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miércoles, 16 de mayo de 2018

Gala 'Música y Poesía' para celebrar diez años de educación democrática en la Escuela de Ciudadanos

La relación entre la música y la poesía es tan estrecha que se remonta a sus propios orígenes, a las palabras de la tribu que en la primera literatura oral se mezclaban con los ritmos y los sonidos de la comunidad. Así ha sido siempre, a lo largo de la historia de la literatura, y así ha sido también en épocas recientes en que la música ha servido de educación literaria y sentimental de poetas y artistas. Poetas como Luis García Montero, que volvió a Manzanares el pasado domingo 13 de mayo para hablar de esta relación indisoluble en la Gala Música y Poesía, con que se celebró el X Aniversario de la Escuela de Ciudadanos.

La gala supuso el broche para esta décima temporada en que la Escuela de Ciudadanos ha ofrecido a los habitantes de Manzanares y su comarca conferencias y disertaciones del más alto nivel, por donde han pasado periodistas, escritores, políticos, cantantes, jueces y personalidades de especial relevancia en la historia reciente de nuestro país, con el objetivo común de crear un espacio de reflexión, de educación, de comunicación, de ideas compartidas: de ciudadanía democrática, en definitiva. En esta ocasión el acto se celebró en el Gran Teatro de Manzanares, ante 700 personas que llenaron prácticamente todas las localidades del recinto, y que pudieron disfrutar de la alocución del profesor y poeta García Montero y de un concierto íntimo de quien tantos poemas ha versionado y convertido en música, el cantante y compositor canario Pedro Guerra. 


El acto, elegante y distendido, que fue presentado por el periodista Juanjo Díaz-Portales, comenzó con un vídeo en el que se repasaban algunas de las versiones de poemas musicados más conocidas, en las voces de Serrat, Miguel Ríos, Ana Belén, Paco Ibáñez o Leonard Cohen, y con imágenes y portadas de discos que aunaron la poesía y la música. Se recordó a continuación a todos los profesores que han contribuido con su presencia y sus palabras a que la Escuela de Ciudadanos creciera y significara durante los últimos diez años. Desde 2008 han sido 65 personalidades las que han pasado por la Escuela, en sus diferentes espacios: la Biblioteca Municipal, el Castillo de Pilas Bonas y la Casa de Cultura. Todos ellos fueron apareciendo por la pantalla, incluyendo a varios que ya no están con nosotros: Enrique Sierra, María Antonia Iglesias, Manuel Marín y Forges, para los que hubo un recuerdo emocionado.

Si hay un referente moderno que integre la música y la poesía, ése es el cantante norteamericano Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016. El poeta albaceteño Matías Miguel Clemente recitó una traducción al castellano de su célebre canción Blowin’ in the Wind, acompañado por la violonchelista Cristina Olmedilla, y también interpretaron con brillantez uno de los grandes poemas de la literatura española del siglo XX, Retrato, de Antonio Machado, que en su día fue musicado porSerrat y Alberto Cortez.




A continuación llegó la gran lección literaria y cívica: el poeta granadinoLuis García Montero se dirigió al público de Manzanares como el granprofesor de Literatura que es, y en un tono pausado, emotivo, siempre didáctico, habló de la necesaria relación entre la poesía y la música. “Hermandad de la poesía y la canción”, en sus palabras, que existe desde los orígenes más remotos, desde las primeras narraciones de la literatura oral al calor de una hoguera, a través de las cuales se perpetuaba el diálogo generacional. Un hilo que no debería romperse, a pesar de que, según el poeta, actualmente “la mercantilización del tiempo está evitando el diálogo entre generaciones”.

La música popular ha venido a lo largo de la historia al rescate de la poesía cuando el lenguaje poético se encerraba en sí mismo: “Cuando la poesía nos aleja de la palabras de la tribu y el género empieza a oler a cerrado, el mejor remedio que han tenido siempre los poetas ha sidoabrir las ventanas para que entre en la casa la canción, que trae el rumor de la calle”. Así ocurrió en la Edad Media, en el Barroco, en el Romanticismo, y de ahí la importancia de los cantautores en su diálogo con la poesía, según García Montero, “para intentar hablar como se escribe y escribir como se habla”. Recordó también el poeta granadino quiénes fueron de niño sus primeros referentes entre la poesía y la música: Paco Ibáñez, con su primer disco con poemas de Góngora y García Lorca, y Joan Manuel Serrat cantando a Antonio Machado, a quien tuvo la suerte de escuchar a los diez años en clase, y que fue poco después el primer disco que compró: “En nuestro país, durante mucho tiempo, la poesía y la canción fueron parte de nuestra educación sentimental”.



Para Luis García Montero, es necesario que la poesía esté con los pies en la tierra, que viva en la calle, y una de las grandes tareas de la poesía es configurar la educación sentimental: “Si no conseguimostransformar nuestra intimidad, no vamos nunca a conseguir defender sueños justos en el espacio de lo público”. Ante la inmediatez de las respuestas que no exigen reflexión, el autor de Habitaciones separadas reivindicó la relación entre la búsqueda del lenguaje preciso y el pensamiento crítico: “Cuando renunciamos a nuestras ilusiones colectivas, basta con un “me gusta” o con un “ok”, pero cuando tenemos ilusiones colectivas, necesitamos mantener un idioma, un lenguaje que nos permita comprender a los demás y que nos permita dar explicaciones a los demás”.

También leyó algunos de sus poemas que han sido hechos canciones, y explicó anécdotas sobre el proceso de adaptación de sus versos: Señor de la noche, que cantó Serrat, Aunque tú no lo sepas, versionado por Quique González y que cantó Enrique Urquijo, su adaptación de El durmiente del valle, de Rimbaud, para Pedro Guerra, y Nube negra, la letra que hizo para que su amigo Joaquín Sabina volviera a la canción.




La segunda parte de la gala, después de que Miguel Matías Clementey Cristina Olmedilla interpretaran el soneto de Sabina Palabras para Pedro, dedicado a Pedro Guerra, fue la actuación del músico tinerfeño. En 2003 Pedro Guerra publicó el disco La palabra en el aire, en el que versionó poemas de Ángel González, que colaboró con él e intervino en el disco y también en algunos conciertos. Diez años después de la muerte del poeta asturiano, Pedro Guerra ha reeditado el disco y comenzado una gira que servirá como homenaje.

En un tono cercano, casi íntimo, a la guitarra, Pedro Guerra deleitó al público de Manzanares con canciones de este disco y otros clásicos de su repertorio, recordando al tiempo vivencias junto a Ángel González y otros poetas a los que versionó. Recordó que para él la poesía y las letras de las canciones son géneros distintos. Además de su larga trayectoria como músico y compositor, Pedro Guerra también es poeta, pues publicó en 2016 su libro Hurgando en la caja negra, muchos años después de que el propio Ángel González, después de leer sus intentos de poemas, le recomendara: “Pedro, esto hay que trabajarlo más”, según contó entre risas el artista. (La portada, el diseño y la maquetación del libro Hurgando en la caja negra es obra casualmente de una manzanareña, Cristina Reina).

Donde pongo la vida pongo el fuego, Tango de madrugada, Vals del atardecer, hicieron las delicias del público junto a la interpretación de Sin puntos ni comas, de Sabina o El durmiente del valle, en la versión de García Montero, que no dudó en subirse de nuevo al escenario cuando fue requerido por Pedro Guerra, para recordar aquellos conciertos en que el cantante estuvo acompañado de Ángel González. Después de su clásico Contamíname, que fue coreado por el público, el cantante despidió el concierto con uno de los poemas de amor más conmovedores de González: Me basta así.



