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sábado, 4 de julio de 2015

Tejera Negra, pueblos negros

En el extremo norte de la provincia de Guadalajara, en los límites con las de Soria y Segovia, se encuentra el bosque de hayas más meridional de Europa. En días que han superado los 41º C (106º F) en el centro de la Península, no hay mejor refugio que un bosque continental, una reliquia del clima de hace milenios que ha resistido en estas alturas de Castilla. El entorno del Parque Nacional del Hayedo de Tejera Negra es hermoso y austero, pueblos pequeños con envejecidos edificios por los que atraviesa la carretera, que después sube serpenteante entre montes hasta más de 1500 metros, atravesando espesos pinares y valles aún verdes donde las vacas pacen bajo una luz intensa.

En Cantalojas hay pocas calles, hay una plaza minúscula con una fuente en medio, junto a la cual un frutero había parado una camioneta y despachaba frutas a las vecinas que se acercaban con la naturalidad de quien ha estado esperando el correo. Hay fachadas del color de la tierra, ropas tendidas en la calle, algunos pequeños huertos con muros de piedra oscura. En este pueblo y otros del entorno se rodó la película Flores de otro mundo, en la que se retrata esa costumbre ahora tan inconcebible de las caravanas de solteras que llegaban en los años 80 a los rincones más olvidados del campo español que se despoblaba.

A unos pocos kilómetros, primero por carretera estrecha y después por camino de tierra, está el Hayedo. Antes de llegar se ve el largo lecho de cantos negros del río Lillas, que lleva una corriente segura a estas alturas del año. El itinerario para el improbable visitante o turista de julio discurre primero junto al río, por lo que se llama la Senda de las Carretas, en recuerdo del camino por el que bajaban del monte las carretas cargadas de carbón vegetal. Hay un bosque de altos y afilados pinos, que dejan paso a robles y rebollos conforme se asciende, para mezclarse después con las hayas, de troncos blancos y musgosos y de hojas de un verde muy intenso a estas alturas del año. Junto al río, bajo las sombras espesas y frescas del hayedo, hay una carbonera, una construcción de maderas apiladas como formando una choza, para que el caminante se haga una idea de cómo se trabajó aquí durante siglos para obtener el carbón.

Las guías indican que en el interior del hayedo puede haber una diferencia de diez grados con respecto al exterior. Cuando se sale de nuevo al sol, en las alturas de un monte que es mirador hacia el valle y hacia los picos más altos de la sierra de Ayllón, parece que uno emergiera de las profundidades de una cueva. En el descenso, por una senda interior y oscura de sombra, cruzo el cauce pedregoso de un arroyo seco y me encuentro a pocos metros con un corzo muy joven, que primero se detiene asustado y, al oír el chasquido rápido de la cámara, desaparece saltando monte abajo entre los árboles. Poco a poco las hayas ceden terreno de nuevo a los robles, a algunos tejos, a la unanimidad vertical de los pinos.

En el camino de vuelta, pasados Cantalojas y Galve de Sorbe, siguiendo esa querencia natural por las carreteras secundarias, me interno en una pista estrecha y montañosa que recorre los primeros pueblos de la arquitectura negra. Los pueblos negros son así llamados porque se utiliza la piedra en sus construcciones, especialmente la pizarra, que conforma todos los tejados de las casas. Umbralejo, el primero, quedó despoblado hace décadas, y es hoy un silencioso refugio, muy bien acondicionado, para campamentos veraniegos. Zarzuela de Galve es un enclave de tres calles en lo alto del monte, con algunas huertas en cercados de piedra y un verdor inextinguible de árboles frutales enormes: cerezos, manzanos, granados, perales, recios y rebosantes de frutos. Un aviso municipal está publicado en la pequeña plaza: un folio sostenido por una piedra sobre el alféizar de una ventana. Dos abuelas acompañan a dos nietas hasta la fuente de la que mana agua sin interrupción. Es el único sonido que se escucha, el rumor continuo del agua que sale de la fuente y rebosa y baja hacia las huertas.


Valverde de los Arroyos es un pueblo más grande, con algunas calles más, muy cuidado y limpio, también con casas de paredes y tejados de piedra, con una pequeña iglesia, con matrimonios ancianos sentados en los balcones o en los poyetes de la calle, al fresco de la tarde. Hay grúas en varias obras, muchos anuncios de casas rurales, parras cuyas hojas ocupan fachadas enteras, hortensias y geranios que colorean todo el pueblo, huertos con tomateras aún verdes y frutales frondosos. Una mujer mayor vestida de luto y con el pelo cano riega con una regadera un trozo de su huerto. En una placita, una inscripción sobre una fuente recuerda que fue sufragada por un vecino del pueblo que residía en la Argentina en los 60. En lo alto del pueblo, un prado verde con porterías de fútbol que se alarga hasta un fondo de montañas muy altas recuerda a una postal de paisaje suizo. Caminando hacia las montañas se llegaría a Majaelrayo, al interior de esta comarca fresca y húmeda y hermosa de pizarras negras.

