Mostrando entradas con la etiqueta Cancún. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cancún. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de junio de 2016

Y otra vez cruzamos el Atlántico, al fin

Al anochecer, a la hora del partido entre México y Uruguay, se desata una tormenta tropical que durará horas. Llueve con tanta intensidad que las calles se inundan, entra agua por las ventanas cerradas, corre desde el patio a las salas interiores. Cebamos mate mientras México marca goles, y al tiempo que un grupo de gente de tres continentes mateamos, me acuerdo de mis dos amigos, uruguayo y mexicano, que están viendo allí el partido, en directo, en la tarde todavía sofocante de Phoenix, Arizona. Después salimos descalzos, sobreponiéndonos a los ríos sucios que bajan por las calles, para comernos unos últimos tacos de bistec, lo que en el norte llaman carnitas, mientras me ponen al día de cómo hay que hacer para sobrevivir a la inflación en la Argentina.

Este viaje por Centroamérica ha sido un encuentro continuo con experiencias locales genuinas e historias de paso de gentes de países diversos, de idiomas varios, de caminos que a veces se entrecruzan de las formas más insospechadas. Qué diversidad humana se concentra y se expande desde un territorio natural tan rico y tan maltratado. Cuánta belleza encontramos en la parte mínima que atisbamos, y cuánta se oculta ahí, a la espera de que la busquemos.

En el trayecto al aeropuerto desde Playa del Carmen hay un cielo gris y arcenes inundados, autobuses accidentados, amenaza de huracán. Cuando ya estoy bajo techo se desata otra tormenta intensa que durará toda la tarde. Entre los aeropuertos del tercer mundo que he conocido, el de Cancún no es de los más preparados. No permite a sus bares y restaurantes ofrecer servicio de Internet, porque lo lleva una empresa que cobra por la conexión. De todas formas, por culpa de la tormenta, tampoco funciona. Después de muchas vueltas, un taxista me encuentra la solución: "Yo le pirateo una cuenta, no se preocupe, por una propina". Así funciona casi todo en este país de la chingada.

También las lluvias han desbaratado el horario de los aviones. El huracán pasa rozando la costa, pero no la toca. Nuestro avión saldrá con un retraso de 6 horas, nos dicen, que después son 8. La prensa local habla del triunfo del PAN en las elecciones de ayer en Quintana Roo, donde por primera vez gobernará un partido distinto del PRI desde que existe el estado. También ha ocurrido en otros estados donde hubo elecciones, es un cambio de época en gran parte de México. Me encuentro por tercera vez en cinco días, en una ciudad y una situación otra vez distinta, a una amiga italiana. Y un señor de Murcia empieza a contarme su vida con la familiaridad pesante de algunos españoles en el extranjero, que piensan que pueden abordar a otro español y soltarle impunemente sus historias. Me entero en diversas fases de su estancia en Yucatán, y de cómo es la casa de su suegra, de lo bien que lo trataba su antiguo jefe, y de algunos detalles insoportables más, a pesar de hacerle más fintas que un delantero. Pero una sala de aeropuerto siempre es suficientemente amplia para encontrar rincones en los que aprovechar la espera leyendo.

Después de la cena la sala de espera del aeropuerto empieza a caer en esa tristeza somnolienta de las madrugadas, hasta que llegan grupos de españoles de los vuelos retrasados y vuelve un jaleo de mediodía. Algunos mexicanos tocan guitarras y cantan. Cuando se acerca la hora del embarque, los encargados empiezan a jugar con retrasos de diez minutos, y la gente se enfada. Sé que estoy yendo hacia España cuando empiezo a escuchar silbidos agudos, gritos de quejas, exigencias de reclamaciones. Por los altavoces, un hombre nervioso llama a la calma. Tienen que ponerse en las puertas tres agentes de la policía federal. Los grupos de españoles se quejan, vociferan, finalmente se ríen. Un agente se pone firme frente al desplante de una encargada de la compañía, que no quiere más fotos a corta distancia: "Haga el favor de responder con educación a las preguntas de la señorita, haga su trabajo".

Finalmente subimos, muy tarde en la madrugada, en un avión fletado por otra compañía, igual de grande que viejo. Pasada la tormenta, el vuelo es tranquilo, y en apenas un rato nos topamos con el amanecer atlántico tras las ventanillas, un largo destello anaranjado sobre un mar de nubes azules. Muchas horas después aparece la costa portuguesa, el verde accidentado del norte, las llanuras pajizas de Castilla. Aterrizamos en Madrid en una hermosa tarde veraniega de junio, caliente y plácida. Y llegar es siempre reencontrarse con los colores familiares, que esta vez me sorprenden menos, aunque hayan pasado alejados más tiempo.