Entre el público que aplaudió con insistencia la actuación de Pedro Guerra y el desarrollo de la gala estuvieron presentes algunos responsables políticos: el presidente de la Diputación de Ciudad Real, José Manuel Caballero; el alcalde de Manzanares, Julián Nieva, así como varios concejales y representantes de todos los partidos políticos locales excepto uno; el senador Nemesio de Lara; el ex diputado nacional Cayo Lara; e igualmente otras personalidades como el doctor y profesor Miguel Lorente, que fue profesor de la Escuela de Ciudadanos; o el pintor granadino Juan Vida, ilustrador de muchos libros de García Montero; y representantes de los patrocinadores, Fundación Unicaja y Cadena Ser.

En esta gala hubo también un momento necesario, aunque inesperado por él mismo: Luis García Montero, en nombre de los alumnos y colaboradores de la Escuela de Ciudadanos, entregó una placa de reconocimiento a Román Orozco, director, fundador y alma máter de esta escuela de educación democrática. Gracias a él, y al constanteapoyo de los vecinos de Manzanares y su comarca, han sido posibles los primeros diez años de la Escuela de Ciudadanos, los primeros diez años de este gran espacio compartido de ideas, literatura, música, democracia, ciudadanía.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Viva Santiago, y viva en Membrilla

Se sobresalta uno últimamente cuando aparece el nombre de Membrilla en la prensa. Cuando no es por la jota es por el fandango, cuando no es por tuberías ilegales es por jugarretas de algún politiquillo con ínfulas. Pero la noticia que hoy ha dado la vuelta a España y ya corre por la prensa europea es simpática, qué quieren que les diga.


Membrilla ha saltado a los telediarios y a los periódicos porque un cuadro que el pintor Antonio Ximénez había donado a la Iglesia de Santiago el Mayor ha sido retirado, tapado o escondido. Hace unos meses el artista, que después de vivir media vida en Hawái está asentado en Miami, se dio cuenta de que no estaba donde debía estar, y pidió explicaciones al párroco. Al parecer las explicaciones no son muy convincentes: el párroco no da señales de vida y el Obispado ha salido al paso con un comunicado a la agencia EFE en el que explica que “se reubicó el mobiliario y en su lugar se puso un armario”. Para un artista cuyas obras han dado varias vueltas al mundo, que llegó a exponer nada menos que con Picasso y Tàpies (España Libre. Arte español de Picasso a Ximénez, Italia, 1964), y que donó con cariño a su pueblo una obra que la propia parroquia local le encargó, no ha debido de ser plato de gusto que el cuadro desaparezca de la vista.

Un escritor que prepara la biografía de Antonio Ximénez visitó Membrilla el pasado verano para documentarse en el pueblo natal del artista, y pidió al párroco de nuestro pueblo ver el cuadro. Al parecer, el cuadro estuvo algunos años en la sacristía o en la sala capitular de nuestra iglesia de Santiago el Mayor. El cuadro fue pintado en la otra punta del mundo, en Hawái, y desde la Polinesia viajó a la iglesia de Membrilla por gusto del autor. Poca publicidad le darían a la adquisición cuando pocos en el pueblo sabíamos que esa obra de arte estaba en nuestro municipio, y cuando ni siquiera sabemos desde cuándo ese cuadro pasó de la sacristía a ese lugar oscuro en que está tapado por una sábana para que no coja polvo. El artista, que tiene 87 años y se ha comunicado con los medios españoles desde el calor de la Florida, dice que cuando supo de la tropelía dio un plazo de seis meses al párroco para poner el cuadro a la vista de los vecinos de Membrilla, o en caso contrario que se lo devuelva. Como no ha habido respuesta, aquí estamos.

Lo gracioso del asunto es que esta polémica nos ha servido a muchos vecinos de Membrilla, y a no pocos manchegos y españoles, para conocer la existencia de este cuadro, y para que acreciente nuestro interés por saber más de la obra de Antonio Ximénez. En mi cabeza y en la de aquellos que crecimos en Membrilla en los 80 y 90 está la Alegoría de Baco, que es un cuadro sugerente y sensual, alegre y colorido, a mi juicio mucho más logrado que este de Santiago Apóstol. De niño, ante la sobriedad del paisaje cultural que nos rodeaba, me llamaba tanto la atención ese cuadro de colores vivos, de rostros aún más vivos, risueños y casi reales, con una alegría de racimos verdes en los capachos, de vasos de tinto hasta arriba, de risas abiertas, con nuestra ermita del Espino y el pueblo de fondo. Era para mí, aunque fuera un niño y no supiera nada, un mensaje nostálgico que me decía que en mi pueblo la gente había sido feliz.

Pero es verdad que en Membrilla no se ha hecho una reivindicación constante de este artista que es universal pero también es nuestro. Y muchos de nosotros sabemos muy poco de Antonio Ximénez. En 2002 tuve la suerte de asistir a una exposición grandiosa (por el tamaño de los cuadros, por la calidez de los colores, por la vitalidad de los cuerpos y los rostros retratados) en el Gran Teatro de Manzanares. En 2009 estos cuadros fueron expuestos también en la Casa de la Cultura de Membrilla. Y en el pueblo no tenemos hasta hoy muchas más referencias: ¿publicaciones, reproducciones de sus obras en espacios públicos, un museo local? Hasta hoy, que la prensa española y extranjera viene a recordarnos que de nuestro pueblo salió un artista de categoría, que se codeó con las grandes figuras del arte del siglo XX, que pintó y expuso en todos los continentes, y que conserva amor a su pueblo hasta el punto de regalarle dos cuadros que son una alegría.

Este cuadro de Santiago Apóstol por el que la obra de Antonio Ximénez ha vuelto a todos nosotros no es seguramente el mejor del artista, pero en él están, sin duda plenamente, su estilo y también Membrilla. Yo desconocía este Santiago que es un joven vigoroso, señalado en su túnica azul con la cruz y la vieira, con cayado y sombrero de paja a un lado, que está además rodeado por los símbolos más característicos de Santiago y de Membrilla, en una profusión de colores que insufla alegría. No lo conocía, pero ahora que lo conozco me gusta, porque habla con inocencia infantil y con sensualidad cromática de una figura que representa tanto en la historia de mi pueblo: Santiago Apóstol.

Hace pocos años los vecinos de Membrilla vimos con estupor cómo la imagen de Santiago Matamoros que estaba en la ermita del Espino era mutilada, despojada de las figuras y objetos que eran su esencia. Ahora vemos también cómo esta interpretación colorida y vitalista ha sido censurada, escondida, hurtada a las miradas de los vecinos. No sé si el responsable de estos ataques al símbolo local de Santiago Apóstol es el párroco, pero lo que sí tengo claro es que Membrilla debe reivindicar esta figura, y también la del artista internacional que ha querido ligar su obra con la historia de nuestro pueblo. Por eso me permitiré hacer una sugerencia a las autoridades locales, al alcalde o a quien mande en el Ayuntamiento: desde hoy mismo deberían actuar, mediar, negociar, para que esta obra de Antonio Ximénez sea cedida al Ayuntamiento y se exhiba en un lugar adecuado a lo que representa. Aprovechemos esta notoriedad sobrevenida por una polémica que debería haberse evitado, para sacar algo tan positivo: que todos aquellos que desconocíamos la obra podamos contemplarla, disfrutarla, sentirla nuestra, y que aquellos que desde fuera se han interesado por la polémica se interesen también por venir a verla, por venir a vernos. Demostremos que Membrilla puede dar más alegrías que disgustos.

sábado, 25 de noviembre de 2017

¿Por qué otro conflicto abierto entre Membrilla y Manzanares?

