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viernes, 21 de julio de 2017

En el Camino: 12ª etapa: Lisboa-Alhandra

Vine a Lisboa para salir de Lisboa. El lugar donde me alojo tiene algo de escondido y de mágico. Desde el puerto se camina hacia la Sé Catedral, que está en alto, y se pasa por debajo de un arco de piedra hasta un callejón donde aparcan las motos y juegan los muchachos, y desde ahí suben unas escaleras por otro callejón, con un nombre tan poético como preciso: Escadinhas das Portas do Mar. Por la mañana el callejón elevado es un lugar silencioso que huele a limpio y a sal. Antes del desayuno, una muchacha que ha salido a fumar al poyete de piedra me cuenta que es su primera vez en Lisboa, que ha venido a conocer parte de Portugal y España. Es de Nueva York, aunque lleva cinco años sin visitar la ciudad. Los ha pasado estudiando en Tel Aviv. Apenas ha aprendido hebreo, su entorno era el del colegio americano. Su madre es de Austin, Texas, que es el único lugar en los Estados Unidos que ha visitado en este tiempo. Acaba de terminar sus estudios en Israel y después de este viaje volverá a Nueva York, dice, como una extranjera. Está sorprendida de que en Europa funcionen tan bien los transportes, que se llegue a los sitios en el tiempo que uno ha calculado. Está entusiasmada, tiene en la mirada esa emoción de la juventud ante lo nuevo que nunca debería perderse. Esa mirada desprende luz y energía a quien la cruza. Ríe y hace broma con cualquier comentario sobre los Estados Unidos, sobre los judíos, sobre Israel. Me pregunta por el sentido del Camino de Santiago, y no sé cómo he acabado explicándole el milagro de Fátima. Hace este viaje con su hermano, que llega con ojos dormidos al desayuno, donde compartimos mesa con una húngara que habla muy deprisa, una sueca y dos tailandeses que parecen no conocerse. La vida backpacker es siempre esto: buena gente de cualquier lugar con muchas ganas de vivir. Gente siempre extranjera y siempre bienvenida. Pero yo he venido a otra cosa, y tengo que salir de Lisboa. Los americanos se acercan para despedirse mientras yo preparo mi mochila peregrina. No volveré a verlos, y así está bien.

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La catedral de Lisboa no es gran cosa. Una nave estrecha, un refrito de estilos que pretendían ser más antiguos, un claustro que no se puede visitar sin pasar por caja. Al salir, a mano izquierda, en la piedra más baja de un contrafuerte, veo por fin una flecha amarilla y casi no me lo creo. Sigo viéndolas algunas calles más, a partir de ahora serán intermitentes, pero sé que están. Recorro callejones del barrio de Alfama, el más antiguo de Lisboa. Paso por el Museo del Fado, después por el Museo del Azulejo. En uno de estos restaurantes medio escondidos fui muy feliz una noche escuchando los fados de esos grupos itinerantes que se presentan de repente en los sitios y obligan a apagar las luces y a encender los sentidos. Salir de Lisboa es dejar también una parte de la memoria.

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En el Campo das Nações todo es moderno, limpio, grande, brillante. Ésta es la zona de la Expo 98. En las terrazas hay jóvenes con traje y corbata que vienen de las oficinas cercanas, hay turistas elegantes. La Estação do Oriente es grandiosa y luminosa. No puedo resistirme a pasar al centro comercial Vasco da Gama. Y yo dos semanas buscando iglesias abiertas: éste es el verdadero templo. Ríos de gentes recorriendo los amplios pasillos, adorando la sofisticación de las tiendas, los colores y formas. Subo al nivel de los restaurantes. Otra oleada de gente ordenada para comer deprisa en decenas de restaurantes temáticos. Por lo menos, me hago servir mi sopa de peixe y mi bifana de porco en una cadena de comida local.