Como si fuera natural, alargo mi viaje, y acabo otra vez en la provincia de Guadalajara. Porque el viaje nunca se acaba, haya empezado en el océano Pacífico o en el Caribe, y las etapas se dilatan o se suceden casi sin que medie la voluntad. La sensación de ir dejando paisajes y amigos por el camino es agridulce, aunque necesaria. La sensación de reencontrarlos, los paisajes añorados y los amigos que destapan la primera cerveza, es por sí sola la justificación de cualquier viaje.

martes, 21 de julio de 2015

Empezar a volver a California

Los viajes tan largos dan más pereza que miedo o incertidumbre. Uno sube al tren en Manzanares una mañana de sábado y no sabe bien a qué horas ni en qué día aterrizará en América. Las últimas imágenes de España son del gentío bullicioso en el aeropuerto, el recuerdo más inmediato es el persistente calor sahariano de las últimas semanas, en medio de un relajo de verano en familia.

         Llego a Cancún, en el estado mexicano de Quintana Roo, en la península del Yucatán, después de un vuelo plácido de diez horas. En el avión, cosa predecible, muchos niños, muchas parejas en viaje de novios. Al salir del aeropuerto me encuentro de lleno con el verdor y los olores del trópico, con el sopor húmedo del atardecer en el Caribe, esa humedad densa y cálida que siempre me devuelve a mis primeros días en Trinidad, donde descubrí la vida tropical.

         Como el mundo es ancho pero también es un pañuelo, embarcando en el segundo avión me encuentro con un compañero y amigo de San Diego y con su familia, que vuelven a casa después de unos días de descanso en las playas del Caribe mexicano. Durante muchas horas, entre el sueño y el viaje y los cambios horarios en cada escala, uno vive en un limbo temporal, del que sólo saldrá cuando gire la llave de casa. Atravesamos México entero, hasta el último confín del norte y el oeste, Tijuana, más allá de los desiertos y valles arrugados que pasan por la ventanilla.

         A veces un golpe de suerte se sobrepone a la planificación, y como suelen sucederme estas casualidades felices, llego a la frontera en coche con la familia de mi amigo. Como soy extranjero debo ponerme en la línea regular para cruzar a pie. El sol temprano pega muy fuerte, pero aquí es domingo y hay mucha menos gente de lo habitual. En poco más de media hora estoy frente al puesto de seguridad. El agente mira con detenimiento y cierto recelo mis papeles. Después de un rato me pregunta por la proximidad de la fecha de expiración de mi visado. Se fía de lo que le digo, sobre todo porque le digo la verdad, y con un gesto de indiferencia y prisa me deja pasar.

Ya sólo falta un control, después de todos los que pasó mi maleta de mano, uno en España y tres en México, para que las bolsas con lonchas de jamón cerradas al vacío entren en los Estados Unidos. Para alguien como yo, que se precia de no infringir jamás las leyes, hacer esto es más una temeridad que un desafío. Uno puede vivir muchos meses sin probar el jamón serrano, pero sabiendo que no se le hace mal a nadie burlando estos controles internacionales, por qué aventurarse a vivir sin jamón. Mientras la maleta avanza por la cinta del último control, dos agentes conversan y el tercero mira inexplicablemente el techo durante muchos segundos, todos los que tarda en llegar a mis manos. Feliz y aliviado, piso de nuevo el suelo de los Estados Unidos de América.

Nunca llueve al sur de California. De hecho, en todo el año pasado no llovió más de cinco o seis días. Pero me dicen que ayer cayó una tormenta violenta durante horas, y por la tarde el cielo se nubla y vuelve a llover. Es raro ver este paisaje urbano ya familiar bajo un cielo blanco. Camino bajo un paraguas y con las zapatillas caladas por las calles de Chula Vista, hacia la bahía, que es ya mi paisaje cotidiano, pero cuesta reconocerlo así, mojado y grisáceo. El aire sigue siendo cálido, la gente en pantalón corto se muestra torpe por las aceras, como veraneantes sorprendidos por una tormenta no anunciada. El calor y la humedad intensos, la lluvia caliente chocando contra la piel, me traen, por segunda vez en un margen corto de horas, la memoria sensorial de mis tardes de otoño en el Caribe.

Al tercer día el sol relumbra de nuevo, y para quedarse. Viniendo de pasar lo que ha pasado por España, el tiempo en el sur de California parece aún más benévolo: calor suave, templado por la brisa siempre fresca que viene del océano. Una tarde arrastro mis sandalias hasta la marina y el parque de la bahía. Desde la arena de esta playa estrecha y de oleaje perezoso, el perfil de los edificios de San Diego semeja una ciudad de ensueño al fondo de un camino inseguro, bajo unas nubes que la cerrarán para esconderla.


 Para alguien de secano, remojar los pies en un paseo tranquilo por la orilla es siempre un regalo inesperado. En este rincón, el Pacífico realmente lo es. Familias y deportistas cruzan por el parque, a mis espaldas, pero el lento oleaje apaga sus ruidos. El sol no quema, la brisa refresca y conforta. Sentado en una roca negra, los pies desnudos en la arena, me sumerjo en las últimas páginas de la última novela de Muñoz Molina, que van de Europa a América como ha venido el libro y como he venido yo. Esto es empezar a volver, más que volver a empezar.