de septiembre es el día grande en que los mexicanos celebran su independencia. Su independencia de España, claro, cuya lucha, según la historiografía oficial, comenzó en la mañana del 16 de septiembre de 1810, cuando un cura criollo, Miguel Hidalgo y Costilla, convocó a sus vecinos a las armas y lanzó su famoso grito desde la parroquia del municipio de Dolores.

         En realidad México se independizó de España en 1821, después de años de guerra y acciones crueles por ambos bandos. Los rebeldes de Nueva España, que así se llamaba el inmenso territorio español en Norteamérica, vencieron a las tropas de la metrópoli, y el virreinato capituló. Después vino un intento de monarquía local, la secesión de las provincias de Centroamérica, la constitución de los Estados Unidos de México, la separación de Texas, la guerra contra los Estados Unidos de América, que les arrebataron la mitad de su territorio, incluida la Alta California, y finalmente su consolidación como república.

Pero los mexicanos celebran el 16 de septiembre como fiesta nacional, en recuerdo del primer acto por la independencia del país. Viajando y conociendo un poco de la historia de los países latinoamericanos, me ha resultado siempre curioso cómo figuras aparentemente mediocres del siglo XIX se ganaron sin saberlo una fama reverencial que puede durar siglos. En Colombia, en Cuba, también en la España guerrillera que se rebeló contra las tropas de Napoleón, aparecieron hombres que tomaron cierta iniciativa política o con las armas, que a veces emplearon una violencia indiscriminada, o que simplemente se defendieron de agresiones de otros, pero que sin quererlo se convirtieron después en mártires, en héroes nacionales a los que se les rinde un culto casi religioso. Son nuestros héroes de la patria, el motivo de toda la pintura posromántica del XIX y la justificación de los castizos libros de Historia del siglo XX.

La historia de Miguel Hidalgo no difiere demasiado de la de cualquier cura guerrillero español de la guerra contra los franceses. Ni siquiera se distingue en el hecho de que muchas de las acciones que se le atribuyen no están siquiera documentadas. La leyenda lo presenta convocando a los habitantes de los pueblos vecinos de Dolores, en Guanajuato, incluidos los indígenas, para levantarse en armas contra el virrey. Lo imaginamos encaramado a un balcón o a la torre de la iglesia, voceando a la plaza adonde sigue congregándose gente, dando vivas y mueras, y después enarbolando la bandera de la Virgen de Guadalupe y corriendo hacia las armas. Apenas un año después, después de algunas batallas contra los españoles y disputas contra los suyos, fue capturado por los primeros, y ajusticiado en Chihuahua.

Estos días acabé el libro de Laura Esquivel Malinche, que repasa de una forma ciertamente edulcorada las vivencias conjuntas de Hernán Cortés y Malinalli, la Malinche. El dominio español en México empezó en 1521, cuando Cortés conquistó la capital del imperio azteca, Tenochtitlán, gracias a sus estrategias negociadoras y a altas dosis de violencia extrema. Ni la Malinche ni Hernán Cortés son tampoco personajes aislados de sus circunstancias históricas, pero la gente en general necesita que la Historia con mayúsculas le proporcione mitos, buenos y malos como los de cualquier historia corriente. Hoy Hernán Cortés es también un héroe para los españoles.

Celebramos el día de México con un amigo mexicano que acaba de volver de la locura de Las Vegas, con una conversación tranquila en un restaurante japonés. Sushi y una cerveza japonesa muy suave, Asahi, mientras tras la cristalera las palmeras del fondo se van fundiendo con el cielo recién atardecido. En el restaurante retransmiten por varias televisiones silenciadas el partido de béisbol en el que los San Diego Padres están ganando a los Arizona Diamondbacks.


Entonces, entre México y Japón, me acuerdo de una verdadera historia de héroes que leí por la tarde. Por primera vez en setenta años ha participado en el desfile militar oficial un grupo de veteranos mexicanos de la segunda guerra mundial. 300 soldados mexicanos del escuadrón 201 fueron a luchar a las Filipinas contra los japoneses en 1944, después de que la Alemania nazi hundiera seis barcos de bandera mexicana. A su regreso, los sobrevivientes fueron héroes efímeros, de los que nadie más se acordó en décadas. Quedan vivos 16 de aquellos soldados, la mayoría por encima de 90 años, y a pesar de los achaques han conseguido desfilar en la ceremonia oficial, con el uniforme de la época, y ser homenajeados. Un día fueron muchachos de un país neutral que se perdieron voluntariamente en unas selvas tropicales, con fusiles al hombro, para defender la idea de la libertad.




lunes, 14 de septiembre de 2015

Puerto Rico: ¿el español primero?