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Cruzo por debajo del arranque del puente más largo de Europa, el Vasco da Gama. Y después la desembocadura del río Trancão corta el paso y hay que ir hacia el interior, y al cruzar el río pierdo para siempre las flechas amarillas. Se supone que el Camino da un rodeo largo por el interior, pero yo he seguido la carretera y atravieso feos polígonos industriales con mucho tráfico. Y yo que pensaba que había dejado los coches y camiones al sur del Tajo. Hace mucho viento, viento fresco del mar. Llego a Alverca do Ribatejo, que parece un pueblo grande, y pregunto a los bomberos. Me indican que siguiendo recto por la carretera, en apenas cinco kilómetros, estaré en Alhandra, donde los propios bomberos me darán alojamiento. A la entrada de Alhandra veo en un poste varios carteles con las doble indicación inequívoca: flecha amarilla, Caminhos de Santiago; flecha azul, Caminhos de Fátima. El río Tajo aquí ya es un mar con oleaje tranquilo. Empiezan a pesar las piernas. Los 33 kilómetros de etapa llana por asfalto pesan, y las piernas empiezan a necesitar una etapa corta, y también el aire del campo.

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Dejé en casa mi pasaporte por dos razones: porque no me haría falta; y para que no me hiciera falta. El verano es largo, grande el esfuerzo ya hecho y el por venir, y las tentaciones muchas cuando uno llega a una gran ciudad con aeropuerto. Por suerte, la voluntad se sigue manteniendo firme.





jueves, 20 de julio de 2017

En el Camino: 11ª etapa: Setúbal-Barreiro-Lisboa

Setúbal es una Lisboa pequeña, una Lisboa desmejorada. Uno desembarca y ya está en pleno centro: anchas avenidas, callejones que acaban en escaleras estrechas, fachadas amarillas carcomidas por la humedad, ropa colgando de los balcones. Algunas calles del centro están adornadas con cometas de colores y con aparatosas lámparas de flores artificiales que les dan un aire chinesco. Por la mañana el cielo está encapotado y hay un raro silencio en las calles llenas de gente. La catedral tiene dos torres de piedra sucia, algunas partes de la fachada encaladas, y está en alto, frente a una plaza vacía flanqueada por árboles altos. A media mañana empieza a llover. Es una llovizna suave, lenta, fría. Me refugio en una biblioteca pública y después en el interior confortable de una empresa de comida rápida donde me sirven un desayuno americano.



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Hay varias formas de recorrer la distancia entre el río Sado y el río Tajo. La más larga es ir hasta Almada. Las más cortas, hasta Seixal, Barreiro o Montijo. Cojo la de en medio, 27 kilómetros en línea casi recta a través de esta península que dejan los estuarios de los dos ríos. Dejó de llover pero el cielo aún está lleno de nubes panzudas que me protegen del sol del mediodía. Atravieso por carretera una parte del bosque da Arrábida, en paralelo a la antigua calzada romana que llevaba a Olisipo. Hay algunas viñas donde acaba el bosque. Subo una cuesta durísima, el Alto das Necessidades, que culmina en una ermita blanca y abandonada. Desde arriba, a casi 30 kilómetros de distancia, distingo con júbilo, entre tantos tejados ocres, las formas rojas del puente 25 de Abril.

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Hay una larga travesía por barrios a medio construir con chalés y quintas grandes, entre arenales ardientes y todavía solitarios. Me vuelvo a quedar sin agua en ese trayecto, y ya pasó la hora de comer. Al cabo de mucho rato, bajo el puente de una autovía, encuentro a un viejecillo en bicicleta que me indica que muy cerca hay un pueblo, y en el pueblo un bar. No los veo, ni a mi frente ni en el GPS, pero veo el cielo abierto. Como por arte de magia, aparecen casas en un pueblo de una sola calle: es Quinta da Areia, a las afueras de Coina. El dueño del bar es un hombre serio que sólo ríe cuando le cuento que vengo andando desde Faro. Me pregunta si soy brasileño. En estas circunstancias, el primer trago de cerveza sabe a gloria bendita. Me prepara una bifana de porco tan rica, con su mayonesa y sus gotas picantes de piri-piri, que tengo que repetir bifana y tercio. Después de pasar sed y hambre por esos andurriales arenosos, uno estira las piernas y recuerda el verso de Jorge Guillén: “El mundo está bien hecho”. Hay tres mujeres en la mesa de al lado, una de ellas muy vieja, que se ponen a discutir sobre cuál es la mejor manera de llegar a Lisboa desde allí. Cada una me da sus recomendaciones, y hablan todas a la vez. Al fin, una se levanta, viene a mi mesa y me dice que no les haga caso a las otras, y que vaya directo a Barreiro. La cuenta no pasó de cinco euros, y al irme, este señor que me devolvió la vida me preguntó con gesto de orgullo: "Tavam boas as bifanas, eh?".

