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miércoles, 4 de noviembre de 2015

La lluvia minuciosa, la memoria de Borges

Cuando se viven tantos meses en verano, en esta casi ininterrumpida primavera cálida del sur de California, uno olvida hasta qué punto puede echar de menos las estaciones. Pasan meses sin que se sienta ningún frío, sin que caiga una gota, días luminosos y despejados, refrescados por la brisa del mar, con el mismo paisaje de mangas cortas y chaquetillas ligeras, con la sola variación de las horas de luz que menguan en otoño. Por eso cuando llega un frente hay algo más que la sensación de novedad: hay como una recuperación melancólica de la conciencia del tiempo, del tiempo verdadero.

         Ese tiempo recobrado que vuelve, según el bello soneto de Jorge Luis Borges, cuando “Bruscamente, la tarde se ha aclarado / porque ya cae la lluvia minuciosa”. Si bien fue Alberto Cortez quien le puso música, mi propia memoria sentimental me trae el recuerdo de la presencia del padre de Borges, bajo la parra del patio, en la voz ronca y por bulerías de El Cabrero. “La lluvia es una cosa / que sin duda sucede en el pasado”. Con toda seguridad, los primeros versos, las primeras palabras de Borges no llegaron a mí por la lectura: fueron los versos de este poema del recuerdo íntimo, que escuchaba una vez y otra, en el vozarrón de El Cabrero que explotaba desde una cinta de casete, desde la parte de atrás de la cabina del tractor que guiaba mi padre. Y por eso me liga a la fértil palabra de Borges un recuerdo personal de tierra parda levantada por el arado, de lluvia otoñal y tranquila: "Quien la oye caer ha recobrado / el tiempo en que la suerte venturosa / le reveló una flor llamada rosa".



         Hace dos días el baño en las aguas del océano Pacífico era tonificante y necesario, después de unos balonazos y carreras en una playa dorada y ancha, vaciada por Halloween. Y de repente esta mañana llegó una lenta borrasca, unas nubes gordas y grises que llegaban del mar y vaciaban tímidamente. Las ventanas abiertas en el aula traían una brisa fresca, agradable, primaveral. Primero un sonido raro, casi irreconocible, el latigazo múltiple de la lluvia que descarga. Al instante, gritos infantiles desesperados y largos: al lado de nuestro instituto hay un colegio, y probablemente para muchos niños era la primera vez que la lluvia los sorprendía en descampado.

         Fueron lluvias racheadas e inocentes, de las que no dejan charcos. Al volver hacia el norte, me sorprende en la carretera un arcoíris muy nítido, un tubo de colores casi vertical y muy cercano, que yo también observo como una novedad infantil. Durante la tarde llueven esas rachas rabiosas, pero también un lento y dulce chispear dorado contra el atardecer de palmeras de la ventana.

         Paseo por la marina de Chula Vista como desconociendo el territorio. En los parques junto al agua donde siempre hay algarabía y movimiento de andadores y corredores, en esta noche temprana hay sólo viento y olas. Si no fuera porque apenas llevo una chaquetilla sobre la manga corta, pensaría que esto es el invierno, tan corta tiende a ser la memoria que uno se olvida de la verdadera sensación del frío. No hay familias pescando en el espigón, ni bullicio en los merenderos bajo los grandes árboles. Me cruzo con una garza enorme, afilada y gris bajo los focos, probablemente más grande que yo, con los alambres de sus patas hundidos en el agua de la bahía. Echa a volar despavorida cuando me quedo quieto. Hay algunas sombras solitarias y oscuras mirando las aguas intranquilas, entre las rocas o en la playa. Hacia el sur, las luces palpitantes de Tijuana, con alguna sombra de nubes. Hacia el norte, el amarillo y el rojo y el verde de los edificios del Downtown de San Diego, sobre los que cruza el arco también iluminado del puente que lleva a Coronado.

         En la isla de Coronado hay luces, pero desaparecen a la izquierda, dejando el hueco oscuro del océano. Hay una larga y estrecha franja de arena, la Silver Strand, que une Coronado por el sur con Imperial Beach, muchos kilómetros más allá. En ese tramo de oscuridad, que uno intuye como el océano abierto, ocurre de noche un fenómeno singular: cruzan ligeras las luces de los coches, en ambos sentidos, como si circularan en una loca carrera horizontal sobre las aguas negras.

         Me sobrevuela el graznido de un cuervo, entre las ramas altas que se agitan y zarandean con el viento fresco, y con la humedad del mar llegan también gotas sueltas contra la cara: por un momento el recuerdo vivo de otras estaciones me hace pensar que no estoy aquí, sino en una playa inglesa. Volviendo a casa, en la curva negra de la carretera tengo que frenar porque me viene de frente un barco. Cruza majestuoso y alto, remolcado por un camión que lo lleva al astillero de la bahía, y que va rompiendo la negrura con unos focos muy brillantes. En las noticias dicen que hay algunas inundaciones en la ciudad de San Diego, tan poco preparada para las lluvias. También que en Mammoth Lakes, en el norte, está cayendo mucha nieve, por primera vez en la larga temporada de sequía que ya dura varios años, y abrirán en dos días la estación de esquí.

         Pero en el fondo este tiempo es un espejismo. En dos o tres días volverá el ambiente primaveral, volverá a picar el sol a mediodía y volveremos a la playa de otoño. Es sólo que al venir a saludar una estación distinta, y al hacerse de noche tan pronto, como en un otoño de verdad, a uno le vienen rachas de recuerdos como traídas por el viento y las nubes húmedas. El confort del presente nos hace olvidar hasta nuestros hábitos más inseparables. Nos hace creer que los olvidamos, pero nada se olvida.
       