Por si no hay suficientes discusiones sobre la situación de la lengua española en los Estados Unidos, el conflicto lingüístico vuelve al plano político en Puerto Rico. La isla caribeña, una de las últimas colonias separadas de España en 1898, es hoy un “estado libre asociado” de Estados Unidos. Hay quienes plantean, dentro y fuera de la isla, que debe convertirse en el estado 51 de la Unión: así piensan el Partido Nuevo Progresista, que está en la oposición, o el ex gobernador de Florida Jeb Bush, hoy en la carrera para las presidenciales por el Partido Republicano, y que así lo manifestó en una visita a la isla el pasado abril.

         Pero también hay quienes abogan por que Puerto Rico mantenga su situación híbrida dentro de la Unión: los puertorriqueños son ciudadanos estadounidenses; pueden votar en las elecciones primarias, pero no en las presidenciales, pues no tienen congresistas que la representen; están sujetos a las leyes federales y a la política exterior de Estados Unidos, pero tienen autonomía para gestionar la mayor parte de sus asuntos internos. Incluso hay un partido independentista, que persigue la autonomía plena de la isla.


         Eso dentro del arco parlamentario, porque fuera existen otras opciones no menos llamativas: MRE son las siglas de la asociación Movimiento de Reunificación de Puerto Rico con España, que han denunciado ante organismos internacionales el Tratado de París, por el que España cedió la isla a los Estados Unidos hace 117 años. Al igual que un grupo minoritario cubano que opera desde Francia, piden que el tratado sea invalidado y su territorio pase a ser una comunidad autónoma española, y de paso integrarse en la Unión Europea. No parece, de todos modos, una idea con visos de progresar en ninguna de las dos islas caribeñas.

         Y luego está el problema lingüístico, mucho más vivo, desde luego. En 1991 Puerto Rico recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras por haber declarado el español como lengua oficial, ante la amenaza del inglés. Dos años después, en 1993, el Parlamento aprobó una ley que equiparaba las dos lenguas, oficiales ambas desde entonces. Y la semana pasada se aprobó, por un estrecho margen, un proyecto de ley que volverá a dar al español el estatus de única lengua oficial en la isla.

         La propuesta la presentó Antonio Faz Alzamora, ex presidente del Partido Popular Democrático, que hoy está en el poder, arguyendo que “al establecer el español como primera lengua, fortaleceremos y validaremos la realidad de que más del 80% de los puertorriqueños no entienden ni hablan inglés”, y recordando que no se trata de una medida que propugne “solamente español” (Spanish Only), sino “el español primero” (Spanish First). En el otro lado, el presidente del Senado defendía que “en el siglo XXI los esfuerzos gubernamentales deben ir dirigidos al ‘pluriculturalismo’, incluyendo la diversidad de idiomas”. Los argumentos de la senadora independentista eran otros: que el español debe ser el único idioma en Puerto Rico si quieren preservar su identidad cultural.

         Es un asunto con muchas aristas, porque es sobre todo un problema político, como suelen ser todos los asuntos lingüísticos. Hace unos meses, varios medios norteamericanos denunciaban una situación que raya entre el absurdo y la picaresca: varios cientos de casos en que ciudadanos puertorriqueños estaban recibiendo prestaciones (benefits) de la Seguridad Social por ser considerados “discapacitados” (disabled) por el hecho de no hablar inglés. Es una paradoja, en un territorio donde según el último censo el 95% de la población se expresa en casa en castellano, y el 84% admite que no habla inglés “muy bien”.

         Y el conflicto no se queda ahí. Hay más puertorriqueños viviendo en el territorio continental de los Estados Unidos que en la propia isla caribeña, donde hay apenas una población de 3,5 millones de personas. La mayoría de ellos están asimilados a la cultura yanqui y además hablan inglés perfectamente, porque es la lengua en la que fueron escolarizados, y con la que en general se sienten más cómodos. Sólo hay que escuchar hablar en español a Jennifer López para entender parte del fenómeno. Aunque otros artistas famosos como Ricky Martin, Luis Fonsi o Chayanne son muestra de lo contrario: un dominio apropiado de nuestra lengua, y la propia consideración de que es su lengua materna.

Una compañera puertorriqueña, profesora de Historia y plenamente competente en las dos lenguas, me contó que cuando discute con su padre ella se pasa al inglés, en parte para hacerlo rabiar y en parte porque se siente más cómoda. El papá, que seguramente entiende todo en inglés, pero para quien es más cómodo expresarse en castellano, se enoja y le replica: “¿Puedeh dejal de hablalme en tu lengua, mi amol?”. Desde ahora el español será la única lengua oficial, pero más tarde o más temprano Puerto Rico será un territorio bilingüe, y probablemente un estado más de los Estados Unidos, donde quizá las soluciones lingüísticas puertorriqueñas sean ejemplo, bueno o malo, para otros estados.


sábado, 12 de septiembre de 2015

Hoover y García Márquez, el FBI en busca de inspiración

Historias policiales de escritores al margen de la literatura. Esta semana publicó el Washington Post, en su sección de “Libros”, un curioso reportaje sobre el espionaje al que el FBI sometió al escritor colombiano García Márquez durante 24 años. El título del artículo es menos ocurrente que gracioso: haciendo un juego de palabras con el título El amor en los tiempos del cólera, el periodista Joe Stephens tituló Love in the time of surveillance: FBI agents tracked Gabriel García Márquez. Y se basa en las fuentes directas que el FBI ha desclasificado, a petición del Washington Post: 137 páginas de un archivo en el que se mantienen por lo pronto sin desclasificar otras 133.