Malo es que existan en el mundo ladrones, pero peor aún es que sorprendan robando, por ejemplo, a un policía. El castigo a un policía que roba será mayor que el que se impondría a un particular que cometiera el mismo delito, pero que no tenía la función oficial, precisamente, de hacer que las leyes se cumplan. Las dos faltas están mal, pero en el caso de un policía que robara se añadiría un componente de traición al contrato social, pues en su persona hemos depositado como sociedad no sólo la confianza, sino además los medios físicos que le permitan disponer de la fuerza, para hacer cumplir las normas legales.

El mismo componente de traición irreparable encontramos cuando un político, un representante público elegido por el pueblo, roba, desfalca, malversa, acepta sobornos o incurre en corruptelas varias. De nuestros representantes públicos esperamos una buena gestión, y ya damos por descontado que, además de eso, esperamos un comportamiento cívico ejemplar, que sean los primeros en cumplir las leyes y en dar ejemplo al resto de ciudadanos. La mujer del César no sólo tiene que ser honesta, etcétera.

Estos días, preparando mis clases de 2° Bachillerato, repasaba la trayectoria de Ortega y otros intelectuales brillantes de aquella Generación del 14 que tantas esperanzas despertó en nuestro atrasado país de hace un siglo. Llena de optimismo leer algunos párrafos de los primeros tiempos, de cuando no sospechaban ni de lejos la que se les vendría encima, y hablaban con amor de la labor de educación política que cultivarían en España, con el fin de que se convirtiera en un país democrático y liberal. 

Pero al mismo tiempo produce pesadumbre pensar que hoy, después de todo lo bueno que ha construido nuestra moderna democracia en las últimas décadas, de los niveles de progreso y garantías sociales que hemos alcanzado, algunos nos sintamos aún “perdidos en la inercia provincial”, por decirlo con frase de Ortega. No cabe duda de que la democracia ha inundado, como sistema político, todo nuestro país. Democracia en un sentido político moderno, tan positivo, pero también esa “plebeyización” que Ortega denunció como “democracia morbosa”: todos igualados por abajo, cualquier opinión es válida, las malas maneras conviven con las buenas, sean conducidas por la razón o por el resentimiento. Y eso es peligroso: cuántos aprendices de cacique no hemos conocido en nuestros retiros provinciales, saltándose alegremente las leyes y normas comunes, bajo el pretexto de que el pueblo los ampara, de que la fuerza de las mayorías justifica que se pisoteen los límites de la ley. Qué pinta la ley, si el pueblo está conmigo, etcétera.

En ciudades españolas de tamaño medio, adonde han ido llegando en oleadas regulares los aires de la civilización, ya todo el mundo da por naturales asuntos que hasta hace no mucho no lo eran: las administraciones son más o menos transparentes, se garantizan los servicios públicos básicos, existe libertad de expresión, igualdad de acceso a los servicios y a la información y, en fin, la gestión de los asuntos públicos está fiscalizada por la gente, en una u otra medida. Pero aún existen rincones oscuros, y sólo cuando los medios de comunicación sacan a la luz casos escandalosos nos percatamos de que hay una parte de la administración comandada por bandidos. Eso sí, democráticamente elegidos, democráticamente consagrados.

En los últimos días he sentido otra vez una vergüenza trágica al ver el nombre de mi pueblo pregonado en periódicos y emisoras de radio. En este lugar de La Mancha que es Membrilla han ocurrido en los últimos años tantos atentados contra las leyes españolas, y los hemos vivido con tanta gracia y aplauso, que han tomado carta de normalidad. Pero en cuanto los representantes de mi Ayuntamiento han pretendido además continuar fuera del pueblo con sus trapacerías, les han dado el alto y ahora nos vemos en los papeles.

En Membrilla, desde que dirige el Ayuntamiento el señor Manuel Borja Menchén (perdón por citarlo en el mismo artículo en el que se cita a Ortega y Gasset), ya nos habíamos acostumbrado a que la gente transgrediera la ley antitabaco con el consentimiento oficial, a la institucionalización de los botellones, a la ausencia deliberada de señales de tráfico que regularan la circulación, a la discrecionalidad de las multas. También a que no se cumplieran ciertos servicios básicos que un Ayuntamiento debe prestar, como el arreglo de caminos, la limpieza de parques y plazas, o la falta de actuación ante los vertidos descontrolados, líquidos y sólidos, al cauce seco del río Azuer. También a algunos episodios lamentables, como la secuencia sádica de actuaciones con las que este alcalde pretendió (por cierto, sin conseguirlo) vilipendiar y expulsar del Ayuntamiento y del pueblo a una concejala de la oposición.

Personalmente, yo casi me he acostumbrado a que el Ayuntamiento de Membrilla incumpla sistemáticamente la Ley de Transparencia, Acceso a la Información Pública y Buen Gobierno: entre otras cosas porque llevo años solicitando informaciones públicas en instancias oficiales y ninguna de ellas ha sido contestada, ni para bien ni para mal. También supimos por la prensa que el Ayuntamiento de Membrilla, según el informe de julio de 2017 del Ministerio de Hacienda, ha incumplido la Ley de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera en sus cuentas del ejercicio 2016, y sólo deseamos que sus cuentas no sean intervenidas por el Ministerio.

Pero ahora nos enteramos de que el señor Borja y su corporación han ido más lejos. Estamos pendientes de un juicio con el Ayuntamiento de Manzanares a propósito de las facturas del agua potable, pero eso es cuento largo y merece explicación más detallada en otro lugar. Por lo pronto, la secuencia última de los acontecimientos que enfrentan al pueblo vecino con Membrilla es la siguiente:

- En febrero de 2013 el Pleno del Ayuntamiento de Membrilla acordó no aprobar la adjudicación propuesta por la Mesa de Contratación para la gestión de la Depuradora de Manzanares-Membrilla, que se había hecho a Acciona Agua, y en cambio se la adjudicó a Dragados. El Ayuntamiento de Membrilla hizo esto a sabiendas de que no podía hacerlo: pues existe un solo órgano de contratación conjunto de los dos Ayuntamientos. El Ayuntamiento de Manzanares y Acciona Agua interpusieron sendos recursos contra el Ayuntamiento de Membrilla, y el Juzgado de lo Contencioso-Administrativo n° 1 de Ciudad Real estimó ambos recursos en abril de 2017, anulando el acuerdo del Ayuntamiento de Membrilla y calificando de “absurda” la actuación de este último.

http://www.membrilla.com/portal/index.php/revista-digital/sociedad/item/4915-la-justicia-anula-el-acuerdo-del-ayuntamiento-de-membrilla-sobre-la-gesti%C3%B3n-de-la-depuradora-y-da-la-raz%C3%B3n-a-manzanares