       Ayer pasé por la biblioteca porque tenía la urgencia de volver a leer “Funes el memorioso”, de Borges. Recordaba tan nítidamente la conversación del narrador con Ireneo Funes, de la misma forma que creía haber olvidado que el primer recuerdo del narrador es antes de una tormenta de verano en Fray Bentos, Uruguay. A veces sólo necesitamos una chispa casual, como una conversación de domingo con un científico sobre los mecanismos que rigen el cerebro, que nos lleva de nuevo a Borges, o la llegada de un raro frente borrascoso, que nos trae de nuevo las estaciones del pasado y de otro continente. Porque en el fondo nada se olvida.

domingo, 26 de julio de 2015

Tiempo de cine al sur de California

Empezar el curso escolar en pleno mes de julio es otra de las cosas que ayudan a mantener una continua sensación de irrealidad. Nada es lo que parece. Es verano, parece verano, hace sol y hay muchas horas de luz, pero es un verano fresco, ligero, muy distinto al verano candente y soporífero que dejé hace sólo unos días en España. El largo viaje que lo transporta a uno hasta un lugar de los más remotos de la Tierra es otro factor que descoloca, que lo pone a uno en un tiempo que parece medirse por otros parámetros. Como casi todo en Estados Unidos, pesos, distancias, volúmenes, temperatura, expresados en onzas, millas, grados Fahrenheit a los que uno nunca termina de habituarse, también el tiempo parece medirse estos días con una medida distinta: estricta y formal como todo lo que ocurre en América, también relajada y amplia, sin noción de principio ni fin, como casi todo lo que nos ocurre a los españoles en América.

         El viaje hacia el Oeste es más llevadero porque el cuerpo se hace al horario casi inmediatamente. De vuelta a Europa es cuando sufre uno esa especie de convalecencia torpe que se prolonga a veces días y días, y que lo incapacita para hacer vida normal porque sigue dentro de sus esquemas horarios y mentales americanos, y el sueño y el hambre reclaman a deshoras, dotándolo a uno de una singularidad que a los demás puede hacérseles enfadosa, la singularidad del enfermo sin una enfermedad clara.

         Pero al llegar acá no se sufre eso. Se sufre o se siente la amplitud del tiempo, la extensión abultada de los horarios laborales, los madrugones que convierten los días en una sucesión de actividades que no cesan, la sensación todavía rara de comer antes de las doce del día y sentir tres horas después que ha habido un corte en el tiempo, un lapso desaparecido, pues ya ni es hora de comer ni hora del café sino media tarde, aunque aún queda la tarde entera por delante.

         Otra cosa que siempre me hace sentir esa sensación de vivir fuera del tiempo, por más que la haya vivido tantas veces, es la cercanía del mar. Siempre que he vivido en lugares con playa me sigue pareciendo mentira que esté ahí, presente y sensual, a unos minutos en bicicleta o caminando, a una distancia fácil en coche. En San Diego hay playas abiertas al océano Pacífico, de oleaje impetuoso y aguas muy frías, y otras más tranquilas y recogidas, a lo largo de la enorme bahía, bordeadas casi siempre de jardines y prados de césped con árboles gigantes.

Además las playas son anchas y apacibles, con la cantidad justa de veraneantes al sol liviano de julio, los surferos que vuelven tercamente en busca de su ola, un lugar ideal para caminar por la orilla, que siempre es amplia y dura y fresca. En las playas luminosas de la isla de Coronado, junto al hotel decimonónico, de un lujo todavía elegante, uno puede pasar horas, de lectura o conversación o paseo, y olvidarse sin culpa del día de la semana o del mes del año.

El tiempo además está distorsionado por todas las libertades horarias de este país. En Estados Unidos nunca cierran las tiendas y supermercados, por lo que la mañana de domingo es como nuestros sábados, un día de compras como otro, de familias en chanclas recorriendo con carritos pasillos helados de refrigeración artificial, de los que es un alivio insuperable escapar y llegar al fresco saludable de la calle, sol y brisa reparadora.

Poco a poco uno se va haciendo a lo que ve. Un europeo, mediterráneo en sus costumbres y agreste a pesar de todo, al que todo llama la atención y para el que todo es siempre novedoso y atrayente. La noche del sábado viajamos en el tiempo haciendo algo que no sólo nunca había hecho, sino que tampoco imaginaba que siguiera existiendo fuera de las películas americanas juveniles de hace décadas: ir a un cine de verano en un drive-in, un autocine.


Está atardeciendo, con fondo de palmeras y pinos tras los que se intuye el océano abierto de California, porque se siente y se huele en la brisa tranquila que se cuela por las ventanillas del coche. Muchas familias salen de los vehículos y colocan sillas plegables. Grupos de niños llenan los maleteros abiertos de furgonetas pickup, merendando o cenando, tomando refrescos. Podría ser 1970, pero faltaban entonces muchos años para que yo naciera. Se hace oscuro y se ilumina la pantalla con la magia del cine, sintonizamos el sonido a través de la emisora de radio, apuramos la pizza aún caliente y deslizamos entre los asientos furtivamente una cerveza de trigo, evitando hacer ruido al destaparla. Más que ver una película, uno tiene en este país tantas veces la sensación de estar viviéndola. Recuesto el asiento, siento la brisa del mar, me dejo llevar por la irrealidad del tiempo, dentro y fuera de la pantalla.