         J. Edgar Hoover, el implacable director del FBI entre 1935 y 1972, encargó personalmente la supervisión discreta del escritor colombiano, como de tantos otros intelectuales o artistas sospechosos de comunismo o pro-comunismo. La historia tiene mucho menos de novelesco que de interés puramente periodístico, como tanto le habría gustado a Gabo, por otra parte. En los primeros meses de 1961, García Márquez, que ya era un reconocido periodista en Colombia, pero aún un incipiente novelista al que pocos conocían, había vuelto de Europa y se instaló en Nueva York para trabajar como corresponsal de una nueva agencia de noticias cubana: Prensa Latina.

         Apenas dos años después del triunfo de la Revolución cubana, habría sido raro que no investigaran a un periodista que trabajaba para una agencia del enemigo comunista. García Márquez, con 33 años, llegó a Nueva York con su mujer, Mercedes Barcha, y con su hijo Rodrigo, de apenas dos años. Los papeles del FBI revelan que se instalaron en un hotel de Manhattan, por el que pagaron 200$ mensuales, y que apenas recibieron visitas. Esto y todo lo que llena los informes es puro chisme, pues tampoco está claro por qué siguieron espiando al escritor durante 24 años, hasta 1985.

Durante ese periodo García Márquez publicó sus novelas más célebres, empezando por Cien años de soledad en 1967. En los 70 era ya un escritor reconocido en cualquier lugar del planeta, en 1982 había sido distinguido con el premio Nobel de Literatura, e incluso en esos años había estrechado lazos de amistad con mandatarios internacionales: el presidente francés François Mitterrand y hasta el presidente de los Estados Unidos Bill Clinton, que lo recibió varias veces en la Casa Blanca. El FBI se fijaba en otra amistad más próxima y duradera: entre las decenas de documentos originales en inglés y en español incluidos en su informe, un agente subrayó una línea de un artículo del Newsday de 1982 que lo describía como “un amigo cercano de Fidel Castro”.

Nunca se abrió una investigación criminal contra el escritor: los agentes se limitaron a hacer un seguimiento discreto de sus pasos en los Estados Unidos. Algunos informes lo describen físicamente, remarcando la peculiaridad de su bigote; otros nombran a los informantes confidenciales; en otros, los agentes se mofan de las dificultades de García Márquez con el inglés. Uno de los documentos de febrero de 1961 viene directamente de J. Edgar Hoover: “En el caso de que entre en los Estados Unidos por cualquier razón, el FBI debe ser inmediatamente puesto sobre aviso”. La ironía es que García Márquez fue despedido de Prensa Latina apenas unos meses después, pues la agencia cubana consideró que sus reportajes no eran lo suficientemente radicales. De modo que en julio de 1961 salió de Nueva York, junto con su familia, en un autobús Greyhound rumbo a México.

Muchos años después, el hijo que viajaba con él, Rodrigo García, que es director y productor cinematográfico y vive en Los Ángeles, recibió la noticia sin sorpresa. Aseguró al Washington Post que la familia no sabía que había sido objeto de vigilancia durante tantos años, pero que al fin y al cabo era lo esperable: cuenta que en 1961 García Márquez volvía a casa y se dio cuenta de que lo seguían dos hombres que se comunicaban con silbidos. El escritor pensó que podían trabajar para la CIA o para cualquier facción cubana. A fin de cuentas, García Márquez nunca perteneció a ningún partido, e incluso sus reportajes sobre los países socialistas europeos no eran descripciones del paraíso en la tierra.


En aquellos años de la guerra fría, en sus idas y venidas por América y Europa, antes y después de radicarse en México, quién le habría dicho, a quien no paraba de armar novelas en su cabeza, que andaban con ganas de hacer una mala novela policial de su propia vida.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Enseñar español en los Estados Unidos

El español en los Estados Unidos, más allá del triunfalismo, del incremento del número de personas que lo hablan al norte de Río Bravo, de que el Instituto Cervantes considere que en 2050 será el país con más hispanohablantes del mundo, por encima de México, es sin embargo una realidad difícil de calibrar y calificar. No hay uniformidad, no hay medios de comunicación de calidad, no hay proyección editorial, no hay interés ni capacidad por parte de España o los países latinoamericanos de hacer un frente común para aglutinar esfuerzos en torno a las posibilidades que nuestra lengua ofrece.