- En abril de 2016 el Ayuntamiento de Manzanares aprobó la Ordenanza Reguladora de Vertidos de Aguas Residuales, que afecta también a Membrilla, puesto que el Ayuntamiento de Manzanares es, según la normativa, el titular de la autorización del vertido de aguas residuales que proceden de “la aglomeración Manzanares-Membrilla”, que fue concedida por la Confederación Hidrográfica del Guadiana. El Ayuntamiento de Membrilla conocía esta regulación, o debería conocerla, o podría haber preguntado a alguna administración si tenía dudas sobre la titularidad. Pero en lugar de acatar las normas decidió interponer un recurso contencioso-administrativo contra la citada Ordenanza del Ayuntamiento de Manzanares. El resultado es que, en noviembre de 2017, el Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha, con sede en Albacete, ha desestimado este recurso, ha aclarado que la competencia de vigilancia, inspección, control y sanción de los vertidos a la red de alcantarillado de “la aglomeración Manzanares-Membrilla” es del Ayuntamiento de Manzanares, y ha condenado al Ayuntamiento de Membrilla a las costas del juicio. En esta última sentencia también se recalca que “sería absurdo, discriminatorio y perjudicial” para el buen uso de la red “que los vertidos provenientes de Membrilla no se sujetasen al régimen de prohibiciones, controles y fiscalización a que se someten las emisiones que se realizan en el término municipal de Manzanares”.
- Ante este panorama, poco después de hacerse pública la sentencia del TSJ, el 22 de noviembre de 2017 el Ayuntamiento de Manzanares, a través de sus concejalas Isabel Díaz-Benito y Beatriz Labián, denunció algo que ya era vox pópuli en Membrilla desde 2013: que el Ayuntamiento de Membrilla había construido (supuestamente) una instalación ilegal en 2013 para que sirviera de baipás a las aguas residuales que vienen de Membrilla y así evitar en parte el contador de agua que registra este caudal. El Ayuntamiento de Manzanares paga, en concepto de alcantarillado y depuración, la diferencia entre la cantidad total de residuos que llegan a la depuradora y la cantidad que registra el contador de Membrilla, por lo que el Ayuntamiento de Manzanares considera que entre 2013 y 2017 se ha cometido un fraude. Y considera además que el Ayuntamiento de Membrilla es el responsable de ese fraude, puesto que habría construido esa instalación “no autorizada” con el fin de falsear la cantidad registrada por el contador. El Ayuntamiento de Manzanares calcula que el fraude le ha costado 38.219,36 euros, y por ello ha remitido un oficio al Ayuntamiento de Membrilla reclamándole esa cantidad, y amenazando con nuevas acciones judiciales en caso de que la reclamación no sea atendida.

http://www.20minutos.es/noticia/3194010/0/manzanares-acusa-vecina-membrilla-falsear-datos-depuracion-aguas-desde-2013-le-exige-38-000-euros/

- Un día después, 23 de noviembre de 2017, el Ayuntamiento de Membrilla ofreció su versión del asunto: el teniente de alcalde, Carlos Martín de la Leona, no negó que esta obra de canalización paralela exista, pero declaró que se construyó no con el ánimo de cometer un fraude sino para acabar con el efecto embudo que se produce en la tubería principal durante las tormentas. Aseguró que remitirá a la empresa adjudicataria, Acciona Aguas, un informe técnico. Y en cuanto a la autorización para realizar esas obras en 2013, se limitó a decir que “los responsables de la empresa adjudicataria de la depuradora y los responsables políticos y técnicos del Ayuntamiento tuvieron conocimiento”, y señaló como testigos de este hecho a la empresa que hizo la excavación y a los técnicos del Ayuntamiento de Membrilla. Además, admitió que esta canalización desvía el agua del registro “cuando la tubería viene completamente llena y el caudalímetro no da abasto (sic) a contar los metros cúbicos que entran en el sistema de alcantarillado de Manzanares”. Un día después, el mismo portavoz se reafirmó en su versión en unas declaraciones a la emisora Onda Cero Valdepeñas, confirmando que la canalización paralela se hizo, y obviando explicaciones sobre el principal punto del que se acusa al Ayuntamiento de Membrilla, que es el de haber realizado una “instalación clandestina y no autorizada”.

http://www.lanzadigital.com/provincia/pp-membrilla-vertidos/

Así las cosas, no sabemos si el Ayuntamiento de Membrilla en las próximas semanas aceptará las demandas del Ayuntamiento de Manzanares, pagando lo que le reclaman, o irá a un nuevo juicio para defender su versión de los hechos. Pero dados los antecedentes, el asunto no pinta bien para el Ayuntamiento de Membrilla. A mí todo me da una profunda lástima, que me hace preguntarme en manos de quiénes estamos. El Ayuntamiento de Membrilla anda ahora difundiendo entre los vecinos, a través de su televisión local y las redes sociales, sus razones sobre el último caso, aunque no parezcan tener mucho peso, culpando una vez más al vecino, al forastero, al otro, al Goliat opresor.

En esta “inercia provincial” escucho y leo cosas que me producen entre sonrojo y una especie de alerta miedosa. A final de verano se difundió un burdo montaje con los rostros del alcalde y varios concejales del Ayuntamiento de Manzanares, con insultos, a propósito de unas obras en una vía urbana de Manzanares con las que algunos vecinos de Membrilla no estaban de acuerdo. Unos meses antes, después de publicarse algunos artículos míos sobre asuntos locales en los que señalaba directamente actuaciones del alcalde, se había difundido otro montaje con mi rostro y el de otro vecino de Membrilla calificándonos de vengadores, de representantes de no sé qué traición contra no se sabía quién, quizá contra la esencia romántica del pueblo que resiste al invasor. Ya sólo me falta leer en los documentos oficiales: “Manzanares ens roba”, escrito así en catalán para agrandar la idea victimista de pueblo afrentado frente al Goliat español y centralista. He de recordar a estos políticos locales, no obstante, que mientras no cambien las cosas, Membrilla sigue perteneciendo a España, y está sujeta a las leyes españolas. Y las leyes vigentes son también democracia, y están por encima de mayorías absolutas de pueblo. Que paren la soberbia, que paren el odio, que paren de arrojar paletadas de vergüenza al nombre de Membrilla. Por favor.

viernes, 14 de julio de 2017

En el Camino: 5ª etapa: Almodôvar-Castro Verde

Entre Almodôvar y Castro Verde hay 21 kilómetros de carretera recta, donde el paisaje ya es eso que en La Mancha llamamos de transición, como nuestra dehesa de encinas y cereal y monte bajo en nuestros límites con Andalucía y Extremadura. A mitad de camino está el poblado de Rosário, de casas blacas y limpias, con una iglesia pequeña y blanca de zócalos azules, y donde todo el mundo está pintando de blanco las paredes esta mañana. El dueño de la cafetería es un hombre joven, fuerte y un poco gordo, y viste unos pantalones cortos ceñidos y una camiseta sin mangas a medio camino entre la ropa interior y la deportiva. Es un hombre simpático, hablador. Mientras me tomo el café que me acaba de despertar, dos horas después de empezar a andar, me cuenta que es minero, y que en todos estos campos de cereal que yo acabo de pasar lo que realmente rinde son las minas de cobre y zinc. Hay españoles trabajando en estas minas, me dice, y también que él mismo trabajó “fazendo uma ponte em Girona”. Me gusta esta cafetería porque los parroquianos no hablan de política, sino que miran embelesados y comentan después un reportaje de National Geographic Channel en el que algunos valientes buscan oro en las aguas del río Yukón. También porque está decorada con bufandas del equipo de fútbol local, con copas y trofeos. También porque el dueño manda a traer el pan recién hecho cuando yo le digo que no traigo prisa, que necesito reposo. “Pão bom, feito aqui em Rosário”. Lo como con deleite, y salgo fortalecido de la cafetería, después de que el dueño me regale una gorra del equipo de Rosário.