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El estuario del río cada vez más ancho, travesía con tráfico por pueblecitos de iglesias y cafeterías pequeñas, una academia de fusileros, y finalmente una ciudad industrial, bloques de pisos con apariencia de barrio obrero de los 80, Barreiro. Así me definió la ciudad un compañero que la visitó hace unos meses con un proyecto educativo, y así es cuando yo la atravieso camino del puerto. Compro el billete y el encargado me urge: quedan menos de cinco minutos para que el barco salga. En unos minutos, mientras el barco se sobrepone a las olas marinas del Tajo que le pegan fuerte en la panza, se van dibujando las líneas de la ciudad de Lisboa contra el atardecer. Al bajar leo el nombre del barco: Fernando Pessoa. La luz del atardecer pega sobre la fachada de la catedral, enciende los colores vivos de las fachadas de las casas que la rodean, las piedras de la calle, las vías empinadas del tranvía. El sol se ha puesto cuando me reencuentro con la algarabía de la Praça do Comércio. Junto a la rampa que baja al río un grupo de jóvenes mulatos, y alguno que no es joven ni mulato, tocan música triste brasileña. Paseo entera la Rua Augusta, que está llena de vida, y llego hasta la estación de Rossio. Hace una brisa fría, pero en las piernas y pies desnudos aún me dura el calor del esfuerzo. Cada vez que estoy en Lisboa me acuerdo de los versos de Sabina: “En Macondo (o en Comala, depende de la versión) comprendí / que al lugar donde has sido feliz / no debieras tratar de volver”. Pero no sé si es cierto.



domingo, 28 de junio de 2015

Más allá de Lisboa

La noche de San Juan meto los pies en las aguas del Atlántico y siento un violento escalofrío, intenso y fugaz como un presagio. El día siguiente me entrego a una tarea metódica y ligera: recorrer con la bicicleta la punta de la nariz de la península de Lisboa hasta el océano abierto.



         Paço do Arcos, Oeiras, Carcavelos, Parede, Avencas: la sonoridad de los nombres se corresponde con la belleza de las playas, algunas grandes extensiones de arena llenas de adolescentes jugando, otras pequeñas calas abiertas entre abruptos acantilados. Hacia el norte, São Pedro do Estoril, São João do Estoril, una carretera en leve cuesta sobre los acantilados y un paseo marítimo limpio y concurrido, familias en la tarde serena de playa, lectores entre las rocas, niños lanzándose al agua con acrobacias desde los espigones, viejas fortalezas mirando al mar casi abierto. Cascais tiene todo eso y un poco más: una ciudad de vacaciones tranquila, paseos de baldosas limpias y puestos de recuerdos, muchos restaurantes, un puerto deportivo pequeño, turistas casi silenciosos, mucha calma.

         Más allá de Cascais la carretera vira a la derecha, siguiendo las formas caprichosas de la costa, que forma una nariz frente al océano. El Tajo ya se ha convertido en el Atlántico, y a lo largo de la carretera alta se suceden las pequeñas urbanizaciones, las quintas viejas con entradas señoriales y las quintas remozadas que ahora son lujosos hoteles, un campo de golf, más fortalezas medio en ruinas. También algunos restaurantes con terrazas frente a la anchura inmensa del mar, y miradores en los puntos más altos, y muchos deportistas tranquilos. Ciclistas, corredores, caminantes, casi todos de una cierta edad, a lo largo de una carretera bien acondicionada donde sólo se oye el viento y el lejano oleaje del mar que golpea muy abajo.

         Me vuelvo antes de alcanzar la playa de Guincho, habiendo divisado un faro anterior al Cabo da Roca, que no está mucho más allá, y es el punto más occidental de Europa. Algunos coches esperan el atardecer en los caminos abiertos entre las rocas, bajo la carretera. Al otro lado, anchos prados y bosques de arbustos en las montañas que se alejan hacia el interior. Algunas figuras saltan entre esas rocas contra las que choca violento el océano. El sol baja entre nubes brumosas, yéndose en línea recta hacia América, pero aún habrá más de una hora de buena luz para tomar el camino de vuelta.