No hay muchos proyectos serios de educación bilingüe real. A lo largo de la frontera mexicana hay cientos de escuelas que se suman a algún programa de bilingüismo, pero por lo general la consideración de la lengua española no pasa del cariño por ser un elemento de la cultura familiar, quizá una verdadera herramienta comunicativa para mucha gente, pero jamás medida en las mismas categorías que el inglés. España envía maestros y profesores cada año para integrarse en los niveles de enseñanza preuniversitarios, aunque por lo general acaban diluidos en las diferentes modalidades del sistema norteamericano, pues no hay un plan claro que venga desde España, ni tampoco un plan conjunto con otros países hispanohablantes mucho más cercanos a la cultura del sur de los Estados Unidos, como México o, en mucha menor escala, Cuba o Puerto Rico o países de Centroamérica.

El Instituto Cervantes no es ni de lejos una sombra del British Council o la Alliance Française. Está presente en Nueva York, en Boston, en Chicago, en Albuquerque (Nuevo México), y en la costa oeste únicamente en Seattle (Washington). Pero no hay ni siquiera uno, por ejemplo, en California, que es casi tan grande como España y que además le debe tanto a nuestra cultura y a nuestro idioma, empezando por los nombres de sus principales ciudades: San Francisco, Sacramento, Santa Bárbara, Los Ángeles, San Diego. Y tampoco en Arizona, y tampoco en Texas o en la Florida, que no sólo son antiguas posesiones españolas donde nunca se dejó de hablar el español, sino lugares que reciben multitudinariamente a gentes del sur que emigran con su idioma debajo del brazo.



Y si partíamos de una infraestructura en desventaja, qué decir del terremoto que ha arrasado los presupuestos dedicados al español en los últimos cuatro años, en España, entre el desprecio oficial y la indiferencia ciudadana. Hace unos meses contaba Muñoz Molina, de vuelta al Instituto Cervantes de Nueva York, del que fue director, para un acto literario, que no pudo leer unos fragmentos de su último libro porque no había un solo ejemplar en la biblioteca. Dando vueltas por el mundo, recuerdo haber visto a gente de la Alliance Française en lugares tan insólitos como Zanzíbar, una isla en el Índico africano, o Tobago, una isla menor al sur del Caribe. Si Francia es capaz de mantener a profesores que representen a su lengua en lugares tan remotos y en apariencia irrelevantes, el proceso por el que el idioma llega a adquirir visibilidad y prestigio es inevitable.

Pero no todo el panorama es desolador. Esta semana me envió mi instituto a hacer un curso sobre la enseñanza del español en los niveles más altos de secundaria, en la University of San Diego, que es una preciosidad de universidad, católica y jesuita, carísima, con un campus pequeño con iglesias y capillas y un pretendido aire europeo y tradicional. Parte de ese aire antiguo y señorial se lo dan los nombres españoles de casi todos los edificios y calles. La universidad está muy cerca de la primera misión española en California, en la calle Alcalá.

Aparte de la calidad del contenido y de quien impartía el curso, una profesora de Arizona, con más de treinta años enseñando en secundaria, hija de un pastor emigrado desde el norte de España, encontré entre los compañeros el consuelo de que muchas cosas se hacen bien en la enseñanza de nuestra lengua en los Estados Unidos.


Además de la dedicación y pasión de los mexicanos o hispanos de este lado de la frontera, me llama la atención la figura del hispanista estadounidense que no tiene relación familiar con la lengua. Con qué fervor se entregaron a aprenderla, a disfrutarla, a viajar por España, por México, por Sudamérica, a enseñar esa lengua y esa cultura de la que se enamoraron como de un amor de juventud.


Comiendo en una de las terrazas de la universidad, que ocupa un cerro alto, con vistas amplias al centro de San Diego y a la anchura de la bahía, al sol ligero y confortante de finales de julio, me ausento un momento de la mesa y compruebo que los otros tres comensales continúan hablando en español en mi ausencia. Cuando vuelvo, la conversación no ha cambiado al inglés. Los escucho hablar con esos acentos gringos tan trabajados, con ese vocabulario rico de quien ha adquirido cada matiz de la lengua extranjera como una parte de su propia experiencia, sin errores, con una velocidad de pensamiento y discurso de la que yo seré siempre incapaz en su lengua. Y me cuentan tantas cosas de España, del Perú, de Chile, de Argentina, de México, conociendo el vocabulario y las costumbres de cada lugar, que por un momento siento una punzada de orgullo de pertenecer a eso que Carlos Fuentes llamó con atinado criterio “el territorio de La Mancha”.