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Más adelante, la dehesa caliente, rebaños de ovejas, cabras y vacas pardas que se refugian de los 42 grados a la sombra de las encinas. Desde lejos, Castro Verde también es hermoso y ordenado: fachadas blancas, tejados de ocre claro, una iglesia imponente como una fortaleza en lo más alto de la ciudad. Hace un calor de infierno por las calles empedradas, un aire sahariano y adormecedor. Paso a la Câmara, que es como decir el Ayuntamiento, y sólo hay una persona porque el resto se fue a comer. Encuentro la oficina de turismo, cerrada, al lado de una iglesia pequeña, y me refugio en la pastelería de la oficina. Una camarera joven y dulce lee el periódico, y sin pedirlo me llena la cantimplora y no me quiere cobrar. También se acuerda de otro peregrino de sesenta años que llegó en invierno, sin dinero y con sed. Mientras me refresco, me ha preparado unas tostas de pão com manteiga que tampoco me quiere cobrar. Le digo que, más que comer, lo que necesito es una ducha para poder pensar con claridad. La oficina de turismo tiene en el piso bajo unos vestuarios con ducha, y también me deja usarla. Castro Verde es un lugar hermoso en el que dan ganas de quedarse a vivir.

Voy buscando alojamiento hasta el parque de bomberos, pero ellos me mandan hasta el Parque de Campismo, donde me harán un hueco entre las caravanas y las tiendas de campaña. Castro Verde tiene una wifi municipal gratuita, rápida y masiva, pues funciona en cuanto uno se acerca a cualquier dependencia municipal, en el Parque de Campismo, en la oficina de turismo, en las plazas, hasta dentro de la iglesia. Sí, dentro de la iglesia. Quiero decir: la iglesia estaba abierta. La iglesia es la Basílica Real de Nossa Senhora da Conceição. Está en lo más alto de la ciudad, tiene dos torres, fachada blanca desconchada y pilastras de piedra gris. Por dentro, horror vacui: las paredes son de azulejo de abajo arriba, y pintan escenas en las que un rey dirige un ejército, reposa en su tienda, mata moros a caballo con gesto elegante, imparte justicia desde su tienda. Se refieren a la batalla del vecino pueblo de Ourique, que tuvo lugar el día de Santiago de 1139, y que es uno de los motivos de la devoción santiaguista de todo el sur de Portugal. El techo es un enorme tapiz de colores oscurecidos por el tiempo, deteriorado. Por lo visto abajo hay un tesoro con una efigie de plata del siglo XIII, que está anunciada en muchos carteles. Ya se me había olvidado, pero al cruzar el umbral de la puerta vuelvo al infierno sahariano. Vuelvo también a la cafetería de la oficina de turismo para hacer gasto. La chica me cuenta que ella es de Mértola, en las orillas del río Guadiana, y que allí sí que hay cosas que ver: “Assim como cá vivem das minas, lá vivem do turismo”. Me como un doce de gila, es decir, de cabello de ángel, que es una especialidad de Castro Verde, y es lo único que me cobra, porque el café “é de oferta”, es decir, que también estoy invitado. Lo dicho, Castro Verde es un lugar en el que uno quisiera quedarse a vivir.

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En Castro Verde, junto a la iglesia, hay un museo pequeño montado en la antigua cárcel, que es de las cosas más curiosas que yo he visto. O Museu da Lucerna. Tiene una exposición amplia de lucernas de barro de época romana, desde el siglo I a.C., que se utilizaron para ritos religiosos. De hecho, las lucernas representan a todos los dioses romanos, desde Diana a Mercurio o a Baco, y también escenas cotidianas, eróticas, o de animales. La guía es una señora fantástica, rubia, con vestido ligero y zapatillas deportivas, aire intelectual detrás de las gafas, que me explica cada detalle de los dibujos, de los usos que se les daba a las lucernas, de las clases sociales que las utilizaron. Esto debió de ser un gran centro ritual adonde vinieron a parar lucernas fabricadas en las penínsulas ibérica e itálica y también en África. Por detrás de algunas de ellas los alfareros (no hace mucho que aprendí casualmente la palabra oleiro, en un cuaderno infantil en una playa del Algarve) hicieron dibujos, emblemas o pusieron su firma: autógrafos de artistas de hace dos mil años. Han descubierto varios niveles de lucernas, en unos niveles están todas rotas, en otros, están enteras, y están investigando los ciclos de los rituales que se practicaban. Han sacado del mismo yacimiento ¡veinte mil lucernas!

Antes de despedirme aparece un señor con barba que también sabe del asunto. Es el arqueólogo que dirigió la excavación. Y la señora que me ha explicado todas las referencias mitológicas de las lucernas era en ese momento, en 1994, su alumna, y es la persona que descubrió todo. Me cuenta con emoción que estaban ampliando el cementerio, y ellos fueron allí por pura curiosidad. Ella saltó a un agujero para ver qué había abajo, y subió con una lucerna. “E isto o que é?”, y fue la primera de las veinte mil, que estaban allí todas juntas desde tiempos de los romanos. “É uma coisa que só acontece uma vez na vida”. Lo que más me gusta de este mundo es cuando alguien que sabe mucho de algo se lo cuenta a otros con interés y pasión. Ahora me imagino unos cuantos cientos de esas lucernas, a unos pasos de aquí, hace dos mil años, con cabos de vela ardiendo en una noche de verano, de brisa cálida como la de hoy, y aquellos o aquellas que invocaban a los dioses mirando desde la penumbra, sabiendo a través de esas luces cosas que los demás no sabían, alimentando esa luz, manteniéndola viva para que el mundo siguiera en orden, pronunciando palabras latinas que quizá hoy entenderíamos todavía. Me duermo pensando en las lucernas, sobre el césped fresco, "a céu aberto", con la luna menguante a mi frente y las estrellas que resplandecen como candelas de otra época...

viernes, 8 de julio de 2016

Por la costa del Languedoc: Béziers, Agde, Nîmes: viñedos y toros

El sur de Francia es una sucesión interminable de viñedos: en altas colinas frente al mar Mediterráneo, entre las redes de canales alimentados por ríos desproporcionados, en las faldas de montañas alpinas, junto a cualquier carretera, al pie de lagos de agua helada, en llanuras fértiles de un verdor intenso y saludable. Son todos viñedos en alto, emparrados, frondosos en estos primeros días de julio. Al igual que en España, en el Rosellón y el Languedoc el vino es tanto, y tan variado, que los precios son asequibles y la calidad bastante aceptable.

Al sur de Béziers se extiende una zona de intensa agricultura en los deltas de los ríos Orb y Hérault. Hay cereal ya cosechado, y adornan el paisaje los rollos gigantes de paja. Pero el paisaje es sobre todo verde, arboledas entre los canales que conducen el agua a los regadíos. Melonares en plena producción, cuadrillas muy numerosas recogiendo sandías, y muchas viñas. A un lado de la carretera, coronando un cerro, aparece de vez en cuando la silueta negra de un toro que quiere parecerse al de Osborne. Salvo por la cercanía del mar, el paisaje veraniego de estas llanuras no difiere mucho de lo que estamos acostumbrados a ver en La Mancha.