         Al día siguiente recorro a pie algunas de esas playas. Liberados de sus obligaciones escolares, decenas de jóvenes llenan las playas y juegan con palas o balones de fútbol. El agua es más cálida que la del océano Pacífico, pero también, como allí, hay muchos surferos buscando la buena ola. Hay viento, pero mucho más suave. Me recuesto a la sombra de una roca a leer y al rato pienso que parece mentira, pero la playa está llena de gente y apenas oigo ruido. Hay una extraña serenidad en el ambiente, no hay músicas desagradables, la gente no grita, uno no quisiera salir de este refugio plácido hasta que el libro se acabe.

miércoles, 24 de junio de 2015

Nova viagem a Lisboa

Las primeras veces en Lisboa estaba la sorpresa, el aire decadente, las ilusiones literarias, el contacto con el otro más cercano. En las últimas, por encima de todo eso, está el puro gusto de reconocer las calles empinadas, las piedras beige componiendo el inmenso puzle de las aceras, el ruido de los tranvías, el acento melancólico de nuestras mismas palabras, los colores en las paredes en las caras de esta ciudad tan ibérica y tan oceánica.

         Siempre he llegado por carretera, por la misma carretera serpenteante entre montes y encinas que deja atrás La Mancha pero todavía se alarga muchos kilómetros por bosques de la provincia de Ciudad Real hasta llegar a la recta que atraviesa Extremadura. Las primeras veces que se sobrepasa, el Guadiana es un río sin agua, un lecho ancho de limo y cañas. Después va creciendo, hasta ser un poderoso río verde a la altura de Mérida. Uno atraviesa ya estas fronteras europeas con un aire de cansada monotonía: sin barreras, sin distinciones en el paisaje, lo único que varía es el reloj sobre la autovía indicando que se debe cambiar la hora. Bem-vindo e boa viagem.

         Paramos en Évora un rato para reconocer las palabras alegres de una amiga y el sabor fuerte del café que nos prepara, el primer café breve y denso que me tomo en mucho tiempo. Asiduo consumidor de ese inocente sucedáneo que es el café preparado en los Estados Unidos, saboreo la intensidad del café portugués como un verdadero obsequio de bienvenida.

         Atravesando el puente 25 de abril soy consciente por primera vez de lo mucho que se parece al Golden Gate Bridge de San Francisco, y ya empiezo a reconocer áreas de la ciudad a la derecha, entre las rejas rojas que pasan veloces.

         Mis pasos vuelven una vez más al Mosteiro dos Jerónimos, donde voy directo a saludar las tumbas de Luís de Camões y Vasco da Gama. Hay un aire de turismo tranquilo y saludable en esta zona apartada de la ciudad, de grandes jardines con fuentes altas. Alrededor de la Torre de Belém, a lo largo de la orilla de ese río que es un mar, pasean locales y turistas, jóvenes y viejos, bicicletas y grupos de atletas de tarde. Hay muchos españoles, parejas, grupos de amigas, familias con niños muy pequeños.

         Al día siguiente me lanzo a reconocer lugares ya casi familiares, con la pequeña mochila, un libro ligero y todo el día por delante. En las dársenas de Santos (as docas, docks) hay muchos bares y restaurantes vacíos, despertándose del jolgorio de la noche anterior. Donde acaba la línea del comboio empieza el trajín de bicicletas y caminantes. Terrazas abiertas al Tajo con los primeros turistas, pescadores pacientes sobre el malecón, gente que lee o que mira el lento discurrir del agua. También en las escaleras que se abren al río al final de la Praça do Comerço: turistas, por lo general muy jóvenes, pueblan los escalones musgosos en la tranquilidad del mediodía, arropados por la música lenta de los músicos callejeros.

         En la pequeña plaza frente a las ruinas de la Igreja do Carmo, a pesar de los bares y el tráfico de turistas con cámara, hay siempre un silencio extraño, una tranquilidad como de espacio en la sombra. La gente sube y baja con orden y mucha calma del elevador de Santa Justa, y con la misma calma se ve discurrir la multitud diminuta desde arriba. En Chiado, como siempre, gente que espera frente a A Brasileira para hacerse la foto junto a Fernando Pessõa, y muchos jóvenes en torno a la fuente de la Praça Camões, frente a la que cruzan sin parar, hacia arriba, los viejos tranvías amarillos.


         Hay en estas calles de Chiado o de Bairro Alto una multitud que no cesa de andar y de fotografiar, movimiento continuo de tranvías o coches o motos, voces casuales en inglés, en portugués, en español, y sin embargo una sensación de calma, de discurrir lento de la vida y sus cosas, de serena civilización. Creo que eso es lo que uno viene a reconocer a Lisboa.