Bien vale otra visita más espaciosa, más andariega, al modo de Cela en los 40, con bastón y gorra y alforja breve y cuaderno de notas. Pensar ahora en volver a La Mancha es como prepararse para una travesía sahariana.

miércoles, 1 de julio de 2015

Por los senderos de nuestra Guadalajara

Algunos alumnos mexicanos se sorprenden demasiado cuando les cuento que en España también hay una Guadalajara, un León, una Mérida. La forma de aprender la Historia en los Estados Unidos de América tampoco ayuda muchas veces a entender el porqué.

El caso es que nuestra Guadalajara quedó mucho más pequeña que la mexicana, mucho más insignificante, como escondida. A un paso de Madrid, casi neutralizada por esa proximidad física e histórica, a la provincia de Guadalajara le ocurre como a tantas regiones castellanas o extremeñas: apenas nadie les presta atención incluso dentro de España. Por sus tesoros arquitectónicos y paisajísticos cae siempre sobre ella, como sobre otros territorios del centro peninsular, el tópico ya cansino de que son las grandes desconocidas.

Los viajes de Cela o José Luis Sampedro contribuyeron a idealizar la Arcadia del mundo rural alcarreño, pero sobre todo a conocer la realidad de que ese mundo desaparecía sin remedio. Viniendo de un entorno muy rural y agrario, pero activo, siempre siento una punzada de melancólica aflicción cuando visito lugares verdaderamente rurales y apartados dentro de España, lugares donde se respira tranquilidad pero de donde nunca se fue el fantasma de la despoblación.

La capital de Guadalajara es una ciudad pequeña, cómoda y extendida en mucho espacio, en la que raramente se ven edificios altos, con la misma hechura entre provinciana y apacible de otras capitales castellanas. Bajando por la calle Mayor unos tubos delgados sueltan agua pulverizada que se lleva el viento ligero y muy caliente, y hay un silencio inquietante casi a cualquier hora. El Palacio del Infantado, ahora cerrado, tiene pinta de fortaleza expuesta al sol. Hace más calor que nunca, pero me sigue pareciendo extraño ver a tan poca gente por la calle, tan poca gente en los bares, como en un barrio de ciudad grande al comienzo de unas vacaciones antiguas.


El norte de la provincia de Guadalajara tiene una pequeña joya histórica y arquitectónica. Sigüenza es un hervidero en los últimos días de este junio abrasador, es una larga plaza vacía al pie de la catedral, una cuesta silenciosa con fachadas terrosas, con demasiadas casas en proceso de abandono, con demasiados carteles de Se vende, hasta el oasis fresco del castillo, del patio empedrado y el modesto lujo del Parador de Turismo.

De vuelta a La Alcarria por carreteras secundarias, es fácil seguir las huellas de las huestes del Cid Campeador en los nombres de los pueblos: La Cabrera, Aragosa, Castejón, Matillas. Desde los muros del castillo de Jadraque se abarca una distancia enorme: donde hoy se ven majadas de vacas y modestos regadíos a lo largo del río Henares debieron pasar durante tantos siglos pequeños escuadrones de ejércitos cristianos que unas veces serían un esperado alivio y otras veces una pavorosa amenaza. Muy cerca de aquí, hacia Atienza, está el Robledo de Corpes, donde la tradición oral y literaria situó la horrenda afrenta a las hijas del Cid.

Un poco más al sur, ya muy cerca de la capital, otra modesta conexión literaria para acabar la tarde. Hita, donde hay un exiguo museo dedicado al Arcipreste, es un pueblo también muy pequeño cuyas calles trepan una ladera y se exponen hacia una llanura parda y hoy inofensiva, por la que no cruzan más que ejércitos de ovejas. La iglesia de San Pedro, destruida durante la guerra civil, es hoy un espacio vacío entre calles estrechas en el que se ven arcos de piedra y lápidas fantasmales junto a lo que alguna vez fue un altar. En una pared, una placa recuerda a un pintor y dos eclesiásticos del pueblo que pasaron a América hace siglos. En un rincón de la ancha plaza, en la terraza del único bar abierto, tres mujeres y un hombre de edad avanzada juegan al tute, mientras otros dos o tres hombres miran en silencio y escuchan el repaso exhaustivo de las jugadas, y otro se levanta y avanza hacia el arco de la vieja muralla muy lentamente, apoyado en su garrota. Es tan reconocible y a la vez tan lejana la lengua que hablan, con sus inflexiones castellanas, sus leísmos tan ajenos a nuestro oído, sus eses tan severas, que estando tan cerca no puedo evitar la tentación de sentirme desplazado en el tiempo.

Porque hay lugares de la España interior donde el tiempo transcurre a un ritmo más sereno, y las voces de entonces, las de los libros y las que andan por ahí vagando, se reúnen para quien quiera escucharlas.