En la desembocadura del río Hérault, está la ciudad de Agde. Hay un paseo muy agradable por los muelles del río, que es ancho y caudaloso. Hay restaurantes flotantes, niños jugando en las plazas, algunos saltando a las aguas turbias del río. La catedral y muchas iglesias y edificios del centro están levantados con piedra oscura, casi negra, y con la media luz del atardecer hay algo de triste en el ambiente. Comemos un kebab en la terraza escueta de un local turco, y al lado tenemos a un grupo de hombres descamisados que tocan ritmos aflamencados con sus guitarras, niños que ríen y corren de un lado para otro, mujeres en las otras terrazas que tararean la letra francesa de las canciones.

Béziers es otra cosa, una ciudad aún más sucia, más destartalada, como si estuviera sufriendo un proceso de  lento abandono. Es una ciudad fortaleza, con muchas historias trágicas detrás, sangrientas luchas de poder medievales entre cátaros y católicos. En lo alto de la colina se alza una imponente catedral gótica, con un mirador al río y al ancho valle verde de huertas y bosques. En los carteles que anuncian la feria de la ciudad hay un torero a pie y otro a caballo, y una flamenca con mantilla. En la plaza de toros están montando el escenario para un concierto, y tienen las puertas abiertas. Es una plaza pequeña, gris, pobre. En la puerta de afuera se exhibe otro cartelón con una flamenca levantando los vuelos del vestido rojo. Y por dentro hay otros cartelones con la imagen de Sébastien Castella, una primera figura del toreo actual, que nació aquí. Las reivindicaciones de Béziers como ciudad taurina están por todos lados, y tienen un punto pintoresco, casi ridículo, que llega a ser tierno. Bajo un calor sofocante, las calles de la ciudad parecen aún más desangeladas, con un ambiente gris de fachadas deslucidas y turistas lánguidos en las terrazas.

Las playas están muy cerca, son de arena y de agua fría, jalonadas de cámpings y apartamentos bajos y envejecidos, de complejos turísticos familiares, lagunas marinas, agradables rutas para bicicletas bordeando los canales. Siguiendo la carretera hacia Montpellier se atraviesa una manga de tierra que encierra una laguna muy grande, un mar interior, y llegan a juntarse los juncos y los viñedos y las arenas del mar. En medio de esa franja está la ciudad de Sète, con un notable puerto industrial. Al atravesar la ciudad vemos algún cartel indicando la dirección de un parque dedicado a Georges Brassens. Aquí nació el cantautor, y problablemente éste era el pueblo donde, sin pretensión, se ganó La mala reputación.

Nîmes es una ciudad más grande, más limpia, más abierta al turismo cultural. La mayor atracción es el anfiteatro romano, en pie desde el siglo I porque durante muchos siglos estuvo habitado por dentro y sirvió de fortaleza. Hoy alberga en su interior una plaza de toros. Por las calles del centro, limpias y ordenadas, discurren mercados de frutas y de ropas. Muy cerca del paseo del río, está uno de los templos mejor conservados de la antigua Roma: la Maison Carrée, con su rectángulo de columnas corintias en pie desde los tiempos de Octavio Augusto. Enfrente hay un edificio diseñado por Norman Foster, que es un museo de arte contemporáneo.

Y seguimos el trazado de la antigua Vía Domitia, que atravesaba el sur de la Galia, y de la que quedan restos a las afueras de Nîmes, para volver a ver campos y campos de viñedos. Hasta llegar a los bosques frondosos que preceden a uno de los grandes ríos de Francia, el Ródano, que corre abundante y azul, con la inmensidad desbordante de un río americano, frente a las murallas papales de Aviñón.



sábado, 2 de julio de 2016

Carretera y manta: atravesando los campos de España

Siguiendo los pasos de don Quijote, ponemos rumbo al noreste para cubrir la distancia que separa La Mancha de Cataluña. También en España hay espacio para la épica tan americana del viaje por carretera, con el mismo componente de paisajes extremos, bosques y desiertos y la llegada final al relumbrar del mar.

Se ha hecho ya de día cuando paramos en Azuqueca de Henares, otra vez, para abrazar a un amigo. Pasamos de Guadalajara a los campos de Soria, Medinaceli, los viejos caminos pardos de las mesnadas del Cid Campeador. Tomamos un refrigerio en Alhama de Aragón, en una placita estrecha con iglesia y toldos que nos resguardan del calor. El pueblo existe a lo largo de una carretera estrecha, al pie de unas paredes de piedra roja, y a la entrada ocupan las aceras unos ancianos en bata blanca que entran y salen del balneario.

Una pequeña zona de regadíos y después vienen kilómetros de paisaje seco. Del amarillo de los rastrojos pasamos al paisaje rocoso cerca de Calatayud, y después al desierto. Como don Quijote, pasamos de largo por Zaragoza. Desde la autovía se pierden las finas torres de la Basílica del Pilar. Atravesamos el meridiano de Greenwich, trazado en un simple arco sobre la carretera. Y después se despliega el inhóspito territorio del desierto de los Monegros, tan vacío y seco como las llanuras inmensas de Nevada, como los paisajes del oriente triste de California que llevan hasta Las Vegas.

Entrando en la provincia de Lérida (Lleida) vuelve el paisaje mesetario de montes bajos, campos amarillos de cereal aún sin segar. Algunas fábricas y complejos de restaurantes se amontonan sin orden junto a la carretera. Nos desviamos para comer en Mollerussa, que es un pueblo tristón de edificios grises y envejecidos con banderas independentistas en cada balcón. Comemos caracoles y rabo de toro con un vino recio de la tierra. Y después vuelve el paisaje seco de monte bajo con pinos, arrodalado de campos de cereal, hasta que empezamos a subir montañas y a atravesar túneles, y en la comarca volcánica de La Garrotxa el bosque es denso y el cielo se abre. Cruzamos la ciudad de Olot bajo una violenta tormenta. Es también una ciudad triste y fea, gris y plagada de banderas estrelladas. Y al bajar el cerro la tormenta pasa, y aparece la belleza fría y quieta del lago de Banyoles.

Hemos atravesado sucesivamente las provincias de Ciudad Real, Toledo, Madrid, Guadalajara, Soria, Zaragoza, Huesca, Lérida, Barcelona y Gerona. En Banyoles está el lago natural más grande de la Península. Multitud de corrientes de agua provenientes de las sierras lo mantienen lleno todo el año. En 1992, en las Olimpiadas de Barcelona, se celebraron aquí las competiciones de remo. Hay piraguas y barcas recorriendo las calles señaladas con boyas, instructores guiando a grupos de muchachos. También hay sectores de baño, espigones rodeados de nenúfares para los pescadores.

La ciudad es bonita y cuidada. Atraviesa las calles una red de acequias por los mismos lugares por donde las trazaron unos monjes benedictinos en el siglo XII. Hay calles y casas de piedra, mucha gente en bicicleta, animación de bares junto al lago. El Museo Darder ofrece explicaciones sobre la compleja red hidrológica de la comarca, y una colección imponente de animales disecados. En realidad empezó hace un siglo como la colección privada de un taxidermista, y este museo hizo célebre a Banyoles porque hasta el año 2000 exhibieron también, entre los animales de todos los continentes, a una persona disecada. Después de mucha polémica, el famoso "negro de Banyoles" fue devuelto a Botsuana y enterrado en un acto de desagravio.

En el otro museo de la comarca, el Arqueológico, el encargado nos explica la historia de una mandíbula de Neanderthal encontrada en el edificio de al lado, en el suelo de una farmacia, y la conversación se alarga, mientras se fuma un cigarrillo, con disquisiciones sobre los agravios sufridos por la cultura catalana desde 1714. Me hace tanta gracia que en todos los rincones de España, sean cuales sean las circunstancias, la gente ande siempre más en busca de viejos agravios que de motivos de concordia. Eso sí es algo que nos une a todos los españoles, vengamos de donde vengamos.

La vuelta completa al lago de Banyoles se puede hacer caminando en menos de dos horas. Los senderos están cuidados, limpios, transitados por mucha gente al atardecer. A un lado, juncos y patos, agua muy clara, al otro, bosques breves y rastrojos con pacas redondas de paja. Pasamos por la iglesia románica de Porqueres, sencilla y fragante de piedra húmeda. No hemos llegado al mar, pero la vista del agua detenida del lago es un buen comienzo.

martes, 28 de junio de 2016

En el tiempo casi detenido de las Lagunas de Ruidera

"Pidió don Quijote al diestro licenciado le diese una guía que le encaminase a la cueva de Montesinos, porque tenía gran deseo de entrar en ella y ver a ojos vistas si eran verdaderas las maravillas que de ella se decían por todos aquellos contornos. El licenciado le dijo que le daría a un primo suyo, famoso estudiante y muy aficionado a leer libros de caballerías, el cual con mucha voluntad le pondría a la boca de la mesma cueva y le enseñaría las lagunas de Ruidera, famosas ansimismo en toda la Mancha, y aun en toda España".

Capítulo XXII de la segunda parte del Quijote.

Hay paisajes fascinantes que uno no sabe apreciar en su justa medida quizá porque están demasiado cerca, porque son demasiado familiares, y sin embargo despliegan ante los ojos de cualquiera una grandiosidad indudable, un aire de lugar elegido. Las Lagunas de Ruidera son una sucesión de treinta kilómetros de lagunas fluviales en medio de La Mancha, quince lagunas separadas y unidas por barreras de piedra tobácea, piedra que se descascarilló con el trabajo de los siglos, y deja fluir el agua de laguna en laguna para formar el río Guadiana.

La piedra carcomida dibuja un largo tejado por toda la orilla sobre la superficie plana de las aguas, se corta en breves playas, sirve de trampolín a los muchachos que saltan en verano. En la piedra se abrieron huecos por los que fluyen las corrientes de una laguna a otra, siguiendo la ley imperiosa de la gravedad, trasladándose lenta y segura desde la Blanca a la Conceja, a la Tomilla, a la Tinaja, a la San Pedro, a la Redondilla, a la Lengua, a la Salvadora, a la Santos Morcillo, a la Batana, a la Colgada, a la Del Rey, para venir a caer en una última y larga cascada en El Hundimiento, y después remansarse en las dos últimas, la Cueva Morenilla y la Cenagosa, ya convertidas en el río Guadiana, que se frena y se ensancha en el embalse de Peñarroya, en el término de Argamasilla de Alba, extendiéndose a los pies del castillo medieval con una promesa de regadíos fértiles en el corazón de La Mancha.

Hemos ido tantas veces a las Lagunas de Ruidera, desde que éramos chicos, que la belleza y la fragilidad del entorno no se pueden apreciar igual que ante un paisaje muy lejano, que ya tiene el punto exótico que le otorga la distancia. Para nosotros, creciendo en los secanos ardientes de La Mancha, las Lagunas eran la primera playa, la primera idea del mar, en excursión familiar de domingo, con nevera llena de barras de hielo y merenderas con tortilla. Y para mucha gente del centro de La Mancha, en los límites arbitrarios de las provincias de Ciudad Real y Albacete, lo sigue siendo. Pero fuera del ajetreo dominguero, entre semana el Parque Natural de las Lagunas de Ruidera es además un espacio silencioso y realmente natural, un bosque denso de encinas y sabinas, quejigos y pinos, con el solo ruido de las urracas de rabo azul, el murmullo apagado del agua, el lento motor de un coche que serpentea el estrecho carreterín.

En los últimos días de junio hace ya un calor adormecedor. Las Lagunas están más secas de lo que es normal: las cascadas han desaparecido, cediendo el espacio a las paredes rugosas de las rocas, de un blanco sucio. Las aguas están quietas, y tienen un intenso color turquesa. En las orillas, entre los ejércitos verticales de masiegas, juncos y eneas, hay amapolas arrugadas, de un rojo ya desvaído. Una suave pelusa vegetal ha alfombrado todo el suelo de bosque. Al otro lado del carreterín se levantan paredes de roca y tierra roja. Y, punteados a lo largo del camino, a la orilla del agua, chalés pequeños sin orden ni criterio, con accesos precarios a las playas, con hermosos maceteros de flores coloridas sobre el agua.

Mientras nadan mis amigos en las aguas heladas de la laguna San Pedro, espero sentado en una piedra, a la sombra de las encinas, en una breve playa, justo debajo de los balcones de madera del restaurante donde vamos a comer. En el remanso detenido del espacio, me vienen nítidas, como un susurro al oído, las voces de los camareros que preparan el servicio: "Va a haber cambios en España", le dice uno al otro, que responde con un quejido displicente, pensando en el resultado de las elecciones generales de ayer: "Sí, precisamente ahora". El otro tarda un par de segundos en contestar, y lo hace con el tono de quien quiere que lo tomen realmente en serio: "No, hombre, si digo en el fútbol: que Del Bosque va a hacer cambios en la alineación". Después unas muchachas se ponen a discutir cómo y para qué se vota para el Senado, hasta que llegan a la conclusión de que ninguna sabe qué ha votado ni cómo.

Caminamos, después de comer frente a la laguna, por un paraje estrecho de la carretera, encajado entre chalés. Las ramas de una morera sobrevuelan el asfalto. La umbría de la carretera es además pegajosa y negra, de las moras aplastadas por los coches. Más arriba hay una carretera que lleva a la Cueva de Montesinos y al castillo de Rochafrida, y desde ahí se pierde la visión del agua. Entonces ya sólo hay un bosque mediterráneo, verde mate, de encinas y quejigos y sabinas. En medio del suelo rojo está el agujero que vio don Quijote, por el que se entra a la cueva. Enfrente hay una caseta de madera con un guardia que dormita escuchando una leve melodía oriental, y tiene imágenes indias colgadas de las paredes. Hasta que llegue julio sólo permiten en acceso los fines de semana.

De vuelta hacia el pueblo de Ruidera bordeamos otra vez todas las lagunas, siguiendo las pesadas curvas de la carretera. Atravesamos los complejos de piscinas, restaurantes, hoteles, y sobre todo chalés, la huella desordenada del desarrollo constructivo rápido que se inició en los años 70. Pasamos por Entrelagos, uno de los primeros hoteles, el mismo en el que suceden los hechos en la novela de Francisco García Pavón, Voces en Ruidera. Al principio de la laguna Colgada, en la entrada del pueblo, paramos a tomar una cerveza. Hay poca gente siguiendo el partido de fútbol de España, y más gente en la terraza, aprovechando el primer frescor de la tarde que sigue a la siesta. Hay niños en bañador jugando entre las mesas, ánades nadando tranquilos entre los juncos, algunos cuerpos tendidos en la playa sombreada por los pinos.

Cuando don Quijote pide que lo lleven a ver las lagunas está hablando de un lugar ya famoso "en toda La Mancha, y aun en toda España", del que ha leído y escuchado mucho, pero del que se maravilla con la misma intensidad que si fuera el primer hombre en descubrirlo. Yo siempre me encuentro un poco perdido en las Lagunas de Ruidera. Nunca estoy seguro de estar en las orillas de una o de la siguiente. Cuando don Quijote salió de la cueva de Montesinos les contó a Sancho y al guía, que lo habían ayudado a bajar atado a una cuerda, el extraño sueño que había tenido. Creía haber estado varios días en las profundidades, cuando para los demás había pasado poco más de media hora. El tiempo pasa a un ritmo distinto en este entorno. Fluye con la lentitud sinuosa del agua que cae de una laguna a otra, y a veces se estanca en la quietud azul turquesa de las aguas.

martes, 17 de mayo de 2016

Primera estación: El Paso, Texas; Carslbad Caverns, Nuevo México

En el mediodía de mayo me recibe en El Paso un calor seco e intenso, como el que puede hacer en la meseta castellana en julio. Es el recibimiento adecuado, es como reconocer un olor mucho tiempo olvidado. Y con la calidez del aire me recibe también una sonrisa amiga. Qué hermoso es que a uno lo esperen en los aeropuertos, además de sensaciones queridas, personas queridas. Las vueltas que da la vida, las vueltas que damos unos y otros, para que ahora yo esté aquí, en la frontera de Texas, devolviendo la visita a quien con dulce acento mexicano sabe repetir expresiones tan manchegas. Qué diferente de cuando, casi una niña, llegó a nuestro instituto hablándonos de usted y respondiendo con educación desusada: ¿Mande?

El Paso del Norte fue la ciudad que fundaron los españoles al otro lado del Río Grande, o Río Bravo, cuando se lanzaron a la conquista de Nuevo México. Era un punto estratégico en el Camino Real de Tierra Adentro, que partía de la ciudad de México y cruzaba como una arteria comercial el centro de la Nueva España. Al igual que el Camino Real en California, estaba sembrado de misiones, que llegarían hasta Albuquerque y Santa Fe.

Y hacia Nuevo México vamos, pero sólo hasta el límite con el estado de Texas. El Paso está hoy en el extremo del estado, encajado entre el Río Grande, que es la frontera mexicana, y Nuevo México, y es la única ciudad tejana con una hora menos. Saliendo por la carretera 62 hacia el este atravesamos los montes Hueco, los montes Cornudas y después  una llanura parda y seca, con tramos blancos como sal, que es parte del desierto de Chihuahua, el más grande de Norteamérica. A lo largo de la carretera hay casas desvencijadas, ranchos tristes en los que pastan grupos de toros negros, de caballos, algunos ciervos sueltos. Las montañas Guadalupe se divisan desde muy lejos: un grupo imponente de cimas de piedra gris, formadas sobre los arrecifes de un antiguo mar.

El pico Guadalupe es, con 2600 metros, el más alto de todo el estado de Texas. Hasta estos montes arrinconó el ejército estadounidense a los indios nativos a mediados del siglo XIX, cuando las exigencias de la colonización planeaban su exterminio. Hoy es un parque nacional, con muchas rutas de senderismo que atraviesan cañones anchos y bosques de colores vivos.

El Parque Nacional Guadalupe Mountains linda con otro, Carlsbad Caverns, que está justo al otro lado del límite con Nuevo México. Si no fuera porque veo con mis propios ojos lo que hay dentro, lo juzgaría irreal. Las fotografías no dan cuenta de las dimensiones. En medio del campo semidesértico se abre una bocana, una entrada natural a una cueva por la que dan vueltas en círculo cientos de golondrinas. Al atardecer salen en bandada los murciélagos, para darse un festín colectivo en las orillas del río Pecos. Pero lo que se va abriendo más abajo no tiene medida. Un camino pavimentado va descendiendo en zigzag hasta cámaras cada vez más grandes, con techos de filudas estalactitas. A ciento cincuenta metros de profundidad los caminos se bifurcan. Hay estanques y riachuelos que corren entre las estalagmitas. Uno de los senderos va a dar a la Big Room, donde se suceden formaciones que parecen sacadas de un cuento infantil.

De los techos cuelgan formaciones onduladas que parecen una cortina agitada, unos dientes de ballena. Hay otras que se llegaron a juntar formando columnas. Se abren cámaras como gigantescas naves catedralicias. Hay sarpullidos de formas coralinas, y calizas blancas y pulidas como huesos de cementerio. Pequeños templetes, postes largos como tótems indios, enormes icebergs. Cada gruta da paso a otra mayor: hay 48 kilómetros de pasajes explorados, con cámaras a más de 300 metros de profundidad, y los grupos de científicos y espeleólogos siguen descubriendo más y más cada día.

Después de una hora damos la vuelta con la boca abierta por la emoción. Bajan y suben familias completas por los senderos bien pavimentados, tenuemente iluminados por focos artificiales. Algunas personas muy corpulentas van resoplando, se van quedando a un lado del camino. Todavía sin haber alcanzado la entrada de la cueva, miro hacia atrás y me parece mentira lo que tengo delante de los ojos: estamos dentro de un reportaje de National Geographic, y somos tan mínimos como una gota de agua en la amplitud descomunal de una sola de las cámaras. 

Afuera, en el campo, hace sol. Vuelve a confortar el aire cálido después de haber salido de la frialdad mortuoria de las entrañas de la tierra. En el museo ayudamos a una niña a desplegar una pantalla que explica el ciclo del agua, desde la lluvia hasta la formación de estalactitas. Se acerca el padre, que viene cargando una sillita con otra cría. Es tejano, y me pregunta en español gringo, con acento uruguayo, de qué parte de España soy. "Sabía que tenías algo que ver con España: nadie tiene aquí una mochila Quechua como la que llevás".

A siete millas de la cueva, y a no muchas más del río Pecos y de Carlsbad, hay un pueblecito que no es más que unos pocos edificios a ambos lados de la carretera: Whites City. Parecen edificios de madera medio destartalados de una película del Oeste: Liquor, Grocery, Restaurant, Antiques. Frente a uno de ellos hay carros de caballos, frente a otro hay varios modelos de alienígenas, verdes y alargados, que por lo visto también son gente que se deja caer por aquí cerca. Uno de los restaurantes parece muy grande, y tiene al lado un complejo de piscinas. En la barra los asientos simulan el trasero de un caballo, o el de una bailarina de salón. Las camareras son de pocas palabras, de trato arisco. El local está medio lleno, pero casi podemos escuchar el silencio.

Pedimos café y nos responde la mesera que ya no tienen, que se acabó con el desayuno. Pedimos té, el ambiente está enrarecido: parejas de turistas de edad beben smoothies y hablan a media voz, hay familias con niños callados. Los cuadros de las paredes son retratos de indios y de señores blancos con sombrero y mostacho. Cuando empiezo a pensar con ruindad que no dejaré propina, porque no me ha gustado el trato en este bar del Oeste, la camarera rubia me dice que estamos bien, que no tenían el café que pedimos y que por tanto no nos van a cobrar los tés. Con una lección aprendida, dejamos Nuevo México y enfilamos hacia el desierto que nos llevará a la noche cálida de El Paso.